EMMA #2
Según pasaban los días, ¿estaba mal seguir esperando que aún tuviéramos una oportunidad?
—No dejes que te dé largas. Pasa página —me decía mi amiga Rosalyn. Pero no estaba preparada para olvidarlo.
Echaba de menos a Matt sin límite. Una noche cené con amigos en un restaurante enorme después del trabajo.
Hablamos y reímos, pero cuando terminó y volví a casa, la soledad volvió a apoderarse de mí, más fuerte que antes.
Quería escribirle a Matt, como si eso fuera a aliviar el dolor.
Le escribía cartas y me quedaba dormida con su rostro en la mente, preguntándome qué estaría haciendo, viviendo su vida sin mí.
Mis amigos me decían que no lo conocía desde hacía suficiente tiempo para sentirme así, pero no podía evitarlo.
Ahora, en la boda de Natalie, me cambié el vestido de dama de honor en el baño del hotel por una falda de verano y un top de tirantes, y pasé junto a mis amigos en el salón de recepciones.
Dejé el vestido en una funda en el mostrador de recepción y me fui con el bolso al hombro. Mientras todos seguían en el salón, me escabullí preguntándome si alguien notaría mi ausencia.
Cuando llegué a la cafetería, dudé antes de abrir la puerta y entrar.
Dentro, me envolvió un ambiente único: suelos de madera, mesas y sillas de madera oscura, cómodos sofás mullidos, y el aroma intenso del café recién molido.
Respiré hondo mientras cruzaba el umbral, el suelo crujiendo bajo mis pies.
Hacía calor, pero temblé igualmente pensando en lo que podría pasar esa noche.
Quedar en un lugar público, aunque fuera donde nos conocimos, ponía distancia entre Matt y yo. Él había elegido el sitio para reencontrarnos. Si es que aparecía.
Pedí un café solo y me senté en una mesita para dos sintiéndome como una tonta, con los pensamientos arremolinándose en mi cabeza.
¿Qué somos?, me preguntaba. ¿Amigos? ¿La fantasía del otro, nada más? ¿Algo que nunca llegará a ser? Me sentía tan tonta allí sentada, aguardando a que cumpliera su promesa.
Normalmente ya no le daba a nadie la oportunidad de romperme una promesa, así que era un milagro que estuviera allí.
Había estado tan sola que a veces pensaba que me había inventado a Matt, que era solo una visión creada por mi mente para jugarme una mala pasada. Mi subconsciente se había adentrado en un reino de irrealidad y lo había creado en ese rincón solitario de mi mente. Quizá para evitar que me derrumbara.
Miré el bolso. Qué fácil sería cogerlo, ir hacia la puerta y seguir con mi vida. Justo cuando levanté la vista y pensé en lo sencillo que sería cruzarla y salir a la noche, Matt entró.
Sujetó la puerta a alguien que salía, que le hizo un gesto de agradecimiento, y en ese momento supe que era real. El alivio me inundó. No me lo había inventado.
Se me cortó el aliento. Con la ropa arrugada, el pelo más largo que la última vez que lo había visto y dos días de barba, era lo más hermoso que había visto en mi vida. Sus ojos guardaban varias vidas enteras, y me pregunté qué habría pasado durante el tiempo que estuvimos separados.
Matt me miró como si intentara descifrar lo que estaba pensando, como si temiera que no lo aceptara, que no confiara en él.
Quizá se preguntaba lo mismo que yo: ¿habría muerto lo que había entre nosotros?
¿Nos habrían engañado las cartas haciéndonos creer que esto podía funcionar, cuando en realidad no nos conocíamos de nada?
Por cómo me miraba en ese momento, supe que cada palabra que habíamos intercambiado era verdad. Estaba allí, entregándose, y me dejaba decidir si lo aceptaba o no.
—Viniste —dijo Matt.
Asentí, y se me llenaron los ojos de lágrimas.
—No sabía si conseguirías llegar —susurré.
No me había dado cuenta de cuánto había pensado en la posibilidad de que algo le sucediera, de que no pudiera reunirse conmigo porque ya no estuviera. Ahora que estaba aquí, tenía que contenerme para no pensar en lo terrible que habría sido. Pero no había pasado, y quería llorar de felicidad.
Sus ojos estaban llenos de dolor. Quería saber todo lo que había pasado. Teníamos tanto de qué hablar. Sabía que había visto demasiado, y esperaba que algún día me lo contara todo.
Bastó mirarlo para avergonzarme de haber estado a punto de no venir.
Las piernas amenazaban con cederme mientras nos sentábamos a la pequeña mesa de madera, cada uno con su café en las manos.
Me temblaban las manos al llevarme la taza a los labios, y esperaba que no notara lo nerviosa que estaba.
Me sonrojé al pensar en todas esas cartas que había escrito, en las cosas que había pensado, pero cuando lo miré, supe que cada palabra había sido sincera.
Y seguía siéndolo. ¿No teníamos derecho a explorar, a hacer todo lo que habíamos escrito?
No podríamos haber escrito todas esas cosas si no las sintiéramos de verdad.
—Somos como extraños otra vez —dije, sorprendida por lo temblorosa que sonaba mi voz.
—No somos extraños —me miró a los ojos—. Te conozco —su voz grave sonaba seria.
Su olor terroso y masculino me invadía cada célula del cuerpo, y quería tocarlo. Olía al aire libre, y a algo más profundo, más intenso. Cerré los ojos y sentí dónde había estado. Podía olerlo. Podía oler su soledad, y la mía junto a ella.
—Tus cartas me ayudaron a seguir adelante —dijo Matt—. Saber que podía volver a casa, contigo.
—Casi no vengo —admití.
—Lo sé —respondió—. Sé que dudaste. ¿Cómo no ibas a hacerlo?
Extendió la mano sobre la mesa hacia la mía.
Me acarició los dedos con el pulgar, y luego la cara interna de la muñeca.
El placer me mareó; sentí cómo me humedecía entre los muslos.
Quizá era haber pensado en él durante todos esos meses, o quizá era verlo ahora, otra vez pero como si fuera la primera. Lo deseaba.
—Vuelvo enseguida —dije mientras me levantaba.
Tenía que controlarme. Me quedé en el baño hasta que no tuve más remedio que salir.
Matt me recibió entre sus brazos.
—¿Estás bien?