Sujetadores en la oficina 15 Números verdes, horas rojas #3
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15 Números verdes, horas rojas #3

Tommaso, que estaba desabrochándose el reloj, dejó la mano quieta sobre la hebilla.

La atención en su cara le dio exactamente la satisfacción que Chiara buscaba.

—Es mío —dijo antes de que él preguntara—. Lo compré hace años. No es muestra, no ha salido de ningún armario de trabajo y mañana vuelve a este cajón.

Tommaso dejó el reloj en la mesilla.

—Me preocupa que puedas demostrar cadena de custodia en ropa interior propia.

—Vivo con malas influencias.

Él se acercó hasta quedar a un paso. No tocó el body de inmediato. Chiara tomó su mano y la llevó al costado, donde el satén se tensó bajo los dedos.

—El cierre está aquí.

Tommaso bajó la vista hacia el costado y siguió con un dedo la costura sin abrirla, dejando que el gesto terminara donde Chiara había puesto su mano.

—¿Eso es una instrucción técnica o una invitación?

—Una invitación. La instrucción técnica es no arrancarlo porque el repuesto te lo cobraría Pina personalmente.

La risa de Tommaso terminó contra su boca cuando Chiara lo besó.

Estaba cansada; el deseo no lo borraba y, por primera vez en mucho tiempo, tampoco necesitaba hacerlo.

Se dejó besar despacio mientras él recorría con la palma la línea de su cintura.

Cuando sus dedos encontraron el cierre, Tommaso se detuvo y Chiara asintió contra su boca.

Él lo abrió con cuidado. El panel cedió lo suficiente para que su mano entrara y encontrara piel caliente.

Chiara soltó el aire. Le gustó que una prenda concebida para desaparecer bajo un vestido estuviera esa noche haciendo exactamente lo contrario: obligándolo a ir más despacio, a reconocer dónde terminaba el satén y dónde empezaba ella.

Tommaso le besó el cuello. Sus dedos recorrieron el abdomen y bajaron entre sus piernas por encima de la tela. Chiara separó un poco los muslos y guio la presión con la mano sobre la suya. Él mantuvo el movimiento hasta que la tela dejó de ser suficiente.

—Fuera —murmuró ella.

Tommaso apartó la mano para que pudiera decidir cómo. Chiara soltó el segundo cierre y se quitó el body por sí misma, dejándolo sobre la silla en lugar de lanzarlo al suelo. Él la miró y sonrió.

—Cuidado de producto incluso desnuda.

—Lavado a mano. No pienso acostarme encima de una hora de mi domingo.

La frase terminó cuando Tommaso la empujó apenas hacia la cama con una mano abierta en la cadera, esperando su movimiento.

Chiara se tumbó de lado y tiró de él por la camisa.

Se desvistieron sin prisa; un calcetín volvió a resistirse en el talón de Tommaso y la memoria del calcetín azul noche la hizo reír en un momento que, semanas atrás, habría cargado demasiado significado.

—No lo uses como evidencia —dijo él, liberándolo por fin.

—Ahora tengo una muestra comparativa.

El humor se disolvió cuando Tommaso la besó de nuevo.

Chiara tomó su mano y la llevó entre sus piernas.

Quería exactamente lo que había aprendido a pedir sin convertirlo en desempeño: presión firme, ritmo pequeño, nada de acelerar cuando el cuerpo empezara a responder.

Tommaso entendió por su guía y mantuvo los dedos sobre el clítoris mientras ella lo acariciaba por encima del calzoncillo.

El orgasmo llegó despacio, sin la violencia de otras noches. Chiara dejó de tocarlo para concentrarse en el placer y terminó con la frente contra su hombro, respirando a tirones. Tommaso retiró la mano cuando ella cerró las piernas y esperó, besándole una vez la sien.

—Quiero seguir —dijo Chiara cuando pudo hablar—. Despacio.

Él alcanzó el preservativo de la mesilla.

No necesitó preguntar lo que ya acababa de decir; comprobó el envoltorio, se lo puso y volvió a ella.

Chiara se acomodó de lado, de espaldas a su cuerpo, tomó el pene con la mano y lo guio hasta la entrada.

Empujó hacia atrás y sintió la presión progresiva al recibirlo.

Levantó una mano cuando necesitó ajustar la cadera. Tommaso se quedó quieto. Chiara colocó la palma de él sobre su abdomen y respiró hasta que la tensión dejó de exigir atención.

—Ahora.

El movimiento fue corto y lento. A Chiara le gustó la profundidad sin urgencia, la boca de Tommaso sobre su hombro y la mano abierta que no intentaba hacer nada más. Cuando él empezó a acelerar, ella cerró los dedos sobre los suyos.

—Así. No más rápido.

Tommaso volvió al ritmo anterior. Chiara no buscó otro orgasmo; se quedó en el placer continuo de la penetración, cansada y excitada a la vez, descubriendo que podía dejar algo sin maximizarlo y aun así considerarlo completo.

Cuando la respiración de Tommaso cambió y su cuerpo se tensó detrás de ella, él redujo el movimiento lo suficiente para darle margen de apartarse.

Chiara empujó la cadera hacia él, una respuesta clara.

Tommaso se corrió poco después dentro del preservativo y permaneció quieto mientras el cuerpo se le relajaba.

Se separó con cuidado, desechó el preservativo y volvió con agua. Chiara bebió medio vaso y se lo devolvió. El body seguía doblado sobre la silla, con el cierre abierto.

—La ropa de ocasión tiene una cantidad ofensiva de mantenimiento para algo que termina fuera del cuerpo —murmuró Tommaso.

Chiara acomodó la almohada.

—Ese es el modelo de negocio de media industria del lujo.

No hablaron de Vittorio, de Mirae ni de la feria escolar. Tommaso dejó el vaso, se tumbó a su lado y apoyó una mano en su espalda cuando Chiara se acercó. La retiró cuando ella empezó a quedarse dormida.

El teléfono corporativo vibró a la mañana siguiente con una incidencia de retail: una tienda había recibido un lote de reparaciones sin la documentación de entrega completa y tenía varias citas previstas para ese día.

El primer impulso de Chiara fue incorporarse, buscar ropa y averiguar cuánto tardaría en llegar a Palazzo.

Abrió el mensaje antes de poner los pies en el suelo.

Client relations había coordinado las citas; atelier había terminado las reparaciones; faltaba comprobar que piezas, registros y salida coincidieran.

Teresa podía verificar la entrega. Retail podía llamar a las clientas si el paquete no quedaba cerrado a tiempo.

Ninguna de esas acciones necesitaba a la CEO delante de una puerta a las siete de la mañana.

Escribió desde la cama: Teresa verificaba con client relations; retail no liberaba ninguna prenda sin registro completo y reprogramaría únicamente las citas afectadas si el cierre no llegaba antes de apertura. Copió a las dos responsables y dejó el teléfono boca abajo.

Tommaso no comentó la decisión. Se levantó para preparar café.

Chiara permaneció doce minutos más entre las sábanas. Teresa confirmó que se hacía cargo; retail respondió que no entregaría nada sin cerrar; client relations empezó a contactar solo a quien podía verse afectado. Nadie pidió una segunda autorización.

Cuando entró en la cocina, el armario seguía alineado.

—Parece que el edificio ha sobrevivido —dijo Tommaso, dejando una taza delante de ella.

Chiara abrió la puerta reparada, tomó dos platos y volvió a cerrarla.

—Son las siete. No emitamos conclusiones prematuras.

Después del desayuno, Chiara encontró el body sobre la silla y lo llevó al baño.

La etiqueta interior confirmaba lo que ya sabía: agua fría, lavado a mano, nada de secadora.

Tommaso apareció en la puerta mientras ella dejaba la prenda en remojo y observó la operación con una solemnidad que no llegó a convertirse en chiste hasta que Chiara lo miró.

—Una noche de uso, media mañana de logística —dijo él.

Chiara hundió la pieza bajo el agua con dos dedos.

—Por eso las campañas fotografían el antes.

Tommaso recogió su camisa del respaldo sin tocar la prenda.

La escena duró menos de un minuto y le gustó precisamente por eso: el erotismo de la noche podía terminar en una etiqueta de lavado sin que ninguno necesitara rescatarlo con otra promesa.

Antes de marcharse, él comprobó la hora de su primera reunión y se inclinó para besarla.

Chiara lo besó de vuelta con las manos mojadas, dejando una marca oscura en la manga que él decidió conservar hasta la puerta.

La recuperación siguió acumulando números verdes y horas rojas hasta finales de mayo.

El sell-through mejoraba en varias líneas; Casa Bellori redujo devoluciones del piloto; la reparación mantenía relación con clientas que de otro modo habrían abandonado una prenda cara.

El coste de servicio también subía. Andrea mantuvo las horas visibles y Chiara se negó a esconderlas en marketing.

Hye-jin valoraba repetición de compra y continuidad; Ji-won pedía umbrales y margen.

Ninguna cambió de pregunta para hacer más cómoda la gestión de Chiara.

El jueves previo a la feria escolar, Beatrice extendió en el suelo del salón una maqueta, una regla y una hoja con los nombres de los miembros de su grupo.

Había tareas distribuidas y una condición muy clara para su madre: Chiara podía sostener cartón y medir cuando se lo pidieran; no podía decidir dónde iban las etiquetas.

Una tira quedó ligeramente torcida. Chiara la comparó con la regla antes de poder evitarlo.

—Está desviada unos milímetros.

Beatrice levantó la pieza, comprobó dónde quedaba la etiqueta de al lado y la devolvió a su sitio.

—Tiene que estar así porque si no tapa esto. Tú sujeta.

Chiara obedeció. El teléfono corporativo estaba sobre una mesa, fuera del espacio de trabajo escolar. Vibró una vez, después otra. A la tercera apareció una videollamada de Vittorio con dos personas de Mirae.

Beatrice miró la pantalla.

—¿Tienes que cogerlo?

Chiara comprobó la franja que había bloqueado hasta las ocho y media. La llamada no figuraba allí.

—No.

Dejó que terminara. Treinta segundos después llegó un mensaje de Vittorio: necesitaban revisar el orden de la presentación de seguimiento; cinco minutos.

Cinco minutos era una unidad de tiempo que en Palazzo solía describir cualquier conversación cuya primera tarea consistía en encontrar una sala. Chiara llamó con audio sin mover la regla.