Tenderloin (Thriller del FBI de Abby Kane 2) CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
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CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

Me desperté con la cara hundida en el brazo derecho de Cabrera.

Al apartarme, noté un poco de humedad en su camisa.

Le dije que era su castigo por dejarme dormir durante el servicio de bebidas.

El avión había comenzado el descenso y ya estaban encendidas las luces del cinturón.

Me habría sentado de maravilla una taza de té verde.

En cuanto aterrizamos en el Aeropuerto Internacional El Dorado, contactamos con el equipo de seguridad del aeropuerto para ver si había algún indicio de los Ortega.

Todavía estaban revisando las grabaciones de los últimos dos días para determinar si alguno de ellos podría haberse escabullido antes.

Hasta el momento, nada. Cabrera quería irse, pero lo convencí de que nos quedáramos mientras terminaban de revisar el resto; para ello, me limité a no moverme de mi asiento.

Un guardia de seguridad muy amable me trajo una taza de agua caliente para el té. El calor en las manos, junto con ese aroma familiar, me ayudó a relajarme.

—¿En qué piensas? —preguntó Cabrera.

—En qué hacer si no encontramos a los hermanos. Podrían estar en cualquier parte.

—De verdad no creo que hayan salido del país todavía.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Es una corazonada.

—Bueno, mis órdenes no incluyen montar una cacería humana a gran escala. Si no aparecen en estas grabaciones, me subo a un avión y el asunto queda en tus manos y las de tus amigos colombianos.

Cabrera miró el reloj.

—Si es así, necesito hablar con mis contactos en la calle y ver si alguien los ha visto u oído algo. Cuanto antes corra la voz, antes tendré noticias. El tiempo apremia.

—Ve. Yo me encargo de esto.

—Así que podrías irte pronto de verdad.

—Si esto no da resultado, sí. Todavía tengo que consultarlo con mi supervisor, pero no creo que ponga pegas. Intentaré coger un vuelo mañana o pasado —dije, sin mirarlo a los ojos.

Miró el reloj.

—Son las cuatro. Déjame hacer lo que tengo que hacer. Dos o tres horas como mucho. Después, eres mía, Abby Kane. Toda mía hasta que subas a ese avión. Y punto. No se discute. A menos que uno de los dos consiga algo.

Intenté no sonreír, pero no pude evitarlo.

El hombretón lo había exigido. ¿Quién era yo, una simple mujercita?

Contra sus hoyuelos no tenía nada que hacer.

Ya sé que es una tontería. Era más que una cara bonita o un cuerpo.

Era un buen tío, un tío interesante. Aunque no sé por qué seguía alimentando ese lío.

No era como si volara a Bogotá por trabajo dos veces al mes.

«Aunque quizá tenga que hacerlo si lo del científico estalla y Reilly me lo ordena» .

Por fin levanté la vista hacia Cabrera. Su mirada cálida me envolvió como un abrazo.

—Suena bien —le dije.

Cabrera juntó las manos y se las frotó.

—Cuanto antes me vaya, antes podremos vernos.

—Ve. Largo. Nos vemos luego.

—En tu hotel —dijo mientras salía de espaldas.

Me quedé allí sentada los siguientes veinte minutos fantaseando con su regreso mientras removía el té despacio.

¿En qué postura estaría en la cama cuando echara abajo la puerta de mi habitación para llegar hasta mí?

¿Me daría tiempo a gritar antes de que me callara con un beso largo y profundo?

¿O se colaría en mi habitación mientras me duchaba y se las apañaría para deslizarse tras la cortina sin que me diera cuenta, solo para delatarse dándome un toquecito en la espalda con su tercer brazo?

Incluso bajo el agua caliente, mi cuerpo temblaría a cada roce.

Cada músculo se tensaría. Mis pezones se endurecerían y se pondrían erectos, pero no cedería ni le dejaría ver el efecto que tenía sobre mí.

Lo ignoraría y seguiría bañándome como si no estuviera detrás de mí.

Entonces me agacharía descaradamente y fingiría lavarme las piernas, dejándome abierta y expuesta...

—Agente Kane —me llamó un soldado, devolviéndome de golpe a la realidad.

—¿Eh? Sí, ¿qué pasa? —pregunté aparentando toda la normalidad posible.

—Hemos revisado todas las grabaciones. No hemos visto a las personas que busca. Pero ahora que estamos pendientes de ellos, será imposible que se escapen.

Todavía me rondaban por la cabeza imágenes de espuma jabonosa y objetos romos mientras escuchaba.

—Sí, bueno, gracias por su trabajo. El FBI agradece su cooperación —recogí mis cosas y salí del aeropuerto, sabiendo que mi investigación en Bogotá había llegado a su fin y que volvía a casa.

Pero no antes de terminar de lavarme.