Tan cerca de ti Capítulo 27
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Capítulo 27

La lluvia ha dejado de ser la noticia principal en los tabloides de Mánchester, al igual que el escándalo que durante meses alimentó las tertulias locales y los corrillos de la alta sociedad.

Durante semanas consecutivas, las imprentas consumieron sus nombres con la misma velocidad con la que la ciudad acostumbra a fagocitar las tragedias ajenas para, poco después, sepultarlas bajo el manto del olvido y la siguiente exclusiva.

Ahora, tras el paso del vendaval, ya no queda rastro de aquel morbo público; solo permanecen las consecuencias estructurales de la demolición y las vidas de las dos mujeres que lograron sobrevivir al impacto.

Desde el extremo opuesto de la cocina, Nerissa Ashcombe observa en silencio a Seraphina mientras termina de preparar el café de la mañana.

Seraphina viste una camisa blanca de lino, remangada con descuido hasta los codos, y sostiene unas gafas de lectura sobre el puente de la nariz mientras analiza con parsimonia unos documentos extendidos sobre la mesa de comedor.

Nerissa sonríe de manera inconsciente, apoyando el peso del cuerpo contra el mueble de la cocina mientras el vapor de la cafetera empieza a inundar la estancia con un aroma denso y reconfortante.

—¿Otra vez mirándome? —comenta Seraphina sin levantar los ojos del papel, aunque una sutil línea de diversión curva la comisura de sus labios.

Nerissa arquea una ceja con ademán divertido, da dos pasos hacia el frente sosteniendo las tazas calientes y deja una de ellas justo al lado de la mano de su compañera.

—¿Y se supone que debo disculparme por ello? —replica la cirujana, tomando asiento en la silla contigua—. Considero que tengo pleno derecho a examinar los efectos del café matutino en mi paciente favorita.

Nerissa toma un sorbo de su taza, saboreando el amargor del café.

—¿Qué tal la reunión de ayer? —inquiere con genuino interés.

—Fue sumamente aburrida, tediosa y previsible —manifiesta Seraphina.

—Eso, en el lenguaje de los mortales comunes, significa que ha ido a pedir de boca —deduce Nerissa.

—Exactamente.

La pequeña firma donde Seraphina ejerce su profesión en la actualidad apenas ocupa dos plantas discretas y modestas de un edificio en el centro de Mánchester; sin embargo, cuando regresa a casa al caer la tarde, esa ganancia de libertad y salud mental, tiene mucho más valor que cualquier otra cosa.

En el caso de Nerissa, su actividad profesional se despliega en un centro de alto rendimiento deportivo de titularidad independiente, ubicado en las afueras de la ciudad. Allí opera a atletas profesionales, futbolistas de diversas categorías, corredores de fondo y jugadores de rugby.

Seraphina estira el brazo, apartando los folios de contabilidad para centrar toda su atención en la figura de la cirujana, cuyos ojos parecen fijos en el reflejo de la luz sobre la superficie del café.

—¿En qué estás pensando? —pregunta Seraphina.

—En que estamos muy bien.

Esta vez, ambas comparten sonrisa abierta

—¿Te parece si damos una vuelta?

*

Las calles del barrio desbordan una vitalidad bohemia, ajena al formalismo estricto del distrito financiero donde solían moverse.

Nerissa observa a Seraphina de reojo mientras avanzan junto a la fachada de una antigua fábrica reconvertida en galerías de arte.

Seraphina contempla los escaparates de los comercios, y observa las siluetas que se dibujan en los cristales sin tensar los hombros, sin acelerar el paso ni apartar la mirada de forma apresurada en busca de alguien que las esté espiando.

Al doblar la esquina en dirección a Thomas Street, Seraphina atrae la atención de su chica.

—Por cierto, hay un asunto… logístico que debemos organizar de cara a los próximos días —anuncia.

—¿Qué pasa?

—La semana voy a tener a los niños. Por fin —comunica Seraphina—. Creo que este es el primer paso para que terminen por perdonarme.

—¿De verdad? ¡Eso es maravilloso! —grita Nerissa, y se lanza a sus brazos.

—La última vez que hablamos parecían muy entusiasmados con la idea de explorar el barrio —confiesa Seraphina con un matiz de emoción en su voz—. ¿Quieres saber algo de lo que me he dado cuenta?

—Dime —responde Nerissa.

—Que su pudiera volver atrás en el tiempo… si tuviera la oportunidad de reescribir cada uno de los días desde que nos conocimos, te juro que no cambiaría nada de lo que ha sucedido si este fuera el final. O quizá, intentaría combatir el miedo mucho antes —bromea.

—¿Sabes qué? —apunta Nerissa, y se pone delante de ella para rozar la nariz con la de Seraphina—. Yo tampoco. Porque tengo muy claro que de una forma u otra, tú Seraphina Champan, me habrías conquistado el corazón.

Las dos sonríen y avanzan de la mano. Y cuando doblan la siguiente esquina del barrio, ninguna de las dos mujeres vuelve la vista atrás para comprobar qué es lo que ha quedado sepultado bajo los escombros de su antigua realidad.