Sus amos alienígenas (Amos zandianos) Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

Mira sacó el pequeño amplificador del cobertizo a la luz del sol para ver lo que hacía.

Había estado birlando piezas de aquí y de allá, reuniendo todo lo necesario para fabricar un altavoz para el aparatito de música de Jakk.

Cuando las niñas la vieron desmontar el horno, se emocionaron pensando que podía arreglar cualquier cosa.

Sacaron una caja de aparatos electrónicos rotos que su madre guardaba en un armario.

Mira había ido sacando piezas de los aparatos, y cuando encargó el termopar dañado del horno, también pidió algunos componentes para el amplificador sin que ellos se enteraran.

Solo le había contado a Jan lo de su proyecto secreto, porque no se fiaba de que Pritzi no se fuera de la lengua ni de que Darley no lo arruinara por despecho.

Estaba deseando instalarlo en la casa como sorpresa.

Pero todavía no funcionaba. Se recogió el pelo detrás de la oreja, deseando tener un voltímetro para comprobar la salida de las placas de alimentación que había sacado de todos los aparatos rotos.

Con todas ellas, debería poder apañar algo que funcionara.

Un crujido en los arbustos cercanos la hizo alzar la vista y se le cayó el destornillador de la mano.

Un rostro arrugado de pra’kiriana la observaba a través del seto.

La vecina entrometida. El corazón le dio un vuelco y abrió la boca para hablar, pero su tableta de comunicación vibró con una llamada.

Por primera vez, no mostraba la foto de Jakk ni de Gav’n.

En su lugar, decía Academia Endermere. Contestó y miró hacia los arbustos. La mujer había desaparecido.

—¿Hola?

Por lo visto, esa no era la forma correcta de contestar una llamada en Pra’kir, porque la mujer al otro lado acercó el rostro a la pantalla y la escrutó.

—Intento localizar a Mira Loquist, la niñera de Darley Dacker.

—Soy yo, sí.

La mujer arrugó la nariz.

—Necesitamos que venga a la escuela. Han suspendido a Darley por pelearse. No hemos podido contactar con ninguno de sus tíos.

Mira dejó la placa de alimentación.

—Voy para allá.

Maldición. Le dolía el alma por Darley. La pobre niña era tan infeliz que se portaba mal de todas las formas posibles. Sí, era un auténtico incordio, pero solo era una niña. Una niña con el corazón destrozado.

Metió el equipo en las cajas de cualquier manera y lo guardó en el cobertizo. Su pequeño proyecto tendría que esperar. Se subió a la lanzadera y programó el destino: la escuela.

Cuando llegó, por suerte los estudiantes estaban en clase, así que los curiosos se limitaron a las pocas personas en los pasillos y en recepción.

La recepcionista la mandó al despacho de la directora, donde Darley estaba despatarrada en una silla con los ojos y la nariz enrojecidos, los brazos cruzados sobre el pecho, sorbiéndose los mocos.

La directora era una mujer mayor, con el pelo blanco y rizado y uñas largas pintadas de negro a juego con el traje.

—Siéntese —señaló la silla frente a ella—. Pillamos a Darley peleándose con un niño en el patio a mediodía. No toleramos las peleas bajo ningún concepto. Sumado a sus intentos deliberados de faltar a clase fingiendo un sarpullido, estoy considerando expulsarla de forma permanente.

Mira se mordió el interior del labio. Sin saber nada de las escuelas pra’kirianas, no tenía claro cómo abordar la situación.

Respiró hondo.

—Directora, ¿qué apoyo o asesoramiento ha ofrecido la escuela para ayudar a Darley y a sus hermanas a sobrellevar el duelo por la muerte de su madre?

La directora parpadeó.

—¿Recuerda que su madre fue asesinada hace apenas unas semanas?

—Bueno, por supuesto que lo recuerdo —espetó.

—¿Ha perdido usted a alguno de sus padres, directora?

La mujer se sonrojó.

—He perdido a ambos padres. Por supuesto, no fue cuando era niña, pero...

—¿Y cuánto tiempo estuvo de duelo por ellos?

La directora palideció; se le humedecieron los ojos. Tragó saliva.

—Durante años.

Mira asintió con solemnidad.

—¿Se imagina lo difícil que sería de niña? ¿Perder a ambos padres y de repente tener nuevos cuidadores, entre ellos una de las alienígenas indirectamente responsables de la muerte de su madre?

Darley hipó, claramente tratando de contener un sollozo, pero Mira no se volvió.

La directora, en cambio, observó a Darley con detenimiento. Las líneas severas de su rostro se suavizaron. Juntó las yemas de los dedos.

—La academia no ofrece asistencia psicológica, pero puedo ponerla en contacto con una agencia que podría ayudar.

Cogió su tableta de comunicación y escribió algo. Un momento después, la tableta de Mira emitió un pitido.

—Tiene razón, no había considerado del todo la situación de Darley cuando sugerí la expulsión. La academia emitirá una advertencia. Cualquier otro incidente supondrá la expulsión —miró a Darley con severidad—. ¿Entendido?

Darley asintió con la cabeza repetidamente.

—Gracias, directora —Mira se levantó y fue hacia la puerta, esperando a que Darley saliera primero—. ¿La traigo mañana?

La directora asintió.

Darley se secó las mejillas mientras caminaban hacia la lanzadera, sorbiéndose los mocos de vez en cuando. Un silencio incómodo flotaba entre ellas.

A la mierda. Antes de que Darley subiera a la lanzadera, Mira tiró de ella y la abrazó con brusquedad.

Darley se quedó paralizada, puede que sin siquiera respirar.

Mira la soltó tan de repente como la había abrazado y rodeó la lanzadera hasta su lado. Volvieron a casa con Darley apoyada contra la ventana, mirando hacia fuera, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

Pobrecilla. Mira deseaba poder hacer o decir algo para aliviarle el dolor. La dejó quedarse en su habitación toda la tarde, e incluso la dejó tranquila mientras iba a recoger a las dos pequeñas. Jakk y Gav’n llegaron tarde aquella noche; ella y las niñas ya estaban sentadas a la mesa, cenando.

Jakk se sentó con ellas primero, con el rostro tenso y serio.

—¿Qué ha pasado hoy en la academia? Mi secretaria me ha dicho que llamaron y le dieron tu código de contacto.

Gav’n acercó una silla y se sentó también.

—Darley ha tenido un pequeño problema hoy, pero todo está bien. Lo hemos resuelto.

Darley alzó la cabeza de la palma de la mano donde la tenía apoyada mientras removía la comida con desgana.

—¿Qué problema, exactamente? —preguntó Gav'n. Las miradas de Jakk y Gav'n eran penetrantes y ambos parecían listos para actuar con mano dura.

Ella no quería eso. Se encogió de hombros, con aire despreocupado.

—No os preocupéis por eso. Yo me encargué. ¿No es ese mi trabajo?

Sonrió con dulzura y añadió, como si lo hubiera olvidado:

—¿Amo?

Darley abrió la boca sorprendida, y Mira le lanzó una mirada de advertencia.

Un destello de sospecha cruzó la mirada de Jakk mientras las observaba a ambas. Miró a Gav'n, que se encogió de hombros.

—¿Estás segura de que esto no es algo que necesitemos saber? —La clara advertencia en su tono la hizo tragar saliva, pero ella mantuvo su posición.

—Estoy segura. Todo está resuelto.

Jakk asintió lentamente.

—De acuerdo. Gracias por encargarte de... lo que fuera que surgió.

Darley de repente mostró un gran interés en su comida y empezó a engullirla.

Gav'n las observó a ambas con aire pensativo, pero no dijo nada.

Quizás, aunque sabía que había hecho poco para ganarse su confianza, esta vez lo dejarían pasar.

—Mira, tenemos que hablar.

Gav'n le quitó el mono a Mira por la cabeza y gimió. La regla de no llevar ropa interior hacía que desnudarla fuera algo rápido y delicioso. Algo que casi le hizo olvidar lo que quería decirle.

Nunca se cansaría de contemplar su cuerpo menudo, receptivo y dispuesto. Si tan solo pudieran conseguir que su mente estuviera igual de entregada.

Mira debió de captar el destello de lujuria en su expresión, porque esbozó una sonrisa y se arrodilló para desabrocharle los pantalones.

Él la agarró de los brazos y la hizo levantarse.

—No, no puedes hablar con mi polla metida en tu boca, por muy tentador que sea ese escenario.

Jakk sacó varias corbatas de seda del armario, y Gav'n la hizo retroceder hasta la cama y la lanzó al centro. Los dos hermanos le ataron rápidamente las muñecas y los tobillos a los postes, dejándola bien abierta.

Sacó un instrumento que había fabricado para ella. Estaba pensado más para el placer que para el dolor, aunque produciría un ligero escozor superficial. Consistía en una docena de tiras de cuerda suave, atadas en un extremo formando un lazo que servía de mango.

Ella se retorció contra las ataduras, con sus ojos verde-azulados llenos de cautela mientras él se acercaba.

Se subió a la cama y se puso de pie sobre ella para deslizar los extremos de la cuerda entre sus piernas. Ella se estremeció y tembló. El aroma de su excitación le llegó como un poderoso afrodisíaco. Con un movimiento de muñeca, descargó el látigo contra su sexo.

Ella gritó con los ojos muy abiertos, mientras el temblor se extendía por sus piernas. Por suerte, la habitación estaba bastante insonorizada.

—¿Qué has estado investigando en el ordenador de Jakk, cariño?

Otro golpe.

Jakk se sentó junto a su cabeza y enrolló un hilo alrededor de uno de sus pezones.

Ella forcejeó contra las ataduras, pero él sabía que era más por miedo que por dolor real. La vulnerabilidad de su posición y la parte de su anatomía que había elegido castigar, junto con el misterio de lo que Jakk le hacía, no le dejaban más opción que reconocer el dominio que ejercían sobre ella.

—¿Creíste que no nos daríamos cuenta? —preguntó Jakk, tirando del extremo del hilo para elevarle el pezón aprisionado.

Ella gritó, con un destello de pánico en el rostro.

—¿Encontraste lo que buscabas?

Le dio un golpe más fuerte en el sexo.

Ella negó con la cabeza rápidamente.

—No. No, Amo.

Él se ablandó de inmediato, se dejó caer de rodillas entre sus muslos y le alivió el escozor deslizando el pulgar por su hendidura.

—Si quieres saber algo, ¿por qué no nos lo preguntas?

Su expresión se cerró, y eso le dolió más de lo que habría imaginado. Ella no confiaba en ellos. Podía confiarles su cuerpo, pero guardaba secretos; quizás todavía tenía planes de escapar.

Jakk se desplazó al otro lado y enrolló un hilo alrededor del pezón libre, aprisionándolo también en su sencillo instrumento de tortura.

—¿Quieres ver tu expediente? —preguntó con suavidad.

Ella se quedó inmóvil, con una tensión latente recorriéndole el cuerpo. Se humedeció los labios y asintió.

—¿Tiene... información sobre mis compañeros de nave?

—Ah —dijo él, recompensándola con un generoso empuje del pulgar dentro de ella mientras le estimulaba el clítoris con la palma—. Estás intentando encontrarlos. ¿Es eso?

Ella levantó la cabeza todo lo que pudo con los brazos atados hacia atrás. Tenía los ojos muy abiertos y desesperados, y contenía la respiración.

—Pashika —dijo él con suave pesar—. Ya hemos hablado de esto. No se te permite verlos.

—Por favor.

Dejó caer la cabeza sobre la cama, con los ojos brillantes por las lágrimas.

—Son mis amigos. Necesito saber que están bien.

Jakk negó con la cabeza.

—Sus asignaciones no se hicieron públicas.

—Pero tú lo sabrías. O podrías averiguarlo. Eres juez.

Jakk vaciló.

—Tienes razón. Probablemente podría averiguarlo.

Suspiró.

—Binnix, mi Jefe de Policía Civil, se quedó con una de ellas, pero no sé cuál. Y el propio magistrado general se quedó con la que estaba gravemente herida.

—¿Brinley?

—No lo sé.

Jakk tiró del hilo del segundo pezón, y ella hizo una mueca. Él le ahuecó los pechos y los amasó.

—Estoy dispuesto a indagar en el futuro.

Estoy dispuesto a intentar organizar un encuentro.

Pero todavía no. Si lo intentara ahora, la solicitud sería denegada, quizás para siempre.

Dale un año o dos, hasta que cada una de vosotras se haya asentado y vuestros amos puedan dar fe de vuestra asimilación a Pra'kir.

Ella puso los ojos en blanco y parpadeó para contener las lágrimas.

—¿Un año o dos? ¿Cómo te sentirías si te separara de Gav'n durante un año o dos?

Frunció los labios. —Lo odiaría, pero si lo hicieras para salvarme la vida, lo entendería.

—¿Salvar mi vida?

—El Consejo os quería muertas. El magistrado general propuso esta solución de acogeros como forma de salvaros la vida.

Así que debemos ceñirnos a las directrices que nos dieron, directrices que garantizan que el público también esté a salvo de cualquier peligro que pudierais representar.

Mira, te pedimos que confíes en nosotros.

Igual que nosotros confiamos en ti para resolver el problema con Darley por tu cuenta.

Jakk le acarició la mejilla.

Ella se hundió un poco en la cama al oír aquello.

—Queremos que seas feliz. ¿Puedes creerlo?

Gav'n deslizó lentamente el pulgar dentro y fuera de ella. Jakk se inclinó y le tomó la boca, rozándole los labios con suavidad antes de lamerlos.

Ella dejó escapar un suave gemido y se entregó, dejando que le dieran placer con sus bocas, lenguas y manos hasta que se corrió con un grito ronco.