Capítulo 26 #2
—Ve allí antes de que algún diseñador italiano intente ligarse a tu codirectora.
Victoria concluye su conversación y, como si tuviera un radar instalado, busca la mirada de Harper al instante.
A través de un salón abarrotado con cuatrocientas personas, sus miradas se encuentran.
Victoria le hace una pequeña seña hacia la terraza exterior.
A Harper se le acelera el pulso con la misma intensidad del primer día.
—Ahora vuelvo —le avisa a Solange.
—No hagáis nada que necesite un comunicado de prensa a primera hora.
—¡Solange!
La terraza está tranquila y el murmullo de la fiesta llega amortiguado. Harper se apoya en la barandilla de cristal, contemplando las luces de la ciudad.
Poco después, dos brazos la envuelven por la cintura y la espalda de Harper impacta contra el pecho cálido de Victoria, que apoya la barbilla en su hombro.
—Piensa que hace seis meses estabas a punto de subirte a un avión hacia París —murmura Harper.
Victoria la estrecha con más fuerza, besándole el cuello.
—Y que suerte que me viniste a buscar.
Harper se gira en sus brazos para quedar frente a frente. Recuerda perfectamente aquella noche en su piso: la discusión a corazón abierto y Victoria rompiendo el billete en pedazos.
—¿Sabes qué es lo más absurdo? —susurra Harper.
—Dime.
—Que durante años pensé que el problema entre nosotras era París, la distancia o el trabajo.
Victoria baja la mirada un segundo, pensativa.
—Yo también lo creí.
—Y no era eso. Éramos nosotras. Dos mujeres aterrorizadas por la idea de ceder terreno, convencidas de que amar significaba perder el control.
—A mí me costó un divorcio y años de soledad entender que se puede amar a alguien sin exigirle que cambie ni un solo milímetro —confiesa Victoria.
—Y a mí me costó el mismo tiempo comprender que podía quererte con locura sin convertirme en una sombra a tu lado —añade Harper, acariciándole la nuca.
Victoria se inclina hasta que sus frentes se tocan.
—No vuelvas a dudar de lo que somos, Harper. Nunca más.
—Ni se me pasaría por la cabeza. Tengo a la mejor codirectora de Manhattan.
—¿Solo codirectora?
—Y la mujer de mi vida. Pero no te lo tengas tan creído.
Victoria sonríe, abrazándola por la cintura.
Miran juntas hacia el interior del lugar.
Solange gesticula animadamente con una copa en la mano, Julian parece estar dando una lección de estilo a un grupo de modelos y Liam ríe abiertamente con los fotógrafos.
Un equipo invencible. Una revista que ya es el referente de la moda internacional.
Y un amor que ha sabido reinventarse sobre las ruinas del pasado.
—Lo hemos conseguido —susurra Harper.
—Todavía me parece un sueño —admite Victoria—. A veces me despierto y temo encontrarme en mi antiguo despacho de Velvet & Silk .
—Pues despierta, Victoria Vance. Porque esto es real. Lo hemos construido nosotras, nota a nota, página a página.
Victoria la mira fijamente, y la chispa del deseo vuelve a prender entre las dos, ardiente y juguetona.
—Entonces… ¿cuál es el siguiente paso en nuestra estrategia?
Harper sonríe con picardía, agarrándola de la cintura para acortar la distancia.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo.
—Comernos el mundo a bocados. Juntas. Y sin maletas de por medio.
Harper la besa. Un beso profundo, apasionado y lleno de certeza que sabe a champán y a triunfo.
Victoria responde al instante, pegándola a su cuerpo sin dejar espacio para la duda.
Seis meses de trabajo frenético, discusiones, reconciliaciones apasionadas en el despacho y noches en blanco se resumen en ese abrazo.
—¡Espero que no estéis haciendo nada indecente! —grita la voz de Julian desde la puerta de la terraza.
Se separan a regañadientes. Harper aprieta los dientes, conteniendo la risa.
—Voy a matarlo.
Victoria se apoya en su hombro, riéndose a carcajadas.
—Nos ha pillado. De nuevo.
Julian abre la puerta del todo, colocando las manos en las caderas con dramatismo.
—¡Tengo a la prensa buscando a las directoras y vosotras aquí escondidas dándoos el lote!
—Julian, desaparece antes de que te degrade a becario —amenaza Victoria con voz divertida.
—¡Jamás! Soy indispensable. Además, Solange exige un brindis de todo el equipo. Necesito a mis jefas dentro. ¡Ya!
Harper le señala la puerta con el dedo.
—Cinco segundos, Julian.
—Vale, pero no tardéis o me bebo yo solo el champán.
Julian desaparece hacia el salón. Harper mira a Victoria, que todavía la sostiene por la cintura.
—Nuestra vida es un auténtico circo.
—Sí. Pero es nuestro circo.
—¿Te arrepientes de algo?
Victoria la mira con un amor tan puro que a Harper se le encoge el corazón. Se inclina y le da un beso en los labios.
—Ni de París, ni del divorcio, ni de volver. Ni de una sola de las decisiones que me han traído a esta terraza contigo.
Harper le dedica su mejor sonrisa y le tiende la mano. Victoria la toma sin dudarlo, entrelazando sus dedos con fuerza. No hay contrato en el mundo capaz de igualar lo que han construido, ni éxito profesional que supere saberse amadas y libres.
Juntas, dan un paso hacia el interior de la fiesta, listas para comerse el mundo. Y esta vez, será para siempre.