Sujetadores en la oficina 24 Tommaso no puede arreglarlo #3
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24 Tommaso no puede arreglarlo #3

La asesora hizo una pausa breve para ordenar las hojas. Tommaso tomó uno de los juegos impresos al mismo tiempo que Chiara. Sus dedos se encontraron en el borde, piel contra piel durante apenas un instante.

El contacto le recorrió el brazo y le hundió el deseo más abajo, inmediato, concreto.

Recordó aquellas manos sobre él, la firmeza con que Chiara le había enseñado una vez a no confundir más presión con más placer, la manera en que le había sujetado la muñeca cuando quería detener un movimiento sin detenerlo a él.

Su cuerpo respondió antes de que pudiera educarlo.

Chiara retiró los dedos. Tommaso soltó también el papel y lo dejó sobre la mesa.

—Cógelo tú —dijo.

Ella lo hizo sin sonreír. Durante un segundo, sus ojos bajaron a la mano de Tommaso y luego regresaron a la página. El gesto no autorizaba nada. Él apoyó ambas manos sobre sus propias rodillas hasta que la excitación dejó de competir con la conversación.

La asesora regresó a la pregunta de intereses. Quería que ambos dejaran claro qué motivaciones reconocían antes de que su coordinación pudiera presentarse como una alianza clandestina contra Vittorio.

Tommaso había escrito una respuesta formal. La dobló por la mitad.

—Quiero que Valceri pueda sostener el gobierno después de esto. Quiero proteger innovación y a la plantilla de una pelea familiar. Quiero saber qué decisiones afectaron al archivo de Sofia. Y quiero que una acusación contra Chiara se sostenga solo en lo que la empresa pueda probar.

Chiara dejó el bolígrafo.

—Y quieres volver conmigo.

La frase no llevaba crueldad. Precisamente por eso le resultó imposible esconderse detrás del deber.

—Sí —dijo—. También quiero eso.

La asesora miró a las abogadas y ninguna interrumpió. Tommaso continuó antes de que la admisión pudiera convertirse en una declaración sentimental que usara la sala para otra cosa.

—Si aparece algo verdadero que perjudica tu defensa, no lo escondo. Si aparece algo que perjudica a mi padre, no lo exagero para acercarme a ti. Y si cumplir con lo primero hace que algún día confíes más en mí, no voy a fingir que me da igual. Solo que no puedo cobrártelo.

Chiara lo sostuvo durante unos segundos con una atención que le impedía adivinar si la frase había ayudado o empeorado algo.

—Eso te creo más que la versión en que solo te mueve el deber —dijo al final—. Yo tampoco estoy aquí por una sola razón.

Tommaso esperó.

Chiara bajó los ojos a la carpeta de Enea, que no formaba parte del material autorizado y permanecía cerrada junto a su abogada.

—Quería una salida que no dependiera de tu familia —dijo—.

Cuando Enea abrió esa posibilidad, me gustó antes de saber si iba a aceptarla.

Después pedí términos. Cuando llegaron, decidí esperar a entender qué significaban para mí.

Y seguí esperando porque sabía lo que significaban para nosotros y quería controlar cuándo tendría que enfrentar esa conversación.

Aquello llegaba más lejos que la admisión jurídica anterior. Tommaso sintió dolor y alivio en proporciones que no sabía separar.

—Decidiste por mí cuándo tenía derecho a saber que nuestra relación podía cambiar —dijo.

Chiara no discutió.

—Sí.

—Y yo decidí por ti cuándo mis sospechas sobre mi padre eran suficientemente serias para contártelas.

Ella apoyó un antebrazo en la mesa.

—Las dos cosas dañaron la confianza. No por eso son la misma conducta ni tuvieron el mismo poder detrás.

—Lo sé.

Tommaso no añadió una equivalencia que le permitiera salir con la cuenta emocional a cero.

Su silencio con Vittorio había existido dentro de un apellido, un consejo y una estructura donde él conservaba acceso; la omisión de Chiara había protegido una salida profesional y también su impulso de controlar el significado antes de compartirlo.

Ambos podían reconocer motivaciones mixtas sin convertir el daño en simetría.

La reunión terminó poco después. Las abogadas recogieron los materiales y la asesora cerró la tableta. Nadie necesitó explicar otra vez el perímetro. Tommaso firmó que no conservaba copias y se levantó al mismo tiempo que Chiara.

Ella se colgó el bolso. Él recogió su chaqueta del respaldo.

Entre ambos quedaba menos de un brazo de distancia, suficiente para que Tommaso percibiera el olor neutro de su jabón y recordara, con una intensidad absurda, cómo cambiaba ese olor en la piel caliente.

Chiara alzó una mano hacia él y se detuvo antes de tocarle la solapa.

Tommaso no se movió.

La mano de Chiara descendió otra vez. El gesto podía haber sido intención de apartar una pelusa, memoria muscular o una decisión abandonada.

Él no necesitaba ponerle nombre. La proximidad bastaba para que su cuerpo imaginara el resto con una exactitud irritante: la boca de Chiara contra la suya, el muslo de ella entre los suyos, la facilidad con que antes habría reducido aquella distancia.

Esta vez dejó los zapatos donde estaban y sostuvo la chaqueta con ambas manos.

—Lo de Enea no era una disculpa completa —dijo ella.

—Lo sé.

La puerta seguía entreabierta. Del otro lado, las abogadas terminaban de comprobar la minuta. Tommaso podía pedir permiso para besarla, y la pregunta misma habría convertido una reunión de defensa en el escenario de su deseo antes de que Chiara hubiera cerrado lo que había venido a hacer. Esperó.

—Cuando entregues tu defensa —dijo—, ¿aceptarías verme fuera de todo esto? Sin documentos. Sin que ninguno hable por Valceri.

Chiara ajustó la correa del bolso sobre el hombro. Había cansancio en su postura y una decisión todavía sin forma en la manera en que permaneció frente a él en vez de dirigirse directamente a la puerta.

—La entrego mañana —respondió—. Después podemos hablar de nosotros.