SUPERAMOS EL DESAMOR (NUNCA VUELVAS ATRAS nº 1) CAPITULO I
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SUPERAMOS EL DESAMOR (NUNCA VUELVAS ATRAS nº 1)

SUPERAMOS EL DESAMOR (NUNCA VUELVAS ATRAS nº 1)

Por Ruth Garnier

© inepub.com

CAPITULO I

CAJAS, LADRIDOS Y UN CAFÉ AMARGO La vieja camioneta de Mateo soltó un último quejido antes de apagarse frente a la que sería, a partir de ese día, la nueva veterinaria y refugio del pueblo. Ana bajó del vehículo, estirando los brazos y respirando el aire fresco del campo. El lugar era hermoso, rodeado de colinas verdes, pero la fachada del edificio necesitaba urgentemente una mano de pintura y bastante amor.

Mateo salió del establecimiento corriendo, con una enorme sonrisa y los brazos abiertos.

— ¡Dime que no es un espejismo! —exclamó Mateo, estrechando a su hermana en un fuerte abrazo—. Ana, de verdad estás aquí. Pensé que te arrepentirías a mitad de camino.

— ¿Dejarte solo con este desastre? Jamás —dijo Ana, riendo y devolviéndole el abrazo con el mismo cariño— . Prometí que vendría a ayudarte a levantar este proyecto y aquí estoy. Además, ese plan de bienestar comunitario que diseñamos no se va a ejecutar solo. ¿Cómo están los primeros pacientes?

— Los perritos del refugio están estables, pero el trabajo me sobrepasa, Ana. Necesito tu orden, tus estrategias de gestión y, sinceramente, tu optimismo. Pasa, te preparé un té.

— Primero bajemos las cajas de herramientas y los folletos informativos —insistió Ana, dándole una palmada en el hombro—. Entre más rápido

organicemos la recepción, más rápido podremos abrir las puertas a las personas que necesitan orientación para cuidar a sus animales.

Mientras ambos descargaban la parte trasera de la camioneta, un ruido de pisadas firmes y el carraspeo de una garganta interrumpieron su ritmo.

Ana se giró, sosteniendo una pesada caja de cartón. Frente a ellos se encontraba un hombre alto, de hombros anchos, cabello castaño un tanto alborotado y una expresión en el rostro que gritaba que prefería estar en cualquier otra parte del mundo. Llevaba botas de trabajo cubiertas de barro y los brazos cruzados.

— ¿Ustedes son los que están obstruyendo el paso con esa chatarra? —preguntó el hombre. Su voz era profunda, áspera y carente de cualquier amabilidad.

Ana parpadeó, sorprendida por la hostilidad, pero mantuvo la calma y una sonrisa educada.

— Buenos días —respondió Ana, acomodando la caja en sus brazos—. Mi nombre es Ana, y este es mi hermano Mateo, el veterinario. No estamos obstruyendo el paso, la camioneta está perfectamente estacionada dentro del límite de la propiedad.

— A mí me estorba para dar la vuelta con el tractor— replicó el hombre, sin cambiar el gesto fruncido—. Además, este pueblo es tranquilo. No necesitamos más alboroto, ni "planes de bienestar", ni lo que sea que hayan puesto en ese cartelito de la entrada. La gente aquí sabe cuidar lo suyo sin que vengan extraños a dar discursos.

Mateo intervino rápidamente, intentando suavizar las cosas.

—Hola, Aarón. No queremos causar problemas. Mi hermana acaba de llegar de la ciudad para...

— Ya veo lo que viene a hacer —la interrumpió Aarón, clavando sus ojos oscuros en Ana—. Viene con aires de grandeza a cambiar cosas que no necesitan cambiarse. Un consejo: dejen las cajas donde están y ahórrense el esfuerzo.

Ana sintió una chispa de indignación, pero respiró hondo. Su enfoque siempre era la paciencia y la empatía, aunque este hombre estuviera poniendo a prueba sus límites en los primeros cinco minutos. Caminó un par de pasos hacia él, sosteniéndole la mirada con firmeza pero sin agresividad.

— Mire, señor Aarón, asumo—dijo ella, templando la voz—. No venimos a imponerle nada a nadie. Venimos a ofrecer servicios de salud para los animales, talleres gratuitos de cuidado responsable y a crear un espacio donde la comunidad pueda apoyarse mutuamente. Si a usted no le interesa, es libre de pasar de largo. Pero a la camioneta le quedan tres cajas por bajar, así que, si me disculpa, tenemos trabajo que hacer.

Aarón arqueó una ceja, visiblemente sorprendido de que la recién llegada no se hubiera achicado ante su tono. Soltó un bufido despectivo.

— La teoría suena muy bonita en la ciudad, señorita Ana. Ya veremos cuánto les dura el entusiasmo cuando se den cuenta de que los animales no comen con "planes de bienestar" ni con sonrisas. Buenos días.

Sin esperar respuesta, Aarón se dio la vuelta y se alejó a grandes zancadas hacia el camino principal, dejando un rastro de tensión en el aire.

Mateo suspiró, frotándose la nuca.

—Lo siento, Ana. Ese es Aarón. Es el dueño de las tierras colindantes y del criadero de caballos de rescate del norte. Es... complicado. Un gran trabajador, excelente con los animales, pero tiene el carácter de un oso gruñón al que despertaron antes de tiempo. Ha tenido golpes duros en el pasado y no confía en nadie.

Ana miró hacia la dirección por la que Aarón había desaparecido, pensativa. La rudeza del hombre era evidente, pero algo en la mención de que rescataba caballos le llamó la atención.

— Un oso gruñón es un término amable, Mateo. Es un antipático—dijo Ana con una pequeña sonrisa, recuperando la ligereza—. Pero no pasa nada. La confianza no se exige, se gana con hechos. Si es tan bueno con los animales como dices, tarde o temprano entenderá que estamos en el mismo equipo. Vamos, entremos esa caja.

Dos horas más tarde, con la recepción medianamente organizada, un sonido proveniente de la puerta trasera del refugio llamó la atención de Ana. Era un gemido débil, casi imperceptible.

—¿Mateo? ¿Dejaste algún cachorro afuera? —preguntó Ana caminando hacia la parte posterior.

Al abrir la puerta de madera, se encontró con una sorpresa. En el suelo, envuelto en una vieja manta limpia, había un perro mestizo de tamaño mediano, visiblemente desnutrido y con una herida curada superficialmente en la pata trasera. Al lado de la manta, había un tarro de comida húmeda para perros abierto y una nota escrita con una caligrafía tosca y apresurada:

"Lo encontré en la carretera cerca del río. Necesita antibióticos y comida de verdad. No digan quién lo dejó."

Ana se arrodilló de inmediato, acariciando con extrema suavidad la cabeza del animal, que lamió su mano con timidez.

— Mateo, ven rápido, tenemos una emergencia—llamó Ana, pero mientras examinaba la nota, una sospecha cruzó su mente. La tinta era idéntica al color del bolígrafo que Aarón llevaba en el bolsillo de su camisa de franela.

Ana sonrió para sí misma, mirando al pequeño perro.

— Bueno, parece que el oso gruñón tiene un corazón bastante grande después de todo—susurró—. Esto apenas comienza.