Sígueme el juego (Desastres 4)
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Davis
—V
amos, Davis. Tienes que dejarte de tonterías. El ano pasado estuviste a un solo paso de llevarte el premio al Rookie del ano. Los focos van a estar aun más pendiente de ti si cabe.
Escucho a Marlon, mi representante, hablarme con ese tono lleno de prejuicios al que se ha acostumbrado a hablarme desde que nos conocemos hace cinco anos, desde el otro lado de la puerta de mi habitación. Odio que tenga las llaves de mi apartamento.
—No puedes ignorarme, chaval. —Odio que se dirija a mí de esa forma y que tenga razón—. Estás en uno de los mejores equipos de la nfl, tuviste una temporada inicial estupenda, y eso que nadie apostaba siquiera a que jugarías. Tienes que hacerte responsable de tus actos.
Anoche llegué tarde a casa, no creo siquiera haber dormido más de cuatro horas y sé que tengo que levantarme de la cama. Estoy seguro de que si no le respondo en los próximos segundos acabará entrando aquí y sacándome a rastras de la habitación.
—Joder, Marlon. Dame cinco putos minutos. No he dormido a penas, a la temporada le faltan un par de semanas y el equipo aún no exige que estemos antes de las nueve en las instalaciones.
Gruno mientras me pongo en pie. Me duele la cabeza y el sabor ácido que noto en la garganta me recuerda el concurso de chupitos que tuve ayer con algunos companeros en el Star Yook.
Marlon sigue hablando aunque por el tono bajo y respetuoso que está usando, me deja claro que ya no es conmigo.
Seguramente será alguien que le esté dando instrucciones de lo que hay que hacer hoy.
Nunca pensé que una vez que estuviera en un buen equipo tuviera que preocuparme por nada más que por jugar.
Pero no, esta maldita profesión viene cargada de varios periodistas, y aunque son pocos los que molestan, son esta minoría los que me joden la vida cada día.
Me doy una ducha rápida. Aunque lo que de verdad me gustaría es quedarme un buen rato bajo el chorro de agua caliente, sé que debo de darme prisa. Mi maldito representante es un crack
en el trabajo, pero un tocapelotas en cuanto cree que no cumplo lo que me pide. No voy a decir que lleve a cabo lo que me dice la mayoría de las veces y esa es la razón por la que está aquí.
Cojo unos pantalones vaqueros y una camiseta del armario, me los pongo al igual que las deportivas y salgo de mi habitación antes de que vuelva a llamar exigiéndome que salga.
Al llegar al salón, me lo encuentro cómodamente sentado en el sofá, tecleando a toda velocidad en su móvil de última generación mientras un canal cualquiera de la televisión tiene mi cara en primer plano.
Mierda. Ese soy yo en la puerta de la discoteca.
—Solo se te pide un poco de discreción —dice sin dejar de pulsar sobre la pantalla—. Pero no, tú tienes que salir de fiesta y dejarte grabar rodeado de chicas, borracho… Es que encima los animas.
Vale, puede que tenga un poco —mucha— de razón. No es que no me importe que los paparazzi
me graben cada vez que salga, es que tengo veintitrés anos y tengo todo el derecho de hacer con mi vida lo que me dé la gana, aunque de verdad entiendo lo que quiere decir.
En el momento en el que firmé con Los Patriots me convertí en un personaje público y mi primera temporada ha sido increíble, cosa que ha ayudado a mi popularidad, aun así sigo pensando que eso no es una excusa para que mi vida siga siendo mía.
—Tienes que empezar a pensar en la consecuencia de tus actos, Dean.
—Mi manager, junto a mi hermana, son las únicas personas que me llaman por mi nombre—.
No te digo que no disfrutes de la vida, pero tienes que evitar por todos los medios que la prensa hable de ti, al menos de la manera en la que lo hace ahora.
—¿Y cómo lo hace?
No puedo evitar preguntarlo, aunque se la respuesta mucho antes de que abra la boca y al momento me arrepiento de haberla formulado.
—Por dónde empezar… —Se guarda el teléfono en el bolsillo de los pantalones de pinzas color caqui que lleva puestos, nunca lo he visto con nada más informal que eso, a la vez que se levanta y me dirige su penetrante mirada—.
¿Desde cuándo nos conocemos? Cinco anos, Dean.
Conozco tu trayectoria desde el momento en el que entraste en los Longhorn y firmamos aquel preacuerdo.
Nunca me metí en con quien salieras o entraras, en lo que hacías, hasta el último ano, en el que lo único que te pedí fue discreción. ¿Y qué haces tú? Lo que te sale de los…
Marlon se calla antes de soltar el taco, en estos cinco anos no lo he escuchado decir nunca una palabra malsonante delante de mí y que ahora esté a punto de hacerlo me deja claro el nivel de enfado que tiene.
—¿Qué ha pasado? —Intento relajar mi tono, más por su bien que por el mío—. Seguro que encontramos una solución. Siempre lo hacemos.
—Tienes que echarte una novia.
Mi primera reacción es reírme. No puedo evitar que la carcajada salga de mi cuerpo y llene el silencio que se ha creado en el salón después de tremenda estupidez, pero solo tengo que levantar la mirada después de enjuagarme un par de lágrimas causadas por lo que creía que era un mal chiste y darme cuenta de que Marlon está hablando muy en serio.
Su siguiente frase me lo deja más que claro.
—Me importa una mierda quien sea la chica. Si es una de esas amiguitas con las que sales o alguien en quien realmente estés interesado, pero no pueden fotografiarte con una distinta cada vez que salgas.
Vale, ha dicho mierda. Es lo más duro que le he escuchado decir nunca y sé que está al límite, pero eso no es excusa para que ahora, además de ser mi representante, la persona que me ayuda a inflar mi cuenta bancaria, también tenga que ser quien tome las decisiones de mi vida.
—No voy a aceptar un no por respuesta, a no ser que decidas de una vez comportarte como un hombre adulto, responsabilizarte de tus actos y dejar de sabotear tu carrera profesional.
—Marlon…
—Dean, sabes que no te diría esto si no fuera algo que he meditado más veces de las que me gustaría. Eres un jugador excepcional, lo has demostrado desde tu primera temporada. Ya haber jugado siendo un novato casi todos los partidos es un logro y este ano se te va a pedir aún más.
»No te estoy diciendo que dejes de vivir la vida, solo que no es necesario airearla a los cuatro vientos. Este ano puede ser el que de verdad te dé el puesto definitivo en el equipo, ahora mismo todo está en el aire.
—Repíteme de nuevo que es lo que ha pasado. No hay ningún escándalo. Me he liado con varias tías durante la temporada, sí. No soy el único de los companeros que se divierte cuando sale.
Estoy empezando a mosquearme. Ni mi padre ni mi madre, dos personas a las que tenía en alta estima hasta que me enteré de lo que le hicieron a mi hermana pequena, se han metido en lo que hacía y dejaba de hacer con mi vida.
Marlon está muy equivocado si cree que porque me haga ganar pasta está en su derecho de hacerlo.
—¿Cuántos de ellos salen en la prensa rosa?
—Empiezo a protestar, porque estoy seguro de que no soy el único, pero no me deja y sigue hablando—.
De la manera en la que tú lo haces, ninguno.
Eres el novato, no debes olvidarte de ello en ningún momento.
Esto ya no es la universidad. Juegas en uno de los mejores equipos de la afc y la publicidad negativa puede cerrarte muchas puertas.
Sé que tiene razón, cuando fiché con el equipo tuvimos una larga y pesada reunión con un montón de abogados, gente de marketing
y relaciones públicas. Tuve que firmar muchos documentos y estoy seguro de que alguno de ellos escondía una cláusula que decía que debía de entregarle a mi primogénito si no cumplía con todos sus deseos, pero me niego a que ni Marlon ni ellos me organicen la vida, y menos aún la amorosa.
—Chico, respira. —Mi representante me pone una mano en el hombro, ni siquiera soy consciente de que se ha acercado a mí y menos aún de que estoy reteniendo el aire en los pulmones—. Puedes seguir saliendo con quien quieras, solo te pido que evites a la prensa.
—No, Marlon. Me estás pidiendo que deje de ser quien soy —senalo mi cuerpo de arriba abajo—. No voy a tener pareja. Yo disfruto.
—Y nadie te está diciendo que no lo hagas. Solo te estoy pidiendo…
—Discreción, ya lo he pillado.
Al parecer ha conseguido lo que quería, porque vuelve a sacar su teléfono del bolsillo y se lo lleva a la oreja, alejándose de mí.
Como me doy cuenta de que sea lo que sea que esté hablando no va a compartirlo conmigo, me acerco a mi maravillosa máquina de café, introduzco una cápsula y cuando el olor del delicioso aroma inunda la estancia empiezo a relajarme un poco.
Saco una manzana del frigorífico de dos puertas y le doy un bocado mientras cojo la taza y vierto un chorro de leche para después beberme la mitad de solo un trago.
Me apoyo en la encimera de la cocina y me quedo mirando a mi representante, que sigue al teléfono.
En otra ocasión, cuando diera por terminada la conversación que tiene conmigo, se largaría con un escueto gesto de cabeza, pero que siga aquí me dice que aún queda algo más que discutir, algo que solo consigue que la intranquilidad vuelva a apoderarse de mí.
—¿Qué pasa? —pregunto terminándome el café y dejándolo a un lado.
Se queda en silencio y vuelve a hacer lo mismo de antes, guardarse el teléfono en el bolsillo, solo que esta vez se deja caer en el sofá.
—¿Y si fueras acompanado a la cena del equipo?
El ano pasado lo hice, aunque no creo que me esté pidiendo que vuelva a hacerlo con mi hermana.
—Marlon…
Se levanta del sofá y ahora sí sé que ha terminado. No va a pedirme nada más, no al menos ahora, pero el muy cabrón sabe cómo hacer su trabajo.
—Tú piénsatelo. Hablaremos en un par de días. Intenta pasar desapercibido. Solo te pido eso.
Va hacia la puerta, no respondo, porque sé que no espera que lo haga, así que dejo que mueva la cabeza a modo de despedida y lo veo salir de mi apartamento.
No sé porque narices ha dicho lo de que tenga una pareja, me conoce lo suficiente como para saber que es algo que no va a pasar.
He tenido y sé que seguiré teniendo oportunidades de estar con la chica que quiero, y no es mi ego quien habla, que conste, no es que sea tampoco un narcisista, es solo que sé que soy guapo, que estoy bueno y nunca he tenido problemas para ligar. Y me gusta, joder.
Todos mis amigos tienen pareja, están súper enamorados, incluso uno de ellos tiene una relación con mi hermana, pero como sé lo que han pasado hasta llegar a ese punto, no es algo que quiera para mí. El compromiso no va conmigo.
Miro la hora en el reloj del frigorífico y sé que aún es muy temprano para llamar a ninguno de mis companeros y, aunque haya desayunado, aún puedo permitirme saltarme la dieta, así que voy a mi habitación, cojo una de tantas gorras que tengo, me la calo hasta los ojos y me pongo unas gafas de sol.
Se me ha antojado algo dulce y la última vez que mi hermana estuvo de visita no dejó de hablar de una pastelería que estaba cerca de casa, así que decido ir a comprarme una de esas magdalenas sobresaturadas de azúcar.
Para qué voy a mentirme a mí mismo, soy un maldito obseso del azúcar y cuando los nervios me saturan es lo único que me calma. Lo que menos necesito ahora es pensar en la punetera recomendación de Marlon.