Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La Herencia Olvidada
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La Herencia Olvidada

La noche había caído suave sobre el campamento. El cielo, despejado, mostraba un firmamento salpicado de estrellas, y el aire olía a humo, a especias, a lana recién lavada. Cerca del centro, un fuego chispeaba dentro de un círculo de piedras ahumadas por los años. A su alrededor, un grupo de zíngaros compartía pan, carne asada en finas tiras y una sopa espesa con raíces, setas y cebolla negra.

Domer estaba sentado sobre una manta gruesa. A un lado, Sarya. Al otro, Rufus, aún con las manos manchadas de savia y sombra.

El anciano soplaba su plato con parsimonia. Sus ojos, brillantes en el reflejo del fuego, seguían cada gesto del muchacho como si leyera un libro viejo que creía olvidado.

—Tu abuelo estaría orgulloso —murmuró al fin—. No solo por salvar una vida… sino por todo lo que has hecho hoy por salvar a mi nieto. Todos los médicos que han pasado por aquí no han hecho más que sacarnos ingentes cantidades de dinero sin resolver nada. Sin ningún pudor. Aprovechándose de la desgracia y del dolor de los demás.

Rufus bajó la vista un instante. Luego asintió. En silencio.

—Domer, quizá fui demasiado optimista. Aún no sabemos en qué acabará la enfermedad de Maren.

—Pase lo que pase, te estaré agradecido eternamente —dijo el anciano.

—Hay algo más —dijo Rufus, avergonzado—. El dinero que me diste. Lo que sobró está en la cárcel. Ni siquiera sé si nos lo devolverán. El boticario dijo que le habíamos robado.

—Y eso sin saber que veníais con nosotros.

Luego se encogió de hombros, como quien ha visto demasiadas veces la misma escena.

—Estamos acostumbrados. A la gente bien vestida que nos mira por encima del hombro… y aprovecha cualquier ocasión para robarnos lo poco que tenemos.

Galen se acercó y se sentó con ellos.

—¿Dónde están Mira, Peter y Colette?

—En una celda.

—¿Cómo que en una celda? —preguntó su hermano, pensando que era una broma—. ¿En una habitación?

—No. En una celda de la cárcel de la ciudadela.

—¿Estás bromeando?

—No. Nos acusaron de haber robado sombrasol y lengua de ciervo.

—¿Y lo hicisteis?

—No. Pagamos por ello, pero de forma forzada. El boticario no quería venderlos.

—¿Un boticario de esta ciudad de estirados que solo aman el dinero no quería venderte esos dos potingues?

—Son venenos si no se saben usar, y están prohibidos desde hace años. Tuvimos que ir a la Ciudadela Ducal. Está en lo alto de la colina. Y, en el único lugar donde los vendían, no nos los quisieron vender. Así que entramos cuando no estaba el dueño y dejamos el dinero, pero finalmente nos alcanzaron cuando estábamos peleando con unos nobles de la ciudadela.

—Estás de coña, ¿no? ¿Dónde están ellos?

—Mañana intentaré sacarlos. Creo que he salvado de la muerte al caballo del capitán de los guardias y me debe ese favor.

—Es verdad todo lo que dice —confirmó Sarya—. Tu hermano es un portento que no deja de sorprender.

Galen se apoyó hacia atrás con las palmas de las manos.

—Mañana voy con vosotros. No os debería haber dejado solos.

—¿Tú qué tal estás? —preguntó Rufus.

—Bien —mintió—. Ya ni siquiera me acuerdo de Elyse.

Un poco más allá, entre los troncos curvados del círculo, un joven zíngaro acariciaba un kaval: una flauta larga de madera clara, con anillos de latón en los extremos. Su melodía era baja, melancólica, como un recuerdo que alguien había dejado olvidado entre las brasas. No llenaba el aire; lo acariciaba.

Sarya sonrió con los ojos entrecerrados.

—Esta canción la tocaba mi madre cuando yo era niña. Decía que era para los espíritus que aún dudan si quedarse o marcharse.

—¿Y los convencía? —preguntó Rufus.

—A veces. A veces no. Pero al menos sabían que alguien los llamaba por su nombre.

Un silencio natural se instaló entre los tres. No era incómodo. Era de los que se hacen cuando el alma mastica algo más hondo que el pan.

Domer bebió un sorbo y luego alzó la mirada hacia el cielo.

—Cada estrella… es una historia, muchacho. Vieja o por escribir. Vosotros estáis escribiendo la vuestra ahora. A ras de tierra, con las uñas sucias y más miedo del que admitís. —Hizo una pausa, breve, seca—. Pero seguid. Aunque os sangren los dedos. Porque un día, cuando se os hayan acabado las fuerzas y solo os quede el recuerdo, será esto lo que os mantenga en pie.

Miró a Rufus. No con ternura, sino con esa severidad que solo da el respeto.

—No hay nada más hermoso que poder salvar una vida. Ni más duro. Pero, cuando lo haces… el mundo se calla un instante. Cambiaría todo lo que he aprendido en esta vida solo por tener esa capacidad que tú tienes: la de salvar a alguien. Aunque fuera una sola vez.

Y alzó otra vez el cuenco, como si brindara por algo que ya no se puede decir en voz alta.

Rufus lo miró. Quiso decir algo, pero solo alcanzó a apretar los labios.

Sarya le pasó una copa de madera con vino de mora silvestre.

—Por Maren —dijo.

—Por Maren —repitió Domer.

Rufus asintió y brindó.

El fuego crujió. La flauta siguió cantando.

—Domer. Lo que dijiste anoche. Que yo era especial, que tenía una manera diferente de escuchar el mundo. Que era un hijo de las dos sangres…

El anciano asintió.

—Tienes algo que es un privilegio, pero que para muchos ha sido una carga.

—Pero ¿qué es eso? —preguntó Rufus.

Thormark, un hombre de mediana edad, habló en ese instante al anciano.

—Domer, cuenta una historia. Si es buena, te llevaré una botella de vino mañana.

Domer continuó hablando con Rufus:

—Los zíngaros contamos historias para ganarnos la vida, pero también para saber de dónde venimos y quiénes somos.

Después se levantó y comenzó a hablar.

—Durante un tiempo tan antiguo que los recuerdos humanos rozan su sombra, hombres, elfos, enanos, seres feéricos y dioses caminaron la tierra como iguales. No fue solo en las tierras del norte —donde el viento huele a escarcha y los árboles susurran secretos en lenguas olvidadas—, sino también en los rincones más remotos del mundo, donde los dioses eran más que cuentos al calor del fuego. Eran reales. Y eran temidos.

Vivían en Asgard, ese reino de cielo y roca al que solo se accede cruzando un puente que no es puente, un arcoíris que canta cuando se pisa. Allí, en el umbral de todos los mundos, se erguía Heimdall. Silencioso. Imperturbable. Con los ojos que ven todo y un cuerno que no miente. Cada vez que un Æsir o un Vanir cruzaba aquel sendero de luz, el sonido de su Gjallarhorn rasgaba el tejido del silencio, anunciando su paso como si el universo necesitara recordarlo.

No eran tiempos de paz —la paz es un cuento que los hombres inventan cuando olvidan—, pero sí de equilibrio. De respeto. De pacto tácito entre lo mortal y lo eterno. Porque, aunque los dioses eran poderosos, sabían que, sin los hombres, no eran más que historias esperando ser contadas.

Hubo un tiempo en que el cielo y la tierra no estaban separados por plegarias, sino unidos por juramentos. En aquel entonces, los dioses no eran leyendas aún; eran sangre, fuego, mar y piedra. Se dividían en dos casas: los Æsir, tallados en el estruendo de la guerra, y los Vanir, nacidos del susurro fértil de los campos, los ríos y la bruma.

Los Æsir eran los dioses del trueno, la lanza y el juicio. Su líder, Odín, caminaba entre mundos con un ojo perdido y una sed infinita de conocimiento. A su lado estaban Frigg, que tejía los destinos; Thor, que rugía con rayos en las manos; Baldr, el hermoso y condenado; y Tyr, aquel que dio su mano por un juramento. Se alimentaban de las manzanas doradas de Iðunn, fruto de eternidad que, aun así, no les prometía la inmortalidad. Porque los dioses podían morir y, según las antiguas profecías, morirían. Todos. O casi todos. El final tenía nombre: Ragnarök.

En el otro extremo del equilibrio cósmico estaban los Vanir, de mirada antigua y manos que sanaban. Njörðr, señor de las mareas y padre de bonanzas; Freyr, que hacía fértil la tierra con un solo gesto; y Freyja, que conocía el amor, la guerra y la magia como si fueran partes de sí misma. No empuñaban el acero por impulso; preferían el arte del pacto, la riqueza compartida, los secretos de la tierra y el alma. Fueron ellos quienes enseñaron el seiðr, la antigua magia que ve a través del tiempo, y fue Freyja quien llevó ese conocimiento a Asgard cuando la guerra entre clanes terminó con un intercambio de rehenes y un frágil tratado de paz.

Pero la paz entre dioses rara vez es duradera.

Juntos, Æsir y Vanir enfrentaron a los Jötun, los gigantes primordiales, tan antiguos como el miedo mismo. Ellos vivían en Jötunheim, un mundo de montañas que desgarraban el cielo, de tormentas sin fin y rocas que hablaban en lenguas olvidadas. Allí moraban el caos, la fuerza bruta y la risa cruel de aquellos que sabían que un día los dioses también caerían.

Pero ni dioses ni gigantes eran los únicos moradores del tejido antiguo del mundo. En los pliegues ocultos entre los troncos del Yggdrasil, en la luz que se filtra al amanecer entre la niebla, vivían los seres feéricos y los elfos: criaturas que no pertenecen ni al día ni a la noche, sino al susurro entre ambos.

Los Ljósálfar, los elfos de luz, danzaban en las copas de los árboles, custodios del arte, la belleza y la sabiduría que se halla en lo sutil. Y en lo profundo, lejos de los ojos humanos, moraban los Dökkálfar, los elfos oscuros, artesanos de secretos y sombras, que conocían el poder de lo no dicho y lo no visto.

Estos pueblos no tomaban partido en las guerras de los dioses, pero tampoco eran neutrales: sus pactos eran antiguos; sus lealtades, cambiantes como el viento; y sus promesas… siempre peligrosas.

Los seres feéricos, nacidos de la música primera del mundo, no eran del todo buenos ni del todo crueles, sino algo más antiguo, más salvaje. Había entre ellos hadas de alas como cristal tallado, duendes cuyas risas podían extraviar la razón y sidhe de belleza imposible y reglas tan estrictas como insondables. Jugaban con el destino de los mortales como si fuera una partida de ajedrez encantado… y rara vez perdían.