Suyo para Ganar (Capos de la Mafia nº 3) 15. Gabriella
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15. Gabriella

GAbrIELLA

Después de que Enzo me deje en casa, corro a mi apartamento y vomito hasta las entrañas.

En el momento en que salí de su coche, me golpeó de la nada y apenas llegué al baño a tiempo.

Respirando con dificultad, esperando a que pase la ola de náuseas, me sujeto el pelo mientras una capa de sudor cubre mi frente.

Cuando creo que ya he terminado de vomitar y mi estómago se asienta, me dejo caer sobre mi trasero y me paso la mano por la cara.

—¿A qué ha venido eso? —me pregunto en voz alta.

Como ya me siento mejor, me levanto para lavarme la cara y cepillarme los dientes.

Al menos no vomité en el coche de Enzo. Eso habría sido humillante.

Hablando de él, no puedo dejar de pensar en Enzo mientras me preparo para el trabajo. Se ha metido tan profundamente en mis pensamientos que da miedo. ¿En qué pensaba antes de conocerle? Supongo que solo en el trabajo, pero todos conocen el viejo dicho sobre trabajar mucho y divertirse poco.

Hasta que apareció Enzo, había estado viviendo una vida muy aburrida. Es la verdad y puedo admitirlo porque ahora que sé cómo se siente tener a Enzo en mi vida, no quiero volver nunca a lo de antes. Triste y solitaria.

Nuestro fin de semana juntos fue perfecto en todos los sentidos, pero ahora que ha terminado, no tengo ni idea de qué esperar cuando vaya a la oficina.

¿Volverá a convertirse en su yo frío e implacable?

¿Volveremos a nuestras viejas costumbres y comenzaremos a discutir y a sacarnos de quicio mutuamente?

¿O subirá la temperatura y esperará un polvo rápido en su despacho?

Ojalá pudiera llamar y decir que estoy enferma durante las próximas tres semanas.

Es difícil creer que es todo el tiempo que nos queda juntos antes de que Doug tome una decisión permanente y elija a quién va a vender Holloway Corp.

La competidora que hay en mí tiene que ganar.

Pero, ¿a qué precio? Y, ¿realmente merece la pena?

Después de aplicarme el maquillaje y cepillarme el pelo, se me ocurre que no puedo tener ambas cosas. Si quiero la empresa de Holloway y gano, entonces voy a perder a Enzo. ¿Cómo podría no ser así? Va a estar furioso.

Por otro lado, si eligen a Enzo, ¿no estaré yo enfadada también? Soy competitiva, así que sí, estaré molesta. Al mismo tiempo, estoy más que lista para que se tome una decisión y que todo esto termine de una vez. Supongo que hay otras empresas que comprar.

Odio pensar en ello. No ver a Enzo todos los días va a ser muy extraño.

A menos que podamos superar nuestros egos y darnos una oportunidad fuera del trabajo. Como hicimos este fin de semana. Cuando no lo veía como la competencia y pudimos relajarnos y vivir el momento, todo fue tan maravilloso.

Quizás no estoy siendo realista. Pero me gustaría pensar que tenemos una oportunidad juntos. Una parte de mí desearía que hubiéramos hablado de lo que sucede después. A menos que solo sea un pensamiento ilusorio. Dios, estoy tan confundida y ahora mi estómago está empezando a rugir de nuevo.

Tengo la sensación de que hoy no va a ser un buen día.

Y tengo razón.

Para empezar, llego tarde a mi oficina porque en cuanto aparco, las náuseas me golpean de nuevo.

.. y con fuerza. Paso otros quince minutos vomitando.

Después, me enjuago la boca con un poco de agua, pero todo lo que tengo es un viejo caramelo de menta pegajoso en el fondo de mi bolso.

Ni cepillo de dientes ni enjuague bucal.

Uf. Supongo que podría bajar corriendo a la farmacia de la esquina, pero eso me hará llegar aún más tarde y odio llegar tarde. Con pasión.

Así que me aguanto y decido dar la cara un rato y luego escabullirme para ir a buscar algunas cosillas para refrescar mi aliento. Acabo de terminar la menta y mi boca todavía sabe a porquería cuando Enzo aparece en la puerta de mi oficina. Parece tan inseguro como yo me siento.

—Hola —dice en voz baja.

—Hola —respondo.

Entrecierra los ojos, estudiándome demasiado de cerca, y yo me remuevo inquieta. —¿Estás bien?

—Bien —consigo decir justo cuando mi estómago vuelve a agitarse.

Oh, Dios. Esperando que desaparezca, sonrío.

Desafortunadamente, se siente totalmente equivocado.

Falso como el demonio. Aparto la mirada, fingiendo buscar algo en mi escritorio cuando sé que voy a tener que correr de nuevo al baño.

Mierda. Debo estar pillando un virus estomacal o la gripe.

Al levantarme, mis tacones tambalean ligeramente y me agarro al borde del escritorio para estabilizarme. Por supuesto, a Enzo no se le escapa nada y frunce el ceño. ¿Desde cuándo se ha vuelto tan observador?, me pregunto con irritación.

Vale, ahora necesito moverme y camino rápidamente hacia la puerta e intento esquivar su gran cuerpo, pero él me detiene. —¿Qué está pasando? —pregunta en voz baja, agarrándome del codo y apretando ligeramente—. Estás pálida.

Nuestras caras están cerca y sé que mi aliento debe apestar, así que discretamente me cubro la boca con el dorso de la mano y me aparto de él. —Nada.

—Deja de decir "bien" y "nada", Bri. Dime...

Mi estómago gorgotea y libero mi brazo y salgo disparada hacia el baño, llegando apenas a tiempo al cubículo. Mientras vomito por tercera maldita vez esta mañana, mi cerebro casi explota cuando un pensamiento ominoso lo atraviesa...

¿Estoy embarazada?

—Oh, Dios —gimo y vuelvo a vomitar. Pero ya no queda nada dentro de mi pobre estómago y mi garganta arde con el sabor de la bilis. Apoyando la cabeza contra la pared del cubículo, cierro los ojos y espero a que las náuseas desaparezcan.

Abro los ojos de golpe cuando la puerta del baño se abre y casi lloro cuando escucho unos pasos pesados entrar. —¿Gabriella? —pregunta Enzo—. ¿Estás bien, cariño?

Oh, por el amor de Dios. ¿No puede dejarme vomitar en paz?

Estiro la mano, cojo un montón de papel higiénico y me limpio la boca.

Lo último que una mujer quiere es que el hombre que le gusta la asocie con cualquier tipo de función corporal.

Sí, sé que es una tontería y que todo ser humano eructa, se tira pedos y caga.

Pero no necesito que Enzo Rossi lo sepa ahora mismo.

Quizás si hubiéramos estado saliendo un tiempo o viviendo juntos, no sería tan consciente de mí misma.

Pero ahora mismo me siento como Carrie Bradshaw en el momento en que se tiró un pedo por primera vez delante de Mr. Big en Sexo en Nueva York.

Matadme ahora mismo.

—No —susurro, decidiendo ser honesta—. Creo que estoy pillando algo.

Puedo oírle caminar hasta el cubículo en el que estoy encerrada y ver sus brillantes zapatos de cuero cuando miro hacia abajo.

—¿Puedes abrir la puerta?

—¡No! Vete, Enzo —gimo—. Déjame morir en paz.

—Cariño, no te estás muriendo. Abre la puerta y déjame ayudarte —me persuade.

—Me siento fatal y huelo a vómito. —Tal vez tenga una intoxicación alimentaria. Eso parece una conclusión mucho mejor y más segura que estar embarazada.

—Está bien, si no vas a abrir la puerta, ¿qué tal si te consigo un refresco de jengibre y unas galletas saladas? Para ayudar a asentar tu estómago.

Mi pecho se contrae. Está siendo tan dulce y yo estoy siendo un dolor de cabeza, pero no puedo evitarlo. Estoy avergonzada y odio mostrar cualquier tipo de debilidad.

—¿Y un cepillo de dientes? —pregunto en voz baja.

—Puedo hacer eso. Bajaré corriendo a la farmacia. ¿Algo más?

¿Un test de embarazo? No me atrevo a decir eso, por supuesto, pero también le pido pasta de dientes.

Cuando finalmente se va, tengo que admitir que es bastante agradable tener a alguien que me ayude cuando lo necesito.

Normalmente, lo hago todo yo misma. Ha habido ocasiones en las que he estado tan enferma y he tenido que ir a la tienda a comprar sopa, Gatorade y medicinas, que casi me desmayé antes de poder llegar a la caja.

Tener el lujo de que alguien cuide de mí así cuando no me siento bien.

.. no tiene precio y me hace preguntarme cómo sería tener a Enzo en mi vida como mi novio.

Sería realmente muy agradable. Sin duda alguna.

Una vez que me arrastro del suelo del baño y me enjuago la boca con un poco de agua, me seco la cara con una toalla de papel.

Haciendo una bola con la toalla de papel, estudio mi rostro pálido en el espejo sobre el lavabo e intento no hacer una mueca.

Sin lugar a dudas, parezco la muerte recalentada. Y me siento así también.

Después de recuperar algo de compostura, vuelvo a mi oficina y me tumbo en el pequeño sofá, acurrucándome y metiendo las manos bajo mi barbilla. Enzo regresa en tiempo récord, llevando dos bolsas llenas de cosas. Me incorporo hasta quedar sentada y frunzo el ceño.

—¿Qué es todo eso? —pregunto.

—Todo lo que puedas querer o necesitar —dice y se acerca a grandes zancadas.

Mientras saca una botella de agua con electrolitos de una bolsa, abriéndola para mí, echo un vistazo a la otra bolsa.

Creo que ha comprado de todo, desde Pepto Bismol hasta pastillas para el dolor de garganta.

Tratando de no sonreír, tomo la botella que me ofrece.

—Gracias.

—Necesitas mantenerte hidratada —me dice. Luego abre un paquete de galletas—. No tenían galletas saladas, pero estas son bastante parecidas. Deberían ayudar a asentar tu estómago.

Se arrodilla junto al sofá e inclina el paquete hacia mí. Agradecida, tomo una y mordisqueo la esquina.

—Mi madre siempre nos daba galletas cuando nos dolía el estómago —dice, y yo asiento.

Es raro porque estoy empezando a sentirme perfectamente normal de nuevo. Como si nunca hubiera pasado nada y eso es una señal de alarma muy grande. ¿Podría estar teniendo náuseas matutinas? La idea de estar embarazada es suficiente para ponerme en pánico.

Mientras termino mi galleta, Enzo alcanza mi pie y me quita primero un tacón seguido del otro. Luego comienza a masajear mis pies y me recuesto contra el sofá, permitiéndome estar más cómoda.

—Mmm, eso se siente tan bien —murmuro, tratando de no gemir y fallando miserablemente.

—Todavía te ves un poco pálida. Es posible que estés pillando algo —se inclina más cerca y presiona su palma contra mi frente—, o tienes una intoxicación alimentaria. Incluso podría ser un caso de nervios y agotamiento. Estas últimas cinco semanas más o menos han sido una locura.

Por un momento, ambos estamos callados mientras él continúa amasando el arco de mi pie izquierdo.

—Lo siento si he sido la causa de parte de ese estrés —dice. Suena tan sincero que quiero atraerlo a mis brazos y besarlo. Pero entonces recuerdo mi mal aliento y decido que es mejor no hacerlo.

—¿Quién iba a pensar que Enzo Rossi podía ser tan dulce? —pregunto suavemente.

—No muy a menudo. Y solo contigo —añade, con la boca levantándose en una sonrisa adorable.

—Gracias.

—De nada —dice, luego coloca mis pies sobre su muslo—. Tengo algo que decir, ¿así que me escucharás? ¿Y considerarás mi sugerencia?

—¿Qué?

—Quiero llevarte a casa, acomodarte en tu cama y luego quiero que descanses. Que duermas porque sé que no dormimos mucho las últimas dos noches.

Mis mejillas se sonrojan y normalmente lucharía contra él por salir temprano de la oficina, pero creo que vomité toda mi pelea. Estoy cansada. Exhausta incluso, y su sugerencia suena celestial.

—Si quieres que me quede, puedo hacerlo, pero entonces estaré tentado a tocarte y... —me envía una sonrisa muy seductora y encoge los hombros.

—Igual —murmuro, extiendo la mano y paso mis dedos por su pelo. Está un poco crujiente con el gel y quiero burlarme de él, pero estoy demasiado cansada—. ¿Me llevarás a casa, Enzo?

Por un momento, parece sorprendido de que haya aceptado tan rápido. Pero luego asiente, me pone de nuevo los zapatos, agarra las bolsas y me ayuda a bajar hasta mi coche, que conduce de vuelta a mi casa. Me dice que volverá a la oficina en Uber y, de nuevo, no discuto.

Ver este lado más suave de Enzo hace que me guste aún más. Consigue desvestirme y ponerme una camiseta y unos pantalones cómodos sin hacerlo sexual. Luego me mete en la cama y me besa la frente.

—Si necesitas algo, llama y volveré. ¿Vale?

—Vale.

—Sinceramente, cariño, creo que lo único que realmente necesitas es una buena y larga siesta y estarás bien.

Después de otro beso rápido, se despide y lo veo salir de mi dormitorio.

En el momento en que se va, me siento y pongo una mano sobre mi corazón.

Ahora mismo, está latiendo en mi pecho, latiendo tan fuerte por ese hombre.

Y sé con absoluta certeza que me estoy enamorando perdidamente de él.

También es aterrador, especialmente porque podría haber una adición a esta pequeña fiesta.

¿Un bebé?

Soy el tipo de persona que necesita respuestas inmediatamente.

No hay manera de que pueda dormirme o quedarme aquí preguntándome si estoy embarazada sin volverme completamente loca.

Deslizándome fuera de la cama, me pongo unos pantalones de chándal, agarro mi bolso y me dirijo a la farmacia.

Compro tres pruebas de embarazo y me apresuro a volver a casa.

Después de leer cuidadosamente las instrucciones, hago la primera prueba y espero con el corazón en la garganta. Después del tiempo asignado, miro el palito y está muy claramente positivo.

—Oh, mierda —susurro e inmediatamente procedo a abrir la segunda prueba. Después de obtener el mismo resultado, hago la tercera y última prueba porque soy minuciosa de esa manera.

Las tres pruebas indican que estoy embarazada de un bebé de Enzo Rossi.

Un torbellino de emociones me atraviesa y todo mi mundo comienza a girar como si estuviera en algún tipo de atracción de feria fuera de control. ¿Cómo voy a decírselo a Enzo? ¿Qué va a pensar? ¿Huirá o se quedará?

Mi familia va a enloquecer porque odian a los Rossi. Bueno, mi madre me apoyará porque me quiere. Todos los demás —mis primos y mi tío Sal— probablemente tendrán un ataque de apoplejía.

¿Y tendré el tiempo y la energía necesarios para trabajar? ¿Especialmente si adquiero Holloway Corp.?

Es demasiado para pensar ahora mismo, así que hago lo que Enzo sugirió. Me acuesto en la cama y me acurruco en una pequeña bola, queriendo dormirme y olvidarme de mi vida durante el mayor tiempo posible.