Sully (La Hermandad 3) 18 Alaina #2
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18 Alaina #2

—Bien. Más rápido. Este es importante, Lainey.

El uso de mi apodo en sus labios es suficiente para que me detenga. Solo me ha llamado así unas pocas veces, siempre cuando estábamos teniendo un momento serio.

Ese pequeño desliz suyo riega la semilla de esperanza que crece lentamente.

No respondo mientras él se coloca en posición y repetimos los movimientos. No aprendo este tan rápido como el anterior, pero voy mejorando.

Después de una docena de intentos más, pasamos a otro movimiento. Dedicamos casi el mismo tiempo a tres movimientos más antes de llegar al último.

He estado temiendo este movimiento más que ningún otro, y no por razones obvias.

Hace una semana estaba en esta exacta situación: inmovilizada por un hombre mucho más grande y fuerte que yo.

Doy gracias al universo cada día por haber sobrevivido relativamente ilesa, y ni siquiera he empezado a procesarlo todo todavía, pero sé que si hubiera conocido estos movimientos, puede que para empezar nunca hubiera acabado en aquella cabaña.

Al menos, podría haber sido capaz de detener al demonio de ojos rojos en la parte de atrás del O’Malley’s el tiempo suficiente para correr y pedir ayuda.

No, temo este movimiento porque coloca a Sully entre mis muslos. Y estoy bastante segura de que mi cuerpo no ha recibido el aviso de que esto es un entrenamiento serio.

Respiro hondo e intento centrarme, pero noto que el calor me tiñe el cuello y las mejillas.

—¿Qué pasa? —pregunta Sully justo delante de mí.

—¿Mm? No pasa nada.

—¿Por qué estás tan sofocada?

—Hace... calor aquí. Tengo calor —digo mientras agito la mano para señalar el espacio. Juraría que puedo ver feromonas chispeando por todo su cuerpo.

Me recoloco el tirante de mi camiseta de tirantes para ganar algo de tiempo y calmarme.

Es una de los Ramones, blanca y negra y con espalda de nadador, y es casi perfecta.

La he combinado con unos pantalones cortos deportivos negros.

Tiro del dobladillo y pregunto—: Llevo tiempo queriendo preguntártelo: ¿esto es cosa tuya?

Un ligero rubor tiñe sus mejillas. —No puedes llevar nuestras camisetas y calzoncillos para siempre. —Se encoge de hombros—. Solo son unas cuantas camisetas y mierdas de esas.

Una calidez burbujea en mi pecho al imaginar a Sully eligiendo ropa para mí.

—Vale, bueno, vamos a ponernos en posición —dice mientras se arrodilla en el suelo.

—Vale, Sully. —Mi voz es baja mientras me tumbo de espaldas con las rodillas dobladas.

Sully se sube encima de mí, entre mis piernas, e imita que va a estrangularme. Su cara está lo suficientemente cerca como para que pueda ver el tic de su mandíbula y cómo aprieta los labios.

—Repasa estos movimientos despacio, ¿vale? Son más complicados que los anteriores.

Asiento y, cuando él se inclina hacia delante para ejercer un poco de presión, rodeo su cintura con mis piernas y entrelazo los tobillos. Su miembro roza contra mí y se me corta la respiración.

La sensación de su erección contra mí desata un enjambre de mariposas en mi vientre. Parpadeo varias veces para volver a concentrarme.

—¿Estás bien, Lainey? —La preocupación en su voz hace que se me encoja el corazón.

—Estoy bien. —Mi voz suena mucho más entrecortada de lo que me gustaría, pero la sensación de él frotando su miembro contra mí me cortocircuita el cerebro. Con esfuerzo, me concentro en mi siguiente movimiento.

Subo los brazos cruzados y le agarro los codos, creando casi una barra con mis antebrazos.

Luego empujo hacia abajo contra mi pecho con todas mis fuerzas.

Sully murmura sus elogios desde más cerca que antes, pero no me permito distraerme con el tono bajo de su voz ni con la forma en que encaja tan perfectamente entre mis piernas.

En un movimiento fluido, inclino las caderas y subo las piernas hasta sus hombros, alineándonos durante un solo instante antes de aplicar presión con las piernas. Sully casi se desploma encima de mí e inmediatamente lo suelto.

—Buen trabajo. Otra vez. Un poco más rápido esta vez —dice mientras se impulsa desde el suelo, con sus bíceps tensándose a ambos lados de mi cabeza.

Repetimos el movimiento tres veces más antes de que cometa un error.

Se me resbala el agarre en su codo y la sujeción se rompe.

Las manos de Sully siguen ligeramente alrededor de mi cuello mientras presiona hacia delante, como haría cualquier atacante real.

Sus labios están a centímetros de los míos y su cuerpo presiona el mío contra la colchoneta bajo nosotros.

Y por un solo instante, me quedo helada. Luego me recuerdo que debo ser valiente.

No hago los movimientos de contraataque que me ha enseñado; no, hago algo mucho más efectivo.

Arqueo la espalda, inclino la cabeza hacia arriba y sello mis labios con los suyos. Recibo como recompensa por mi valentía un gemido bajo y largo mientras él separa los labios y desliza su lengua contra la mía.

Sabe a menta dulce y me besa como si pudiera cambiar el destino del mundo. Retira las manos de mi cuello y me agarra las muñecas, colocándolas sobre la colchoneta junto a mi cabeza.

Invade cada uno de mis sentidos y es embriagador. Si estar con Sully me deja mareada y sin aliento, viviré encantada en ese estado de éxtasis.

Empieza un frotamiento lento, y la forma en que su miembro roza mi clítoris hace que mis dedos de los pies se curven dentro de las zapatillas. Suelto un gemido entrecortado mientras él profundiza el beso, tragándose mi placer.

La cabeza me da vueltas y flexiono los dedos, desesperada por aferrarme a algo, a lo que sea, mientras él me arrastra más hacia mi orgasmo. Es como si me leyera la mente, porque al instante siguiente, desliza su mano en la mía y entrelaza nuestros dedos.

Continúa su ritmo lento y tortuoso mientras balancea y gira las caderas, con su miembro presionando y arremolinándose contra mi clítoris con un ritmo de lo más delicioso.

Le aprieto los dedos cuando el orgasmo me asalta de improviso, apoderándose momentáneamente de mis sentidos. Abro la boca mientras un gemido silencioso se escapa y Sully traslada sus labios a mi cuello.

Estoy flotando en algún lugar por encima de las nubes, donde todo es suave y de ensueño, cuando Sully se separa de mí y se sienta sobre sus talones.

Abro los ojos para ver cómo se pasa el dorso de la mano por la boca.

Siento que se me frunce el ceño ante la expresión de desprecio pintada en su hermoso rostro.

Mi sonrisa de ensueño desaparece de mi cara. —¿Qué pasa?

Sully se burla. —Lo que sea, Alaina. ¿Ya estás contenta?

Me apresuro a incorporarme y retrocedo arrastrándome, poniendo un par de pies de distancia entre nosotros.

—¿De qué estás hablando? —pregunto mientras me recojo el pelo y me aseguro de que mi camiseta esté en su sitio.

—Has conseguido lo que querías, ¿no? —Me lanza una mirada de desprecio y miro detrás de mí para asegurarme de que no haya nadie más en la habitación.

—N-no entiendo.

Se mofa. —Venga ya, princesita. Ni siquiera tú eres tan despistada. Llevas semanas —años— queriendo montarte en mi polla. Así que ahora que has probado un poquito, ya puedes dejarme en paz de una puta vez, ¿no?

Para mi horror absoluto, se me llenan los ojos de lágrimas de rabia e indignación. —¿Queriendo montarme en tu polla? ¡¿Estás loco de remate?! ¡Y yo no... no he probado un poquito de nada!

Él se levanta y se arregla la ropa, riéndose de mí. Es ese sonido terrible y cruel que envuelve mi corazón con alambre de espino. Pensaba que estábamos progresando, pero ahora, ahora no sé qué demonios hacer.

—Ah, has dicho puto. ¿Te lías con mis hermanos unas cuantas semanas y de repente ya eres una chica dura? Por favor. Deja de fingir, princesa. ¿Y te has corrido o no te has corrido con mi polla hace un momento? —Levanta una estúpida y perfecta ceja, y siento que me sube la tensión.

Me levanto para enfrentarme a él cara a cara, con la ira recorriéndome la espalda y cerrando mis puños. —¿Sabes qué? Que te jodan, Sully. Yo no he ido buscando nada.

—Nah. Paso.

—No era una oferta, capullo. —Estoy echando chispas, me tiemblan las manos y el impulso de hacerle entrar en razón a golpes me martillea en las sienes. Giro sobre mis talones mientras «There’s No ‘I’ In Team» de Taking Back Sunday suena por los altavoces, burlándose de mí.

Llego a la puerta cuando la claridad me golpea como un rayo. Miro por encima del hombro a mi exnovio. Su mirada azul brillante está clavada en mí y cada uno de sus músculos está tenso.

—Ambos sabemos que yo no he empezado nada ahí. —Señalo con la cabeza hacia la colchoneta—. Y cuando dejes de ser un cobarde, ya sabes dónde encontrarme.

Salgo del gimnasio antes de que pueda responder, aunque no creo que lo hiciera.