The Deep End MARISSA
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MARISSA

Lo había visto al otro lado de la sala en una cafetería que ambos frecuentábamos los domingos por la tarde durante el último mes.

Un rostro precioso acompañado de un cuerpo igual de atractivo.

Parecía un tipo que pasaba más horas de la cuenta en el gimnasio, pero cada vez que lo había visto estaba absorto en algún libro, sin mirar a nadie más en el local.

Había visto a algunas mujeres que le echaban un vistazo de vez en cuando.

Demonios, cualquier mujer con pulso se fijaría en él, pero él siempre se mantenía apartado.

Me intrigaba, y la mayoría de los hombres no despertaban mi interés en lo más mínimo.

Mi novio y yo habíamos roto hacía ocho meses, y después me había aislado de prácticamente todo el mundo.

Me había refugiado en el trabajo, sin planes de que eso cambiara.

Toda mi vida había tenido la peor suerte con los hombres.

Me había mudado a Los Ángeles sin conocer a nadie, y en mi soledad había estado con el tipo equivocado durante demasiado tiempo.

Yo era lo último en lo que él pensaba, y hacerme feliz ni siquiera entraba en sus planes.

Tardé demasiado en darme cuenta, y había malgastado mucho tiempo.

Había sido un gran error perderme en nuestra relación, y no pensaba repetirlo.

En mi futuro no había más relaciones, especialmente de las que te absorben por completo.

No me había entregado a ningún hombre desde Bryce, porque no había obtenido nada a cambio de mis esfuerzos salvo decepción.

De ahora en adelante, el sexo quedaba descartado.

Y también el «Sr. Siempre-con-un-Libro».

Una vez, un sábado por la noche, coincidí en la cafetería con el objeto de mi curiosidad. «¿Es que nunca sale de este sitio?», me pregunté. «Aunque, claro, yo también estoy aquí».

Lo observé leer durante un rato mientras bebía mi café, pero cuando levantó la vista y me pilló mirándolo, aparté la mirada.

Mientras ambos esperábamos en la barra a que los baristas terminaran de preparar nuestra segunda consumición, él se quedó cerca de mí.

Vestía una camisa bonita, unos vaqueros nuevos y una chaqueta de cuero marrón.

Olía a algo oscuro, profundo, masculino y familiar, y tuve que contenerme para no aspirar hondo el aire que lo rodeaba.

Sentía unas ganas extrañísimas de pasarle las manos por el pelo corto y castaño claro.

Perdida en mis pensamientos, cuando el barista terminó de preparar la primera bebida y la dejó en la barra, pensé que era la mía. No solo cogí su bebida, sino que la tiré sin querer. Él la atrapó, aunque algo de café acabó derramándose sobre el mostrador.

—Yo... lo siento —tartamudeé, intentando no mirarlo.

—No te preocupes —se rio e hizo algún chiste, pero yo estaba demasiado avergonzada como para enterarme siquiera.

Dejé las llaves y el móvil en la barra, y él me ayudó a limpiar el estropicio. Mortificada, decidí en ese instante que jamás podría volver a aquella cafetería.

—Soy Derek —dijo, y me tendió la mano.

Por fin lo miré. Sus ojos reflejaban comprensión cuando se dio cuenta de que yo no me estaba riendo.

—Marissa —respondí. Me temblaba la mano cuando él la estrechó.

Sentí una oleada de deseo entre los muslos al notar su mano fuerte. «Contrólate, mujer», pensé. «Que haya pasado demasiado tiempo no te da derecho a perder la cabeza por un desconocido. Cíñete al plan».

—Encantado de conocerte —dijo.

Sin responder, pedí al barista que me pusiera el café para llevar y salí corriendo de la cafetería.

Me quedé junto a la puerta para recuperar el aliento, y me sorprendió que él abriera y saliera. Quizás estaba solo. Lo parecía, sentado allí todas las veces que lo había visto. Aun así, no sabía qué decirle.

—Te has dejado las llaves en el mostrador —dijo, y levantó un manojo tintineante que me resultaba increíblemente familiar.

Me entró el pánico al pensar que había dejado algo tan importante. Él se acercó y yo extendí la mano.

—Gracias. No sé qué habría hecho...

Se encogió de hombros con una sonrisa.

—No habrías llegado muy lejos sin ellas. Habrías vuelto sobre tus pasos.

—Supongo que sí —dije.

Así que no estaba solo. Solo estaba siendo amable al devolverme las llaves. Típico de mí ver más de lo que había en una situación. Me reprendí a mí misma. Aun así, estaba interesada, y había algo en él que me hacía sentir cómoda.

—Bueno, está... bastante tranquilo ahí dentro esta noche —dijo.

—¿Vienes mucho por aquí?

—Tengo mucho que leer para el trabajo. Aquí me concentro bien —sonrió, y decidí que me gustaba su boca. Me pregunté cómo sería besarlo—. El café ayuda. No es la noche de sábado más emocionante, pero...

—¿Quieres que vayamos a hacer otra cosa? —solté de repente.

Y acto seguido me tapé la boca. No podía creer que esas palabras hubieran salido de mí. ¿Qué me había pasado?

Quizás había estado sola demasiado tiempo y no me había dado cuenta de lo sola que me sentía.

Quizás necesitaba un amigo, alguien con quien pasar unos momentos que de otro modo estarían vacíos.

Quizás hacía demasiado que no me arriesgaba con nada, y no podía dejar pasar este momento.

No cuando me gustaba tanto cómo me miraba.

—Me encantaría —dijo—. Iba a preguntarte lo mismo.

Me sorprendió lo rápido que había aceptado salir con aquel tipo. Fuimos en coche hasta el Valle a jugar al minigolf. Me hizo reír de lo torpe que era con el palo, y me sentí tan relajada después que acepté ir a su casa.

Me preparó más café y, antes de darme cuenta de lo que estaba pasando, terminamos en la cama. Quizás fue cómo me besó cuando volvimos al coche lo que me hizo sentir segura. Quizás fue su atención hacia mí lo que despertó mi curiosidad.

Apenas nos habíamos quitado la ropa cuando la realidad me golpeó. ¿Qué me había pasado?

—No puedo hacer esto —dije.

El corazón se me aceleró y estaba aterrorizada por lo que él pudiera hacer ahora que no podía seguir adelante con aquello.

Se apartó. —De acuerdo.

Parecía conforme con mi respuesta.

Intenté ponerme la camisa de nuevo. Se me resbaló de las manos y me pregunté si sería capaz de sujetar algo esa noche. Tenía las manos como si las hubiera untado de mantequilla. Cuando por fin logré ponerme los pantalones, alcé la vista y lo pillé observándome.

Me miraba como si acabáramos de follar, pero apenas me había tocado.

—Entonces... ¿estás casada?

Negué con la cabeza.

—¿Un novio?

Volví a negar con la cabeza.

Había preguntado con tanta delicadeza, como si le preocupara mi respuesta. Como si quisiera saber por qué había decidido parar.

—Así que... no tienes ningún compromiso en este momento.

Asentí.

—Entonces quizás podríamos volver a vernos.

—Creo que... debería seguir sin compromisos. Sin sexo. Sin nada.

Tenía miedo. Nunca había hecho algo así. Necesitaba un amigo, y esto no iba a mejorar las cosas.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Él lo había hecho todo bien, y aun así no era capaz de quedarme.

Sabía que quería una explicación de por qué había cambiado de opinión. —Lo siento. Siento haberme equivocado. Pensé que podría... pero no pude. No te conozco.

Observé cómo Derek se apoyaba contra el cabecero de la cama, con su cuerpo largo, delgado y musculoso, y cómo me miraba en ese momento. Con hambre en los ojos.

—Quizás podríamos salir de nuevo alguna vez.

Se encogió de hombros.

—Ir a cenar o algo así.

No respondí. ¿Qué podía estar buscando? Esa noche había revelado que su esposa se había marchado hacía más de un año; por lo que me había contado, no había estado con nadie en mucho tiempo.

—¿Por qué no estás con nadie ahora? —pregunté.

—Soy algo particular —dijo—. Intento salir con gente... simplemente... no me meto en la cama con cualquiera.

—Excepto esta noche —le recordé.

—Tú no eres cualquiera —dijo.

Aparté la mirada, preguntándome qué habría querido decir.

—Pareces bastante selectiva con tus compañías —dijo.

—Lo soy —respondí.

Sabía que su esposa lo había dejado por otro. A pesar de toda esa mala suerte, él seguía intentando avanzar, y lo admiraba por eso. Era más de lo que yo me había atrevido a hacer.

—¿Puedo llamarte alguna vez? —preguntó.

—Eh... no creo que sea buena idea.

Se encogió de hombros. —No tiene que ser nada más que una cena.

—Eh...

—Algo buscabas esta noche.

Lo miré. —¿Y tú qué?

Se encogió de hombros. —Me gustas. Me gustaría volver a verte.

Me puse el otro zapato y noté que sus ojos recorrían el arco de mi pie, subiendo hasta mi muslo.

Yo también lo deseaba, pero no podía seguir adelante con aquello. Era demasiado, demasiado rápido.

Pero sí cené con él unas noches después, en una casa de Hollywood reconvertida en restaurante. El local tenía velas y chimenea, y no mentía cuando decía que el filete estaba de muerte.

Después, Derek y yo fuimos a su casa y empezamos a besarnos en el sofá. El beso derivó en un magreo intenso. Ya me había quitado la mitad de la ropa cuando preguntó si podía hacerme sexo oral.

—¿Qué? —pregunté, sorprendida—. Noooo...

—Pensé que podría gustarte —respondió.

—No. Creo que es mejor que me vaya —dije, intentando escabullirme de debajo de él.

—¿Por qué?

—No se me da bien devolver el favor, si eso es lo que quieres.

—No es por eso que quiero hacerlo. Si te hace sentir mejor, te prohíbo que devuelvas el favor.

—¿En serio? —pregunté, escéptica.

Ambos nos desnudamos. —¿Por cuánto tiempo?

—Todo el tiempo que quieras.

—Pero... ¿no quieres tener sexo?

—Te deseo. Pero esta noche es toda para ti.

—Me siento desnuda —dije—. Expuesta.

—Creo que sobrevivirás.

Me colocó la pierna sobre su hombro, y lo vi sonreír antes de agachar la cabeza entre mis muslos y presionar su boca contra mí. Cuando su lengua se adentró en mi carne, cerré los ojos con fuerza por el placer y le empujé el pecho, pero no fui capaz de apartarlo.

Mi mente se quedó en blanco mientras su lengua rodeaba mi clítoris, y me humedecí más con cada lametón. Le acerqué la cabeza.

Grité cuando un orgasmo me atravesó cada célula del cuerpo. Lo prolongó, lamiéndome suavemente hasta que se desvaneció. Gemí de placer y él fue subiendo por mi cuerpo a besos.