12 Alaina
DOCE
ALAINA
Después de que Rush me seca el pelo con la toalla y me ayuda a vestirme con ropa prestada, me siento prácticamente en coma. Entre las palabras calmantes que me susurra y el vapor del baño, estoy luchando por no quedarme dormida.
Rush me ayuda a meterme en la cama gigante que hay en medio del dormitorio. Estoy demasiado agotada para apreciar el lujo de la cama con plataforma. Debe de ser una California king extralarga, y está cubierta con un edredón mullido que parece que debería de sentirse como las nubes.
En cuanto me acomodo en el centro de la cama, Wolf entra en la habitación con un plato de comida. Mi estómago ruge en el acto, y me pregunto de verdad cuánto tiempo hace que no como.
—¿Qué día es?
—Domingo por la mañana —responde Rush mientras se inclina para rozar mi frente con un beso—. Tengo que ocuparme de un par de cosas ahora que estamos aquí, pero Wolf se quedará contigo. —Me aparta de la cara un mechón de pelo húmedo, con una expresión indescifrable pero intensa aun así.
—Júrame que no te vas.
—Sí. Estaré en mi despacho.
Asiento y lo observo mientras cruza la habitación, volviéndose a mirarme cuando llega al umbral. Wolf se desliza en la cama a mi lado, me tiende el plato cubierto de papel de aluminio con una mano y, con la otra, dos pastillas blancas.
—¿Qué es esto?
—Te he hecho gofres de arándanos. Y tienes que tomarte esto. Ayudará con el dolor —dice Wolf.
—Me encantan los gofres de arándanos —murmuro. Me sorprende sentirme tan complacida. Como si estuviera mal de algún modo… sentir tanta alegría justo después de haber acabado con la vida de alguien.
—Lo sé —dice Wolf con una sonrisilla cómplice.
Me apoyo en el cabecero, al lado de Wolf, y ataco mi plato de comida. Hay algo tan reconfortante en un gofre grande y esponjoso; casi nostálgico. Los gofres están deliciosos: crujientes por fuera pero blanditos por dentro, con un toque de canela y vainilla. Suspiro, satisfecha.
Miro a Wolf por debajo de las pestañas mientras mastico otro bocado. —¿Dónde has aprendido a hacer esto?
Rompe un trozo de gofre y se lo mete en la boca. —Sarah, sobre todo. Quería poder hacerme de comer si ella no estaba, así que un día le pedí que me enseñara a preparar un par de platos sencillos. Luego se lo enseñó también a Rush y a Sully. No soy ni de lejos tan bueno como ella, pero me apaño.
—¿Cuántos años tenías?
Se frota la barba incipiente de la barbilla mientras desvía la mirada. —Unos doce, probablemente.
Asiento mientras me llevo otro bocado a la boca.
—Yo aprendí más o menos a esa edad también.
Acabábamos de mudarnos a una residencia nueva y, aunque teníamos acceso al comedor, yo quería hacernos galletas con pepitas de chocolate en nuestra pequeña cocina americana para celebrarlo —sonrío al recordar cuando saqué la bandeja del horno—.
Quemé tanto esa primera hornada que se parecían más a discos de hockey que a galletas.
Wolf suelta una risita. —No me das la impresión de ser el tipo de chica que se rinde tan fácilmente.
Sus palabras, tan sencillas, me recuerdan lo que ha pasado antes, en la cabaña. No quiero pensar en lo que podría haber ocurrido si me hubiera rendido. Es un camino oscuro del que no estoy segura de poder salir una vez empiece a recorrerlo.
Me vuelvo hacia él. —No lo soy. Aquel día hice decenas de galletas hasta que me salieron perfectas.
Debe de oír el cambio en mi voz, porque me mira enseguida y la sonrisa se le borra del rostro.
—Estás bien, pequeña. Estás aquí; yo estoy aquí. Y estás a salvo. —Su voz es baja y pausada; es el bálsamo perfecto para mis nervios hechos jirones.
Asiento varias veces y vuelvo a centrarme en mi plato de carbohidratos reconfortantes. Nos quedamos en silencio mientras como despacio. Sabe más dulce, de algún modo, sabiendo que Wolf lo ha hecho para mí.
Me relamo los labios, saboreando los restos del sirope pegajoso y dulce. —¿Wolf? —pregunto, girando la cabeza para mirarlo. Tiene los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre el pecho, y está reclinado contra el cabecero.
—¿Hmm?
—¿Qué va a pasar con ese tipo? El de… ya sabes.
Los ojos de Wolf se abren de golpe y vuelve la cabeza para mirarme. —No tienes por qué preocuparte por eso. Nos hemos ocupado.
—Ah. —Dejo el plato y el tenedor en la mesilla de noche a mi lado para darme tiempo a procesarlo.
¿Quiero saber qué significa eso?
¿Me lo contaría siquiera?
—Yo… no estoy segura de necesitar saber qué significa, pero una pequeña parte de mí quiere saberlo.
Siento… siento que estamos empezando algo.
—Hago una pausa y lo miro. Cuando él continúa mirándome, sigo hablando—: Estamos empezando algo, y tengo la corazonada de que va a ser increíble y aterrador y un montón de adjetivos más que ahora mismo no se me ocurren porque me duele la cabeza.
—Le dedico una sonrisa de disculpa—. Así que no sé si debería saberlo para que podamos empezar esto con honestidad.
Él asiente. —Lo respeto. ¿Te acuerdas de lo que dije aquella noche que pediste pizza con piña?
Me doy golpecitos en el labio inferior con el dedo. —Dijiste muchas cosas.
Alarga el brazo, me rodea los hombros con la mano y me atrae hacia su costado. Me acurruco contra él y huelo a sándalo. Dentro de poco voy a empezar a asociar ese olor solo con él en lugar de con una de mis velas favoritas.
—No tienes que preocuparte, pequeña. Nunca te salpicará; no dejaríamos que pasara. Te prometí que te protegería, ¿verdad?
Asiento. —Lo sé. Solo que… tengo miedo. —Las palabras salen despacio, mientras el sopor se extiende por mi cuerpo como una manta.
—Lo sé, Pelirroja. —Deposita un beso suave en la coronilla—. Duerme. Estaré aquí cuando te despiertes.
Me despierto sobresaltada, pero, sorprendentemente, no me muevo de mi posición tumbada. Tardo más de unos segundos en darme cuenta de que no estoy en casa, y un par de segundos más en recordar que estoy en la casa segura con Wolf, Rush y Sully.
El primero aprieta el brazo que tiene ceñido a mi estómago, con mi espalda encajando perfectamente delante de él. Estar así, tumbados lado a lado, me trae a la memoria cuando nos quedamos dormidos juntos en Summer Knoll.
Dios, parece que haya pasado años desde aquella noche, y no menos de dos semanas.
—Pingüinos en el cactus… —exhala Wolf, y su aliento cálido me alborota los mechones que se han escapado del moño deshecho en la nuca.
Se me curvan las comisuras de los labios ante sus desvaríos somnolientos. Uno de estos días voy a despertarlo para preguntarle por sus sueños. Las dos veces que le he preguntado, ha dicho que nunca se acuerda de lo que sueña por la mañana.
Suelto un suspiro y muevo las piernas para aliviar la presión sobre la vejiga. No me sorprendería que eso fuera lo que me ha despertado. Wolf me hizo beber un montón de Gatorade y agua cuando me desperté poco después de quedarme dormida.
—El delfín… barcas guitarra… —murmura Wolf antes de hundir la cara en mi cuello.
Es extraño cómo cosas tan nuevas me reconfortan. Lo conozco desde hace menos de un mes y, aun así, su presencia me calma de una forma que nunca había experimentado. Me siento… a salvo.
Me remuevo un poco y aparto el brazo de Wolf de encima de mí.
Sorprendentemente, afloja lo suficiente ese agarre de pitón como para que pueda maniobrar fuera de la cama.
Estiro de las mantas para mantener mi lado caliente y que no le entre ninguna corriente a Wolf, aunque no estoy segura de que nada pudiera despertarlo cuando está tan profundamente dormido.
Voy descalza hasta el cuarto de baño, agradecida por la tenue luz que se filtra en la habitación y me permite esquivar las pocas cosas que amueblan este espacio.
Juraría que conté cuatro dormitorios cuando me enseñaron esta habitación ayer, pero me cuesta recordar con claridad algunas cosas, así que es posible que lo haya confundido.
Una vez aliviada la vejiga, me planto delante de uno de los lavabos del tocador y me lavo las manos. Había evitado mirarme al espejo antes, y no estoy segura de querer empezar ahora.
Hay algo profundamente íntimo en mirarte fijamente a los ojos y permitir que tus inseguridades ardan sin filtros.
Siento las emociones como si me las hubieran exfoliado: están rojas, en carne viva, y todas mis impurezas han salido a la superficie.
Cada cosa horrible que hice en esa cabaña del bosque se reproduce una y otra vez ante mis ojos.
Cada puñalada, cada agresión, cada oportunidad que tuve de hacer algo distinto. Pero no lo hice.
Todo el mundo tiene elección. Yo tuve una elección en esa habitación húmeda y anticuada. Podría haber dejado que me llevara a algún sitio, pero no lo hice. Lógicamente entiendo que, si no hubiera intentado al menos escapar, ahora no estaría aquí. Lo sé, de verdad que lo sé.
Es solo que ayer yo era simplemente Alaina. Estudiante de sobresaliente, cantante de bar, profesora particular de menores.
Y hoy soy una asesina.
Hago rodar la palabra asesina en mi lengua. Sabe a ceniza y a cosas muertas. Pero una parte de mí —y no es ni de lejos tan pequeña como creo que debería ser— no está tan destrozada por eso. Fue una elección nacida de la necesidad. Del deseo humano más primitivo de sobrevivir.
Y si algo soy, es superviviente.
Cuando te ves prácticamente obligada a criarte sola en una ciudad desconocida llena de millones de extraños, te adaptas para sobrevivir.
Y eso es exactamente lo que tengo que averiguar cómo hacer ahora.
Fuera ya es de día, pero el cansancio me pesa sobre los hombros.
Salgo del baño y vuelvo a meterme en la cama.
Wolf farfulla algo demasiado bajo para que pueda oírlo, pero alarga la mano y vuelve a rodearme con el brazo.
Me acurruco contra su pecho e inspiro su olor.
La tensión de mi cuerpo se va deslizando lentamente por mis extremidades, dejándome en un estado de calma agradable.
Apoyo la cabeza justo encima de las golondrinas tatuadas en su pecho y escucho el ritmo de su respiración.
No tarda en adormecerme la melodía.