Sígueme el juego (Desastres 4) 10 #2
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Las conversaciones en el salón continúan fluyendo, pero mi mente sigue divagando hacia San Angelo.

Pienso en los días en que solía pasear por sus calles, en cómo esos recuerdos solían traérmelo todo de vuelta.

Pero ahora, esa ciudad es solo un eco distante, lleno de sombras de lo que fue.

Y no quiero que me afecte esta noche. No quiero que San Angelo se interponga entre nosotros, así que trato de dejar esos recuerdos atrás, aunque sé que Riley también está lidiando con su propio peso.

De repente, una figura se acerca a nosotros, interrumpiendo mi reflexión. Es Travis, uno de mis companeros de equipo, que viene directo hacia nosotros con una sonrisa amplia.

—¡Dean! —exclama—. No puedes esconder a esta preciosa chica, aun no nos ha dado tiempo de conocerla mejor.

Riley se tensa un poco, y puedo ver su incomodidad mientras Travis se vuelve hacia ella, su mirada evaluadora.

—Hola de nuevo, Riley —dice, extendiendo una amplia sonrisa en su rostro—. ¿No estarás aquí en contra de tu voluntad? Solo tienes que decírmelo y te ayudaré sin pensármelo.

Riley, aunque intenta sonreír, puedo notar que no está del todo a gusto con la interacción. La presión de ser el centro de atención parece recaer sobre sus hombros, y me duele ver que se siente así. Decido intervenir para suavizar la situación.

—Ella es la chica que me obliga a pasar más horas en el gimnasio últimamente —digo, intentando que mi voz suene convincente—. Trabaja en una pastelería y me he vuelto adicto a sus batidos.

La mirada de Riley se encuentra con la mía por un momento, y hay una chispa en sus ojos que me atrapa sin remedio, como si no esperara que dijera algo así, tan natural y real y, es que lo cierto es que ahora que interactúo con Travis, me doy cuenta que no hemos establecido la norma clave de toda esta farsa.

Cómo demonios nos hemos conocido, por eso me ha parecido que decir la verdad es la mejor opción.

A medida que continuamos conversando con Travis, la dinámica se siente un poco más ligera. Riley comienza a soltarse, aunque sigue siendo más reservada que los demás. Yo, por otro lado, trato de mantener mi mente enfocada en lo que tengo delante, en el presente, en la gala y en el contrato.

Pero en el fondo, las preguntas sobre su pasado, sobre San Angelo, permanecen. Necesito entender lo que hay detrás de su mirada, lo que la hace mantener una distancia.

Mientras las luces parpadean y la música suena, decido que, por ahora, tengo que dejar el pasado atrás. Esta noche es sobre la gala, tenemos que convencer a todos los que nos rodean que estamos juntos.

A medida que seguimos conversando con Travis, la tensión en el aire comienza a disiparse.

La música suave de fondo parece hacer que la atmósfera sea más amena, y la risa de los otros invitados me envuelve como un cálido abrazo.

Es un alivio poder hablar de algo que no esté relacionado con mi pasado o con el de Riley.

En lugar de eso, nos sumergimos en conversaciones sobre el próximo partido y anécdotas divertidas del vestuario.

Travis, siempre el bromista y nuestro capitán, cuenta una historia sobre un malentendido hilarante durante un entrenamiento.

Según él, un companero había confundido un ejercicio de calentamiento con un desafío de baile, y la imagen de jugadores enormes intentando hacer pasos de salsa es suficiente para hacer reír a Riley, quien por fin parece más relajada.

—Y no te preocupes, Riley —anade Travis con una sonrisa pícara—. Si alguna vez necesitas a alguien que te ensene a bailar, ¡aquí tienes a tu hombre!

Riley ríe, una risa genuina que hace que un escalofrío recorra mi pecho hasta conseguir que mis huevos se tensen. ¡Maldita sea!

—No estoy tan segura de que quiera unirme a esas lecciones de baile —responde con un guino, y su humor es contagioso.

Siento que mi tensión se diluye aún más mientras la conversación se torna más ligera.

La verdad es que, por mucho que mi mente intente divagar hacia lo profundo, no puedo evitar disfrutar del momento.

Ver a Riley reír me hace sentir un pequeno destello de felicidad.

Ella tiene una forma especial de iluminar el ambiente, y aunque está lejos de ser la vida deslumbrante que todos parecen llevar, hay algo auténtico en ella que resuena conmigo.

En medio de las risas y el bullicio, la música cambia a un ritmo más animado. Los invitados comienzan a moverse hacia la pista de baile, y Travis, con su energía característica, empuja a Luca para que se una a él.

—Vamos, Dean, ¡no puedes quedarte aquí parado! —grita Travis, y antes de que me dé cuenta, me están arrastrando hacia la pista.

Miro a Riley, quien parece dudar, pero luego su mirada se ilumina con un atisbo de aventura cuando le tiendo mi mano para que nos acompane.

Ella se une a nosotros, y juntos comenzamos a movernos al ritmo de la música.

No somos los mejores bailarines del mundo, pero eso no importa.

La diversión está en el intento, y pronto nos encontramos riendo y disfrutando, perdiendo de vista las expectativas y la presión de la gala.

—¡Vamos, Riley! —grita Madoc desde el borde de la pista—. ¡Muéstrales cómo se hace!

—¿Yo? —responde ella, sorprendida—. ¡No estoy segura de que quiera ser el centro de atención!

—Claro que sí —le digo, bromeando—. Solo sigue mis pasos.

La música suena más fuerte y, por un momento, me olvido de San Angelo, de las preguntas sin respuesta, de las expectativas de la gala. Solo hay risas, movimiento y el contagio de la energía del momento. Y lo más importante, hay un destello de autenticidad en Riley que me encanta.

La pista se llena de risas y movimientos despreocupados, y aunque la noche sigue siendo parte de un juego, hay algo reconfortante en dejarme llevar por la corriente de lo inesperado.

Cuando finalmente la canción termina, todos estamos riendo y jadeando, y Riley parece más relajada que en toda la noche.

—¿Ves? No era tan malo —le digo, y ella sonríe, aún recuperándose de la sorpresa de bailar en público.

—No, no lo era —admite, aunque su risa aún lleva un matiz de incredulidad.

Con el bullicio de la gala a nuestro alrededor, siento que la conexión entre nosotros se fortalece, no porque estemos atados por un contrato, sino porque, en este momento, estamos siendo simplemente Dean y Riley.

Dos personas que intentan navegar por un mundo que puede ser abrumador, pero que también está lleno de oportunidades para disfrutar.

Mientras miro a Riley, me doy cuenta de que, tal vez, este juego no solo se trate de cumplir con un contrato.

Tal vez hay más en juego, y aunque no estoy listo para descubrir todos los secretos que rodean a Riley, sé que por esta noche, puedo dejar que el pasado se desvanezca y disfrutar del presente.

—Bien, creo que ahora estamos listos para la siguiente ronda de bebidas —digo, dando un paso hacia el bar—. ¿Quién se apunta?

—Yo —responde Riley, y su risa es contagiosa—. Solo si prometes no hacer que baile de nuevo.

Y mientras avanzamos hacia la barra, el peso de San Angelo se siente un poco más ligero. Quizás, solo quizás, el futuro no sea tan oscuro como creía.