Capítulo 34 — La víspera
El viernes, la taquería cerró temprano, y yo me quedé platicando con el señor de las once en la banqueta, como si fuera una noche cualquiera.
No fue una noche cualquiera. Fue la víspera de la final, y la taquería entera lo sabía: Luz se fue con un abrazo que me dejó sin aire y un "mañana le das en toda la madre, prima, pero con elegancia".
Don Beto pasó a desearme suerte con su caja de jitomates, y Doña Meche me dejó un ramo de flores "para que amanezcas con algo bonito".
Hasta mi abuela, que nunca dice nada, me miró desde su banquito y dijo, nomás:
—Mañana no te acuerdes de ganar, mija. Acuérdate de cocinar.
—¿Y eso qué quiere decir, abuela?
—Quiere decir —dijo mi abuela, y por primera vez en mucho tiempo me vio de frente—, que el que cocina pensando en ganar, cocina con miedo.
Y el que cocina con miedo, le sale el miedo en el plato.
El que cocina pensando en la gente, le sale la gente.
Y mañana, mija, tú no cocinas para un jurado: cocinas para el barrio.
Cocinas para los que te quieren. Cocinas para el que llega a las once.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Abuela…
—No me digas nada —dijo ella, y volvió a su tejido—. Nomás acuérdate: el que cocina para el que quiere, gane o pierda, ya ganó.
Y yo me quedé con esa frase pegada, como la grasa en el mandil, mientras cerraba la cortina y apagaba la plancha nueva, con el corazón haciendo un desmadre que no tenía nombre.
El señor de las once llegó a su hora de siempre. Se quedó parado en la puerta, viendo la cortina a medio bajar, y dijo, con esa seriedad suya:
—¿Ya cerró?
—Ya cerró —dije—. Pero si quiere, nos quedamos un rato en la banqueta. Total, mañana no hay nada que hacer hasta las diez.
Y nos quedamos. Sentados en la banqueta de la entrada, con el barrio dormido y la luna alta, como dos personas que no saben despedirse.
—¿Está nerviosa? —me preguntó él, después de un rato largo de silencio.
—¿Nerviosa? —dije, y me reí—. Estoy aterrorizada. Pero no se lo diga a nadie, que soy la taquera dura de la Doctores.
—Su secreto está a salvo conmigo —dijo él, y por un segundo, por un segundo nada más, su voz sonó rara, como si la frase le pesara.
—¿Y usted? —pregunté—. ¿Por qué viene todas las noches? No me diga que por el suadero, porque ya sé que el suadero está bueno.
Él se quedó callado un momento, viendo la calle vacía, y luego dijo, bajito:
—Vengo porque aquí se está bien. Porque esta banqueta, a las once de la noche, es el lugar más tranquilo de la ciudad.
Porque usted me saluda como si me conociera de toda la vida, sin conocerme.
Porque… —se detuvo, y tragó saliva, y yo, que lo conozco, supe que había estado a punto de decir algo y se había arrepentido—. Porque el suadero está bueno. Ya ve.
—Ya ve —repetí, y me reí, y él se rio también, y los dos supimos que esa conversación había sido otra cosa.
—Mañana le va a ir muy bien —dijo él, de pronto, con una voz que no admitía discusión.
—¿Y si gano? —pregunté, y no sé por qué lo pregunté, porque no lo había preguntado ni en voz alta hasta ese momento—. ¿Y si de a deveras gano?
Él me vio un momento largo. La luna le daba de lleno en la cara, y por un segundo, por un segundo nada más, vi algo en sus ojos que no supe nombrar, algo que se parecía al miedo.
—Si ganas —dijo, bajito—, te voy a deber una disculpa.
Me quedé viéndolo, con la frase en el aire, sin entender.
—¿Una disculpa? —dije, y me reí—. ¿Por qué me deberías una disculpa si gano? ¿Acaso piensas que no me lo merezco?
—No —dijo él, y su voz salió chiquita, casi un susurro—. No es eso. Es que… hay cosas que no te he dicho. Y si ganas, va a ser más difícil decírtelas.
—¿Como qué cosas? —pregunté, y mi voz salió más seria de lo que quería—. ¿De qué cosas me estás hablando?
—De cosas que te debía desde antes —dijo él—. De cosas que te debo desde hace mucho tiempo. De cosas que, si te las digo ahora, te van a quitar el sueño de mañana. Y mañana tú no puedes perder el sueño. Mañana tú necesitas dormir, y cocinar, y ganar.
—¿Y si no me las dices? —pregunté—. ¿Y si te las guardas?
—Entonces las voy a cargar yo —dijo él, y por primera vez en toda la noche, su voz se le quebró un poquito, y yo lo vi, con la luna en la cara, y sentí que algo se me apretaba en el pecho—. Y ya estoy acostumbrado a cargar cosas, Marisol. Una más no me va a pesar.
—Pues dímelas ahora —dije—. Aquí estamos, en la banqueta, con el barrio dormido. No hay mejor momento que este.
Él me vio un momento largo. Largo de a deveras. Y yo lo vi a él, con la luna en la cara, con los ojos que todo lo veían, y por un momento, por un momento nada más, sentí que me iba a decir algo grande. Algo que lo iba a cambiar todo. Algo que yo, sin saber por qué, no estaba segura de querer oír.
—Mañana —dijo él al fin, y se levantó, y su voz salió entera, de esas voces que se usan para las promesas—. Mañana, después de la final, te digo todo. Ganes o pierdas. Te digo todo.
—Me lo prometes —dije, y no fue pregunta: fue una orden, de las que se dan cuando una ya no aguanta más misterios—.
—Te lo prometo —dijo él.
Y se fue, caminando por la calle vacía, con las manos en los bolsillos, y yo me quedé en la banqueta, con la promesa en el aire, sintiendo que algo había cambiado entre los dos, algo que no sabía nombrar.
—Mañana te digo todo —repetí, en voz baja, subiendo a mi departamento—. ¿Qué será lo que me va a decir?
Y me reí, porque me sonó a las promesas de los hombres, a las de los que prometen y luego se van. Pero algo, en el fondo, me dijo que esta era distinta. Que el señor de las once, el misterioso, el que no decía su nombre, me había mirado esa noche como quien se despide de algo.
Y que mañana, después de la final, todo iba a cambiar.
No sabía —todavía no— cuánto. La promesa que me acababa de hacer era la más grande de su vida. Y él, sin que yo lo supiera, era el hombre que me había hundido, y el que me había levantado, y el que me estaba esperando en la final con una verdad que me iba a partir en dos.
Pero esa noche, en la banqueta, con la luna alta y el barrio dormido, me quedé dormida sonriendo, pensando que mañana, pase lo que pase, el señor de las once me iba a decir su nombre.