Epílogo Juliet
Me temblaban ligeramente las manos mientras me ajustaba el largo velo transparente; la tela caía a mi espalda, confundiéndose con la cola de mi vestido hasta el punto de que no se sabía dónde empezaba uno y terminaba la otra.
Las delicadas flores de encaje se desparramaban sobre la alfombra de diseño recargado del Hotel Plaza, creando un prado blanco que se extendía tras mis zapatos de raso blanco.
—Estás perfecta —dijo Gabriella para tranquilizarme mientras se acercaba a mí, sosteniendo un ramo de rosas blancas anudadas con una sencilla cinta blanca.
—Tú estás perfecta —dijo Sadie, situándose al otro lado, con un vestido idéntico al de Gabriella. Era de un rosa pálido y sedoso, y la tela captaba la luz de la lámpara de araña que colgaba sobre nosotras.
—Gracias por estar aquí —dije, sonriéndoles a las dos.
—¿Estás de broma? —preguntó Sadie, arqueando una ceja mientras se echaba su melena cobriza sobre los hombros, dejando que las ondas sueltas cayeran en cascada por su espalda.
—Te vas a casar —dijo Gabriella dándome un codazo. Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja, con sus ojos castaños brillantes por las lágrimas que amenazaban con asomar.
—No hagas eso —le pedí sacudiendo la cabeza—. No puedo llorar y estropear este maquillaje tan precioso.
Se rió suavemente. —Sabes que vas a llorar en cuanto veas a Chester…
—¿Lo has visto? —pregunté con impaciencia.
Ella asintió, con una sonrisa dibujándose en sus labios.
—¿Y? —insistí, sintiendo que mi impaciencia crecía. Me moría por verlo. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Justo al otro lado de las pesadas puertas de madera que tenía delante.
—Me ha dicho que te diera esto —dijo Gabriella, sacando una nota del escote de su vestido. Me la tendió entre dos dedos y yo se la arrebaté de la mano con avidez. La desplegué rápidamente y vi tres palabras sencillas.
Te quiero.
Sonreí al ver su caligrafía trazada en negro sobre el papel blanco perfectamente doblado. Era justo el mensaje que necesitaba leer para calmar los nervios que revoloteaban en mi estómago.
Sencillo.
Tan diferente de la historia de cómo llegamos hasta aquí.
Un lío de romance de oficina, chantaje, arrestos, demandas y un embarazo inesperado.
Era increíble haber superado todas las adversidades.
Habernos elegido el uno al otro a pesar de todo.
Nuestra historia de amor, por complicada que fuera, estaba logrando su final feliz.
Las pesadas puertas de madera se abrieron un poco y mi organizadora de bodas asomó la cabeza; llevaba el pelo castaño recogido en un moño tirante y sus ojos verdes bailaban de emoción al posarse en mí.
—¿Estás lista? —preguntó con su voz melodiosa.
—Mmmm. —Asentí.
—¡Ya voy! ¡Ya voy! —dijo una voz que se acercaba por el largo pasillo.
Sonreí al ver a Sarah con su vestido de dama de honor a juego y llevando a mi hija en brazos. Mi preciosa hija de tres meses, que me dedicaba una sonrisa desdentada mientras su propio vestido rosa pálido estallaba a su alrededor en encaje y tul.
—Hola, pequeña —dije, inclinándome para besarle la nariz mientras Sarah la acunaba en el hueco de su brazo, con una cesta de pétalos de rosa frescos colgada del otro.
—Y hola a ti —añadí, mirando a la que ahora era mi mejor amiga.
Sarah me sonrió bajo su flequillo negro azulado, que le caía justo por encima de sus tupidas cejas.
—La niña de las flores se presenta al servicio —dijo Sarah.
—Blair, estás guapísima —exclamó Gabriella, haciéndole cosquillas en las mejillas sonrosadas a mi hija.
Blair le respondió con gorgoritos, haciendo que a todas se nos derritiera el corazón.
—La música está empezando —dijo mi organizadora de bodas, con un ligero matiz de premura en la voz.
Asentí, apretando el ramo con más fuerza. Vi cómo Sarah y Blair cruzaban la puerta, seguidas por Gabriella y Sadie en fila. Cuando la puerta se cerró tras ellas, tragué saliva con dificultad, preparándome para este momento tan importante de mi vida, con las emociones a punto de desbordarse.
—Mantén la compostura —susurré, justo cuando las puertas se abrieron para dar paso a una sala que era absolutamente impresionante.
Ahogué un grito de asombro al dar el primer paso por el pasillo, rodeada de rosas blancas en jarrones de cristal y velas de té que parpadeaban con un brillo cálido, a juego con la lámpara de cristal que colgaba del techo, proyectando prismas de colores en las paredes.
Recorrí el pasillo con la mirada hasta posarla en el hombre de mis sueños, haciendo que todo lo demás desapareciera de repente.
Se me escapó un sollozo silencioso. Chester esperaba al final del pasillo con un esmoquin negro, con sus manos fuertes cruzadas delante de él, mientras una sola lágrima le resbalaba por la mejilla para perderse en la comisura de su sonrisa.
Sentía como si mis zapatos de raso flotaran por el pasillo hacia él; el corazón me golpeaba el pecho tan fuerte que juraría que la gente podía oírlo por encima del cuarteto de cuerda.
Al llegar al final del pasillo, bajó el escalón de blanco brillante y me tendió la mano para ayudarme a subir junto a él.
El calor de su mano me cautivó mientras contemplaba su rostro atractivo, todavía humedecido por las lágrimas.
Me susurró un «hola» sin sonido y yo le devolví la sonrisa, con mis propias lágrimas cayendo ahora.
Me las secó suavemente con el pulgar justo cuando el oficiante comenzaba la ceremonia.
Ojalá pudiera recordar cada palabra que se dijo, y sabía que estaba grabado en vídeo en alguna parte, pero estaba tan concentrada en Chester que todo lo demás parecía desenfocarse.
Las palabras. La gente. El olor de las rosas.
Solo podía verlo a él. Solo podía sentirlo a él.
Era como si estuviéramos en nuestro propio mundo, pronunciando las palabras que tanto tiempo habíamos esperado decirnos.
Sí, quiero.
Sellamos nuestros votos con un beso, dulce y tierno, seguido de una inclinación mientras yo me reía suavemente, mirando a Chester, que lucía esa sonrisa pícara que tanto me gustaba.
Recorrimos el pasillo de vuelta llevando a Blair entre los dos, acariciando su carita suave y redonda.
Grabé mentalmente ese momento en mi memoria, como una polaroide que me acompañaría siempre.
El fotógrafo nos reunió a nosotros y al cortejo nupcial para hacer unas fotos antes de dejarnos celebrar con nuestros amigos más cercanos, para luego unirnos al banquete al que la gente iría entrando después del cóctel.
No pude evitar notar durante las fotos que Sarah parecía un poco distante, como si tuviera la cabeza en otra parte.
Hacía lo posible por sonreír, pero yo me daba cuenta de que era fingido.
Cuando los acompañantes del novio y las damas de honor estaban abriendo una botella de champán, la aparté a un lado. Me entrelacé con su brazo y estudié su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó ella encogiéndose de hombros.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Estoy bien —dijo con aire despreocupado, pero noté el tono agudo en su voz que me indicaba que no estaba siendo del todo sincera.
Iba a insistir más cuando sentí que unas manos familiares me rodeaban la cintura y me atraían. Aspiré su aroma a sándalo y cerré los ojos, arqueando el cuerpo contra el calor del de Chester.
El cuerpo de mi marido.
Le miré y sonreí.
—¿Me permites robarte a mi esposa? —le preguntó a Sarah.
—Por supuesto. —Ella sonrió y nos despidió con la mano, dándose la vuelta para reunirse con el resto del cortejo nupcial.
Chester me acarició los brazos y me cogió de las manos, tirando de mí suavemente para que lo siguiera por el largo pasillo hacia el vestíbulo del hotel.
—¿Adónde vamos? —pregunté riendo suavemente mientras intentaba seguir su paso rápido.
—Como te mire un rato más con ese vestido, no respondo de si te lo acabaré arrancando en el banquete —dijo con la mirada recorriendo el corpiño de mi vestido.
—¡El banquete! —exclamé, mirando hacia atrás, donde todos tomaban champán.
—Es después del cóctel —me recordó, pulsando el botón del ascensor.
—¡Chester! —dije, siguiéndole al interior del ascensor, donde sus labios chocaron contra los míos con hambre. Sus manos subieron por mi espalda y se posaron sobre mi pelo, con cuidado de no estropear el recogido en el que mi peluquero había tardado una hora.
—No puedo evitarlo —dijo, separándose brevemente del beso—. Eres mi mujer.
Sentí que me flaqueaban las rodillas al oír las palabras salir de su boca contra mis labios. Me entregué al beso, recorriendo sus labios con la lengua, mientras el ascensor seguía subiendo.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, prácticamente tropezamos al salir de las puertas doradas y corrimos por el pasillo hacia nuestra suite.
Chester pasó la tarjeta por el lector y se oyó el clic de la puerta.
Antes de que pudiera dar un paso adentro, me cogió en brazos como si no pesara nada y me cruzó por el umbral.
—Qué romántico —dije con una sonrisa pícara.
Él arqueó las cejas y me llevó hasta la cama, dejándome con cuidado, como si pudiera romperme. Se quedó de pie sobre mí, pasándose los dedos por la mandíbula pensativo, mientras me miraba.
—Voy a tener que ir con cuidado con esto —reflexionó.
—No demasiado cuidado —dije con una sonrisa astuta.
Soltó una risita, un estruendo sordo que escapó de su garganta, mientras se acercaba a la cama.
Apoyó la rodilla en el colchón y sus manos buscaron el dobladillo de mi vestido, subiéndolo con cuidado por mis piernas.
El tejido de tul blanco se amontonó alrededor de mis caderas mientras yo me quitaba los zapatos.
—Señora Brandfield —exclamó Chester abriendo mucho los ojos—. Me parece que has olvidado tu ropa interior.
Me mordí el labio y negué con la cabeza.
—Tú sabías que esto pasaría.
—Yo esperaba que pasara.
Era cierto. Esperaba que me robara para bautizar nuestro matrimonio antes de continuar con las festividades de la noche. Tenía unos culotes de encaje para ponerme el resto de la noche. No pensaba dar un espectáculo a todo el mundo en el momento de quitar la liga más tarde.
Chester se movió rápidamente por la cama y buscó la cintura de sus pantalones, soltando el cierre y la cremallera hasta que cayeron a sus pies.
Se los quitó junto con los zapatos antes de volver a subirse sobre mí.
Lo atraje para darle un beso, sin molestarme en desabrochar los botones de su camisa ni en quitarle la chaqueta.
Dejó escapar un gemido sordo en mi boca mientras sus manos vagaban bajo el tul de mi vestido, que costaría demasiado esfuerzo quitar.
Teníamos que estar de vuelta en el salón en treinta minutos.
Busqué a Chester y lo guié hacia mí con avidez. Me encontré con un puñado de firmeza que me hizo soltar un suspiro de anticipación.
—Te quiero —susurré; nuestras miradas se cruzaron, con nuestros rostros a apenas unos centímetros.
—Te quiero —respondió él justo antes de deslizarse dentro de mí, de forma lenta y pausada, haciéndome ver las estrellas como si el techo de nuestra suite hubiera desaparecido, revelando el cielo nocturno.
Veinte minutos después, yacíamos entrelazados en un montón de tul y suave lana negra. Chester me sonreía mientras estudiaba mi rostro, apartándome un mechón de pelo que se había soltado.
—¿Estoy hecha un desastre? —pregunté preocupada.
—Para nada —dijo negando con la cabeza antes de darme un pequeño beso en la nariz.
—Estamos casados —dije.
—Lo sé. —Sonrió de oreja a oreja.
—¿Es todo como habías imaginado?
—Incluso mejor.
Me acerqué y besé sus labios antes de levantarme de la cama. Di una palmada.
—Tenemos que ir al banquete —dije—. Blair probablemente se esté preguntando dónde están sus padres.
—Tenemos una hija —dijo Chester con incredulidad.
Me reí a carcajadas. —Así es.
—Es bastante perfecta, ¿lo sabes? —dijo él, bajando de la cama y recogiendo sus pantalones.
—Lo sé —asentí.
Nos aseamos rápidamente, asegurándonos de que no pareciera que acabábamos de tener sexo.
Sin embargo, pareció inútil por la forma en que Sadie me guiñó un ojo con malicia cuando entramos en el salón después de que el DJ nos anunciara como recién casados.
La ignoré, aunque sentía las mejillas ardiendo, y recuperé a Blair de manos de Gabriella.
Se unió a nosotros para nuestro primer baile con una canción lenta que Will tocó a la guitarra.
Era una de las primeras canciones que habíamos bailado la noche que nos conocimos, y ahora bailábamos con nuestra hija en brazos entre los dos.
Durante la cena, Chester y yo paseamos y saludamos a los invitados, agradeciéndoles su asistencia. Cuando me acerqué a Sarah en la mesa del cortejo nupcial, vi que seguía pareciendo distante. Me arrodillé a su lado.
—Siento que no termináramos nuestra conversación de antes… —le dije.
Ella me quitó importancia con un gesto, tomando un sorbo de champán. —No pasa nada, Juliet. Es el día de tu boda. No quiero arruinarlo por culpa de un tío…
—Día de la boda o no, eres mi amiga. ¿Qué está pasando?
—Juliet —me apretó la mano—. Te prometo que te lo contaré más tarde. Ve a disfrutar de tu noche.
Me dedicó una sonrisa auténtica, con mirada sincera. Le apreté la mano en respuesta y asentí, sabiendo que me lo contaría cuando estuviera lista.
Hasta entonces, iba a buscar a mi marido y a bailar toda la noche.