Sustituida en el altar CAPÍTULO 1
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Sustituida en el altar

Sustituida en el altar

Por Liz Monroe

© inepub.com

CAPÍTULO 1

«Toda cerveza tiene un final amargo. La diferencia entre la buena y la mala es cuánto tarda en llegar.»

MARLENE KRAUS

Veinte minutos.

Lo sabía porque el reloj de la sacristía daba los cuartos, y yo había oído el de las once y cuarto, y había oído el de las once y media, y ahora esperaba el de las doce menos cuarto como quien espera una sentencia.

El ramo temblaba. Solo en la mano izquierda. La derecha la tenía apoyada en el velo, a la altura de la nuca, fingiendo recolocar una horquilla que no necesitaba ajuste, y estaba firme como una piedra. Era el cuerpo partiéndose por la mitad: mitad novia, mitad gerente.

La gerente no tiembla, Marlene. La gerente cuenta.

Cuatrocientos invitados. Yo había visto la lista.

Había pagado la mitad de la lista, para ser exacta, y a la otra mitad no la conocía.

La nave entera de la Theatinerkirche estaba llena de gente de Múnich —sombreros, perlas, apellidos con partícula— y ninguno de ellos me miraba a mí. Miraban la puerta.

Yo también.

—Está en un atasco —susurró Frieda a mi lado, por tercera vez, y por tercera vez la voz le salió un poco más aguda.

—Philipp no conduce. —Me recoloqué la horquilla que no necesitaba ajuste—. Philipp tiene chófer.

—Pues el chófer está en un atasco.

Mi hermana apretaba contra el vientre la bolsita de satén de las alianzas, con las dos manos encima, como quien protege algo que pueden robarle.

Yo había comprado los dos anillos en julio, en una joyería de la Residenzstraße, y los había pagado con la tarjeta de la cervecería porque era la única que todavía pasaba sin hacer preguntas.

Una inversión, le había dicho a mi padre. Es la boda que va a salvar la Brauerei. Los anillos van incluidos.

Él no había contestado. Había firmado.

Lo miré entonces. Primera fila, lado izquierdo, el traje que se ponía para entierros y bautizos. La mano grande, encallecida por cuarenta años de mosto y cobre, se aferraba a su propia rodilla como si la rodilla fuera lo único que todavía le obedecía. Mi padre no miraba la puerta. Miraba el suelo.

Otto Kraus no había mirado al suelo desde el día en que enterró a mi madre.

Respiré hondo.

El incienso seguía en el aire, denso, dulzón.

Yo siempre leo los lugares igual que leo una cerveza: primero el aroma, luego el cuerpo, por último el final.

El aroma de aquella iglesia era caro. El cuerpo era silencio: un silencio pesado, de cuatrocientas personas que ya lo habían entendido y aún fingían que no. Y el final…

El final todavía no había llegado. Pero yo ya notaba el regusto.

Se me escapó una risa. Baja, nerviosa, y aun así resonó. En la Theatinerkirche todo resuena; se construyó para que la voz de Dios llegara hasta el último banco, y mi risa de cervecera de Regensburg llegó con ella. Dos señoras de la quinta fila volvieron la cabeza.

Me tragué el resto. Alcé la barbilla.

Delante de ellos no.

Yo había entrado en aquella iglesia por dos motivos, y solo uno de ellos cabía en un vestido blanco.

El otro estaba en una carpeta azul, en el despacho de mi padre, con el membrete del banco y la palabra ejecución en la tercera línea.

La fusión con los Von Arnim pagaba aquella carpeta.

La boda sellaba la fusión. Philipp me quería —o eso decía, y yo había elegido creerlo, porque creer era más barato que la alternativa— y yo lo quería como se quiere a alguien que aparece en el momento justo.

Había aparecido en el momento justo durante catorce meses. Eligió el día equivocado para llegar tarde.

El cura, un hombre menudo de gafas redondas, me miró como quien pide permiso para existir. Asentí. Él podía esperar. Yo podía esperar. La cervecería no podía, pero eso no era problema suyo.

El reloj de la sacristía dio las doce menos cuarto.

Fue entonces cuando el Barón se levantó.

Friedrich von Arnim no se levanta como los demás.

Se eleva. El cuerpo va primero y la cabeza después, como quien iza una bandera, y todo el lado derecho de la iglesia se movió con él: un rumor de telas, de perlas, de gente que sabe cuándo va a hablar un hombre de su talla.

Se abrochó la chaqueta. No me miró. No miró a mi padre.

Miró al cura, y solo al cura, como si yo fuera un detalle del altar que la diócesis aún no había retirado.

—Padre —dijo. Su voz era suave. Era lo peor de todo: era suave—. El novio lo ha reconsiderado.

Había oído frases peores en mi vida. Había oído tu madre no va a volver del hospital. Había oído el banco no renueva. Pero ninguna había salido de un hombre que seguía de pie, abrochado, con todo un lado de la iglesia asintiendo detrás de él como un sembrado bajo el viento.

El silencio hizo el resto. No cayó: subió, desde el suelo hasta el techo, hasta el último ángel pintado, y se quedó allí.

Lo ha reconsiderado.

No se ha puesto enfermo. No ha tenido un accidente. Lo ha reconsiderado, como si yo fuera una propuesta. Como si yo fuera una cláusula.

Y entonces lo entendí. Todo, de golpe, igual que una sabe que la cerveza se ha echado a perder antes de probarla, solo por el olor que sube del tanque.

Philipp no estaba en un atasco. Philipp no estaba de camino.

Philipp había recibido una oferta mejor —porque los hombres como él siempre la reciben, y su padre siempre negocia— y nadie me había avisado, porque avisar le habría costado a alguien un minuto de valor.

La fusión moría con la boda.

La carpeta azul se convertía en sentencia.

La Brauerei Kraus, ciento cuarenta años, doce empleados, una caldera de cobre que mi bisabuelo compró en 1897, moría un sábado de septiembre en una iglesia de Múnich: vestida de blanco, delante de cuatrocientas personas que después se irían a comer.

Frieda me apretó el brazo. Noté sus uñas a través del encaje.

—Marlene…

No lloré.

Alcé la barbilla. Era lo único que sabía hacer con la barbilla, y lo hice.

Noté cómo se me tensaba la piel del cuello y el velo me tiraba de la nuca, y sostuve la mirada del Barón hasta que no tuvo más remedio que devolvérmela.

Fue rápido. Medio segundo. Sus ojos resbalaron sobre mí como resbalan sobre un cuadro de pasillo, y volvieron al cura.

Ni siquiera tenía el valor de odiarme. Yo no merecía el esfuerzo.

Entonces busqué a mi padre.

Había levantado la cabeza. Me miraba a mí, y no al suelo, y vi cómo ocurría delante de todo el mundo: Otto Kraus envejeció diez años en la primera fila.

Se le hundió la boca. Se le cayeron los hombros.

La mano soltó la rodilla y se quedó abierta sobre la pierna, sin nada a lo que agarrarse.

No parecía un hombre que hubiera perdido una cervecería.

Parecía un hombre que había perdido a su hija y todavía no sabía cómo decírselo.

Delante de él no.

Dios. Delante de él no.

Respiré. El incienso me bajó amargo por la garganta, y recordé —en un rincón absurdo de mi cabeza, ese rincón que sigue trabajando incluso cuando todo lo demás se viene abajo— que el lúpulo también es amargo, y que precisamente por eso la cerveza aguanta.

Lo demasiado dulce se estropea. Yo no iba a estropearme.

Iba a seguir de pie, iba a escuchar lo que el cura tuviera que decir, iba a bajar aquellos tres peldaños con el vestido intacto y me iba a llevar a mi padre a casa.

Mañana ya pensaría en el banco.

Mañana ya pensaría en Philipp.

Hoy solo necesitaba llegar hasta el coche.

El cura abrió la boca. La cerró. Miró al Barón, me miró a mí, miró el crucifijo como quien pide una segunda opinión.

Y fue en ese instante, en mitad de aquel silencio que subía, cuando oí otro rumor de telas.

Tercera fila. Lado derecho.

El lado de los Von Arnim.

Un hombre se levantó.

Alto, demasiado alto para aquel banco, para aquella fila, para cualquier sitio donde alguien esperase que cupiera.

Traje oscuro. Ninguna prisa. Se incorporó despacio, como quien toma una decisión con calma, y se abrochó la chaqueta con la misma mano que había usado el Barón, y por un segundo pensé que era uno más de ellos.

Pero no miró al cura.

Me miró a mí.

No había visto a aquel hombre en mi vida.