DIEZ
Ninguno de los dos dice nada. No hace falta.
El silencio que nos envuelve tiene una textura nueva; ya no es un muro de reproches, sino un refugio.
Aldo conduce con una mano; la otra descansa sobre su muslo, apretada en un puño que se relaja y se tensa de forma rítmica.
Sé que está procesando la amenaza directa de mi padre a su carrera.
Sé que, aunque no lo confiese, el peso de ser el «enemigo público número uno» de los Castellano es una carga que ningún médico, por mucha seguridad que tenga en sus manos, puede ignorar.
—Tenemos que parar en algún sitio —suelta él finalmente, girando el volante hacia el oeste, alejándose del brillo artificial de South Beach—. Necesito aire que no huela a perfume de mil dólares y a hipocresía.
—Llévame a la Calle Ocho —respondo sin dudar—. Necesito ruido real. Necesito gente que no sepa quién es mi padre y a la que le importe un bledo mi árbol genealógico.
Aldo asiente y acelera. Entramos en la Pequeña Habana cuando la noche alcanza su punto más vibrante.
Aquí el neón no es elegante; es estridente, rosa y azul, reflejándose en los charcos de una lluvia que no llegamos a ver, pero que ha dejado el ambiente cargado de un vapor cálido.
Aparcamos cerca del Parque del Dominó y, al bajar, el sonido de las fichas chocando contra las mesas de piedra nos recibe como un aplauso seco.
Caminamos del brazo, dos figuras de etiqueta en mitad de un mar de guayaberas y risas estrepitosas. Sé que parecemos fuera de lugar, pero por primera vez en mi vida me trae sin cuidado. Me aferro al brazo de Aldo, notando la dureza de su músculo bajo el tejido del esmoquin.
—Mira allí —señala Aldo hacia un local pequeño, apenas una rendija de luz entre una lavandería y una botánica—. El Santuario. Allí es donde venía cuando te fuiste y el hospital se me caía encima.
Entramos en el bar. El olor a tabaco dulce, café quemado y ron añejo nos envuelve de golpe.
Es un sitio oscuro, con las paredes empapeladas de fotos de una Cuba que ya no existe y ventiladores que solo sirven para mover la melancolía de un lado a otro.
Al fondo, en una mesa redonda, una cabellera rubia y una risa que conozco demasiado bien destacan sobre el humo.
Valentina.
Está rodeada de un grupo de artistas, probablemente esa «fauna» de Wynwood que ella misma lidera. Al vernos, se levanta de un salto, con su vestido de lentejuelas plateadas brillando como una sirena en un pozo de petróleo.
—¡Por los santos de Miami! —exclama, acercándose a nosotros y envolviéndome en un abrazo que sabe a Chanel y a ginebra—.
Iris, querida, pareces una esmeralda que acaba de sobrevivir a un naufragio.
Y Aldo... Dios mío, si llego a saber que el esmoquin te sentaba así de bien, te habría recetado uno cada noche de estos últimos cinco años.
—Hola, Valentina —Aldo sonríe, pero es un gesto cansado—. Necesitamos una mesa donde no se hable de política familiar.
—Habéis venido al sitio correcto —dice ella, guiándonos hacia un rincón apartado—.
Aquí solo se habla de arte, de exilio y de quién tiene el mejor ron de la ciudad.
Pero no me mientas, Iris. Tu cara no es de haber tenido una cena aburrida.
Tu cara es de haber quemado el puente para quedarte mirando las cenizas.
Nos sentamos. Valentina pide una ronda de rones añejos sin preguntarnos siquiera. El grupo de artistas se dispersa hacia la barra, dejándonos un espacio de privacidad que agradezco en el alma. Me quito los tacones bajo la mesa, dejando que mis pies descalzos toquen el suelo de baldosa fría.
—Mi padre ha movido sus hilos, Vale —confieso, sintiendo que la primera capa de mi defensa se desmorona—. Ha amenazado mi reportaje y, casi con toda seguridad, la posición de Aldo en el patronato del Jackson.
Valentina deja de reír. Se inclina sobre la mesa, con sus ojos azules brillando con una seriedad que rara vez muestra.
—Vicente es un tiburón, Iris. Pero los tiburones solo muerden si huelen el rastro del miedo. Si no le dais el gusto de veros asustados, terminará ahogándose en su propio veneno. Esta ciudad es demasiado grande para que él sea el dueño de cada calle, por mucho que se lo crea.
—No se trata de la ciudad, Valentina —interviene Aldo, cogiendo su vaso de ron—. Se trata de ella. De que no puede soportar que Iris tenga una voz que él no sea capaz de editar. Lo que pasó en Vizcaya... no fue una rabieta de hija rebelde. Fue una declaración de independencia.
—Y las declaraciones de independencia suelen acabar en guerra —respondo, mirando el líquido ámbar en mi vaso—. Mañana recibiré ese correo de Nueva York. Lo sé. Y tendré que decidir si vuelvo con el rabo entre las piernas o si me quedo aquí, sin trabajo y con mi familia dándome la espalda.
Valentina me toma la mano. Sus dedos están llenos de manchas de pintura, un contraste perfecto con mis «manchas de tinta» imaginarias.
—¿Sin trabajo? —Valentina suelta una carcajada seca—.
Eres Iris Castellano. Tienes más talento en tu dedo meñique que todos esos editores de Manhattan que se creen que Miami es solo South Beach y silicona.
Si te quitan el reportaje, escríbelo por tu cuenta.
Publícalo en un blog, envíalo a la competencia, conviértelo en un libro.
Tienes la historia de las casas de coral, tienes la crónica de la corrupción de los apellidos...
Tienes la verdad. Y la verdad en esta ciudad es la mercancía más cara que existe.
Miro a Aldo. Él me observa en silencio, esperando mi reacción. Noto que su mano ha dejado de estar apretada. Ahora está abierta, invitándome a apoyarme en él.
—Valentina tiene razón —dice él—. Tengo mis ahorros. Tengo mi casa. No te va a faltar nada mientras descubres cómo contar esa historia. No te pido que seas una «esposa de». Te pido que seas la mujer que incendió el Vizcaya y que ahora tiene que decidir qué quiere construir sobre los escombros.
Dentro de mí se está librando una batalla épica.
El miedo a la precariedad lucha contra el hambre de justicia.
Nueva York era mi seguridad; Miami es mi caos.
Pero en este bar oscuro de la Calle Ocho, rodeada de neón barato y gente que baila para olvidar que lo perdieron todo en una balsa, entiendo que la seguridad es una cárcel de oro.
—Me voy a quedar —digo, y mi voz suena extraña, más fuerte, más profunda—. Voy a escribir ese reportaje. Y si mi padre intenta detenerlo, incluiré un capítulo entero sobre cómo utiliza su fundación para comprar el silencio de la prensa.
—Esa es mi chica —Valentina levanta su vaso—. Por la temperatura de ignición . Porque todo arda para que podamos ver lo que hay debajo.
Brindamos. El ron me quema la garganta de una forma deliciosa, recordándome que estoy viva.
Pasamos el resto de la noche allí, dejando que el estruendo del bar nos proteja.
Valentina nos cuenta chismes de la escena artística de Wynwood, intentando aligerar el ambiente, pero mis ojos no dejan de buscar los de Aldo.
—«¿En qué piensas?» —me susurra él cuando Valentina se levanta para saludar a un músico que acaba de entrar con un saxofón.
—En que hace cinco años, en un sitio muy parecido a este, decidí que no podía amarte porque tenía que salvarme a mí misma —le respondo, acercándome a su oído—. Y ahora me doy cuenta de que amarte es la única forma de salvarme de verdad. No porque me protejas, sino porque me obligas a ser valiente.
Aldo me toma de la nuca, con sus dedos perdiéndose en mi peinado ya deshecho. Me besa allí mismo, entre el humo y la música, un beso que no es de película, sino de carne y hueso, con sabor a ron y a desafío.
—No voy a dejar que te arrepientas de esta valentía, Iris. Ni una sola vez.
Salimos de El Santuario pasadas las tres de la mañana.
El aire fuera es más fresco, una brisa suave que viene de los Everglades y que limpia un poco la pesadez de la noche.
Caminamos hacia el coche y, de pronto, veo una figura apoyada en una farola, un poco más adelante.
Es un hombre joven, con una cámara profesional colgada al cuello.
En cuanto nos ve, levanta el objetivo y dispara tres veces. El flash nos ciega durante un instante.
Aldo reacciona al momento, poniéndose delante de mí, pero el fotógrafo ya está corriendo hacia un coche que lo espera con el motor en marcha.
—¡Eh! —grita Aldo, pero es tarde. El vehículo desaparece doblando la esquina de la Novena Avenida.
Me quedo helada en mitad de la acera. La realidad nos acaba de alcanzar de nuevo.
—Era un paparazzi —digo, sintiendo cómo el frío vuelve a mi pecho—. Mi padre no ha esperado ni a que terminara la noche. Mañana estaremos en todos los tabloides locales. «La hija de Castellano y el médico rebelde en los bajos fondos de la Pequeña Habana».
Aldo se gira hacia mí. No está asustado. Está furioso, pero es una furia fría, bajo control.
—Que publiquen lo que quieran —suelta, cogiéndome de la mano con fuerza—. Solo están confirmando lo que ya les dijimos en el Vizcaya. Ya no tenemos secretos, Iris. Y sin secretos, tu padre no tiene poder sobre nosotros.
Subimos al coche. Mientras Aldo arranca, miro por la ventanilla hacia el local de neón que acabamos de dejar.
Miami es una ciudad de espejismos, pero esta noche he encontrado algo sólido.
He encontrado mi voz, he recuperado al hombre que nunca debí dejar y he declarado la guerra al hombre que me dio la vida.
La temperatura ha subido tanto que ya no hay vuelta atrás.
Mañana el mundo sabrá quién es Iris Castellano, y no será la versión que mi padre ha intentado vender durante veinticinco años.
Mientras el coche avanza hacia el este, hacia el amanecer que ya empieza a clarear sobre el Atlántico, me doy cuenta de que el verdadero reportaje no ha hecho más que empezar.
«La piedra de coral aguanta el salitre», me dijo Marcos. Yo soy esa piedra. Y Miami, con todo su peso y su calor, no va a ser capaz de romperme. No esta vez.