The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2) 1. Capítulo 1
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The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2)

The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2)

Por Ana Shay

© inepub.com

1. Capítulo 1

Zach

Segundo año

S ujetando un ramo de girasoles, abro con el hombro las puertas de la residencia femenina con el tipo de determinación que suele reservarse para un cuarto down y gol.

Marshall Hall —también conocida como la fortaleza medieval en la que mi novia insiste en vivir— se alza sobre mí como si ya estuviera rompiendo las normas. Ladrillo blanco, ventanas estériles, un césped cuidado al milímetro. Es el edificio más bonito del campus y el que más me odia.

Toques de queda estrictos, personal más estricto aún y todo un manual dedicado a mantener a los novios como yo lo más lejos posible. Honey lo llama «independencia».

Yo lo llamo tortura.

Aún tengo el pelo mojado del entrenamiento, tengo las piernas reventadas y debería estar poniéndome hielo en el hombro, no mendigando treinta minutos robados con mi chica; pero nada, y digo nada , me mantiene alejado de ella.

—Gemma —digo, apoyándome en el mostrador de recepción como si no hubiera llegado corriendo desde el estadio. Luego, saco un solo girasol y se lo ofrezco.

Ella ni siquiera intenta ocultar su desdén. En su lugar, se ajusta sus gruesas gafas y me mira de arriba abajo, frunciendo ligeramente el labio superior.

—Zach. —Pone los ojos en blanco, volviendo a mirar la pantalla del ordenador—.

Sé que Honey nunca rompe las reglas y parece maja...

—Mentira. No es un secreto lo mucho que la odia esta gente por la sencilla razón de que dejo que me meta la lengua hasta la garganta—.

Pero las reglas son las reglas. Solo tienes...

—comprueba el reloj y suspira—... treinta minutos.

—Actúas como si no pudiera hacer que treinta minutos valgan la pena —murmuro, volviendo a colocar la flor en el ramo.

Ella levanta la mano con un gemido. —Para. Ya es bastante malo que a veces lo oiga . No me obligues a imaginarlo también.

—Siento profundamente tu trauma. —Le dedico un saludo militar—. Pero lo sentiría aún más si no me dejaras pasar.

Resignada, pulsa el botón, haciendo que la pequeña puerta de metal se abra con un quejido.

—Me debes una —masculla ella.

—Te conseguiré una cita con Dax. —Paso por la puerta, resistiendo el impulso de saltarla a pesar de que podría.

Es tentador, pero no sé cuánto tiempo va a seguir Honey negándose tercamente a vivir conmigo, así que quiero asegurarme de mantener la buena voluntad de la universidad y evitar que me prohíban la entrada a la residencia. —Tiene hueco en su agenda.

—No me interesa —canturrea Gemma—. Consígueme a Reese y puede que estemos en paz.

—¿A Reese? —Tomo aire con fuerza sin mirar atrás—. Veré qué puedo hacer.

—Y Zach, no me obligues a ir a buscarte.

Levanto una mano en el aire, dándole el visto bueno con el pulgar sin mirar atrás, y me dirijo directo al ascensor. Suena un pitido un momento después y, cuando las puertas se abren, ya hay dos chicas dentro, riendo.

Se quedan heladas al verme.

—¿Z-Zach Evans? —jadea la más alta, con la boca abierta—. ¿De verdad eres tú?

Joder.

—Amber —sisea la más bajita, dándole un codazo en las costillas—. Pareces una obsesionada. Solo... actúa con normalidad por un maldito día en tu vida.

Amber cierra la boca, brevemente.

—Lo siento —suelta ella, señalándome directamente—. Pero ¿cómo voy a actuar con normalidad? Literalmente solo lo he visto en pósteres o en la tele. No esperaba que fuera más guapo en la vida real. O, ya sabes... que estuviera plantado en el vestíbulo de mi residencia.

—En la de su novia —responde la alta con tono seco—. Cosa que ya sabías cuando elegiste vivir aquí.

Cierro los ojos, solo un segundo, para evitar que el tic de mi mandíbula se convierta en algo peor.

Siempre es así. Cada vez que pongo un pie en este edificio.

No importa la hora que sea, no importa cuánto me baje la capucha o lo rápido que me mueva, alguien siempre quiere un momento.

Una sonrisa. Una historia que contar en su grupo de chat.

Por una vez, me gustaría visitar a mi novia sin sentir que me van a publicar por todas las redes sociales.

—¿Habéis terminado? Tengo que subir —digo secamente, ignorándolas mientras doy un paso adelante.

Se separan dramáticamente como el Mar Rojo. Avanzo, ignorando los susurros, ignorando la forma en que Amber prácticamente vibra de desesperación.

Momentos como estos hacen que eche de menos a Mike, mi antiguo compañero de equipo que sabía desviar la atención con un chiste y me hacía reír incluso cuando tenía ganas de soltar puñetazos. Ahora está al otro lado del país, viviendo el sueño, instalado con su mujer, Olivia.

Bastardo suertudo.

Lo que daría yo por estar en su lugar. Con mi chica, por supuesto.

Las puertas del ascensor empiezan a cerrarse.

Casi.

Desafortunadamente, Amber saca el brazo, obligando a las puertas a abrirse de nuevo con un movimiento de cabeza engreído. No parpadea, solo se queda ahí, mirándome.

—Creo que me he olvidado el bálsamo labial —ronronea ella.

—¿Yyyy? —dice su amiga con desgana.

Amber se lame los labios. Un movimiento lento y deliberado que hace que me pique la nuca. Luego me mira como si fuera uno de esos deliciosos perritos calientes que venden por un dólar en mis partidos.

—Y tengo que subir a por él —dice ella, con los ojos recorriendo cada centímetro de mi pecho—. Nadie quiere besar a una chica con los labios cortados, ¿verdad, Zach?

—Estás fatal. —Su amiga gime, agarrando a Amber del brazo y empujándola dentro del ascensor antes de que yo pueda escapar.

Mientras pulso el botón de la quinta planta, puedo sentirlo. Su aliento. En mi cuello. Tiene que estar de puntillas para conseguir ese ángulo.

—Y dime, Zach —dice Amber, con una voz demasiado dulce—. Qué flores más bonitas. ¿Para quién son?

Miro por encima del hombro y, si la palabra «sedienta» tuviera una foto en el diccionario, sería la de Amber. Inquieta y casi salivando, está empezando a hacer que me arrepienta de no haber subido por las escaleras.

Jacob Miller, el último quarterback de St. Michael, me advirtió que esto pasaría. Dijo que las chicas se vuelven locas por el QB1, pero que la cosa se calmaría después del primer año.

Bueno, ha pasado un año y nada ha cambiado.

La cantidad de números de teléfono que me han dado solo en la última semana es ridícula. Me los meten en la mochila, los pasan por la rejilla de mi taquilla en el estadio y me los envían a través de mis colegas todos los días.

Puede que estas chicas piensen que me pillarán en el día adecuado, con el humor adecuado, con el vestido adecuado, pero solo existe una mujer para mí, y ahora mismo está en la quinta planta de este edificio...

probablemente acurrucada con sus libros de texto, completamente ajena a que estoy a una pequeña molestia de perder los papeles.

Observo cómo avanzan los números del ascensor.

2...

—Las flores son para mi mujer —respondo con la suficiente claridad para que suene serio.

Amber jadea como si acabara de anunciar una emergencia nacional. —¡¿Estás casado?!

3...

—Sí.

Vale, vale... me va a matar cuando se entere de que voy diciendo a desconocidas que es mi mujer, pero si esta es la única forma en que puedo evitar que me acosen, entonces es lo que voy a hacer, porque técnicamente no es una mentira.

En mi cabeza, es mi mujer desde que salimos de South Point Prep, y solo estoy esperando a que ella se ponga al día.

4...

—¿Has oído eso? —susurra Amber—. Está casado con la chica esa, Honey.

Aprieto las manos alrededor de las flores y mi mandíbula se tensa porque sé por dónde va a ir esto.

—Puta suertuda. Ni siquiera es tan mona —murmura Amber, pensando que no la oiré, pero estamos en un ascensor y no hay lugar donde esconder las gilipolleces.

Giro la cabeza despacio, con mis ojos recorriendo su figura con indiferencia. Del mismo modo que miro a mi equipo cuando sé que ya me han decepcionado.

—Amber, ¿verdad?

Ella se sobresalta y retrocede un paso hasta que su espalda choca contra la pared de espejos.

—¿S-sí?

Doy un paso adelante. No es ruidoso. No es rápido. Es simplemente... definitivo.

—Puedes seguir hablando así sobre el amor de mi vida —murmuro—, pero eso no va a cambiar nada. La seguiré queriendo a ella. Solo a ella. Siempre a ella.

Ella traga saliva con fuerza.

—Y para que conste —continúo, con tono firme y educado—, incluso si estuviera disponible, atacar a otra chica no me va a impresionar. Resulta más desesperado de lo que crees.

Me acerco solo un poco, lo suficiente para que el mensaje cale sin que parezca una amenaza. —Así que, acordemos que no volverás a hablar así de ella. Créeme, todo el mundo tendrá un día mejor si respetamos esa regla.

Le dedico una sonrisa y, sí, es un movimiento de capullo, pero ella se lo ha buscado.

Ding.

Quinta planta.

Salgo sin mirar atrás. Ya ha sido humillada bastante.

He intentado ser amable. He intentado ser el quarterback impecable, listo para la prensa, que sonríe ante cada mano larga y proposición mal disimulada. Pero ser amable no me ha servido de nada... solo demasiada atención y gente actuando como si Honey fuera temporal.

No lo es.

Ella es la definitiva.

Y está tras la puerta con los números plateados 507.

¿Hay otras chicas parándose y mirando embobadas mientras paso? Sí.

¿Las estoy ignorando? También, sí.

He pasado todo el día asintiendo, respondiendo preguntas y sonriendo para dejar bien a la universidad. Ahora es mi turno, y a la única persona que quiero ver es a ella.

Mis labios se curvan cuando llego a su puerta.

Mi chica. Mi todo está justo aquí.

Toc. Toc. Toc.