Sujetadores en la oficina 14 El peso del cargo #2
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14 El peso del cargo #2

—Uno tiene cocina abierta y ninguna silla. El otro tiene sillas y una lista de espera que podría criar descendencia.

Chiara contuvo una sonrisa y miró hacia la fila de coches detenidos al final de la calle.

—Podemos coger un taxi y salir del centro —propuso, aunque ya estaba abriendo la aplicación.

El primer vehículo aparecía a veintiséis minutos.

El segundo servicio marcaba demanda excepcional.

Tommaso pensó en llamar a un conductor que trabajaba a menudo con su empresa de hospitality y descartó la idea antes de buscar el contacto.

La cena era privada, y no quería empezar a distinguir favores profesionales de favores personales a las nueve de la noche.

—Hay una panadería abierta a diez minutos —dijo—. Según mi información altamente especializada, vende comida sin necesidad de comité.

Chiara cerró la aplicación y empezó a caminar.

—Tu unidad de innovación está desatada.

La panadería tenía comida y tampoco tenía sitio.

Compraron dos focaccias, agua y un dulce que Chiara eligió después de afirmar que no quería postre.

Pagaron por separado, gesto que habría sido absurdo sin la mañana que habían pasado leyendo reglas de gasto, y caminaron hacia calles menos tomadas por instalaciones, taxis inmóviles y visitantes que consultaban invitaciones, mapas y acreditaciones mientras buscaban la siguiente puerta.

—Habíamos programado espontaneidad entre ocho y media y diez y media —dijo Chiara cuando terminaron la primera focaccia junto a una fachada cerrada—. Ya veo el problema metodológico.

Tommaso bebió agua y apoyó la espalda un instante contra la piedra fría.

—La próxima vez propongo una contingencia espontánea aprobada con setenta y dos horas.

Chiara soltó una risa y siguieron andando.

Unos minutos después empezó a llover con esa insistencia fina que no justificaba abrir un paraguas hasta que uno ya estaba mojado.

Se refugiaron bajo el retranqueo de una entrada comercial cerrada.

Tommaso se quitó la humedad de la frente con la manga y Chiara lo miró con una atención que le hizo olvidar por unos segundos los coches, la reserva y el comité.

—Ven —dijo ella, enganchando dos dedos en la solapa de su abrigo.

Tommaso se acercó, dejó una mano a la altura de su cintura y esperó el último gesto.

Chiara lo besó primero. La boca estaba fría por el agua y caliente un instante después; él la sujetó por encima del abrigo mientras ella le rodeaba el cuello.

El beso perdió pronto cualquier intención civilizada.

Tommaso sintió la lengua de Chiara contra la suya, el cuerpo de ella apoyándose en él y la excitación endureciéndole el pantalón con una rapidez que no necesitaba privacidad para hacerse evidente.

Se separó apenas, con los labios todavía rozándole la mejilla, y mantuvo la mano en el borde del abrigo.

—¿Puedo tocarte debajo? —preguntó, manteniendo la mano en el borde del abrigo.

—Sí —respondió Chiara, y abrió ella misma la tela lo suficiente.

Tommaso deslizó la mano bajo el jersey y encontró la piel cálida de su cintura.

Subió despacio por el costado hasta detenerse bajo el borde del sujetador.

Chiara volvió a besarlo y llevó una mano por debajo de su abrigo, luego bajo el jersey, extendiendo la palma sobre su abdomen.

El contraste de sus dedos fríos le hizo tensar los músculos y ella sonrió contra su boca.

—Eso ha sido deliberado —murmuró él.

—Demuestra intención —respondió Chiara, y lo besó antes de que pudiera convertir la frase en otra cosa.

Tommaso rozó con los nudillos el lateral de su pecho y se detuvo allí.

—Debajo —dijo Chiara, guiando la mano un poco más arriba bajo el jersey.

Él deslizó los dedos bajo el borde del sujetador y cubrió el pecho desnudo con la palma.

El pezón se endureció contra su pulgar cuando lo acarició una vez; Chiara aspiró contra su boca y apretó la cadera contra la erección que ya no podía ocultarse.

Ella mantuvo una mano bajo su jersey, abierta en la espalda, mientras el beso se volvía más lento y más difícil de dejar.

Tommaso quería seguir y mantuvo el movimiento lento, atento a la mano con que Chiara lo guiaba y a cualquier cambio en su respuesta.

Una pareja pasó hablando a pocos metros y Chiara se apartó lo suficiente para mirar la calle. Tommaso retiró la mano de debajo de su ropa sin protestar. Ella le alisó el jersey con una lentitud que no ayudó a disminuirle la excitación.

—Nuestra espontaneidad necesita paredes —dijo Chiara, todavía cerca.

Tommaso estuvo a punto de ofrecer una solución inmediata y se oyó a sí mismo antes de pronunciarla. Hoteles llenos, contactos, llaves familiares, favores; la vieja lista de puertas disponibles por ser quien era. En vez de elegir una, recogió la botella de agua del suelo.

—Hoy no las tenemos —respondió—. Podemos seguir andando.

Chiara le tomó la mano al salir del refugio y caminaron así durante una manzana antes de soltarse para esquivar a un grupo que ocupaba toda la acera.

Habían dejado atrás la parte más ruidosa de la Design Week cuando Chiara preguntó por Sofia.

Habían hablado del comité, de una prueba de clienteling y de la capacidad de Teresa para descubrir bolígrafos desaparecidos cuando Tommaso mencionó que Arianna había vuelto a preguntar por documentación de la Fondazione.

Chiara recordó entonces la ficha del archivo que él había visto semanas atrás.

—Ese día te quedaste raro —dijo, reduciendo el paso para cruzar una calle mojada—. Cuando devolviste la carpeta de archivo.

Tommaso podría haber dicho que estaba cansado. La respuesta se presentó tan deprisa que reconoció el mecanismo antes de usarlo.

—Vi el nombre de mi madre en una ficha de movimientos —dijo, manteniendo la vista en el semáforo—. Durante un segundo pensé una broma sobre que ella seguía teniendo mejor acceso al archivo que yo. No la dije.

Chiara esperó a que el semáforo cambiara y cruzó a su lado. No preguntó por qué la broma había fallado.

—Después de que muriera, mi padre empezó a retirarse de todo lo que tuviera que ver conmigo de una manera que no fuera práctica —continuó Tommaso cuando llegaron a la otra acera—.

Podíamos estar en la misma casa y funcionar.

Horarios, estudios, decisiones, lo que tocara.

Si yo hacía algo que él respetaba, aparecía.

Si necesitaba otra cosa, aprendí a no contar con que supiera qué hacer.

La lluvia había disminuido. Chiara guardó las manos en los bolsillos del abrigo y siguió caminando al mismo ritmo.

—Y luego convertí ser útil en la forma más fiable de conseguir que me mirara —dijo Tommaso—. Portofino, Valceri, la candidatura. Incluso ahora, con todo lo que sé de él, hay una parte de mí que sigue esperando que un día haga algo bien y eso arregle una conversación que nunca tuvimos.

Tommaso pensó durante un instante en desviar la conversación con una broma sobre terapia facturada a la empresa. La descartó antes de abrir la boca.

Chiara tardó en responder. Tommaso siguió andando sin empujarla a llenar la espera.

—No sé qué decirte para que eso duela menos —dijo ella al fin, manteniendo la atención en el camino—. Y sospecho que si encontrara una solución en diez minutos sería mala.

La respuesta le habría permitido bromear; Tommaso se limitó a asentir.

—Probablemente —dijo al cabo, y siguieron andando.

Chiara sacó una mano del bolsillo y se la ofreció sin convertir el gesto en promesa. Él la tomó.

—Lo que Giorgio dijo sobre mi padre me devolvió a esa espera demasiado rápido —admitió—.

Mi padre no lo negó y llevo semanas organizándome alrededor de una posibilidad que ni siquiera sé medir.

Parte de mí quiere exigir una prueba; otra teme que pedirla convierta en trámite algo que podría ser verdad.

Chiara le apretó una vez los dedos antes de responder.

—Quieres saber si tu padre se está muriendo y también quieres que sea él quien te lo diga —dijo con cuidado—. Puedo entender que las dos cosas pesen a la vez.

Tommaso giró la cabeza hacia ella. La frase no absolvía a Vittorio, tampoco diagnosticaba a su hijo. Siguieron caminando.

Cuando llegaron cerca del edificio donde Chiara debía tomar el transporte de vuelta, ninguno tenía hambre y el dulce seguía en la bolsa. Ella lo partió en dos con los dedos y le entregó una mitad.

—Nuestra primera cita oficial ha producido lluvia, pérdida de reserva, una auditoría de gastos y comida en la calle —dijo Tommaso, sosteniendo el trozo sin probarlo—. Creo que supera algunas métricas del piloto.

Chiara mordió el suyo y dejó que el humor volviera solo hasta allí.

—También ha producido una conversación que no habríamos tenido sentados frente a una mesa —respondió.

Tommaso la besó una vez antes de despedirse, despacio y sin intentar recuperar la intensidad de la entrada cerrada.

Chiara le acarició la nuca antes de alejarse y le recordó que al día siguiente ambos tenían reuniones a primera hora.

Él se quedó con media porción del dulce en una mano y la botella de agua en la otra, viendo cómo ella se alejaba sin que ninguno hubiera intentado convertir la conversación en una promesa más grande de la que podían sostener.

A la mañana siguiente, Arianna lo esperaba en la biblioteca con una copia del acta de la Fondazione que Teresa había localizado a finales de febrero y el anexo que entonces faltaba.

—He pedido esta copia por mi cuenta y consta mi solicitud —dijo, dejando la carpeta abierta sobre la mesa—. No quiero que después nadie diga que apareció de un cajón familiar.

Tommaso reconoció la referencia al archivo de Sofia antes de leer el párrafo.

Determinados patrones, muestras y documentos protegidos requerían doble firma para salir de custodia o cambiar de adscripción.

El anexo distribuía funciones entre Fondazione y la estructura operativa de la casa; no convertía a Vittorio en propietario personal de los activos ni autorizaba a la familia a tratarlos como recuerdos domésticos.