Sujetadores en la oficina 17 La reunión en Rho #4
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17 La reunión en Rho #4

La omisión había cambiado de naturaleza.

En Rho podía decirse que no existía oferta.

En agosto seguía sin existir una oferta formal, pero sí una voluntad recíproca de conocerla.

Chiara se sorprendió utilizando la falta de papel como línea moral cuando en cualquier otro asunto habría distinguido entre ausencia de documento y ausencia de hecho.

Abrió el chat personal de Tommaso y escribió: «Enea me pidió hablar en Rho. Está intentando crear una división y quiere que la dirija. No hay oferta aprobada. Le he pedido términos.»

Lo dejó sin enviar.

Podía explicar que no quería darle a Vittorio un indicio que Presidencia convirtiera en deslealtad; también que Tommaso tenía una posición propia dentro de Valceri y que una conversación de salida podía tocar su relación antes de tocar su cargo.

Ambas razones eran ciertas. La menos cómoda era que Chiara quería conservar una puerta abierta sin saber todavía si Tommaso intentaría cerrarla por miedo a perderla, y no quería descubrirlo antes de tener algo que pudiera elegir.

Borró el mensaje y volvió al mapa de vacaciones. Movió dos reuniones a septiembre, liberó una mañana a retail y dejó una pregunta personal sin resolver por segunda vez aquel verano.

A finales de agosto, Tommaso llegó con comida al apartamento y encontró la mesa ocupada por un calendario de ausencias que Chiara había prometido cerrar dos horas antes. Beatrice estaba con Anna según un plan anterior; no había crisis, consejo ni evento. La normalidad hacía más difícil esconderse.

Tommaso dejó la bolsa sobre una silla y esperó a que Chiara guardara el portátil.

—Antes de que la cena entre en conservación preventiva —dijo—, necesito preguntarte algo que no voy a intentar sacar con ninguna parte de mi cuerpo.

La referencia a julio hizo que Chiara sonriera a pesar de sí misma. Él no se acercó; abrió los recipientes y repartió comida.

—Adelante —dijo Chiara, dejando por fin el portátil fuera de la mesa.

—¿Qué ocurrió en Rho con Enea además del encaje? —preguntó Tommaso mientras abría el segundo recipiente.

Chiara lo miró. No preguntó cómo había llegado a esa formulación porque la respuesta era banal: Neravia y Valceri habían coincidido en el mismo proveedor, Federica había visto la mesa, el mercado hablaba y Enea nunca hacía una conversación sin dejar alguna impresión de que estaba negociando otra.

Tommaso no estaba pidiendo un archivo. Estaba preguntando a su pareja qué había pasado.

La verdad completa podía decirse en tres frases. Chiara eligió dos y media.

—Me preguntó por mi disponibilidad profesional cuando termine el mandato y me enseñó una división que Neravia está estudiando —respondió Chiara, manteniendo las manos junto al plato—. Le dije que, si quiere hablar en serio, necesito algo escrito y aprobado. No hay oferta.

Tommaso dejó de mover el tenedor.

—¿Te pidió que la dirigieras? —Tommaso dejó el tenedor sobre el borde del plato.

Ahí estaba la mitad que ella había intentado mantener dentro de la palabra «disponibilidad».

—Planteó esa posibilidad —admitió Chiara después de un segundo.

—¿Y te interesa? —preguntó él, sin acercarse ni bajar la voz.

La pregunta ya no llegaba entre sábanas ni con una mano sobre su cuerpo. Chiara habría preferido poder culpar al momento.

—Me interesa saber si existe de verdad —respondió.

Tommaso sostuvo su atención durante unos segundos. No parecía celoso de Enea como hombre; parecía medir una puerta que podía sacar a Chiara del lugar donde él había aprendido a quererla y discutir con ella.

—¿Por qué no me lo contaste en julio? —preguntó Tommaso, ahora con la atención fija en ella.

Chiara apoyó los cubiertos sobre el plato.

—Porque no había oferta, porque no quería que una conversación preliminar acabara en Presidencia a través de ti aunque no fuera tu intención y porque quería entender qué quería yo antes de convertirlo en un problema de nuestra relación.

Todo era cierto. Faltaba una verdad más: también había disfrutado de que existiera una salida que no necesitara permiso de ningún Valceri.

Tommaso miró hacia el portátil cerrado.

—¿Y ahora lo entiendes? —Tommaso miró un instante el portátil cerrado.

Chiara pensó en la mesa de Neravia, en una responsable de producto diciendo que no, en un equipo todavía incompleto que podía construirse sin décadas de reparto familiar, en la oportunidad de dirigir una unidad donde su maternidad no tuviera historia previa.

Pensó también en Pina, Leone, Andrea, Federica, Teresa, retail, Beatrice creciendo con una madre que llevaba años diciendo que Valceri podía cambiar si alguien lograba gobernarla de otra manera.

—No del todo —respondió Chiara, sin buscar una frase más cómoda.

La respuesta era verdadera y seguía siendo insuficiente.

Tommaso asintió una vez. La incomodidad se instaló en la mesa sin romperla.

—Cuando llegue algo escrito, quiero que me lo cuentes —dijo.

Chiara oyó la tentación de responder que él no tenía derecho a exigirlo. También oyó la parte más importante: no había pedido verla, aprobarla ni intervenir. Le estaba pidiendo no enterarse semanas después de una decisión que podía alterar su vida compartida.

—Sí —dijo—. Cuando llegue, te lo cuento.

El correo de Ji-won entró antes de que terminaran de cenar.

Chiara lo dejó sonar una vez, luego otra, y solo miró la pantalla cuando vio que el asunto llevaba una fecha de entrega para la primera semana de septiembre.

La operación sobre el diecisiete por ciento del fondo europeo avanzaba a la siguiente fase y Mirae pedía actualizar dos bloques de due diligence: el plan de participación de dirección y personal clave, con sus aprobaciones y anexos relevantes, y la matriz vigente de permisos digitales, incluidas las elevaciones extraordinarias y los cambios acumulados desde febrero.

Chiara leyó el correo una vez. Tommaso no preguntó qué contenía.

Habían pasado casi dos meses desde Rho. No había firmado nada, no había entregado información de Valceri y no existía todavía una oferta aprobada de Neravia. También había empezado a reservar mentalmente una salida que deseaba conocer y había decidido contarla solo cuando pudiera controlarla mejor.

En la pantalla de su teléfono, Ji-won había reducido el siguiente paso de Mirae a dos palabras que no admitían esa comodidad: participación y permisos.