SUPERAMOS EL DESAMOR (NUNCA VUELVAS ATRAS nº 1) CAPITULO XV
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CAPITULO XV

AGUAS CANTARINAS, EL MIRADOR DEL VIENTO Y EL ECO DEL AMOR

La tarde avanzaba con una pereza hermosa, bañando el bosque de una luz dorada y filtrada por las copas de los árboles milenarios. El murmullo lejano del agua anunciaba que se encontraban cerca de su destino. Ana y Aarón recorrían un sendero corto y apacible que zigzagueaba colina arriba, un camino alfombrado por musgo tierno y hojas secas que crujían suavemente bajo sus pasos.

Rocco abría la marcha, deteniéndose cada tanto para asegurarse de que sus humanos lo seguían, moviendo la cola con un ritmo alegre y acompasado.

— ¿Te falta mucho para llegar, señorita de la ciudad? — preguntó Aarón con una sonrisa ligera, deteniéndose para ofrecerle la mano en un tramo donde el terreno se elevaba un poco.

Ana tomó su mano, sintiendo la calidez y la firmeza de siempre, y se impulsó con ligereza, quedando a solo unos centímetros de su pecho.

— Para tu información, señor granjero, tengo una excelente condición física —bromeó ella, mirándolo con unos ojos llenos de una dulzura radiante—. Además, con este aire tan limpio y el aroma a pinos, podría caminar por horas. Este sendero es verdaderamente edificante.

Aarón la atrajo un poco más hacia sí, acomodándole el cuello del abrigo para protegerla de la brisa fresca que comenzaba a bajar de la cumbre. Sus gestos siempre estaban impregnados de una ternura intuitiva y constante.

— Ya casi estamos ahí. Escucha el agua —dijo él con su voz pausada y profunda—. Detrás de esa hilera de rocas está el mirador de la cascada escondida. Es el rincón más apacible de toda la región.

Dieron los últimos pasos juntos y, al doblar la esquina del sendero, el bosque se abrió para revelar un espectáculo sobregogedor. Una cascada de aguas cristalinas caía desde una roca alta, rompiéndose en una poza de piedra caliza que reflejaba los colores del cielo. Justo al lado, un mirador de madera rústica se asomaba al vacío, ofreciendo una vista panorámica de todo el valle, los campos dorados y la pequeña silueta del refugio comunitaria a lo lejos.

Ana soltó un suspiro de pura admiración, acercándose al barandillo de madera. El sonido del agua cayendo creaba una melodía constante que parecía aislar el lugar del resto del mundo.

— Es... precioso, Aarón—susurró ella, sintiendo cómo una inmensa paz la inundaba—. Estar aquí arriba hace que todo el esfuerzo de estos meses cobre un sentido aún más profundo.

Aarón se colocó detrás de ella, envolviéndola con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro. Compartieron ese abrazo frente a la inmensidad del paisaje, unidos en un solo latido.

— Venir aquí contigo me hace pensar en cómo empezamos, Ana—comentó Aarón con suavidad, rozando con sus labios la mejilla de ella—. Cuando llegaste, mi vida era un desierto de emociones. Estaba cerrado, a la defensiva. Ver este paisaje antes solo me recordaba la inmensidad de mi soledad. Pero ahora, reflejado en tus ojos, solo veo amor y un futuro que vale la pena construir.

Ana se giró entre sus brazos para quedar frente a él, rodeando su cuello con las manos. La mirada que le dedicó fue un bálsamo de ternura pura.

— El amor verdadero no derriba tus muros a la fuerza, Aarón; los desmonta piedra por piedra con paciencia — respondió ella, con una voz infinitamente dulce—. Tu transformación ha sido el regalo más edificante de mi vida. Ver cómo dejaste salir al hombre compasivo, honorable y protector que siempre fuiste me llena de un orgullo que no me cabe en el pecho.

Aarón acarició el rostro de Ana con el dorso de sus dedos, un ademán tan delicado que contrastaba bellamente con su imponente presencia física.

— Te amo, Ana —dijo él, pronunciando las palabras con una solemnidad y una sinceridad absolutas—. Te amo por la paz que trajiste, por tu fe inquebrantable en las segundas oportunidades y por la forma en que cuidas de todo lo que toca tu corazón. Eres mi hogar, mi norte y mi mayor bendición.

— Y yo te amo a ti, mi oso gruñón—respondió ella, con una sonrisa que iluminó el crepúsculo—. Te amo con un amor sano, seguro y eterno. No importa cuántos senderos tengamos que caminar, mientras tu mano sostenga la mía, sé que siempre llegaremos al lugar correcto.

Aarón sonrió, libre de todos los fantasmas del pasado, y acortó la distancia para sellar sus palabras con un beso. Fue un beso dulce, pausado y profundo, arrullado por el canto eterno de la cascada y bendecido por la inmensidad del valle.

Rocco soltó un pequeño gemido de felicidad a sus pies, sentándose pacientemente a su lado. Bajo el cielo que comenzaba a teñirse de tonos rosados y púrpuras, Ana y Aarón permanecieron abrazados en el mirador, con la certeza absoluta de que su amor había echado raíces tan profundas y firmes como los árboles que los rodeaban, listos para vivir el resto de sus vidas en perfecta y duradera armonía.