Tentación Irresistible (Confesiones de bebés nº 7) Capítulo 18 Chester
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Capítulo 18 Chester

La reunión con el Sr. Craddock había salido como preveía.

Dos hombres sacando pecho el uno frente al otro, esperando a ver quién cedía ante las ideas y exigencias del contrario.

Si pensaba que íbamos a poder trabajar juntos para monopolizar el sector, tendría que reconsiderarlo o, al menos, venir a por mí con una táctica mejor.

Nunca me había asociado con nadie como socios al cincuenta por ciento, y no tenía intención de empezar ahora a menos que fuera absolutamente necesario o supusiera un beneficio financiero real.

La gente lo intentaba. A menudo. Presentando ideas en reuniones, en eventos benéficos o al azar por la calle, como si esto último fuera a funcionar de verdad.

Siempre consideraba la idea, pero, a decir verdad, me iba perfectamente bien por mi cuenta con Will como socio capitalista.

La reunión se había alargado una eternidad.

No ayudaba que yo siguiera completamente distraído con Juliet, que había dejado una huella profunda con la actuación que dio haciendo de camarera.

Todavía no lograba asimilar el hecho de que se hubiera pavoneado por allí sin nada debajo de esa falda que apenas le cubría el culo.

La cara del Sr. Craddock estaba tan roja como un tomate, y eso que ni siquiera había visto lo que yo vi: las nalgas de su hermoso culo al aire.

Aquella visión hacía que cualquier cosa que el Sr. Craddock dijera sonara como si estuviera bajo el agua.

Y luego su numerito en el despacho…

¿Eso era un tanga rosa fucsia?

Cada vez era más creativa con sus gestos provocadores, y yo estaba perdiendo la paciencia conmigo mismo por mantener la compostura.

Al final, acabaría perdiendo el control y llevándomela a mi despacho para follarle hasta perder el sentido.

Era solo cuestión de tiempo y, a juzgar por las medidas que estaba tomando ahora, ella lo deseaba con las mismas ganas. Lo estaba pidiendo a gritos.

Ahora, a solas en mi despacho y todavía molesto por la reunión con el Sr. Craddock, deseaba no haber enviado a Juliet a casa antes de tiempo.

Todo aquello de la camarera había sido divertido y me había mantenido empalmado durante casi toda la reunión, pero el trato era que podía irse a casa.

Ahora me arrepentía, porque tenía una tensión que necesitaba liberar y sabía que ella podía encargarse de eso.

Miré al otro lado del pasillo, hacia su despacho.

Su escritorio estaba vacío y el resto de la oficina empezaba a despejarse.

Tamborileé con los dedos sobre mi mesa, sin saber si quería irme a casa o quedarme hasta tarde con un vaso de bourbon para repasar los planes de negocio.

Finalmente opté por la pequeña botella de bourbon que guardaba en el cajón inferior de mi escritorio y le di un trago directamente del envase.

Apoyé los pies sobre la mesa y empecé a revisar las posibles alianzas comerciales a las que había echado el ojo, determinando exactamente con quién necesitaba programar una reunión.

No es que necesitara más fusiones o adquisiciones, pero a eso me dedicaba.

Por eso el ego del Sr. Craddock no soportaba estar en la misma habitación que yo. Era un titán.

Mientras daba otro trago de bourbon, sintiendo el licor dulce y fuerte bajando por mi garganta, el teléfono vibró sobre la mesa.

Will.

Lo cogí y giré mi silla de escritorio para contemplar las vistas de la ciudad, con el anochecer posándose sobre los edificios y Central Park.

—Hola, estrella del rock —dije.

Él soltó una carcajada. —Hola, CEO. —Podía oír música de fondo y un murmullo de gente. Supuse que estaba dando otro concierto.

—¿Por dónde andas ahora? —pregunté con curiosidad.

—En Colorado.

—¿Qué demonios haces tan lejos en el oeste?

—Me salió un bolo por aquí —dijo con naturalidad, como si no estuviera a más de mil quinientos kilómetros de distancia.

—Parece que las cosas están despegando de verdad para ti, ¿eh? —pregunté.

—Bah. No es para tanto. Un local pequeño de por aquí me pidió que tocara. Un agente de contratación vio clips de mi actuación en Nueva York y me llamó.

—Pues a mí me parece algo importante, tío —dije.

—Ya veremos.

Por su voz me di cuenta de que los nervios le estaban pasando factura. No era el tipo engreído y sarcástico de siempre, así que dejé que cambiara de tema.

—¿Y tú qué? ¿Dónde estás en esta hermosa noche? —preguntó; el sonido de la música se desvaneció al fondo para ser sustituido por el de un claxon. Debía de haber salido fuera del local.

—Trabajando —mascullé, dando otro sorbo al bourbon.

—¿Qué? ¿Por qué? Son como las ocho de la tarde allí —dijo.

—No tengo nada mejor que hacer.

Una afirmación ridícula teniendo todo Manhattan literalmente a mis pies.

—¿Cómo van las cosas con la nueva empresa? —preguntó, con un matiz de preocupación en la voz. No estaba seguro de si lo preguntaba como amigo o como socio.

Me froté la nuca y me eché hacia atrás en la silla, mirando al techo, donde los focos empotrados estaban ahora atenuados a estas horas.

—Sinceramente, es un poco más complicado de lo que había previsto.

—Vaya, mierda.

—Sí. Todavía hay que vender algunos activos y recortar un poco más de lastre antes de que podamos optimizarlo todo por completo.

—Quién iba a decir que las organizaciones sin fines de lucro serían tan espinosas. ¿Sigues pensando que hiciste el movimiento correcto?

—En la prensa queda genial. Parecemos santos. Ahora solo necesito que se vea bien internamente.

—Lo conseguirás —dijo con confianza.

—Lo sé.

—¿Llegaste a contratar a una nueva asistente o sigues respondiendo tú al teléfono? —preguntó riendo.

Me mordí el interior del carrillo al recordar que aún no le había contado lo de haber contratado a Juliet. Ahora o nunca, supongo. Al fin y al cabo, había sido idea suya.

—Lo hice, de hecho.

—¿Y quién es? ¿No ha dimitido todavía? —bromeó.

—Qué curioso… —me reí entre dientes.

—¿Qué? —insistió él.

—¿Te acuerdas de esa chica, Juliet? La que—

—¿La que transmitió en directo desnuda en la ducha? —terminó él mi frase.

—Exacto. Bueno, resulta que la he contratado como mi asistente personal.

Se hizo el silencio al otro lado del teléfono. Al cabo de un momento, me lo aparté de la oreja para asegurarme de que Will seguía en la línea. Seguía allí.

—Me estás tomando el pelo… —dijo finalmente.

—No.

—¡Te lo dije en broma cuando te dije que la contrataras! —exclamó alzando la voz.

—Lo sé… —dije con vacilación.

—¿Qué pasa, Chester? —preguntó Will—. ¿Ha pasado algo entre vosotros dos?

Le di la espalda a las vistas de la ciudad, oscura y salpicada de luces brillantes.

Tamborileé con los dedos sobre mi escritorio, debatiéndome entre contarle a Will lo que había pasado con Juliet en su concierto.

Aquí era donde las facetas de socio y de mejor amigo se volvían complicadas.

Era un milagro que hubiéramos mantenido el equilibrio entre ambas durante tanto tiempo.

—Ha pasado, ¿verdad? —preguntó con voz baja, mientras el sonido del tráfico lo ahogaba aún más.

—Sí. Simplemente ha surgido así. En realidad, es culpa tuya.

—¿Culpa mía? —preguntó exasperado—. Por favor, explícame eso.

—Ella estaba en tu concierto. Me tropecé con ella allí.

—¿En serio?

—Tu música nos unió… —bromeé.

—Mierda —dijo, como si se diera cuenta de algo—. Esa era la chica con la que te estabas morreando. Me pareció que me resultaba familiar. Os fuisteis juntos…

—A mi casa —sonreí.

—Cielo santo. ¿Entonces la contrataste antes o después de follártela?

—Después.

Se quedó callado al otro lado de la línea.

Otra vez. Quizá no debí habérselo dicho.

No es que hubiera vuelto a pasar nada con ella.

Al menos todavía no. Técnicamente, tuvimos sexo antes de que la contratara como mi asistente personal, lo cual era peor que ser simplemente una contable en otra planta. ¿Verdad?

—Solo quiero que tengas cuidado, Chester. Te estás metiendo en terreno pantanoso. Estoy seguro de que parece divertido, pero ¿vale la pena el riesgo? —dijo Will con cautela.

Tanga rosa fucsia.

Definitivamente parecía que valía la pena el riesgo.

Pero sabía por qué lo decía.

—Simplemente no hagas ninguna estupidez, ¿vale? Al menos, no otra vez —advirtió.

—Ella no me lo está poniendo fácil —dije, sacudiendo la cabeza con frustración.

—Si no puedes controlarte, quizá deberías mantener las distancias. Devuélvela a Contabilidad. U ocúpate de que se marche —sugirió.

Suspiré, sabiendo en el fondo que probablemente tenía razón. Simplemente no quería admitírselo a él, ni a mí mismo. Esto con Juliet se estaba volviendo cada vez más arriesgado; cada uno de nosotros se acercaba un poco más a cruzar la línea de nuevo.

—No lo sé, Will… quizá deberías volver y trabajar conmigo… —dije, ofreciendo una solución que ni siquiera tenía sentido. Solo sentía que tener a mi mejor amigo y socio aquí mantendría las cosas en perspectiva.

—¿Tan serio es lo de esa chica? —preguntó.

No sabía qué decir. Juliet y yo no éramos más que un par de lo que parecían estudiantes de instituto tonteando, viendo hasta dónde podíamos presionar al otro hasta que uno de los dos cediera.

No sabía qué había más allá de eso, aparte de un sexo estupendo.

Un sexo alucinante. Para mí, nunca iba más allá con ninguna mujer. Pero Juliet no era cualquier mujer…

Debí de quedarme callado un instante de más porque oí a Will soltar un suspiro de preocupación al otro lado del teléfono.

—Sigo siendo dueño del cuarenta por ciento de la empresa —comenzó—. Podría dejar mi retiro temporalmente.

Sonaba como si fuera la idea más miserable que se le había ocurrido en la vida, y me sentí mal incluso por haberlo sugerido. Todo porque parecía que no podía mantenérmela dentro de los pantalones. ¿Qué edad tenía? ¿Diecisiete?

—Aunque preferiría no tener que hacerlo —continuó Will—. Es posible que tenga una serie de conciertos próximamente. Si esta noche sale bien, mi próxima actuación podría ser en California. En Las Vegas, posiblemente.

Me animé al oír aquello.

—Se supone que tengo que ir a Las Vegas para reunirme con un cliente pronto —dije.

—¿Cuándo? —preguntó Will, con un deje de emoción en la voz.

—De hoy en una semana —dije, comprobando el calendario en mi ordenador.

—Vaya, mierda. Justo cuando estaría tocando yo. Si me dan el horario.

—Te lo darán —dije con seguridad.

—Lo sabré después de esta noche… —dijo él, con los mismos nervios volviendo a aparecer y volviendo tensa su voz.

—Mira, Will. Me encargaré de que todo esté bajo control aquí —dije con firmeza—. No voy a apartarte de la música solo porque yo sea un idiota.

—Bien. Porque de verdad que no quiero tener que ir a hacer de tu niñera.

Me reí entre dientes.

—Pero ¿cómo era ella? —preguntó al cabo de un segundo, vencido por la curiosidad.

—Ni siquiera quieres saberlo… —gemí.

—Ten cuidado, Chester —advirtió—. Me tengo que ir. Ya te contaré lo de Las Vegas.

—Mucha mierda —dije, colgando el teléfono y deslizándolo por la mesa. Fruncí el ceño ligeramente. Pensé que quitármelo de encima me haría sentir mejor, pero compartir lo ocurrido con Juliet solo me hizo sentir peor. Will tenía razón. Tenía que controlar esto antes de que me estallara en la cara.

Parecía imposible, como si estuviéramos en un tren que se dirigía hacia una vía muerta. A toda velocidad. Desnudos. No estaba seguro de cómo se suponía que debía detenerlo, o de si realmente quería hacerlo.

Suspiré con frustración mientras me pasaba las manos por las mejillas.

Justo entonces, las luces del pasillo parpadearon al encenderse.

Por un breve segundo, me pregunté si Juliet habría olvidado algo y habría vuelto a recogerlo.

Pero entonces vi al equipo de limpieza empujando su carrito por el pasillo.

Era tarde. Cogí la botella de bourbon de la mesa y enrosqué de nuevo el tapón antes de volver a colocarla con cuidado en el cajón de abajo.

Al salir de mi despacho, las dos mujeres me saludaron con un gesto antes de volver a sus tareas de aspirado y limpieza del polvo.

Les dediqué una leve sonrisa y me dirigí hacia los ascensores, sintiéndome estúpido por haber pensado que era Juliet.

Después de haberme dicho a mí mismo que tenía que tomar el control de la situación.

Idiota.

Ese era el nivel de influencia que esa chica tenía sobre mí. Juraría que podía oler su perfume de vainilla en el ascensor mientras bajaba al vestíbulo.

Tomaría el control de las cosas. Tarde o temprano.

Lo que Will no sabía no le haría daño, y yo no tenía planes de que me pillaran.

Juliet y yo podíamos seguir con este jueguecito.

No hacíamos daño a nadie y no se habían cruzado líneas.

No todavía. No iba a despedirla, y resultaría sospechoso si la trasladaba de nuevo.

Al menos eso era lo que me decía a mí mismo.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, salí al vestíbulo y me sorprendió ver a unas cuantas personas trabajando y tomando café en unas mesas cercanas.

El resplandor de sus portátiles desdibujaba sus rasgos bajo la tenue iluminación de la gran entrada.

Tenían una bandeja de cartón con cafés entre ellos, combustible para aguantar unas horas de trabajo nocturno.

No sabía de qué departamento eran y, por suerte, no se percataron de mi presencia.

Me dirigí a la gran puerta de cristal para subir a mi limusina que esperaba justo fuera.

—Hola —dijo una voz de mujer a mi derecha, haciéndome sobresaltar ligeramente.

Miré y vi a una mujer de pelo oscuro con un corte muy corto que acentuaba sus marcadas facciones.

Sus ojos brillaban bajo la tenue luz mientras me sonreía como si me conociera.

Incapaz de ubicarla y sin ganas de hablar, asentí educadamente y seguí hacia las puertas, dejando a la misteriosa mujer apoyada contra un pilar de mármol del vestíbulo.