Temperatura de ignición PRÓLOGO
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Temperatura de ignición

Temperatura de ignición

Por Alma Vega

© inepub.com

PRÓLOGO

El silencio en Miami es una mentira. Siempre hay un zumbido de fondo: el del aire acondicionado peleando contra la humedad, el de los neumáticos sobre el asfalto mojado de Brickell, o el de los latidos de tu propio corazón cuando sabes que estás a punto de reducirlo todo a cenizas.

Cierro la última maleta. El sonido de la cremallera es un veredicto. Click .

Me quedo de pie en mitad del salón, rodeada de cajas de cartón que parecen lápidas de una vida que ya no me pertenece.

Nueva York. El nombre de la ciudad está rotulado en negro sobre el lateral, una promesa de asfalto gris y anonimato que ahora mismo suena como un refugio.

Miro mis manos; tengo una mancha de tinta negra en el dedo índice.

Es el rastro de la última crónica que escribí para el periódico local, pero también es una imagen de mi propia existencia: siempre manchada, siempre intentando dar sentido a las historias de otros mientras la mía se me escapa entre los dedos.

La tormenta tropical golpea los cristales del ático con una furia que se siente personal. El cielo de Miami tiene ese color violeta sucio que precede al desastre. «¿Sabrá el clima que hoy la presión atmosférica no es lo único que va a estallar?».

Sobre la encimera de granito de la cocina descansa mi juego de llaves.

Junto a ellas, un anillo de plata sencillo, con una piedra pequeña que brilla bajo las luces halógenas.

Aldo me lo dio hace un año en Key West, jurándome que no era un compromiso, sino una «declaración de intenciones».

Lo dejo ahí. Si me lo llevo, el peso me hundiría el brazo hasta el fondo del Atlántico en cuanto el avión despegue.

Escucho el sonido del ascensor abriéndose en el pasillo.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Mis pulmones se cierran.

El aire se vuelve sólido, pesado como el plomo.

Conozco ese paso. Es una pisada segura, la de alguien que camina por pasillos de hospital salvando vidas mientras la suya propia está a punto de sufrir un paro cardíaco emocional.

La puerta se abre. Aldo entra con el cabello algo húmedo por la lluvia y una bolsa de papel que huele a café cubano y pan tostado. Trae esa sonrisa ladeada, la que usa cuando cree que el mundo todavía es un lugar a salvo.

—La tormenta está empeorando —dice, dejando las llaves en el cuenco de la entrada sin mirar todavía hacia el centro del salón—. He traído esos cruasanes que te gustan, los de la esquina de...

Se detiene de golpe. Su mirada choca con la torre de maletas junto a la puerta principal. El silencio que sigue es un abismo. Veo cómo su nuez sube y baja. El aroma a café se vuelve amargo en un segundo.

—Iris —su voz es un susurro, pero suena como un trueno—. ¿Qué es esto?

—Me voy, Aldo.

Tres palabras. Doce letras para demoler cinco años. No lo miro a los ojos porque sé que, si lo hago, me convertiré en sal. Me concentro en el logo de la maleta, en el dibujo de las vetas de la madera del suelo, en cualquier cosa que no sea el hombre que tengo delante.

—¿Te vas? —Da un paso hacia delante y yo retrocedo uno. El espacio entre nosotros se vuelve un campo de minas—. El vuelo a Nueva York para la entrevista era la semana que viene. Dijiste que irías, harías la prueba y volveríamos a hablar.

—No hay nada de qué hablar —fuerzo la voz para que no tiemble, aunque por dentro soy un edificio en plena demolición—. He aceptado el puesto. Empiezo el lunes. El camión de la mudanza vendrá por las cajas mañana.

—¿Mañana? —Aldo suelta la bolsa de comida sobre la mesa de comedor. El sonido es seco, rotundo—. ¿Lo tenías todo planeado? ¿Mientras desayunábamos ayer? ¿Mientras hacíamos el amor anoche? ¿Ya habías firmado el contrato de tu huida?

—No es una huida. Es mi carrera. Es lo que siempre he querido.

—¡Mientes! —Su grito no es de rabia, es de puro dolor, y eso escuece mucho más—.

Esto no es por el periodismo, Iris. Esto es porque tienes miedo.

Tienes miedo de que esto sea real. Tienes miedo de que tu padre no pueda controlarte si eres feliz conmigo.

Tienes miedo de Miami porque aquí no puedes esconderte tras una columna de opinión.

—No metas a mi padre en esto —le advierto, sintiendo el calor de la rabia subiendo por mi cuello—.

Esto va de que yo no quiero ser la esposa de un médico brillante que espera en casa con la cena lista mientras él opera a corazón abierto.

No quiero ser un satélite en tu órbita, Aldo. Quiero mi propia luz .

—Nunca te pedí eso —se acerca de nuevo, esta vez con más prisa.

Me atrapa los hombros con sus manos grandes, esas manos que pueden coser arterias con una precisión milimétrica.

Ahora me sujetan como si yo fuera su última conexión con la tierra—.

Nunca te pedí que te hicieras pequeña. Te quería a mi lado, no debajo de mí.

Dios, Iris... te amo. ¿Cómo puedes tirar esto a la basura por un despacho frío en Manhattan?

—Porque en ese despacho sé quién soy —le suelto, y las lágrimas finalmente rompen mi guardia—. Aquí solo soy la hija de Castellano o la novia de Ferrer. En Nueva York seré Iris. Solo Iris.

Aldo me mira con una intensidad que me quema la piel.

Sus ojos, esos ojos oscuros que siempre han sido mi puerto, están empañados.

Su respiración se mezcla con la mía. La tensión entre nosotros es una cuerda que se estira hasta el límite del colapso.

Hay tanto dolor en la habitación que casi puedo tocarlo.

Pero también hay deseo, ese deseo sucio y desesperado que siempre ha sido nuestra mayor virtud y nuestro peor pecado.

—Quédate —me pide, y su voz se rompe en la última sílaba—. Solo una noche más. Si mañana te quieres ir, yo mismo te llevaré al aeropuerto. Pero no te vayas así. No me dejes con este sabor a ceniza en la boca.

—Aldo, no lo hagas más difícil...

—Una noche, Iris. Solo una. Convénceme de que no me quieres. Convénceme de que este lugar no es tu hogar.

No tengo fuerzas para decir que no. No cuando su pulgar acaricia mi mejilla, borrando una lágrima que es sustituida de inmediato por otra. No cuando su aroma, esa mezcla de antiséptico y cítricos, me invade los sentidos y me debilita la voluntad.

Me besa.

No es un beso tierno. Es un choque desesperado, un encuentro de dientes y lenguas que sabe a despedida y a ruego.

Es la urgencia de quien sabe que el tiempo se está agotando.

Sus manos bajan por mi espalda, tirando de mi camiseta, buscando mi piel como si necesitara comprobar que todavía estoy aquí.

Me empuja contra la pared del pasillo, justo debajo de un cuadro que compramos juntos en un mercadillo de Wynwood.

Sus manos se mueven frenéticas, desabrochando botones, buscando el calor que estamos a punto de perder para siempre.

Cada caricia duele. Cada gemido es una puñalada.

El placer se mezcla con la agonía en una danza macabra de «te quiero» y «adiós».

En la penumbra del pasillo, con la tormenta rugiendo fuera, nos convertimos en extraños que se conocen demasiado bien.

Su cuerpo contra el mío es una pregunta que no quiero responder.

Mis dedos se entierran en su cabello, tirando, intentando anclarme a un momento que ya es pasado mientras sucede.

El sexo es crudo, sin adornos, una conversación final entre dos cuerpos que se niegan a aceptar lo que sus mentes ya han decidido.

Cuando terminamos, nos quedamos apoyados el uno en el otro, jadeando.

El sudor se enfría sobre nuestra piel mientras el aire acondicionado sigue zumbando, indiferente.

Aldo apoya su frente contra la mía. Puedo sentir su corazón latiendo contra mi pecho, un ritmo descompasado que parece decir quédate-quédate-quédate .

—Duerme un poco —me susurra al oído; su voz es apenas un hilo de vida—. Por favor.

Me lleva a la cama, la cama que mañana será solo un mueble vacío que un operario cargará en un camión. Me rodea con sus brazos, pegando su pecho a mi espalda. Él cree que me ha ganado veinticuatro horas. Cree que el amor es suficiente para detener un Boeing 747.

Espero.

Escucho cómo su respiración se vuelve pesada y regular. El reloj de la mesilla marca las 3:14 AM. El segundero avanza con una crueldad metódica. Cada tic es un paso más hacia la puerta.

Me muevo con una lentitud de cirujano. Salgo de entre sus brazos, sintiendo el frío de golpe en el lugar donde él me tocaba. Me visto a oscuras, con movimientos mecánicos. «No pienses. Si piensas, te quedas. Si te quedas, te pierdes».

Cojo mi bolso y mi maleta de mano. Camino hacia la salida evitando mirar hacia el dormitorio.

No dejo una nota larga. No hay palabras bastantes en el diccionario para explicar una traición por amor propio.

Solo cojo un post-it amarillo de la encimera y escribo con mi letra de periodista, rápida y nerviosa: «Perdón».

Lo pego sobre el anillo de plata.

Salgo al pasillo. El aire del edificio está helado. Cuando las puertas del ascensor se cierran, siento que estoy entrando en una cámara de vacío.

Abajo, en la calle, el taxi ya me espera bajo la lluvia incesante. El conductor, un hombre mayor con la radio de noticias en español, no dice nada mientras mete mi equipaje en el maletero. Me subo al asiento trasero y pego la frente a la ventanilla fría.

—Al aeropuerto, por favor —digo. Mi voz suena como si viniera de otro planeta.

Mientras el taxi se aleja de Brickell, miro por la ventana. Las luces de los rascacielos se difuminan por el agua en el cristal, convirtiéndose en manchas de color sin forma. Paso por delante del hospital donde Aldo estará trabajando mañana, salvando a desconocidos mientras su propia herida supura.

Siento una presión en el pecho, un dolor tan agudo que me obliga a doblarme sobre mí misma en el asiento. Me llevé las maletas, me llevé mi carrera, me llevé mi futuro. Pero mientras el taxi cruza el puente hacia la terminal, me doy cuenta de que me he olvidado lo más importante.

Me fui de Miami para no morir de amor, sin saber que, al hacerlo, me olvidaría de cómo respirar durante los próximos cinco años.

En este momento, mientras el avión despega hacia el frío del norte, mi corazón se queda en el punto de congelación, esperando a que alguien, algún día, vuelva a encender la mecha.