The Quarterback Sneak (The Four Quarters Collection 1) 26. Capítulo Veinticinco
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26. Capítulo Veinticinco

Capítulo Veinticinco

Honey

DESCONOCIDO: Esto no podría seguir pasándole a una zorra mejor que tú.

T ras meter mi teléfono en la consola central del coche, la cierro de un portazo y me fuerzo a poner una sonrisa falsa.

No voy a dejar que estos idiotas me vuelvan a ganar la partida.

Hoy es un día diferente. Soy una persona distinta a la de la primera vez que se hizo viral un vídeo en el que se me ponía en evidencia, y entraré allí con mi dedo corazón metafórico bien alto.

Con la barbilla alta, salgo del coche con un brío extra en mis pasos.

Olivia me ve de inmediato y me lanza una sonrisa de disculpa.

—Hola —dice con vacilación. Es la única persona que sabe que no haber tenido noticias de Zach en los cinco días que han pasado desde el partido me ha destrozado, y me gustaría que siguiera siendo así—.

¿Cómo vas aguantando después del incidente?

Entrelazando mi brazo con el suyo, entro en el instituto ignorando los susurros.

—¿Cuál de ellos? ¿La ausencia de Zach o el último vídeo viral que está circulando ahora mismo?

—Como si fuera otro cruel giro del destino, un vídeo de Zach discutiendo con Tiff esa noche ha acabado en las redes sociales.

Por lo visto, oírlo en persona no fue suficiente; ya me lo han enviado al menos ciento cincuenta veces desde que lo subieron.

La amplia sonrisa y la mirada intrusiva de Jamie me siguen por el pasillo, pero no le doy la satisfacción de mirar en su dirección. Estoy segura de que él es el responsable del vídeo en primer lugar.

—Todo esto es una mierda. —La voz de Olivia ahoga el ruido, y me trago una gran bola de resentimiento.

—Está bien, Livi. Estoy acostumbrada a que el chico con el que salgo me humille.

—No me lo creo —dice ella con énfasis—. Jamie es un mentiroso y creo que se lo ha inventado todo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué pasa con Mike? —la desafío.

Su sonrisa de confianza se vuelve rápidamente tímida. —Mike no suelta prenda. Ha dicho algo de que Zach nos lo diría él mismo si quisiera que lo supiéramos.

Esa frase por sí sola aplasta todas mis esperanzas.

—¿No lo ves? —Cierro mi taquilla y apoyo el hombro en ella de forma relajada.

No deseo nada más que llegar a clase y alejarme de las miradas constantes, pero mantengo los pies plantados en el lugar.

Desafiante y decidida—. Que Mike no lo niegue es, básicamente, confirmar que Zach es padre.

Sus compromisos flotan en mi mente. Hubo momentos en los que lo cuestioné todo y me pregunté si Tiff era su hermana, pero confié en Zach.

He vuelto a confiar en el tío equivocado.

—No. Es la forma que tiene Mike de ser un buen amigo para Zach. Algo de lo que parece que él no anda muy sobrado ahora mismo.

Es la pulla menos sutil que me han lanzado nunca, pero no tengo energías ni ganas de rebatirle nada. ¿Cómo podemos ser amigos Zach y yo cuando no me ha contado lo más importante de su vida?

Su hija.

La niña a la que oí reírse de fondo cuando lo llamaba. Siempre estaba ahí; yo estaba demasiado absorta en mis propios problemas para entender los suyos.

Con razón no ha respondido a ninguna de mis llamadas ni mensajes. He estado a la altura del estereotipo de niña rica que él siempre tuvo en la cabeza. Egocéntrica y superficial.

Anoche estaba tan preocupada que casi me subo al coche para ir a su casa a ver cómo estaba. Llegué a sentarme en el coche, a punto de salir del camino de entrada, antes de detenerme.

—Oye, Honey. —Cierro los ojos durante un par de segundos largos. Darme la vuelta y hablar con Brett no es exactamente lo que me apetece hacer ahora mismo.

—¿Qué quieres? —pregunto, girando el cuerpo hacia un lado para verlo. Brett me observa con una sonrisa plácida.

—Yo, esto, ¿solo quería ver cómo estabas después de tu ruptura?

—¿Qué ruptura?

—¿La tuya y la de Zach?

Sé que otros alumnos están escuchando, esperando oír mi respuesta, y odio haberme convertido de nuevo en el cotilleo del instituto.

—No hemos roto. —Cierro la taquilla de un golpe, dejando claro que se ha acabado la conversación.

Brett ni se inmuta ante el ruido. En su lugar, ladea la cabeza, levantando las cejas. —Espera, ¿entonces Zach no tiene un hijo?

—A ver, no es asunto tuyo en ningún caso.

Levanta las manos. —Vale, vale. Lo siento, solo preguntaba. —Da un paso atrás—. No me puedo creer que sigas defendiendo al tío. Si cualquiera con la que saliera se enterara de que le estaba ocultando un hijo secreto con una chica que fingía que era mi hermana, probablemente me arrancaría la polla.

—Por mucho que disfrute con esa imagen mental, tendría que decirte que no te creas todo lo que oyes. —Aunque no estoy segura de en qué punto me encuentro con Zach, necesito mostrar un frente unido. Todavía no hay pruebas objetivas de que haya mentido, y se ha ganado el derecho a que yo crea en él.

—Vale. —Cree que soy idiota; puedo oírlo en su voz.

Apartándome de la taquilla, digo: —Yo que tú no me creería todo lo que dice Jamie. Es como un caballo; tiene buen aspecto, pero tiene la boca grande, la cara larga y suelta mucha mierda.

Paso de largo empujando a Brett, ignorando la mirada gélida de Jamie mientras tiene agarrada a McKenna. Abriéndome paso entre la multitud de gente, intento llegar a clase sin que nadie más me moleste. Por desgracia, Brett me agarra del brazo antes de que sea posible.

—Honey, espera. Lo siento. Creo que hemos empezado esta conversación con mal pie.

—Siempre nos pasa lo mismo, Brett —le suelto por encima del hombro.

—Deja que me compense. ¿Qué planes tienes para el baile? —No puede hablar en serio. No le importo una mierda; solo sigue intentando ganar esa estúpida apuesta.

—Zach es mi plan. —Mi confianza flojea, pero intento ocultarlo porque, lógicamente, tiene sentido. Si los rumores son ciertos, necesita ese dinero para su familia. Es la misma razón que me dio a principios de curso; simplemente fui demasiado ingenua para preguntarle detalles.

¡Bang!

La puerta de un aula se abre de golpe y se me corta la respiración.

—Zach. —Se pasa una mano temblorosa por el pelo revuelto, y sus ojos inyectados en sangre se clavan en mí. Me muerdo el labio inferior, esperando que el dolor impida que el estómago me dé un vuelco tan fuerte. Sin pensarlo, corro hacia él, rodeándole el cuello con los brazos y atrayéndolo hacia mí.

—Hola, Honeycomb —me susurra al oído con voz ronca. Tiene un matiz que no le había oído nunca, y todo su cuerpo está vibrando. Lo que daría por estar a solas con él para hablar.

Su nariz roza mi mejilla y, sin previo aviso, me besa con fuerza.

Todo el mundo está mirando. Puedo sentir sus ojos sobre mí, y esto no me parece bien.

No puedo hacer esto ahora. Inclino la barbilla, forzando la separación de nuestros labios, y apoyo la frente en su pecho.

—¿Dónde has estado? —susurro, un tanto nerviosa por su respuesta.

—Lo siento.

Sus manos caen sobre las mías y las entrelaza, ajeno a las miradas. No lo entiendo. Es obvio que ha pasado algo por el aspecto que tiene y por cuántos días de clase ha faltado, pero actúa como si las cosas fueran normales.

—Rompí el móvil después del partido y tuve que ocuparme de unas cosas en casa.

¿Cosas en casa?

Compromisos. Compromisos. Compromisos.

Compromisos de los que no soy lo bastante cercana a él como para conocerlos. ¿Espera? ¿Ha roto el móvil? ¿Sabe lo que ha estado pasando estos últimos días?

—¿Alguna cosa en la que pueda ayudarte? —Me pongo de puntillas, esperando que por fin me diga la verdad, aunque no quiera oírla.

Los labios de Zach dibujan la más mínima de las sonrisas y trago saliva, anticipando que se me romperá el corazón. — Gracias por el ofrecimiento, Honeycomb, pero no hay nada en lo que puedas ayudarme.

Es su respuesta estándar de siempre. Estamos rodeados por nuestros compañeros, así que no debería sorprenderme que no esté dispuesto a divulgar su secreto potencialmente más grande ahora, pero cuanto más tiempo pasamos sin hablar de ello, más me inclino a creer que los rumores son ciertos.

Niega con la cabeza, todavía sonriendo. Todavía tan ajeno a todo que no sé qué decirle.

—No adivinarás lo que me pasó el viernes.

Alguien robó mi tartana de moto de nuestro garaje.

Me pasé todo el fin de semana convenciendo a la policía para que pusiera una denuncia porque pensaban que me lo estaba inventando para estafar al seguro.

—¿Tu moto? —Trago saliva, sintiéndome de repente nerviosa e irritable.

—Sí. Sinceramente, no sé quién querría robarla, pero imagino que debe de ser alguien más desesperado por el dinero que yo.

—No fue robada.

Gira la cabeza hacia mí. —¿A qué te refieres?

Su ceño se frunce cuanto más tardo en hablar, pero ¿cómo demonios voy a decirle nada cuando está tan alterado?

—Honey —me advierte—. ¿Qué has hecho?

Empezar a enamorarme de ti.

Oh, Dios. No acabo de pensar eso. No me estoy enamorando de Zach. Es solo un cuelgue.

Entonces me mira con el ceño fruncido, y la idea de decepcionarlo me hace sentir que voy a vomitar.

—Yo tengo tu moto. —Retrocede, casi rehuyendo mi contacto—. Tenía pensado decírtelo el viernes, pero luego... —No sé cómo terminar la frase. Hablar de Tiff no ayudará a calmar la situación.

—Está bien. —No suena como si estuviera bien, y cuando se masajea la sien, sé que la he fastidiado.

—Lo siento, quería darte una sorpresa.

Sin mirarme todavía, dice: —Bueno, robarme la moto ha sido definitivamente una sorpresa.

—No la robé, está en un concesionario local y están trabajando en ella para ti. Debería estar lista para circular el fin de semana.

Los ojos de Zach recorren el pasillo, dándose cuenta al parecer de que estamos montando un numerito, pero no es que podamos pararlo. Suelta un gruñido bajo y habla entre dientes. —¿Por qué demonios has hecho eso?

—Quería hacerlo como agradecimiento, y pensé que te haría ilusión porque podrías venir al instituto conduciendo en vez de coger el autobús.