Sully (La Hermandad 3) 10 Alaina
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DIEZ

ALAINA

Me despierto lentamente con un gemido. Tengo la cabeza apoyada sobre algo duro y áspero, y me arde la garganta.

Toso por instinto, y la dura superficie se mueve, sacudiéndome la cabeza.

Se me escapa otro gemido, y este parece reverberar dentro de mi cráneo.

Llevo una mano hacia el punto que me duele cuando unos dedos cálidos detienen mi avance.

—Abre los ojos, nena.

Conozco esa voz. Creo que la reconocería en cualquier parte. Siento los ojos como si los tuviera pegados y me cuesta más de un par de intentos abrirlos. Cuando por fin lo consigo, todo se ve borroso por los bordes.

—Vaya, ahí estás —murmura Wolf mientras me pasa la mano por el pelo, apartándomelo de la cara—. Toma, bebe un sorbo.

Giro la cabeza hacia un lado y veo una pajita que sobresale de una botella de agua junto a mi cara. Coloco los labios alrededor de la pajita y prácticamente me bebo la botella entera.

—Es la medicación. A todo el mundo le da sed.

Me aclaro la garganta y pregunto:

—¿Dónde estoy?

Los ojos de Wolf son cálidos cuando me mira.

—Ya estás a salvo, te lo prometo. Toma, estas —me entrega dos pastillas blancas—. Te llevamos a un lugar seguro.

Me trago las pastillas con otro sorbo de agua antes de asimilar sus palabras. El pánico brota dentro de mí, rápido y exigente. Me agarro a su camiseta mientras una náusea me recorre el cuerpo.

—No vais a dejarme, ¿verdad?

Me acaricia la cara con una mano, sin apartar la mirada de mí.

—Nunca. Nunca más.

—Vale, bien. Porque no quiero que me dejéis ahora… —Mis palabras se apagan mientras mis ojos se vuelven más y más pesados, hasta que, finalmente, dejo de molestarme en abrirlos.

El sonido de la grava al crujir y los repetidos golpecitos de mi cabeza contra algo son suficientes para despertarme. En realidad no recuerdo haberme quedado dormida. Todo está un poco confuso, pero recuerdo estar en una habitación de hotel y que luego Rush me llevó en brazos hasta un coche.

Me retumba la cabeza y me duele el cuerpo. No sé cuánto tiempo llevo en esta misma posición, pero todo mi cuerpo protesta con solo pensar en moverme.

El pop punk suena por los altavoces, así que supongo que Sully también está aquí. A ese chico siempre le ha encantado el pop punk de los 2000. La comisura de mis labios se curva hacia arriba al recordar cómo solíamos compartir listas de reproducción.

Abro los ojos con esfuerzo y uso las manos para incorporarme a una posición medio sentada, gimiendo cuando siento un tirón en las costillas. Mi mente se acelera mientras miro a mi alrededor.

—Tranquila, nena. —Las palabras de Wolf vienen de arriba, y tardo un segundo en darme cuenta de que estaba tumbada con la cabeza en una almohada sobre su regazo.

—¿Wolf? —Mi voz contiene un hilo de pánico mientras me aparto el pelo enmarañado de los ojos y miro alrededor del oscuro coche.

—Sí. Estoy aquí mismo —dice Wolf mientras me aparta un mechón de pelo de la mejilla.

El alivio se extiende por mis miembros a medida que mi entorno empieza a tener más sentido.

No me siento del todo yo misma, es como si hubiera dormido demasiado o no lo suficiente.

Todo parece confuso, y me está costando mantenerme despierta incluso ahora.

Miro a Wolf, pero el interior del todoterreno capta mi atención.

—¿Estamos… estamos en otro coche? —Mis palabras terminan en un bostezo que parece partirme la cara en dos.

—Sí. ¿Cómo te encuentras? —Las manos de Wolf se deslizan por mi espalda en largas y suaves caricias mientras intento orientarme.

¿Cómo me encuentro?

Como un moratón gigante. Un moratón gigante y confuso.

—Al menos todavía conserva el sentido del humor. —La voz irónica de Rush llega desde el asiento delantero, y me sobresalto un poco. No me había dado cuenta de que lo había dicho en voz alta.

—Estás hablando ahora mismo, Red. —El tono divertido tiñe la voz de Wolf mientras su mano hace otra suave pasada por mi espalda.

Frunzo el ceño.

—Ah.

—Y qué elocuente —dice Rush con una risita.

—Hala. Hala, hala, hala —digo. Oír a Rush reírse parece algo monumental, como un arcoíris triple o que te regalen tu latte favorito—.

Dios mío, un chai latte helado me apetecería taaaanto ahora mismo.

—Me lamo los labios mientras pienso en beber mi bebida favorita.

Estoy tan sedienta. Siento que podría beberme un lago entero y seguir teniendo sed.

—Red, mírame. —La voz de Wolf me saca de mi fantasía de tener un lago de chai latte en mi patio trasero, y abro los ojos.

Con un dedo en mi barbilla, ejerce una ligera presión y giro la cabeza para encontrarme con su mirada. Se me corta la respiración al mirarle a los ojos. Observo con fascinación cómo se oscurecen cuanto más tiempo me mira.

—Tus ojos de verdad que son del color del expreso —digo con un suspiro. Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba y sus hoyuelos me guiñan un ojo—. Hala —susurro—. Tus hoyuelos son letales —le digo a Wolf mientras me balanceo un poco más cerca.

—Bueno, al menos sabemos que los analgésicos han hecho efecto —dice Wolf con una sonrisa de superioridad, y Rush vuelve a reírse.

Algo en ese sonido se asienta en mí, se anida en mis huesos.

Y podría ser porque estoy bajo los efectos de unos analgésicos potentes —recuerdo fragmentos de un médico curando las peores de mis heridas— o podría ser porque acabo de tener una experiencia cercana a la muerte.

Pero anhelo más de esa sensación. No la sensación de pensar que iba a morir.

La sensación de la voz de Wolf calando en mi piel y asentándose en mi propia alma.

Sully está tan callado en el asiento del copiloto que no me había dado cuenta de que seguía en el coche; al menos, no en mi estado actual.

El coche avanza dando botes en silencio durante unos minutos más.

«In a Black Out» de Hamilton Leithauser suena por los altavoces.

Canta sobre cómo todo desaparece en un apagón, y es como si me estuviera cantando directamente a mí.

Mi vida ha cambiado para siempre. Y todo empezó con un apagón en O’Malley’s.

Y ahora, ahora nada volverá a ser lo mismo.

Se me acaba de ocurrir que no tengo ni idea de dónde estamos. Y lo que es más extraño es que, a pesar de las últimas veinticuatro horas, no tengo miedo de ir a ningún sitio con ellos tres.

Nos detenemos frente a una pequeña caseta de vigilancia delante de una verja de hierro forjado.

Casi espero que un guardia salga del pequeño edificio, pero todo está oscuro.

Justo cuando abro la boca para preguntar dónde estamos, Sully abre la puerta y salta del todoterreno.

No dice nada mientras rodea el capó del coche y se dirige hacia la caseta de vigilancia.

Tras introducir un código en el teclado de la puerta, la abre.

Treinta segundos después, la verja se desbloquea y se abre.

Para mi sorpresa, Sully no vuelve a subir al coche, sino que gira a la izquierda y corre a lo largo de la valla. Me incorporo rápidamente y aprieto y relajo el puño.

—¿Sully se va? —Mi voz se quiebra, presa del pánico. Siento la intensidad de la mirada de Wolf en el lado de mi cara, pero no lo miro. Vuelvo la cabeza para escudriñar los árboles tras los que desapareció Sully mientras Rush atraviesa lentamente la verja y se detiene.

—Solo está comprobando el perímetro. En cuanto nos dé el visto bueno, Rush nos llevará a la casa —dice Wolf.

No aparto los ojos de los árboles y arbustos que bordean la valla. Es entonces cuando me doy cuenta del alambre de espino que se enrosca en la parte superior de toda la línea de la valla. Estiro el cuello para buscar la valla de alambre de espino al otro lado.

¿Dónde estamos?

—En un lugar seguro. —El aliento mentolado de Wolf agita el pelo suelto de mi cuello, y giro la cabeza para mirarlo—. Estás hablando en voz alta, nena.

Detrás de la cabeza de Wolf, veo los árboles danzando y balanceándose, provocándome con una melodía que solo ellos pueden oír.

Antes de que pueda abrir la puerta para unirme a ellos, el coche avanza.

Rush sube el resto del irregular camino de grava, y mantengo un ojo en los árboles danzantes en la distancia.

Juro que uno de ellos me sonríe con suficiencia, y un repentino impulso de encontrar a Sully se apodera de mí.

—Seguro que a esos árboles les encantaría pasar una noche con Sully. Están intentando atraerlo, pero no funcionará —murmuro. No se me escapa la ceja levantada y la sonrisita que Wolf le dirige a Rush por encima de mi cabeza, pero estoy demasiado preocupada para que me importe mucho.

—Es la Vicodina la que habla. Sully volverá enseguida. —Wolf me planta un beso en la coronilla.

Lo ignoro y me muerdo la uña, tramando una forma de distraer a los árboles. Aparcamos en un garaje anexo antes de que pueda planear realmente mi misión de rescate, y parpadeo en la repentina oscuridad.

—Vamos, Red. Te enseñaré el sitio —dice Wolf mientras sale del coche y me tiende la mano.

Sin dudarlo, deslizo mi mano en la suya. Un cálido hormigueo me sube por el brazo cuando envuelve mis dedos con los suyos, hermosamente tatuados. Echo un vistazo a sus ojos, esas infinitas ventanas oscuras a su alma, y me siento un poco más como Alicia cayendo por la madriguera del conejo.

Y al igual que Alicia, recibo la aventura con los brazos abiertos.

Dejo que Wolf me ayude a salir del coche y entrelazo nuestros dedos mientras sigo a Rush hacia la casa.

Solo presto la mitad de mi atención a la rápida visita por la casa.

La otra mitad está hipnotizada por los sinuosos tatuajes de los tres.

Parece que se mueven —que danzan— a un ritmo que no puedo oír.

Me pregunto ociosamente si es el mismo ritmo al que bailaban los árboles fuera.

Me siento como una serpiente encantada por el tatuaje de pulpo de Rush mientras se desliza por su brazo, se enrosca alrededor de su cuello y se sumerge bajo su cuello antes de asomarse para guiñarme un ojo.