4. Maggie #2
Sí, Zane lo sabía. Le había contado todas las locas historias que mi padre se inventaba, y su retorcido sentido de la realidad.
Fue Zane quien me señaló que, después de todos los años de fiesta de mi padre, puede que de verdad creyera que cómo él recordaba las cosas era cómo habían pasado.
Lo cual probablemente era cierto, y era lo más flipante que había oído en mi vida.
Pero ¿cómo haces que alguien asuma su parte en una realidad que nunca supo que existía, porque estaba demasiado colocado y demasiado ensimismado para darse cuenta de que estaba pasando?
—Nunca debería haber tomado esa copa con él. Sabía que quería algo. Nos dio estas habitaciones gratis, pero ni de lejos eran realmente gratis, ¿sabes? Nada con mi padre lo es nunca. —Era un hecho triste, porque el hombre estaba forrado. Simplemente no le gustaba compartir.
Zane asintió, asimilándolo.
—¿Y qué quería?
—A ti —dije, forzándome a soltarlo—. Quiere grabar una canción contigo.
Zane se echó a reír, esa risa a tope, sexy de cojones, que me mandaba escalofríos por la espalda... y, si me atrevía a reconocerlo, directos al clítoris.
—Lo digo jodidamente en serio —dije.
—Ya lo sé. Por eso tiene tanta puta gracia.
—Él va en serio. Y no tiene gracia. Espera que le organice una reunión contigo. Quiere hacer un disco entero, en realidad, pero pensó que podríais empezar con una canción. Ya ha escrito una y quiere que grabes las voces.
Me daba vergüenza decirlo en voz alta, porque era patético.
Mi padre tenía que saber que Zane nunca lo haría; estaba bastante segura de que por eso intentaba llegar a él a través de mí.
Para ver si yo tenía ese tipo de influencia sobre él, lo cual nos llevó a la parte más fea de nuestra conversación.
.. Pero mi padre estaba tan desconectado de la realidad que ni siquiera podía imaginar lo que de verdad creía que iba a pasar.
¿De verdad pensaba que Zane Traynor, una de las estrellas de rock más importantes del planeta de la última década, iba a querer grabar un disco con su culo acabado, artista de un solo éxito?
Posiblemente.
Lo único que sabía seguro era que Derek «Dizzy» Bowman no era un hombre generoso, y tampoco era desinteresado. De ninguna manera habría ofrecido suites de hotel gratis mientras Dirty tocaba en Vegas si no creyera que podía sacar algo de ello.
Solo esperaba que no planeara abordar a Zane en un ascensor.
—No me puedo creer que te pidiera eso —dijo.
—Sí. —Yo sí, absolutamente.
Esto era mi padre en estado puro. Solo aparecía en mi vida cuando quería algo.
La última vez, quiso hablar con Brody sobre trabajar con Dirty en una regrabación de su mayor éxito, Schoolgirl.
Cuando me negué a organizar eso, debió de cabrearle lo bastante como para decidir esforzarse más esta vez.
Había llamado a Brody directamente para ofrecer las habitaciones gratis.
No es que Dirty no pudiera permitirse sus propias habitaciones de hotel, pero era un hotel de lujo y Brody no tenía ninguna razón de peso para rechazar la oferta.
Tampoco tenía ni idea de la magnitud de la mierda que yo había pasado con mi padre.
No como Zane.
Le había contado a Zane lo de Dizzy queriendo que la banda versionara Schoolgirl, y nos habíamos reído.
Luego Zane me había pasado el brazo por encima y me había estrechado, y cuánto necesitaba eso en aquel momento.
Nunca grabaremos esa canción, me prometió.
No cantaré esa puta canción jamás de los jamases.
Aún no sabía si él era consciente de lo mucho que eso había significado para mí, pero sí sabía que yo odiaba esa canción. Y por qué.
Mi padre tenía treinta y un años cuando escribió y publicó esa canción, sobre una colegiala de diecisiete.
Quizá no fuera gran cosa en sí, dado que los músicos adultos llevaban escribiendo canciones sobre sus enamoramientos con menores prácticamente desde el principio de los tiempos.
Pero en el caso de la canción de mi padre, la colegiala en cuestión era una persona real.
Era mi madre.
Y sí, era menor de edad cuando se conocieron.
Tenía diecisiete años cuando la dejó embarazada, y, sin embargo, de algún modo era culpa de ella que nunca salieran cabalgando juntos hacia la puesta de sol.
Dizzy se hizo aún más rico y famoso de lo que ya era antes de conocerla, gracias a esa canción estúpida, mientras mi madre me crió sola.
Mi padre solo pagó el mínimo que le obligaron a pagar en manutención a lo largo de los años, aunque estaba forrado, y ahora, después de que ella muriera, tenía los cojones de sentarse ahí y contarme historias sobre cuánto la quería y cómo deberían haber estado juntos.
Quizá la quería, a su manera retorcida, pero mi madre nunca se tomó en serio a Dizzy.
Nunca entendí por qué no se enfadaba más por cómo nos ignoraba, pero sabía de buena tinta que ella nunca quiso casarse con él.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Zane.
—Le dije que no podía ayudarle.
—¿Y qué dijo él?
—Dijo: «Eres la mánager, puedes orientarle en la dirección correcta». Le dije que yo no tomaba ese tipo de decisiones, ni le daba ese tipo de consejos profesionales a Zane Traynor. Pero sí le dije que estabas bastante ocupado con Dirty y tus otros compromisos.
Zane alzó la barbilla hacia mí, un poco orgulloso, creo.
—Bien hecho, Maggs. —Me observó de reojo, con la cabeza ladeada de una forma peligrosamente sexy que me hizo contraer las entrañas.
No, no las entrañas. Un poco más abajo.
—Aunque tengo que decir —añadió despacio— que, aunque me lo suplicaras, con mi polla en la boca, no creo que grabara una canción con ese cabrón.
—Si te lo suplicara con tu polla en la boca —repliqué con sequedad—, no creo que te oyera.
Su mirada sostuvo la mía, algo oscuro y retorcido trabajando detrás de sus ojos de hielo azul, pero me negué a apartar la vista.
—Maggie —dijo por fin—. Sabes que te mereces mucho más de lo que él ha hecho nunca por ti, ¿verdad?
—Bueno... sí —dije. Y lo sabía. En el fondo.
Claro que sí.
Pero madre mía, cómo necesitaba que alguien me dijera eso justo ahora.
Vale. No alguien cualquiera. Él.
Escuchar esas palabras de boca de Zane y saber que las decía en serio hizo que todo se volviera borroso en los bordes. Y, mientras su mirada sostenía la mía, un caos familiar empezó a desplegarse dentro de mí.
La cuestión era que yo no hacía caos.
Yo hacía orden y control.
Zane Traynor era lo más alejado del orden y el control, y lo sabía. Zane Traynor era un desastre. Por eso no me liaba con Zane Traynor.
Aun así, había hecho todo lo posible a lo largo de los años por mantener nuestra relación ordenada y controlada. Por mucho que lo intentara, mis sentimientos por Zane no eran ni ordenados ni controlados; eran, de hecho, un completo y absoluto caos.
No eran racionales.
Eran complicados y, a veces, totalmente desconcertantes.
La mayoría de las veces, no me convenían en absoluto.
Por eso normalmente fingía que no existían.
¿Lo que había aprendido de eso? Que la negación era un poderoso mecanismo de supervivencia.
Hasta que dejaba de serlo.
—Entonces ¿cómo quedasteis? —preguntó, aún estudiándome—. Y no me digas que tragaste más mierda de Dizzy, o de verdad voy a tener que matarle.
Parpadeé, sintiéndome un poco noqueada por este desastre de emociones que no tenía ni idea de cómo gestionar.
¿Una gran desventaja de ser una chica dura que, por lo general, evitaba que le vinieran encima los sentimientos por cualquier cosa? Que hacía que fuera bastante difícil procesarlos cuando aparecían, y cuando aparecían a lo grande... sí.
Desastre. Total.
Pero era imposible no sentir justo ahora.
Porque, de una forma ordenada, controlada e incluso objetiva, el hecho era que cuando Zane no estaba actuando como un completo loco e intentando meterse en mis bragas, y yo no le estaba evitando porque en secreto quería que se metiera en mis bragas pero sabía que era muy, muy mala idea dejarle ir por ahí, era un gran amigo para mí.
Sí, Zane Traynor era sin duda la persona más frustrante, desconcertante y exasperante que había conocido.
También era graciosísimo, paciente, leal e inteligente, y siempre me cubría las espaldas.
Siempre daba en el clavo con lo que verdaderamente importaba.
Zane siempre estaba ahí para mí.
Siempre.
Y yo había estado ahí para él también. Al menos, lo había intentado con todas mis fuerzas, sin importar cuántas noches sin dormir me costara.
Había mentido por él, contra mi buen juicio, a incontables mujeres, cubriéndole para que no tuviera que rechazarlas en persona.
Le había recogido del suelo, literalmente, cuando se desplomaba borracho.
Le había sacado de la cárcel cuando se metía en líos.
Le había cogido la mano a Dolly en la sala de espera del hospital cuando se metía en líos peores.
También había sido la primera en patearle el culo cuando salía.
Y si eso era verdad, si teníamos ese tipo de amistad, debería poder contárselo todo, ¿no?
Todo.
Hasta lo sincero y lo feo.
—Bueno... le dije, educada pero firmemente, otra vez, que no podía ayudarle.
—Hice una pausa para aclararme la garganta.
La verdad es que no se me daba nada bien lo sentimental y emocional, y esto se estaba acercando peligrosamente a un momento lacrimógeno.
Hora de una bofetada fría y dura, cortesía de mi padre—.
En ese punto me miró a los ojos y me preguntó qué coño estaba haciendo de mánager para vosotros si en realidad no os estaba dirigiendo las carreras, que fue cuando le dije que se había pasado de la raya, y él me llamó zorra.
A Zane se le endureció la cara.
—Y una mierda.
—Pues sí. Entonces yo le dije que era un fracasado acabado, sin talento de verdad, y él me dijo que no era más que una groupie glorificada, sin más utilidad para él que mi madre, y que era una, textualmente, «hija de puta penosa».
¿Acababa de decir eso en voz alta? Dios, sonaba mucho peor al salir de mi propia boca.
¿Cómo podía decirme esas cosas?
O sea, yo también le había dicho cosas duras... pero joder.
Todo un mundo de locura estaba pasando detrás de los ojos azules de Zane, y aparté la mirada.
Era más de lo que podía manejar ahora mismo, con las palabras de mi padre flotando entre nosotros.
Me sentía totalmente expuesta, admitiéndole toda esa mierda.
Mi padre piensa que soy una perdedora y me odia, y no tengo ni idea de por qué. Aún quiero a ese viejo loco y cabrón.
La vida es una zorra, ¿no?
Me serví unas cuantas gominolas, cogiendo un puñado y metiéndome varias en la boca.
—Bonita reunión familiar, ¿eh?
Pero la cosa no acabó ahí.
Qué va. Mi padre Dizzy era todo un señor. Cuando me levanté para irme, me lanzó otro regalito. Me ofreció su suite. La suite del ático.
Él estaba alojado en ella, pero dijo que la dejaría libre, solucionándome así el problema de la habitación.
Tenía dos dormitorios y dos baños, y él cogería una de nuestras suites individuales a cambio.
Así que ahora teníamos los dos dormitorios que necesitábamos, y lo único que tenía que hacer era decidir quién compartiría habitación con Zane.
Porque Zane era el único que se quejaría si no le daban el ático.
.. y todos los demás se quejarían si les tocaba compartir con Zane.
De ahí que acabara yo aquí, en este hermoso desastre.
Acabé dándole las gracias a mi padre, odiándome por necesitar agradecerle nada, pero de verdad necesitaba la suite. ¿Y cómo lo remató? Recordándome que le contara a Zane lo que habíamos hablado.
Si le llamo en frío y tú no has hablado con él, ¿cómo voy a quedar yo?
Claro. Porque Dios no quisiera que yo hiciera algo que dejara en mal lugar al infame Dizzy Bowman.
A esas alturas, me largué de allí, recogí a Coop del bar y me lo traje aquí arriba para un polvo de salvadme-la-noche-por-favor.
Menos mal que salió tan bien.
Más me valía reírme. Lo hice, y Zane se limitó a observarme perder la cabeza durante un minuto, entrecerrando los ojos.
—¿Qué coño te hace tanta gracia?
—Nada —medio resoplé—. Solo pensaba en cómo esta noche ha salido exactamente como la planeé.
—Claro —dijo—. Estarías ahí dentro dejándote dar por Coop ahora mismo, ¿no?
—Venga ya —dije, metiéndome otra gominola en la boca—. Coop no aguantaría tanto.