TRES
El despertador no tiene que esforzarse mucho.
Llevo despierta desde que el primer rayo de sol, blanco y agresivo, se filtró por las rendijas de las persianas de South Beach.
He pasado la noche en ese estado de duermevela donde la realidad y el recuerdo se mezclan hasta volverse indistinguibles.
En mis sueños, Aldo no me miraba con reproche en un bar de la Pequeña Habana; seguíamos en aquel apartamento de Brickell y las maletas nunca se habían cerrado.
Me ducho con agua casi fría, intentando que el impacto del chorro me devuelva la nitidez que he perdido.
Me pongo unos pantalones cortos de talle alto y una camisa de seda color ocre, buscando ese equilibrio entre la profesionalidad que exige mi editor y la ligereza que impone el termómetro de Florida.
Recojo mi cámara, verifico las tarjetas de memoria y bajo a la calle justo cuando el reloj marca las ocho menos cinco.
El coche ya está allí. No es el deportivo llamativo que cualquiera esperaría de un médico de éxito en esta ciudad.
Es el mismo todoterreno de color oscuro, robusto y fiable, que Aldo conducía hace cinco años.
Verlo aparcado frente a mi portal me provoca un vuelco en el estómago.
Me acerco despacio, sintiendo cómo el asfalto ya empieza a irradiar calor.
Aldo está apoyado contra la puerta del conductor, revisando algo en su teléfono.
Al verme, guarda el dispositivo y se endereza.
Hoy no lleva el uniforme del hospital. Viste unos vaqueros oscuros y una camiseta polo de color azul marino que resalta el tono bronceado de su piel.
Se queda quieto, observándome avanzar, y por un segundo me siento como si estuviera caminando por una pasarela bajo un foco demasiado potente.
—Puntual, como siempre —dice cuando estoy a su altura. Su voz, a esta hora, suena más rasposa, cargada de un sueño que dudo que haya sido reparador.
—Nueva York no perdona los retrasos —respondo, intentando que mi tono suene ligero, casi casual—. ¿Y Marcos?
—Lo recogeremos en diez minutos. Vive de camino a Coconut Grove. Sube, Iris. El aire acondicionado es lo único que nos va a mantener cuerdos hoy.
Rodeo el vehículo y me subo al asiento del copiloto.
Es un error. Debería haberme sentado atrás, establecer una barrera física, pero mi cuerpo ha actuado por instinto, buscando la posición que ocupé cientos de veces en el pasado.
El interior del coche huele exactamente como recordaba: a cuero limpio, a su perfume de sándalo y a esa calma que Aldo parece llevar consigo, incluso cuando el mundo exterior es un caos.
Arranca el motor sin añadir nada más. Salimos hacia el sur, cruzando el puente que une la playa con el continente.
El azul del agua es tan brillante que hiere la vista.
Me concentro en el paisaje, en los yates que descansan en la bahía, en cualquier cosa que no sea el perfil del hombre que tengo a menos de medio metro.
—¿Cómo está Valentina? —pregunta él, rompiendo un silencio que empezaba a volverse demasiado pesado.
—Igual. Intensa, brillante y convencida de que Miami es el centro del universo.
—Tal vez lo sea para algunos —replica él, girando el volante con esa seguridad de quien conoce cada bache del asfalto—.
Para ella, esta ciudad es una galería de arte constante.
Para mí, es una sala de urgencias que nunca cierra.
¿Qué es para ti ahora, Iris? ¿Solo una página en un suplemento dominical?
—Es un trabajo, Aldo. Un encargo importante. Nada más.
Él suelta una risa corta, sin rastro de alegría, mientras nos detenemos en un semáforo en rojo. Gira la cabeza para mirarme y noto la intensidad de sus ojos, esa capacidad que tiene para hacerme sentir que está leyendo la letra pequeña de mi alma.
—Sigues siendo una mentirosa pésima. Te tiembla la mano izquierda cuando intentas convencerte de algo que no sientes.
Bajo la vista y, de forma inevitable, mis dedos están tamborileando sobre mi muslo. Los detengo en seco, entrelazándolos con fuerza. No respondo. Afortunadamente, llegamos a la casa de Marcos antes de que la conversación se vuelva más peligrosa.
Marcos sube al coche con la energía de un adolescente. Trae una carpeta llena de planos antiguos y un sombrero de paja que le da un aire de explorador de otra época. Se sienta atrás, inundando el espacio con su entusiasmo.
—¡Perfecto! El día está despejado. La luz sobre la piedra de coral en el Grove a esta hora es inmejorable para tus fotos, Iris. Aldo, entra por Main Highway, quiero enseñarle la entrada de la finca de los Peacock.
El trayecto hasta Coconut Grove es una lección de historia narrada por Marcos, lo cual agradezco en el alma porque me permite sumergirme en mi papel de periodista y dejar de ser la exnovia que no sabe dónde poner las manos.
Entramos en el barrio y el paisaje cambia de golpe.
Las calles se estrechan y se vuelven sinuosas, protegidas por un dosel inmenso de banianos y robles cubiertos de musgo español.
Aquí el aire es más denso, más verde, con ese aroma a tierra mojada y vegetación antigua que te hace olvidar que los rascacielos de cristal están a solo unos kilómetros.
Aldo aparca cerca de una de las casas de coral más antiguas.
Bajamos del coche y el calor nos envuelve como una manta húmeda.
Marcos empieza a caminar, señalando los detalles de la construcción, explicando cómo los pioneros cortaban la piedra de la cantera local.
Yo saco mi cámara y empiezo a disparar. El visor me ofrece un refugio; a través de la lente puedo controlar la realidad, encuadrarla, decidir qué entra y qué se queda fuera.
—Mira la textura, Iris —dice Marcos, tocando la pared rugosa—. Cada agujero en la piedra cuenta una historia de miles de años bajo el mar. Es un material que respira.
Aldo se mantiene a unos pasos de distancia, observándonos.
Me doy cuenta de que me sigue con la mirada mientras me muevo para buscar el mejor ángulo.
Me siento observada de una manera que no tiene nada que ver con la fotografía.
Es una vigilancia silenciosa, casi protectora, que me pone los nervios de punta.
—¿Por qué elegiste esta historia? —pregunta Aldo de repente, acercándose a mí mientras Marcos se aleja un poco para examinar un portalón de madera—. De todas las cosas que pasan en el mundo, ¿por qué volver para escribir sobre piedras viejas?
—Porque las piedras no cambian —respondo sin apartar el ojo del visor—. Porque puedes irte cinco años y, cuando vuelves, la piedra de coral sigue en el mismo sitio, aguantando el sol y las tormentas. Hay algo reconfortante en eso.
—O algo masoquista. Venir a buscar lo que no ha cambiado para comprobar cuánto has cambiado tú.
Bajo la cámara y lo miro de frente. El sol se filtra a través de las hojas de los banianos, creando un patrón de luces y sombras sobre su rostro.
Está tan cerca que puedo ver las pequeñas motas doradas en sus iris.
La tensión sexual que ayer era un chispazo en un bar, hoy es una corriente eléctrica constante, alimentada por el calor del mediodía.
—He cambiado lo suficiente como para saber que este reportaje es lo único que me importa ahora mismo —le digo con una frialdad que no siento de verdad.
—Si eso fuera cierto, no habrías dejado de respirar cuando me viste ayer.
—Fue el impacto de la sorpresa, nada más.
Aldo da un paso más, invadiendo mi espacio personal.
Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, un calor que compite con el sol de Florida.
Levanta una mano, como si fuera a tocarme la cara, pero se detiene a escasos centímetros.
Sus dedos rozan apenas un mechón de pelo que se ha escapado de mi moño.
—No fue la sorpresa, Iris. Fue el reconocimiento. Tu cuerpo sabe que perteneces aquí, por mucho que te empeñes en vivir entre muros de hormigón en el norte.
—¡Iris! ¡Aldo! ¡Tenéis que ver esto! —El grito de Marcos desde el otro lado del jardín rompe el momento.
Aldo se retira de forma lenta, pero sus ojos no me sueltan.
Me quedo inmóvil, con el corazón martilleando contra mis costillas, intentando recuperar el aliento.
Me doy cuenta de que este viaje a Coconut Grove no es una excursión profesional; es un descenso a las profundidades de lo que dejamos a medias.
Caminamos hacia Marcos, que está señalando una inscripción en la base de una columna. Intento concentrarme en sus palabras, pero mis sentidos están saturados por la presencia de Aldo detrás de mí. Cada vez que habla, siento su voz vibrar en mi espalda.
Pasamos el resto de la mañana recorriendo las calles sombreadas del Grove.
Marcos es una enciclopedia viviente, pero yo solo puedo pensar en el momento en que nos quedemos solos en el coche de vuelta.
El reportaje se está llenando de datos fascinantes, pero mi mente está escribiendo una historia diferente, una que no tiene nada que ver con la arquitectura y todo con la temperatura de ignición de dos personas que se niegan a admitir que siguen ardiendo.
Cuando terminamos la visita, Marcos nos invita a comer en un pequeño restaurante con terraza frente al puerto deportivo.
Aceptamos por compromiso, pero la comida se convierte en un suplicio de formalidades y miradas robadas.
Aldo apenas habla, pero su silencio es más elocuente que cualquier discurso.
Me observa comer, me observa beber, me observa existir con una intensidad que me hace desear salir corriendo y, a la vez, desear quedarme allí para siempre.
De vuelta al coche, el calor ha alcanzado su punto máximo. El aire es tan denso que parece que se puede cortar con un cuchillo. Marcos se queda dormido en el asiento de atrás casi de inmediato, vencido por el cansancio y el vino de la comida.
Me quedo sola con Aldo en el silencio del habitáculo, con el único sonido del aire acondicionado funcionando a máxima potencia. Él conduce con una mano, relajado en apariencia, pero noto la tensión en su mandíbula.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo en South Beach? —pregunta sin quitar la vista de la carretera.
—Un mes. Es lo que dura mi contrato de alquiler.
—Un mes es mucho tiempo para jugar a las escondidas en una ciudad tan pequeña como esta.
—No me estoy escondiendo, Aldo.
—Entonces deja de actuar como si fuéramos desconocidos. Deja de usar ese tono de entrevista de trabajo conmigo. Me duele más que si me gritaras.
Su confesión me golpea con más fuerza que cualquier reproche. Me giro para mirarlo y veo el dolor real en su perfil. No es el médico distante del hospital; es el hombre que dejé roto en una madrugada de lluvia.
—No sé cómo ser otra cosa contigo ahora mismo —admito en un susurro—. Si bajo la guardia, no sé qué va a pasar.
Aldo frena de forma suave en un semáforo y se gira hacia mí. Su mano derecha abandona el volante y se posa sobre la mía, que descansa en la consola central. Su tacto me quema. Es una conexión instantánea, un incendio que se propaga por mis venas en cuestión de segundos.
—Va a pasar lo que tiene que pasar desde hace cinco años, Iris. Que nos vamos a consumir hasta que no quede nada más que la verdad.
El semáforo cambia a verde, pero él no retira la mano de inmediato. Me aprieta los dedos con una urgencia desesperada antes de volver a conducir. El resto del trayecto transcurre en un silencio absoluto, pero ya no es un silencio de vacío, sino de anticipación.
Cuando me deja en la puerta de mi apartamento, después de haber dejado a Marcos en su casa, se queda un momento con el motor en marcha.
—Mañana voy a los Cayos por un asunto del hospital. Marcos me ha dicho que tú también tienes que ir para el reportaje.
—Puedo ir en mi coche de alquiler —digo, intentando recuperar mi autonomía.
—No seas tonta, Iris. Son tres horas de viaje. Te recogeré a las seis de la mañana. Si quieres escribir sobre el alma de esta tierra, tienes que ver amanecer en la carretera sobre el mar.
No me da tiempo a responder. Se aleja por Collins Avenue, dejándome sola en la acera con el sabor de su presencia todavía impregnado en mi piel.
Miro hacia el océano y me doy cuenta de que el invierno que traje de Nueva York se ha derretido por completo.
En Miami la temperatura de ignición es mucho más baja de lo que recordaba, y yo ya estoy empezando a arder.
Subo a mi apartamento y me dejo caer en la cama.
El techo gira sobre mi cabeza. «¿Seré capaz de sobrevivir a tres horas de coche a solas con él mañana?
». Me pregunto si quiero sobrevivir. Saco mi cámara y reviso las fotos del día.
Entre las imágenes de casas de coral y vegetación exuberante, encuentro una que no recordaba haber tomado: Aldo, de espaldas, mirando hacia el mar en el Grove.
La luz le rodea como un aura, y la foto tiene una melancolía tan profunda que me dan ganas de llorar.
Cierro la cámara y la guardo en su funda. Mañana el viaje a los Cayos no será sobre el reportaje. Será sobre nosotros. Y por primera vez en cinco años, no tengo ganas de huir.