Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 14 Jude #2
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14 Jude #2

Se sentó, pero se soltó de mi mano.

—Quizá deberíamos dejarlo claro —dije—. Quizá te di una idea equivocada.

—¿Qué, las flores y la cena y la conversación siniestra? ¿Qué idea equivocada podría sacar de eso?

—No la cena. La otra noche. Debí dejarlo claro desde el principio. No busco nada más que sexo.

Y sí, eso era mentira.

Lo sentía en cada puto momento que estaba cerca de ella; la chica se me estaba metiendo bajo la piel.

Otra vez.

Sí, la había superado. Al final. Cuando por fin desapareció de mi vida. Con el tiempo, conseguí olvidar todas las cosas que resultaban tan imposibles de ignorar cuando estaba en la misma habitación que ella.

Casi.

Pero luego la volví a ver, en la boda de Jesse, y en cuarenta y ocho horas tenía la polla dentro de ella.

Así que ahí estaba eso.

La verdad era que aún no había decidido qué buscaba cuando se trataba de ella. Pero mientras lo decidía…

El sexo me valía de sobra.

Me sostuvo la mirada con aquellos preciosos ojos verdes.

—¿A todos tus polvos casuales les regalas flores y una cena?

—Les doy respeto. Pensé que las flores estaban justificadas, dado que te dejé plantada. Y los dos tenemos que comer.

—¿Esto no te difumina la línea de «solo sexo»?

—¿Por qué? ¿Porque los dos somos humanos y hemos comido juntos? No. ¿A ti te la difumina?

—No.

Joder. Era como si estuviéramos tanteándonos antes de un puto combate en jaula.

No quería tumbarla, pero tampoco quería que ella me matara a mí. Y entre sus novios gilipollas y sus listas sexuales de objetivos y su Fóllame más fuerte… Hazme sentirlo…, aquella mujer iba a acabar conmigo sin duda de una forma u otra si no mantenía la cabeza fría.

—Pues comamos —gruñí.

Comimos.

Mantuvimos la paz, de alguna manera, mientras charlábamos de Dirty, de su trabajo en el sector inmobiliario, del evento de Nochevieja.

Después de cenar y de unas cuantas copas, me di cuenta de que quizá se estaba emborrachando.

Otra vez.

Ya habíamos pasado por eso hacía dos noches, y de verdad no necesitaba beberme media botella de whisky para empalmármela. Aceptaba el sexo, pero la resaca podía irse al carajo.

—Con calma —le dije mientras se metía otra copa de vino—. No querría que un tío se aprovechara.

—No te tengo miedo —me informó, apartando su copa vacía. Clavó sus ojos verdes en mí—. No te tengo miedo, Jude Grayson.

—¿No? ¿Qué te da miedo, Roni Webber?

—Yo —dijo, dejándome de piedra—. Yo misma. A veces no me fío de mí misma y eso da mucho, mucho miedo. ¿Has tenido alguna vez esa sensación?

La miré fijamente. Todavía me sorprendía cómo esa chica podía ser tan abierta, tan intrépidamente sincera, y dos segundos después tan jodidamente imposible de descifrar.

—No.

—¿Siempre te fías de ti mismo?

Le di unas vueltas.

—Sí.

—Entonces… ¿qué pasa cuando te equivocas? ¿Cuando te das cuenta de que estabas equivocado?

—Me cabreo conmigo mismo y me doy una patada en el culo.

Me miró, y una sonrisa suave le curvó los preciosos labios.

—¿Cream soda?

Se acordaba; mi vicio estúpido.

—Sí —dije—. Cream soda.

—Oye. ¿Has probado alguna vez un Bartender's Cream Soda?

—¿Qué coño es eso?

—Ay, está buenísimo. —Estaba agitando la mano en el aire, intentando llamar la atención del camarero—. Lleva whisky de cereza y licor de plátano…

—Suena asqueroso.

En unos minutos, teníamos dos cócteles altos delante. Probamos, y tenía razón.

—Joder. Esto sabe a cream soda de verdad.

—Ya te lo dije. Es peligroso.

La observé beber, con aquellos labios preciosos cerrados alrededor de la pajita. Estaban rojos y brillantes de cojones. Podría jurar que se había puesto más brillo de labios cuando fue al baño.

Brillo de labios que decía Insertar polla aquí.

—Sabes, no necesitas emborracharte para acostarte conmigo, cariño.

—¿Qué?

—¿O sí? —La observé beber y mordisquear un poco la pajita con una leve sonrisa—. ¿Tan malo soy?

Se rio.

—No, Jude. No eres tan malo.

—¿Hay algo que tengas que decirme? ¿Soy de esos tíos que siempre hacen daño a la chica o que no tienen ritmo pero nadie se lo dice?

La sonrisa se le borró.

—No. No eres eso.

—Bien.

—Bebe —dijo.

—No hace falta que me emborraches a mí tampoco —le dije—. Ni que me coloques.

—¿No?

—Lo único que tienes que hacer es decir la palabra, y seré tu follamigo, V.

—¿Mi follamigo?

—Sí.

—¿Y eso qué significa exactamente, en tu cabeza?

—Significa que cada vez que lo quieras, cuando quieras, donde quieras, me lo dices, y yo te lo doy. Sin drama. Sin juegos. Sin necesidad de alcohol.

—Hmm —dijo.

Luego se le oscurecieron los ojos y la cara se le encendió con una expresión que era puro sexo, mientras lo que cojones fuera que le pasaba por la cabeza… y mi polla palpitó.

—Qué tal ahora mismo.

Joder, sí.

—¿Dónde?

Se lo pensó, mordiéndose el labio inferior carnoso y retorciéndose un poco.

—En tu coche.

—Vale. Solo déjame que pague…

Mientras sacaba la cartera, dijo:

—Quiero que me lleves a algún sitio. Me da igual dónde. —La miré; no me estaba tocando a través de la mesa, solo mirándome con sexo en los ojos—. Quiero que aparques. Quiero que saques la polla y me dejes hacerte una mamada.

Sí. Mi polla estaba totalmente de acuerdo.

Se levantó de su asiento, rodeó la mesa y se deslizó justo a mi lado, sentándose en el borde de mi silla, con su cuerpo caliente y lleno de curvas, con aquel vestidito negro apretado contra mí.

—Antes de que te corras —me susurró al oído—, voy a parar. Y luego voy a empezar otra vez, muy despacio, y voy a hacerlo una y otra vez hasta que estés más o menos a punto de morirte, y entonces voy a hacer que te corras.

Joder. La polla me dolía dentro de los vaqueros.

—¿Ah, sí?

—Mmm.

La miré a los ojos.

—¿Eso es lo que quieres, cariño?

—Eso es lo que quiero.

Habría recorrido cuatro manzanas desde el restaurante cuando cedí. Vi un sitio libre para aparcar en la calle y paré. Era una plaza con parquímetro, pero no iba a salir a echar monedas.

La mano de Roni ya estaba en mis vaqueros, bajándome la cremallera.

Había planeado llevarla a un sitio más apartado, pero eso no iba a pasar.

Estábamos en Gastown, llovía un poco, y esa parte del centro de Vancouver estaba oscura de cojones por la noche cuando llovía, con las calles y las aceras negras, como si absorbieran toda la luz.

Había gente en las aceras, pero la mayoría iba con prisa por salir de la lluvia, entrando y saliendo de los restaurantes y bares de la calle.

Sinceramente, no me importaba demasiado lo privado que fuera o dejara de ser —por mí. Pero llamadme anticuado; no me encantaba que el mundo viera lo que Roni estaba a punto de hacerme.

—Sácala —dijo, en cuanto apagué el motor.

La saqué. Ya estaba totalmente empalmado, y ella bajó sobre mí inmediatamente, pero despacio, deslizando aquellos labios perfectos de mamada sobre la punta, húmedos y apretados.

—Joder, V… —gemí, echándome atrás en el asiento. Eché un vistazo a las ventanillas, pero estaba bastante seguro de que nadie podía ver gran cosa a través de la lluvia en el cristal—. Sí, nena…

Fue bajando, metiéndosela hasta la mitad, enroscando la lengua, y luego deslizándose de vuelta hasta la punta.

Jodidamente provocándome.

Luego lo hizo otra vez, más profundo, pero no hasta la base, deslizando la lengua mientras bajaba. Mojándola. Tomándose su puto tiempo.

Le recogí el pelo negro y suave y lo enrollé en mi puño, apartándolo para poder ver. La vi devorarme la polla, despacio, una y otra vez, metiéndosela un poco más cada vez. Su mano envolvía la base de mi miembro mientras se me iba metiendo en la boca.

Hasta que, de repente, tenía la punta clavada en el fondo de su garganta.

Gemí, un puto sonido agradecido, de placer.

—Hmm. —Gimió un poco y se retiró otra vez, y le pasé la mano libre con suavidad por la nuca.

Yo no hago gargantas profundas.

Eso me dijo, hacía un puto montón de años.

Justo antes de hacerme una garganta profunda.

Bueno, yo se la hice a ella. Le metí la polla más adentro de lo que nunca había dejado a otro tío.

Estoy bastante seguro de que conseguí que le gustara, además.

Hice que se tocara mientras lo hacía. Hice que se corriera ella sola.

Ahora le pasé la mano por toda la espalda, sobre el culo prieto bajo el vestido… pero no llegaba bien al coño. En respuesta, se deslizó de su asiento y se puso de rodillas en el suelo.

—Nena…

Me hizo otra garganta profunda, haciéndome explotar el cerebro… luego deslizó la boca de vuelta a la punta, mimándola con atención. Sentí el clímax formándose, rápido, la presión acumulándose en las pelotas.

Entonces paró. Levantó la mirada hacia mí.

Respiraba con fuerza mientras la observaba.

Me envolvió la polla con la mano y besó la punta suavemente.

Luego volvió a bajar, devorándome en un ritmo lento que fue subiendo hasta que estuve justo al borde.

Entonces paró otra vez.

—V… —gemí, pero entonces empezó de nuevo. Me la chupó despacio, hasta que estuve justo al borde, unas cuantas veces más… y cada puñetera vez, paraba.

Justo como dijo que haría.

La polla se me quedó como puto granito en su boca mientras me trabajaba, gimiendo suavemente todo el rato. Y ese sonido de su voz suave y ronca, amortiguada por mi polla… tenía que correrme, pronto.

Necesitaba tenerla también a ella. Su coño suave y apretado, en mi polla, en mi boca… no podía dejar de pensar en la otra noche, cuando la hice sentarse en mi cara.

—¿Te quieres montar, nena…?

—Mm-mmm… —murmuró, con la boca aún llena de polla.

—Tengo condones…

Pero ella siguió cabalgándome con la boca, chupándome justo hasta el borde otra vez.

—¿No…? —jadeé.

Siguió chupando, largo y lento, luego cada vez más rápido, pasándome la lengua por la punta y haciéndome poner los ojos en blanco.

—¿Lo único que quieres… es esa polla en la boca…?

Me contestó aumentando la succión y moviendo la lengua por debajo de la punta. Gemí, apretándole el pelo más fuerte en el puño.

Y me rendí. Cedí.

Dejé de intentar aguantar, de controlarlo.

Se me metió profundo otra vez, despacio, y lo sentí por todas partes, joder. Pequeñas chispas de placer por todo el cuerpo. En el cuero cabelludo. En los pezones. En las pelotas…