Epílogo
Mira contempló la ladera.
—¿Qué tal este sitio? —gritó Jakk desde lo alto de una majestuosa meseta.
Pritzi corrió ladera arriba por entre las flores para unirse a él. Giró sobre sí misma con los brazos extendidos.
—¡Es perfecto! ¡Ven a verlo, Mira! —La niña llevaba un vestido lavanda y una corona de flores trenzadas en el pelo.
Ella, Jan y Darley llevaban coronas a juego y vestidos del mismo estilo, pero en sus colores favoritos: Jan en turquesa y Darley en rojo.
El sencillo vestido de Mira era blanco, como era costumbre en la Tierra.
Sostenía un enorme ramo de flores silvestres que habían recogido entre los cinco.
Gav'n le sujetaba la otra mano para ayudarla a subir por la ladera hacia el resto de la familia.
Habían decidido celebrar la boda —o ceremonia de apareamiento, como la llamaban ellos— a solas.
Sin más testigos que su familia. No era una ceremonia legal de verdad —eso habría sido imposible dado el estatus de Mira en Pra'kir—, pero era una manera solemne de sellar su unión como familia.
Habían pensado en invitar a los padres de Jakk y Gav'n, que habían recibido con los brazos abiertos la repentina presencia de Mira en la vida de sus hijos y nietas, pero decidieron que no podrían hacer la caminata.
La ladera era similar a aquella donde se había detenido a recoger flores silvestres con las niñas, solo que esta se alzaba lo suficiente como para divisar el océano. Llegó a la cima donde la esperaban Jakk y las niñas, se dio la vuelta y lo contempló todo, absorbiéndolo.
Todo era perfecto.
—Bien, ¿y ahora qué? —preguntó Gav'n.
Toda la familia había participado en la planificación del día, que había ido tomando forma poco a poco. Pritzi había insistido en las coronas de flores. Darley había elegido los vestidos. Jakk había escogido el lugar.
—Tengo algo para vosotros.
Sacó una pequeña bolsa de seda del bolsillo de Gav'n.
—En la Tierra tenemos la tradición de intercambiar anillos en las bodas, así que mandé hacer uno para cada uno de nosotros. Son todos iguales, ¿veis?
Volcó la bolsa y seis anillos de oro rodaron hasta su palma. Eran sencillas alianzas a juego, con las palabras Familia Para Siempre grabadas en el interior.
Las niñas alargaron las manos hacia ellos, pero ella cerró el puño y lo levantó.
—Esperad, esperad, esperad. Hay una ceremonia que acompaña la entrega de los anillos. Veréis, en la Tierra el anillo es un símbolo del amor, que no tiene principio ni fin. Se pone en el cuarto dedo, que en los humanos es el más cálido y, por tanto, el más cercano al corazón.
Las niñas se empujaron juguetonamente para colocarse, formando una fila ante ella con las manos extendidas y el cuarto dedo en alto.
—Con este anillo, yo te desposo.
Deslizó el anillo más pequeño en el dedo de Pritzi.
—Llévalo como símbolo de mi amor.
Repitió el voto con cada niña. Cuando se volvió hacia Jakk, la invadió una repentina timidez.
Jakk alargó la mano hacia ella y la atrajo contra su cuerpo.
—¿Por qué estás nerviosa, pequeña humana? —murmuró—. Eres nuestra, me des ese anillo o no.
Gav'n se colocó detrás de ella, dejándola atrapada entre los dos.
—¿Dónde está tu anillo, pashika? Te lo pondremos juntos.
Con el rostro encendido, abrió la palma y escogió su anillo. Gav'n se lo deslizó en el dedo, y Jakk le llevó la mano a los labios y lo besó.
—Con este anillo, te reclamamos para siempre.
Ella soltó una risita.
—Esas no son las palabras.
Gav'n esbozó su sonrisa pícara.
—Se me han olvidado.
Extendió el dedo anular.
—Dame el mío.
Ella deslizó uno de los enormes anillos en su dedo.
—Con este anillo, yo te desposo. Tómalo como símbolo de mi amor.
Repitió las palabras mientras colocaba el último anillo en el dedo de Jakk.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Jakk.
—Nos damos las manos —propuso Jan.
Últimamente hablaba más, aunque todavía no tanto como Pritzi.
—¿Así? —Gav'n tomó de la mano a Jan y a Pritzi.
—No, en círculo —dijo Jan—. Sin principio ni fin.
—Como el amor —completó Darley.
—Como el amor —murmuró Jakk—. Os quiero a todos. ¿Lo sabéis?
Las niñas soltaron risitas y a ella se le humedecieron los ojos.
—Yo también os quiero a todos.
—Yo también.
—Yo también.
—Yo también.
—Yo también.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Gav'n.
—Comemos tarta —declaró ella.
—¿Qué es una tarta? —quiso saber Pritzi.
—Es la comida más maravillosa que habéis probado en vuestra vida. Y he descubierto cómo hacerla en Pra'kir. Pero está en casa. ¡El último en llegar a las lanzaderas es un huevo podrido!
Lanzó el ramo por encima de la cabeza y echó a correr a toda prisa ladera abajo hacia las lanzaderas.
A su espalda estallaron gritos y chillidos mientras su familia la seguía; los sonidos de su alegría resonaban en las rocas y volvían a ella, directos al corazón.
Fin
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