DELANEY #2
Contuve el aliento con anticipación, me di la vuelta hacia la pared y me apoyé contra ella mientras él se pegaba a mi espalda.
Sentí cómo se relajaba, la tensión abandonaba su cuerpo a medida que se arqueaba contra el mío.
Sus manos recorrieron mis pechos y luego bajaron entre mis muslos.
No me había dado cuenta de lo mojada que estaba hasta que me tocó el vientre y después volvió a acariciarme los pechos con los dedos húmedos.
Nunca había dejado que nadie me lo hiciera así, por detrás y contra la pared, pero cuando lo sentí entrar en mí, supe que sería delicado.
Me eché hacia atrás para que penetrara lo más hondo posible. Mis músculos se contrajeron a su alrededor mientras una tensión exquisita me recorría, y él empujó con fuerza, alcanzando lugares dentro de mí que nunca habían sentido ese placer. Me abandoné contra la pared, intentando seguirle el ritmo.
Gemí una y otra vez, persiguiendo un clímax que sabía que me dejaría exhausta y saciada de placer.
—Quiero... mirarte mientras me corro —logré articular.
No sabía si me había oído, pero cuando salió de mí, pensé que quizá lo había hecho para concederme lo que le pedía.
Nos tambaleamos hacia la cama, tan enloquecidos de deseo que no creo que supiéramos lo que hacíamos.
Apenas tuve tiempo de tumbarme debajo de él antes de que me abriera las piernas y volviera a penetrarme profundamente.
Sus embestidas eran duras, rápidas, y en medio de todo aquello, mi deseo se cumplió.
Me llevó a tal estado de excitación que estaba tan cerca del orgasmo que pensé que me moriría si paraba.
—Oh, por favor, no pa...
No pude terminar. Me corrí con fuerza, con espasmos intensos a su alrededor. Contemplé el éxtasis en su rostro mientras se corría dentro de mí.
Cuando sentí que su orgasmo había terminado, lo abracé un rato mientras le acariciaba el pelo húmedo.
Más tarde, yacíamos enredados en la cama, envueltos en las sábanas, mientras una brisa fresca entraba del océano por la puerta abierta del balcón.
—Me alegro de que hayamos discutido —dije con pereza, totalmente satisfecha mientras apoyaba la cabeza en su pecho.
Se removió debajo de mí.
—¿Por qué lo dices? —preguntó con interés mientras me acariciaba un pecho.
—Bueno, pude conocerte un poco antes de que nosotros... —me encogí de hombros; las mejillas se me sonrojaron y el pezón se me endureció bajo sus dedos—. Ya sabes...
Sonrió y arqueó las cejas con picardía.
—Esto es solo el principio.
—Sí. Siento que apenas he empezado a conocerte —respondí—. Pero no pienso parar hasta saber todo sobre ti.
Con una sonrisa traviesa, me incorporé, me senté a horcajadas sobre él y lo sentí despertar de nuevo debajo de mí mientras me restregaba contra él.
—Parece que tengo mucho tiempo perdido que recuperar.
NATALIE
—Necesitas echar un polvo.
Casi me atraganto al intentar tragar el último bocado de ensalada Cobb.
Sabía que mi amiga Clara tenía razón... hacía demasiado tiempo que no recibía atención masculina.
Pero no era precisamente sutil: lo había anunciado a los cuatro vientos en el elegante y exclusivo restaurante Morton's.
Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie la hubiera oído. Al parecer, no.
—Natalie, trabajas demasiado y necesitas divertirte un poco —se quejó Clara—. Nunca sales con amigas, y mucho menos con un chico... me ha costado horrores convencerte de venir a cenar esta noche.
Me coloqué detrás de la oreja unos mechones que se habían escapado del moño y me sonrojé. Nadie sabía mejor que yo lo duro que había trabajado últimamente, pero había disfrutado cada segundo. Esperaba que mis clientes les hablaran a sus vecinos de mi nueva clínica veterinaria.
—Crear una clientela ha sido muy duro.
—¿Cómo vas a conocer a alguien si te pasas el día encerrada en la clínica cuidando de los animales enfermos de la gente?
Suspiré. La verdad era que siempre me había llevado mejor con los animales que con sus dueños.
—A lo mejor conoces a alguien en la fiesta de Jane en The Deep End esta noche —sugirió Clara esperanzada.
—No puedo ir. Tengo el turno de noche y tengo que volver a la clínica —respondí.
Busqué en el bolso y saqué unos billetes, y luego le dediqué a Clara una gran sonrisa.
—La cena la pago yo.
—Eres un encanto. Ahora solo falta que algún chico se dé cuenta —Clara me dedicó una sonrisa traviesa y señaló mi cabeza con la barbilla—. Un chico al que le guste tu pelo recogido en ese moño apretado y que piense que estás muy sexy con la bata de laboratorio.
—Sí, claro —me reí. Últimamente, ningún chico se había interesado en mis moños ni en nada más. Mientras nos dirigíamos al coche, mi mente volvió a un cliente que había venido el día anterior, y me pregunté si eso cambiaría alguna vez.
A las dos de la madrugada del día anterior, había oído el timbre de la puerta principal de la clínica. Como a esa hora tenía que ser una emergencia, aparté una pila de historiales y fui a ver quién necesitaba mi ayuda.
Abrí la puerta principal y me encontré con un tipo alto de unos treinta años, vestido con una camiseta blanca, yendo y viniendo nervioso.
Sus intensos ojos marrones se encontraron con los míos.
No pude evitar fijarme en su mandíbula cincelada, ni en cómo le quedaban esos vaqueros azules ajustados. Sin duda alguna, el tipo era guapísimo.
En cuanto sus preocupados ojos marrones se encontraron con los míos, sus anchos hombros se relajaron.
—Menos mal que está abierto. Tengo una emergencia…
—Soy la Dra. Rodgers. ¿Cuál es su emergencia?
Se pasó una mano por la espesa mata de pelo castaño corto y frunció el ceño.
—Es mi cachorra. Está muy enferma…
—¿Dónde está?
—En el coche… no quería moverla si no había nadie aquí para tratarla.
Deseosa de ayudar, salí corriendo con el hombre. En la parte trasera de su todoterreno, una labrador negra gimoteaba en su transportín.
Tomé a la cachorra en brazos y nos dirigimos a la clínica.
—¿Qué edad tiene esta pequeña?
—Ocho semanas —respondió el tipo—. Ha estado corriendo como loca desde que la adopté hace unos días, pero esta mañana no tenía mucha energía y no quiso comer nada en todo el día. Para esta noche, ya estaba muy preocupado.
Coloqué a la cachorra sobre la mesa de exploración y la acaricié con suavidad.
—¿Cómo se llama?
—Lucky.
—Muy bien, Lucky. Veamos qué te pasa.
Después de un examen exhaustivo, le tomé la temperatura.
—Hizo bien en traerla cuando lo hizo. Tiene fiebre alta.
—¿Se pondrá bien?
—Necesitará antibióticos tres veces al día. Le mostraré cómo administrárselos. Debería empezar a sentirse mejor después de la primera dosis. Pase mañana y veré cómo está.
—Estupendo.
Extendió la mano.
—Por cierto, soy Justin Cole.
Su sonrisa increíblemente atractiva me hizo sonrojar mientras me estrechaba la mano un poco más de lo esperado.
—Encantada de conocerle, Justin.
—Gracias por cuidar de nosotros, Dra. Rodgers.
Me miró de arriba abajo. Al menos, creí que lo hizo.
—Puede llamarme Natalie —dije, preguntándome si le gustaba lo que veía y si mis mejillas se veían tan rosadas como las sentía.
¿Pensaría que estaba coqueteando con él? Bueno, quizás lo estaba. No era habitual que un tipo guapísimo entrara buscando mi atención. Y no solía pedir a mis pacientes que me llamaran por mi nombre de pila.
—Natalie, entonces.
Sonrió, y compartimos una mirada. ¿Acababa de mirarme de arriba abajo?
Lo vi salir por la puerta con Lucky y, con un profundo suspiro, volví a mi trabajo, quedándome a solas con mis fantasías sobre Justin.
Me pregunté si volvería a verlo alguna vez.
Justin había traído a Lucky durante el día. Mientras la cachorra correteaba por mi consulta, supe que estaba muchísimo mejor que la noche anterior y que estaría como nueva en poco tiempo. La envié a casa con su macizo dueño.
Después de mi cena con Clara, trabajé hasta tarde la segunda noche seguida, y a las dos de la madrugada, el timbre sonó de nuevo.
Abrí la puerta y me encontré a Justin, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros.
—Pasa —dije, haciéndome a un lado—. ¿Va todo bien? ¿Está bien Lucky?
—Está bien. Ya casi ha vuelto a ser la de siempre. Nunca he tenido un perro antes… todavía estoy aprendiendo qué hacer. Gracias por hacerlo más fácil.
—No te preocupes, estás haciendo un gran trabajo manteniéndola feliz y sana —me reí—. Aunque ten cuidado. Se hará grande en un abrir y cerrar de ojos.
—Sí.
Una pausa incómoda.
—¿Podemos hablar? —preguntó.
—Claro. ¿Por qué no pasas a mi consulta? —sugerí.
Me siguió, y en lugar de sentarse en el sillón que tenía allí para los dueños de los pacientes, se unió a mí en el mullido sofá.
Carraspeé, lista para ir al grano.
—Entonces, ¿qué te trae por aquí esta noche?
—Tú.
Se me cortó la respiración y abrí los ojos de par en par.
—Oh. Bueno… ¿qué puedo hacer por ti? —pregunté.
Justin se inclinó más cerca y su aroma limpio y masculino invadió mis sentidos. Estar completamente sola con él en mi consulta me estaba haciendo revivir mis fantasías de la noche anterior. Qué provocador. Era demasiada tentación.
—Creo que quizás deberías irte —murmuré.
Se mordió el labio inferior.
—¿Es eso lo que realmente quieres?
Suspiré. Lo que realmente quería era…
—Te soltaste el pelo —soltó de repente.
Me toqué con timidez el pelo largo que me caía sobre los hombros.
—Lo llevo recogido durante el día. Así no me molesta. Puede que no sea lo más atractivo…
—No, no —sonrió Justin, extendiendo la mano para tocarme—. Me gusta. La bata de laboratorio también me va.
Me reí.
—Estás bromeando.
Carraspeó y me miró fijamente a los ojos.
—Aunque no me importaría vértela quitar.
Mi sonrisa se desvaneció. ¿Iba en serio este tipo? —¿Me estás tomando el pelo?
Pero a juzgar por su mirada, iba completamente en serio.
—Quiero que te quites la bata. Y lo que lleves debajo.
Vacilé.
—Empiezo yo —se ofreció.
¿De verdad iba a...?
Se arrancó la camiseta. Lo vi respirar agitado mientras me observaba.