53
Nora
La rutina tiene una forma peligrosa de parecer invulnerable.
No ocurre de golpe ni nace de una decisión consciente.
Es algo mucho más sutil, una acumulación progresiva de días que transcurren sin incidentes graves, de procedimientos que funcionan exactamente como deberían y de órdenes ejecutadas con precisión hasta que el cuerpo deja de mantenerse permanentemente en tensión y empieza, poco a poco, a aceptar la idea de que quizá el peligro inmediato ha quedado atrás.
No desaparece del todo, nunca desaparece del todo, pero se desplaza, se vuelve manejable.
La base lleva días funcionando bajo un nivel de alerta superior al habitual desde que Adrien empezó a colaborar con Weber.
Oficialmente, muy poca gente conoce el alcance real de esa colaboración.
Extraoficialmente, los cambios son evidentes para cualquiera acostumbrado a observar el comportamiento de una instalación militar antes de un posible ataque.
Los perímetros se han reforzado, las patrullas son más frecuentes, los vehículos permanecen preparados para movilizarse incluso de noche, y los puestos de vigilancia se relevan con menos margen entre turnos.
Nadie lo explica abiertamente, pero todos saben que algo se está preparando.
O que alguien se está acercando.
Estoy terminando de revisar el historial de un paciente cuando noto el primer cambio en el ambiente.
No es un sonido concreto ni una alarma inmediata, sino una modificación casi imperceptible en el ritmo del hospital.
Los movimientos se aceleran un poco. Las conversaciones se acortan.
Un enfermero cruza el pasillo con más prisa de la necesaria y dos soldados aparecen en la entrada principal con el equipo completo, algo poco habitual dentro de la zona médica salvo cuando se espera un problema serio.
Levanto la vista del informe y en ese instante, una radio crepita cerca del control de acceso y escucho varias palabras sueltas.
Movimiento.
Perímetro este.
Confirmado.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.
Dejo el historial sobre la mesa y me acerco a la puerta del hospital justo cuando una voz firme atraviesa el pasillo principal.
—Todo el personal médico, preparados para la recepción de heridos. Prioridad uno en trauma. ¡Ahora!
No hay pánico ni caos. Todo el mundo se mueve con rapidez y coordinación.
Los soldados ya saben dónde colocarse; el personal sanitario comienza a reorganizar espacios antes de que lleguen los primeros heridos y varias camillas aparecen alineadas junto a la entrada principal como si llevaran allí esperando desde hace horas.
Porque probablemente sea así.
Weber lo sabía. O, al menos, sabía que podía ocurrir.
Y yo también.
Aunque otra cosa muy distinta sea enfrentarte de verdad al momento exacto en el que el peligro deja de ser una posibilidad abstracta y se convierte en algo real.
Salgo al exterior por la puerta lateral del hospital y avanzo hasta una zona desde la que puedo ver parte del perímetro.
El sol cae con violencia sobre la arena, y durante un instante, la claridad me obliga a entrecerrar los ojos.
Entonces veo el polvo levantándose a lo lejos.
Vehículos.
Varios.
No avanzan de forma caótica ni improvisada. Se despliegan en abanico, utilizando la amplitud del terreno para dificultar una respuesta concentrada desde las defensas de la base.
Están organizados.
Demasiado.
Un soldado corre hacia una posición defensiva a pocos metros de mí mientras se ajusta el fusil contra el pecho.
—¿Cuántos? —pregunto.
—Más de los que nos gustaría —responde sin detenerse.
Los primeros disparos, secos y precisos, llegan antes de que los vehículos alcancen el perímetro.
El sonido atraviesa el aire con esa violencia abrupta que mi cuerpo reconoce de inmediato, antes incluso de que mi mente termine de procesarlo.
Después llega la respuesta de la base. Las torres de vigilancia abren fuego, varias ráfagas cruzan el espacio exterior y uno de los vehículos enemigos derrapa violentamente antes de perder el control y girar sobre sí mismo levantando una muralla de arena.
El combate empieza de verdad.
Regreso al hospital sin esperar ninguna orden. Aquí es donde tengo que estar, no en el exterior ni con un arma entre las manos.
Mi guerra está aquí dentro.
En cuanto atravieso las puertas, el hospital ya se ha transformado. Las zonas de tránsito desaparecen y todo se reorganiza alrededor de una única prioridad: absorber el impacto de lo que está ocurriendo fuera.
Los minutos pasan con una cadencia tensa, hasta que la primera camilla cruza la puerta.
Un soldado con una herida abierta en el abdomen.
Casi al instante llega otro inconsciente, cubierto de polvo y sangre.
Todos nos ponemos en marcha al mismo tiempo en una coreografía perfectamente sincronizada.
Una enfermera intenta contener una hemorragia arterial mientras varios médicos despejan el espacio alrededor de la mesa de trauma principal.
No hay tiempo para pensar demasiado.
Las manos se mueven solas, ejecutando procedimientos que conozco desde hace años, aunque ahora hay algo distinto en mí. Lo noto en la rapidez con la que priorizo, en la forma casi automática en la que anticipo complicaciones antes siquiera de que aparezcan.
Ya no trabajo como alguien que confía plenamente en tener tiempo suficiente para corregir los errores después. Trabajo como en el desierto. Como si cada decisión fuera definitiva.
—Presión estabilizada.
—Necesito otra vía aquí.
—Preparad transfusión.
Las órdenes salen de mi boca con firmeza mientras me desplazo de una camilla a otra sin detenerme más de lo imprescindible.
A mi alrededor todo funciona con una precisión brutal mientras el sonido del combate continúa filtrándose desde el exterior: disparos, explosiones aisladas, motores acelerando demasiado cerca del perímetro.
Y entonces algo cambia en el exterior.
Lo noto antes de entenderlo del todo.
El patrón de los disparos se altera de repente, desplazándose hacia otro punto de la base. Las ráfagas dejan de concentrarse únicamente en el acceso principal y empiezan a cruzarse desde varios ángulos distintos, como si alguien hubiera roto la formación de los atacantes desde atrás.
Levanto la cabeza apenas un segundo y veo que los soldados que protegen el hospital intercambian miradas rápidas.
Uno de ellos habla por radio con voz tensa.
—¿Quién coño está disparando desde el flanco sur? —pregunta muy alterado.
No obtiene respuesta, pero yo sé qué está pasando. La siento.
Es una intuición absurda y precisa que me atraviesa el cuerpo entero con una claridad imposible de justificar racionalmente.
Adrien y sus hombres.
El pensamiento aparece de golpe y se instala dentro de mí con la misma fuerza con la que el sonido del combate empieza a desplazarse hacia el interior de la base.
Los disparos ya no suenan igual.
Hay desorden fuera, confusión.
Los atacantes están perdiendo la cohesión inicial.
Una nueva explosión hace temblar las paredes del hospital y durante unos segundos el generador eléctrico parpadea antes de estabilizarse otra vez.
—¡Capitana!
Me giro de inmediato hacia el enfermero que intenta contener la hemorragia de un soldado herido en la pierna. Corro hacia él y vuelvo a concentrarme en lo urgente, obligándome a apartar todo lo demás.
No puedo pensar en Adrien ahora, no puedo permitírmelo.
Trabajo durante varios minutos más sin levantar apenas la vista. El tiempo se vuelve extraño otra vez, fragmentado en decisiones rápidas, sangre, órdenes y respiraciones contenidas.
Hasta que escucho disparos demasiado cerca. No en el perímetro exterior, sino dentro.
Varias voces gritan órdenes al otro lado del edificio y luego llegan pasos acelerados por el pasillo exterior. Un soldado aparece en la puerta principal del hospital, cubierto de arena y sudor.
—¡Han entrado en la base! —grita—. ¡Equipo de seguridad al ala oeste ahora mismo!
El corazón me golpea con fuerza contra las costillas.
Por primera vez desde que empezó el ataque, siento miedo de verdad.
Intento seguir trabajando, pero mi atención ya no consigue mantenerse completamente fija en las heridas que tengo delante. Cada disparo cercano me atraviesa como una descarga.
Los atacantes están entrando en el hospital.
Entonces escucho algo más.
No es un disparo, sino una voz. Lejana todavía, ronca y furiosa.
Y completamente reconocible.
Levanto la cabeza de golpe.
Durante unos segundos solo veo movimiento caótico al final del pasillo: soldados desplazándose, humo entrando desde una puerta lateral abierta y sombras cruzándose demasiado deprisa.
Después, lo distingo.
Adrien aparece entre el humo acompañado de dos de sus hombres. Avanza por el interior de la base con el fusil pegado al hombro.
Dispara hacia un lateral sin detenerse apenas y uno de los asaltantes cae detrás de unas cajas médicas volcadas.
Otro hombre llega desde el extremo contrario del pasillo y Adrien reacciona antes incluso de que yo termine de procesarlo. Lo derriba con dos disparos secos y continúa avanzando.
Hasta que me encuentra.
Nuestros ojos se cruzan en mitad del caos.
Y durante un instante, exactamente igual que ocurrió aquella noche en el campamento mientras el mundo se venía abajo a nuestro alrededor, todo lo demás parece apartarse.
No hay hospital.
No hay soldados.
No hay guerra.
Solo esa mirada fija en la mía mientras el ruido del combate continúa explotando a nuestro alrededor.
Adrien reduce la distancia entre nosotros sin dejar de vigilar el entorno.
—Te dije que esto acabaría siendo complicado —dice.
Y, pese al humo, los disparos y la sangre que cubre parte de su camisa, noto una sonrisa cansada abriéndose paso en mi boca.
—Tienes una forma horrible de presentarte en los sitios.