CAPITULO III
LUCES DE LA TARDE, PASOS COMPARTIDOS Y UN HELADO DE LAVANDA
El sol comenzaba a esconderse tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. Tras una jornada intensa organizando los primeros expedientes del refugio, Ana se encontraba en la plaza principal del pueblo, revisando unas notas en su libreta.
De repente, una sombra alta se proyectó sobre su papel. Al levantar la vista, se encontró con Aarón. Ya no vestía su ropa de trabajo campestre; llevaba una camisa limpia de lino azul oscuro y los brazos cruzados, aunque su postura era mucho más relajada que de costumbre.
— Vaya, la señorita de la ciudad por fin descansa —dijo Aarón, con una pizca de ese humor seco que empezaba a volverse familiar—. Pensé que vendrías con un megáfono a convocar a una asamblea comunitaria.
Ana cerró la libreta con una sonrisa brillante, contagiada por la ligereza del momento.
— La planificación requiere silencio, Aarón. Pero ya terminé por hoy. De hecho, planeaba caminar un rato por la calle principal. Mateo me dijo que hay tiendas antiguas preciosas y quiero conocer más el lugar.
Aarón miró la calle, donde los faroles públicos empezaban a encenderse con una luz cálida. Luego, volvió a mirar a Ana. Pareció tomar una decisión interna, enderezando los hombros.
— La calle principal puede ser confusa si no conoces las historias de cada lugar. Si no te molesta la compañía de un oso gruñón... puedo mostrarte el camino.
La alegría en el rostro de Ana fue inmediata. Sus ojos chispearon.
—¿El gran Aarón ofreciéndose como guía turístico? Eso es un honor que no puedo rechazar. Vamos.
Caminaron uno al lado del otro, manteniendo una distancia respetuosa pero cercana. El ambiente del pueblo a esa hora era mágico; el murmullo de los vecinos saludando y el viento fresco creaban una atmósfera de paz.
— Mira allí—dijo Aarón, señalando una fachada de madera oscura con un letrero de hierro forjado—. Es la relojería de Don Tomás. Tiene más de ochenta años. El viejo ya no ve bien, pero repara los mecanismos solo con el tacto.
— Es increíble —susurró Ana, acercándose al ventanal para observar los antiguos relojes de péndulo que tickteaban al unísono—. Se nota el compromiso de toda una vida en su oficio. Eso es lo que quiero para el refugio, Aarón. No una iniciativa de unos meses, sino un compromiso a largo plazo con la gente de aquí.
Aarón la miró de reojo, conmovido por la determinación en su voz.
— Al principio pensé que eras de las que se cansan rápido, Ana. Pero veo cómo miras a este lugar. Tienes decisión. No cualquiera deja la comodidad de la ciudad por venir a limpiar jaulas y cargar fardos.
— Cuando tomo una decisión, la cumplo con el corazón, Aarón. Especialmente si se trata de ayudar. Además, la respuesta del pueblo hoy fue maravillosa. Tres personas vinieron a preguntar por talleres de cuidado animal. Eso me llena de alegría.
Siguieron caminando hasta detenerse frente a una botica antigua que vendía esencias, jabones artesanales y helados caseros. El olor a canela, cera de abejas y flores inundaba la entrada.
— Tienes que probar el helado de lavanda y miel de este lugar —dijo Aarón, sorprendiendo a Ana—. Mi madre me traía aquí de niño cuando lográbamos una buena cosecha. Es una tradición del pueblo.
—¡Me encanta la idea! —respondió ella con entusiasmo.
Aarón se adelantó hacia el mostrador, sacando su billetera antes de que Ana pudiera reaccionar.
—Dos de lavanda y miel, por favor, Clara —le dijo a la anciana detrás del mostrador.
— ¿Aarón? ¿Comiendo helado y acompañado? —la mujer sonrió de par en par, entregando los conos—. Esto sí que es una hermosa novedad.
— La generosidad debe responderse con amabilidad, Clara. Ana me preparó el desayuno ayer, solo estoy pagando la deuda —explicó Aarón, con un ligero rubor en las mejillas que no pasó desapercibido para Ana. Salieron de la tienda sosteniendo sus helados. Ana probó el suyo y cerró los ojos, saboreando la mezcla dulce y floral.
— ¡Esto es espectacular! Tenías toda la razón— exclamó, riendo con una alegría tan pura que provocó que Aarón sonriera de verdad, una sonrisa amplia y abierta que transformó su rostro por completo.
—Te lo dije. No todo lo que hago es quejarme, Ana.
Caminaron hacia una banca de madera bajo un gran sauce. La luz del atardecer se desvanecía, dando paso a una noche estrellada.
— Aarón —dijo Ana suavemente, mirándolo a los ojos—, gracias por este paseo. Significa mucho para mí ver este lado tuyo. Sé que te cuesta confiar, pero valorar el pasado de este pueblo y compartirlo conmigo es un gesto de mucha bondad.
Aarón guardó silencio, contemplando el helado que se derretía un poco en sus dedos. Su respuesta fue pausada, pero cargada de una honestidad profunda. —Hacía mucho tiempo que no caminaba por aquí solo por el gusto de hacerlo, Ana. Siempre voy de prisa, pensando en los problemas de las tierras o en el refugio de caballos. Estar contigo... —pausó, buscando las palabras correctas—, hace que el ritmo baje. Siento que puedo respirar. Gracias a ti por no salir corriendo el primer día.
Ana extendió su mano y, con delicadeza, rozó los dedos de Aarón sobre la banca. Fue un contacto breve, lleno de respeto y ternura, pero ambos sintieron una chispa de confianza mutua que prometía ser el inicio de algo inquebrantable.
—No voy a irme a ninguna parte, Aarón. Estamos juntos en esto—aseguró ella.
Bajo la luz de los faroles antiguos, la risa de Ana y la mirada atenta de Aarón sellaron un pacto silencioso de apoyo, amistad y un cariño que crecía con la paciencia de las cosas buenas.