Capítulo 12 Chester
Me había decepcionado encontrarme a Juliet fuera de la cama al darme la vuelta esta mañana; mis sábanas aún olían a vainilla, lavanda y sudor, recordándome cuántas veces la había poseído durante la noche.
Se mostró incansable en su necesidad de más, y yo estuve encantado de dárselo.
De frente. De lado. Por detrás. De cualquier forma que yo quisiera, ella me dejaba dárselo.
Eran poco más de las siete de la mañana cuando desperté; el sol apenas asomaba por los grandes ventanales de mi dormitorio y su luz confirmaba que ella no estaba por ninguna parte.
Una vez que salí perezosamente de la cama, recorrí mi apartamento para ver si estaba en el baño o sirviéndose café, pero estaba solo. Y completamente agotado.
Desnudo en la cocina, preparé una cafetera de café cargado que tenía intención de beberme entera.
Mientras esperaba a que se hiciera, con el sonido del agua siseando y burbujeando, sonreí al mirar la encimera que tenía al lado.
Juliet había estado sentada allí apenas unas horas antes, después de un refrigerio de medianoche a base de nata montada y frambuesas, justo antes de abrirse de piernas y atraerme hacia su interior.
La nata montada sabía aún mejor sobre sus rosados pezones.
Joder. ¿Cómo demonios iba a trabajar hoy?
Tan pronto como el recuerdo me hizo sonreír, se desvaneció cuando mi mente tomó el control.
Me preguntaba por qué no se había molestado en decir adiós o al menos dejar una nota, especialmente después de la noche que habíamos pasado.
La mayoría de las mujeres se quedaban más tiempo de lo debido en mi apartamento, si tenían la suerte de quedarse siquiera a pasar la noche.
Yo era un maestro inventando excusas sobre por qué tenían que irse en mitad de la noche, ya que no era muy fan de las despedidas incómodas y prolongadas en las que tenían la pregunta de «¿Hacia dónde va esto?
» en sus ojos expectantes. Nunca iba a ninguna parte.
Sin embargo, aquí estaba Juliet, que al parecer no había podido salir de mi casa lo suficientemente rápido.
Me lo tomaría como algo personal si no la hubiera sentido temblar alrededor de mi polla mientras gemía más de un puñado de veces a lo largo de la noche.
No había fingimiento posible en eso. Me aparté de la encimera, dejando que cualquier cosa que se estuviera cociendo en mi interior se disipara.
Sabía que la vería más tarde. Ella también tenía que saberlo.
Me preguntaba si de verdad pensaba que podría evitarme siendo yo el jefe de la empresa, el jefe de su jefe.
Dejé claro quién era yo cuando hice una aparición sorpresa en el departamento de contabilidad justo después de llegar al trabajo.
La expresión de su cara no tuvo precio cuando me vio.
Si de alguna manera su rostro podía palidecer y ruborizarse por el calor al mismo tiempo, eso era lo que estaba ocurriendo en sus mejillas sin maquillaje.
No debió de tener mucho tiempo para arreglarse esta mañana porque su pelo aún estaba húmedo y su cara estaba al natural, y aun así seguía estando perfecta.
Me costó un esfuerzo real apartar los ojos de ella y saludar al resto de los contables de la sala.
El guiño pudo haber sido demasiado, quizás incluso un poco arriesgado.
Noté cómo a su compañera de escritorio se le desencajaba un poco la mandíbula al captar el pequeño intercambio entre nosotros.
Pero no pude evitarlo. El sexo había sido increíble.
Maldita sea, toda la noche lo había sido, desde nuestro intercambio de palabras en el bar hasta el baile en el club y saborearla en la limusina.
Todas nuestras inhibiciones se habían desmoronado, dejándonos explorar esta nueva «situación» en la que nos encontrábamos.
Sabía que era una mala idea involucrarme con alguien con quien trabajaba.
Los líos de oficina siempre eran complicados.
Pero había algo en Juliet de lo que no podía alejarme.
Quizás era esa forma que tenía de estar nerviosa y ser sexy al mismo tiempo.
O cómo le quedaba bien cualquier prenda.
O cómo podía bromear conmigo con un humor que le salía de forma natural.
O quizás era la forma en que decía «fóllame» de una manera que hacía que mi polla obedeciera como si estuviera atada a una correa.
Fue solo esa mañana cuando me di cuenta de que lo que fuera que estuviera pasando entre nosotros no podía terminar todavía, por muy arriesgado o complicado que se pusiera el asunto.
Quizás no volveríamos a tener sexo nunca más, aunque realmente quería hacerlo, pero aún no había terminado con ella.
Por eso decidí que la idea de Will de que fuera mi asistente personal era, en realidad, una genialidad.
Necesitaba a alguien desesperadamente. Un día sin asistente había sido un infierno, teniendo que contestar mi propio teléfono y metiendo la pata en algunas reuniones.
¿Por qué no llenar ese vacío con Juliet?
Podría verla todo el tiempo, mandarla un poco, ver de nuevo esos pechos increíbles.
Era una situación en la que todos ganábamos.
Ahora solo tenía que vendérselo a Mike, como si él pudiera realmente impedirme tomar mi decisión. Estaba sentado frente a mí en su escritorio, subiéndose nerviosamente las gafas sobre el puente de su nariz bulbosa.
—¿En qué puedo ayudarle, Mr. Brandfield? —preguntó, golpeando nerviosamente sus dedos índices mientras me miraba con curiosidad.
Me di cuenta de que nunca nos habíamos sentado realmente para una reunión como esta en todos sus años en mi empresa. Probablemente pensaba que lo iban a poner de patitas en la calle, a juzgar por cómo tragaba saliva. Alcé la mano para intentar aliviar la preocupación grabada en su rostro.
—No voy a prescindir de ti, Mike —dije.
Sus hombros parecieron liberar toda la tensión, como un globo desinflándose, mientras dejaba escapar un pequeño suspiro. —Gracias a Dios —susurró para sí mismo.
—Entonces, ¿de quién vas a prescindir? —preguntó, mirando detrás de mí hacia las oficinas de contabilidad—. ¿De uno de los nuevos empleados que se trasladaron con la organización sin fines de lucro?
Lo cierto era que apenas había tenido tiempo de conocer a nadie para tomar esa decisión todavía. Aún estaba ocupándome de los ejecutivos de alto nivel antes de bajar en la jerarquía. Diablos, no llevaba ni dos días completos de reinado. No era tan monstruo.
—En realidad no voy a despedir a nadie —dije con frialdad.
Mike levantó las cejas con sorpresa. —Pensaba que seguramente…
—Has pensado mal. —Me encogí de hombros—. La verdad es que no necesito prescindir de nadie en contabilidad. No por ahora, al menos. Pero sí necesito mover algunas cosas por cuestiones de nómina.
—¿Como un traslado?
—Exactamente. —Asentí—. Solo necesito sacar a un contable de la nómina para mantener el departamento dentro del presupuesto —mentí, inventándomelo sobre la marcha.
No quería que el traslado de Juliet pareciera sospechoso ni que planteara demasiadas preguntas, aunque era muy consciente de que estaba hablando con el hombre que más sabía de los presupuestos de la empresa. Sin embargo, no me cuestionó.
—¿Soy yo a quien van a trasladar? —preguntó, pareciendo nervioso de nuevo.
La idea de que Mike fuera mi asistente personal resultaba divertida, y contuve una risita.
—No, Mike. Busco a alguien que pueda ser mi asistente personal. De hecho, ya he elegido a alguien.
—¿Ah, sí? —preguntó Mike sorprendido.
—Esa nueva empleada, Juliet.
—¿Está seguro de que está preparada? No lleva aquí más de un día…
—Exacto. Así que aún no se ha acomodado.
—¿Cuándo necesita que empiece?
—Hoy.
—Hoy —repitió, casi como una pregunta.
—Ahora mismo, de hecho. Antes de que se asiente demasiado.
—Sí, por supuesto. La haré subir de inmediato —dijo con un asentimiento.
—Gracias, Mike. —Me levanté, haciéndole saber que nuestra reunión había terminado.
Rápidamente se levantó de su asiento y prácticamente trotó hacia la puerta para abrirla por mí.
Pasé por delante de la puerta abierta de las oficinas de contabilidad, donde Juliet estaba sentada en primera fila en su escritorio, asomándose preocupada al pasillo.
Le guiñé un ojo, tratando de calmar sus preocupaciones.
Me pregunté si estaría estresada por perder su trabajo o por el hecho de que había tenido mi polla en su boca hace menos de doce horas.
Sonreí ante el pensamiento mientras subía en el ascensor hacia mi despacho para esperarla.
Mientras me sentaba detrás de mi escritorio, tamborileé con los dedos impaciente sobre la mesa.
Sacudí la cabeza. Apenas acababa de salir del despacho de Mike y ya esperaba que Juliet apareciera mágicamente.
Sin embargo, tenía que tramitar esto a través de Recursos Humanos.
Escribí un recordatorio en una nota adhesiva de color amarillo neón que tenía cerca.
Justo cuando solté el bolígrafo, mi teléfono vibró sobre el escritorio.
Will.
—Estás despierto temprano —le dije.
Gimió al otro lado de la línea. Era una resaca en toda regla.
—He aceptado tocar en un brunch en un sitio del SoHo, porque si no, seguiría con la cara pegada a la almohada ahora mismo, intentando dormir para que se me pase esta resaca del infierno.
—Debió de ser una buena noche —dije, pensando en la mía propia.
—Cerveza. Bourbon. Tequila. Todo el mundo me invitaba a copas después de mi actuación. Fliparon conmigo.
Sentí una repentina punzada de culpa por no haber sido una de esas personas.
Ni siquiera me había quedado durante toda la actuación, y mucho menos lo había mirado de verdad.
Estaba demasiado ocupado observando el generoso escote de Juliet y saboreando su lengua.
Aun así, había llegado temprano y Will y yo nos habíamos tomado una copa en el camerino, así que no era tan mal amigo.
Al menos eso era lo que me decía a mí mismo.
—Fue una actuación de la hostia, tío —dije—. De verdad lo estás logrando.
—Ni siquiera te quedaste hasta el final —masculló.
Mierda.
—¿De qué estás hablando? —pregunté soltando una carcajada—. Sí que me quedé.
—¿Ah, sí? ¿Cuál fue mi última canción?
—Ya sabes… esa de la universidad… la que tocaste en aquella fraternidad una noche. Te acuerdas. —Odiaba estar improvisando y que se me diera tan mal.
—Buen intento. Te vi escabullirte con aquella rubia.
Cazado con las manos en la masa.
—¿Estás seguro de que era yo? —pregunté, fingiendo una confusión inocente.
—Un tío alto con un traje que cuesta demasiado para estar en un club así. Pues sí. Estoy bastante seguro de que eras tú.
Suspiré. —Venga, Will. Me quedé casi hasta el final. Estuvo realmente bien. Lo digo en serio.
—Solo te estoy vacilando, tío —dijo—. No te culpo por intentar pillar algo.
—Mmm.
—¿Y lo hiciste? —preguntó con curiosidad.
—¿Si hice qué?
—¡Pillar!
—Puede ser… —dije con indiferencia.
—¿A ella le pareció que estuve bien? —preguntó, volviendo el tema hacia sí mismo, lo cual agradecí. No debió de reconocerla por mi teléfono cuando le hablé de su transmisión en directo. En parte, me sentí aliviado.
—Definitivamente tienes una nueva fan.
—Fue un gran espectáculo. Probablemente no debería haberme bebido todo el bar… —Hizo un ruido de náusea al otro lado de la línea.
Eso me hizo pensar en lo que Juliet y yo habíamos hablado, en lo de beberse todo el bar y luego ella invitándose sola a mi casa.
Había sido tan audaz y directa. Me puse inmediatamente caliente porque no parecía el tipo de mujer que hacía eso con cualquiera.
Me hizo inflar el pecho de orgullo internamente.
Al igual que la transmisión en directo. Definitivamente estaba en la lista de fantasías de miles de personas, y ni siquiera lo había hecho a propósito.
—Más vale que salgas de la cama para el brunch… —le dije.
—Sí, sí. Solo quería llamar a mi mejor amigo para que me dijera lo bueno que estuve anoche.
—No creo que tu ego necesite inflarse más. Que tengas un buen concierto.
Will se rió y escuché el clic al otro lado del teléfono.
Dejé el móvil en mi escritorio y miré hacia la puerta cerrada de mi despacho, esperando que se abriera y apareciera Juliet.
No estaba seguro de por qué no le dije a Will quién era Juliet cuando preguntó por lo de anoche, o que había aceptado su sugerencia de convertir a la «chica de la transmisión en directo» en mi asistente personal.
Sabía que por su parte había sido una broma, una de la que inicialmente me había reído.
Pero lo cierto es que lo había hecho, y dado que su dinero estaba invertido como socio capitalista, no quería que me cuestionara o se preocupara por cómo acostarse con una empleada podía empañar la imagen de la empresa.
Esto con Juliet era totalmente nuevo, y quizás no llegara a nada.
Tal vez había sido cosa de una noche y ambos lo superaríamos, aunque estaba seguro de que sería difícil de olvidar.
Le había dicho que sabía un par de cosas sobre el sexo casual, y aun así ella vino a casa conmigo.
Quizás no buscaba nada serio, igual que yo.
No estaba seguro de por qué empezaba a sentir que los nervios burbujeaban en mi interior.
Era una sensación poco agradable. Me giré para contemplar las vistas de la ciudad, despierta y viva mientras el sol bañaba los rascacielos y Central Park.
Me recordé quién era yo y lo duro que había trabajado para llegar hasta aquí, en uno de los edificios más altos de Manhattan.
Los hombres como yo, pocos y selectos, no se ponían nerviosos.
Y menos por una mujer. Por muy bien que supiera.
Aun así, me preocupaba lo mucho que deseaba volver a saborearla.