Tacos de desamor Capítulo 1 — La reseña que sabe a desamor
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Tacos de desamor

Tacos de desamor

Por Daniela Fuentes

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Capítulo 1 — La reseña que sabe a desamor

El lunes empezó como siempre: con la cortina metálica sonando como trueno a las seis y media de la mañana, con el olor de la plancha calentándose, con Luz gritando los pedidos antes de que los clientes terminaran de pedirlos.

—¡DOS DE SUADERO, UNO AL PASTOR, UNO DE TRIPA BIEN DORADA!

—¡Ya voy! —grité desde la cocina, y por un segundo el mundo fue normal.

Luego me senté a tomar mi café, abrí el celular, y ahí estaba otra vez. La reseña. La que llevaba ocho meses leyendo como quien prueba un guiso que se sabe pasado: a escondidas, con el ceño fruncido, sabiendo que no debería.

*De la parrilla al hospital: los tacos de La Doctora saben a desamor.*

Dos estrellas. Dos. De un crítico que firmaba con una sola letra, "R.

", como si su nombre fuera un misterio y su opinión una ley.

La reseña entera era así: elegante, filosa, con frases que se quedaban en la memoria aunque una no quisiera.

Yo la había leído tantas veces que me la sabía de memoria, desde el título hasta la última línea, pero esa mañana la volví a abrir como quien vuelve a una herida para ver si ya sanó:

*He visitado la taquería de la colonia Doctores que el barrio llama "La Doctora" con la esperanza de encontrar el remedio del que todos hablan.

Encontré, en cambio, una parrilla con más fe que técnica.

El suadero, de plano, sabe a desamor: seco por fuera, tibio por dentro, sin el punto de grasa que separa a un taco de una lección. Si esto cura, no quiero enfermarme.*

—¿Otra vez con eso? —Luz apareció con el mandil a medio amarrar y el pelo hecho un nido—. Mija, ya van ocho meses. Déjala morir.

—No la estoy leyendo —mentí, y guardé el celular como si me hubieran cachado viendo porno.

—Claro. Y yo no grito los pedidos.

La Doctora había abierto en los años setenta, cuando mi abuela Toña puso la primera plancha en la esquina de Dr. Balmis con Dr. Navarro, en plena colonia Doctores, y el barrio la bautizó así porque curaba crudas, penas y corazones rotos con su salsa.

Cincuenta años después, la taquería seguía ahí: la cortina pintada a mano con el letrero que mi abuelo le hizo antes de morir, TACOS LA DOCTORA — AQUÍ SE CURA, las cuatro mesas de plástico, el altar chiquito de la virgen de Guadalupe al fondo, y la plancha de cuarenta años que yo heredé junto con la receta y el apodo.

Yo soy Marisol Vega, taquera de tercera generación. Tengo treinta y un años, el pelo recogido con un paliacate rojo, los brazos de plancha y un mandil con manchas de salsa que jamás van a salir. Y desde hace ocho meses, tengo también una reseña pegada en el alma.

Porque la reseña no era solo una opinión: era una sentencia.

Las ventas cayeron a la mitad en dos meses.

La gente que venía de lejos dejó de venir.

La señora que pedía diez tacos para su familia ahora pedía cuatro, con una cara de lástima que me partía el alma.

Los que nunca habían probado mi suadero lo pedían con desconfianza, como quien le da de comer a un perro callejero por si acaso muerde.

—El crítico ese —dijo Don Beto, que llegó con su caja de jitomates a la puerta, como todas las mañanas—. Dicen que es de Polanco. De esos que comen con tenedor y luego escriben.

—¿Y a usted qué le importa? —le dije, porque Don Beto es el frutero de al lado y su pasatiempo favorito es el chisme.

—A mí nada. Pero usted, mija, debería olvidarse. Ese wey no sabe lo que es un taco de a deveras.

Don Beto tiene razón. Lo sé. Pero el problema no es la reseña en sí.

El problema es que la leí tantas veces que ya la siento mía, como una segunda cicatriz.

El problema es que a veces, en la madrugada, cuando la taquería está vacía y yo me siento en la silla de la plancha con el micrófono de karaoke que compré en el tianguis, me pregunto si el crítico tenía razón.

Si de a deveras mis tacos saben a desamor.

Porque eso es lo que nadie sabe: que la taquera de la Doctora tiene otra vida.

Que a las once de la noche, cuando bajo la cortina y apago la plancha, me convierto en otra persona.

Una con una voz más suave, un registro más pausado, que trata de "usted" a los miles de desconocidos que la escuchan y le escriben contándole sus penas.

La doctora Corazón. Así me llaman. Anónima, sin cara, sin nombre. La que da consejos de amor a todo México desde una taquería vacía de la colonia Doctores, con el micrófono de karaoke y el humo de la plancha todavía en el aire.

Nadie sabe que soy yo. Mi abuela lo sabe, porque mi abuela lo sabe todo, pero nunca ha dicho nada. Es su manera: ve, calla, espera. Como el banquito donde se sienta en la entrada, mirando pasar el barrio, con esa cara de juez jubilado.

Todo empezó en junio, un mes después de la reseña.

Una noche de insomnio, con la taquería cerrada y el coraje haciendo estragos, me senté en la silla de la plancha y empecé a hablar sola.

Le hablé a la taquería vacía de lo que sentía: del crítico que me había hundido, de la rabia de tener que sonreírle al mundo cuando por dentro estaba hecha pedazos.

Sin darme cuenta, sin planearlo, grabé todo eso con el micrófono de karaoke que compré en el tianguis por doscientos pesos, con el cable pelón y el soporte roto.

Mi abuela me oyó esa noche. Nunca me dijo nada. Solo, al otro día, me dejó un taco en la silla de la plancha, bien servido, como quien deja una medicina.

Después vinieron los demás episodios, los oyentes, los miles de corazones rotos.

El podcast explotó en octubre con un episodio sobre las señales de que te están usando, y desde entonces la doctora Corazón es parte de la vida de mucha gente.

Pero para mí sigue siendo lo mismo: una taquería vacía, una silla de plástico y un micrófono que no perdona.

Esa mañana de lunes, antes de abrir, hice lo que hago siempre que la reseña me gana: me senté en el banquito al lado de mi abuela y le dije:

—Abuela, ¿usted cree que mis tacos saben a desamor?

Toña me miró. Tiene setenta y ocho años, el pelo blanco en trenza, y la economía de palabras de alguien que ha vivido suficiente para no desperdiciar ninguna.

—No —dijo.

—¿Por qué?

—Porque el desamor no se cocina con cebolla. Se cocina con silencio. Y aquí nunca hay silencio.

Lo dijo y se quedó mirando la calle, como si no hubiera dicho nada importante. Así es ella. Pero esa mañana, por primera vez en ocho meses, sentí que la reseña pesaba un poquito menos.

Abrí la taquería. Grité los pedidos. Vendí tacos. El día pasó como pasan los lunes: rápido y sin memoria. Y a las once de la noche, cuando ya estaba cerrando, cuando ya había bajado la cortina a medias y estaba guardando la cebolla, entró un hombre de traje a pedir un taco.

Un tipo de traje, a las once de la noche, en la colonia Doctores.

Y yo, que llevaba ocho meses queriendo olvidar una reseña, no sabía que ese hombre era el que la había escrito.