Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 55 #2
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55 #2

Tenemos documentos, cobertura, combustible, acceso a inteligencia y una clase de libertad que ninguno esperaba recuperar.

No somos soldados, pero tampoco mercenarios en el sentido antiguo de la palabra, y quizá por eso Weber sonríe cada vez que intento discutir una orden con el argumento de que técnicamente no estoy bajo su mando.

Tiene razón.

Y yo también.

La diferencia es que ahora esa tensión no nos destruye, sino que nos sirve a los dos.

Malik se adaptó antes de lo que esperaba.

Al principio, desconfiaba de todo: de los uniformes, de los sellos oficiales, de los pagos puntuales y de los hombres que sonreían demasiado al estrecharle la mano.

Después descubrió que la OTAN podía ser tan pragmática como cualquier señor de la guerra, solo que con mejores vehículos y formularios más largos, y desde entonces parece casi cómodo en esa contradicción.

No feliz, solo cómodo, lo que, para alguien como él, ya es bastante.

Hoy hemos vuelto después de doce días.

Doce días siguiendo rumores, intermediarios, rutas cortadas y pistas que se deshacían en cuanto intentábamos sujetarlas.

Ag Alhassan continúa vivo, aunque cada vez con menos margen de movimiento, menos apoyos y menos hombres dispuestos a perderlo todo por él.

No hemos cerrado la operación, no todavía, pero hemos conseguido algo mejor que una victoria rápida: hemos empezado a quitarle espacio.

Eso es lo que Weber quería, y lo que Nora sabía que podía darle.

Y eso es lo que yo he aprendido a hacer sin sentir que cada paso me aleja de mí mismo.

Conduzco las últimas calles en silencio, dejando que la ciudad se deslice a ambos lados del vehículo con su mezcla de luces amarillentas, fachadas desconchadas y balcones llenos de ropa tendida.

El cansancio se me ha instalado en los huesos, pero esta vez no viene acompañado de ese vacío que solía aparecer al final de cada misión, cuando solo quedaba limpiar el arma, contar las pérdidas y esperar el siguiente encargo.

Ahora tengo un lugar al que volver.

Esa idea sigue pareciéndome peligrosa pero, aun así, no intento apartarla.

Aparco frente al edificio y permanezco unos segundos dentro del coche, con las manos todavía sobre el volante, observando la ventana iluminada del tercer piso. La de la cocina. La persiana está medio bajada y la luz se filtra en una franja cálida sobre la pared exterior.

Está despierta, aunque eso no debería sorprenderme.

Nunca duerme bien cuando estoy fuera.

Subo las escaleras despacio. Reconozco el olor del edificio antes de llegar a nuestro piso: jabón barato, comida especiada, humedad antigua y el polvo fino del desierto que consigue entrar incluso cuando todas las ventanas están cerradas.

Saco la llave y abro la puerta con un giro suave.

El apartamento está en silencio, salvo por el rumor bajo de la ciudad entrando desde alguna ventana y el sonido del agua hirviendo en la cocina.

Dejo la mochila junto a la entrada, cierro despacio y me quedo quieto un instante, permitiendo que el cuerpo entienda que ya no tiene que avanzar, vigilar ni responder a nada.

Entonces, la veo.

Nora está en la cocina, de espaldas a mí, con una camiseta amplia y el pelo recogido de cualquier manera.

Hay una taza sobre la encimera, un plato con algo de pan y un cuenco pequeño con fruta cortada.

No sé si estaba cenando, desayunando o simplemente intentando mantenerse ocupada hasta que yo apareciera.

Durante unos segundos no digo nada.

Solo la miro.

Y todo lo que ha pasado durante los últimos doce días pierde importancia de golpe.

Ella se queda inmóvil antes de girarse, como si hubiera reconocido mi presencia antes de oírme. Cuando lo hace, no hay sorpresa en su rostro. Lo que estoy viendo es alivio, y esa clase de enfado suave que nace del miedo cuando ya no tiene dónde esconderse.

—Has tardado mucho —me dice.

Su voz sale baja, algo ronca, como si llevara horas sin usarla.

Dejo las llaves sobre la mesa.

—He tenido cosas que hacer.

La frase es pobre, insuficiente, casi ridícula después de doce días de ausencia, pero Nora no me reprocha nada. Solo me observa con los brazos caídos a los lados del cuerpo, como si estuviera decidiendo si acercarse o mantenerse firme un poco más.

No le doy tiempo.

Cruzo la cocina en tres pasos.

Ella inspira y yo elimino la distancia que queda entre nosotros con una necesidad que ya no intento disimular.

La tomo por la cintura, la levanto y la siento sobre la mesa.

El cuenco de fruta se desplaza unos centímetros, la taza tintinea contra la madera y Nora deja escapar una respiración entrecortada cuando me coloco entre sus piernas.

Sus manos suben a mi cuello antes de que la bese.

Estoy en casa.

La beso con la urgencia de los días acumulados, con el cansancio de la carretera todavía pegado al cuerpo y el alivio brutal de encontrarla aquí, real, cálida, esperándome, aunque nunca use esa palabra.

Nora me responde con la misma intensidad, rodeándome con las piernas, cerrando los dedos en mi camisa como si quisiera comprobar que no soy una imagen más de las que deja el desierto cuando uno lleva demasiado tiempo mirando el horizonte.

Me aparto lo justo para respirar.

Ella mantiene la frente pegada de la mía, los ojos abiertos, la boca demasiado próxima.

Durante un instante, no existe la ciudad, ni Weber, ni Ag Alhassan, ni las misiones que seguirán llegando mientras el mundo continúe siendo lo que es.

Solo existe esta cocina pequeña, la luz amarilla sobre su piel y el sonido de su respiración mezclándose con la mía.

Le acaricio la cintura con los pulgares y apoyo la frente contra la suya.

—Te he echado de menos —digo.

Nora cierra los ojos un segundo, y cuando vuelve a abrirlos, sonríe de esa forma que todavía consigue desarmarme más que cualquier arma.

—Yo también —susurra.

Vuelvo a besarla, más despacio esta vez, mientras sus manos se pierden en mi pelo y la ciudad sigue respirando al otro lado de la ventana.

Sí, estoy en casa.