10 La voz que respira #4
—Estoy intentando arruinarlo poco a poco. —Se obligó a permanecer donde estaba.
No se acercó. Ella tampoco. Se quedaron hasta que Teresa cerró la funda, producción se llevó las últimas cajas y el equipo empezó a marcharse en grupos.
La victoria se degradó a tareas pequeñas: desenchufar un vaporizador, encontrar la etiqueta de una funda, destruir una lista de invitados con teléfonos, dejar una bolsa de repuestos donde Pina pudiera encontrarla por la mañana.
Tommaso prefirió ese final a cualquier aplauso adicional.
Cerca de medianoche salieron por la puerta de servicio.
El frío húmedo devolvió a su ropa el peso que los interiores recalentados habían escondido.
Caminaron hasta una esquina donde los coches de invitados ya no bloqueaban la acera y donde podían separarse sin que ninguna persona del equipo tuviera que rodearlos.
Chiara consultó el teléfono.
—Dentro de seis horas tengo que estar despierta.
—Yo dentro de cinco y media.
Tommaso se pasó una mano por la nuca; el cuerpo llevaba la cuenta mejor que sus agendas.
—Enhorabuena. —Chiara flexionó los dedos entumecidos—. Has ganado agotamiento.
—Por fin una categoría donde mi apellido no ayuda.
Chiara guardó el teléfono. Tommaso esperaba que se despidiera. En vez de eso, ella dio un paso hacia él, agarró la solapa de su abrigo y lo besó.
La boca de ella estaba fría y el beso no tardó en dejar de serlo.
Tommaso sostuvo su cintura por encima del abrigo hasta que Chiara tiró de él y pegó el cuerpo al suyo.
Esa iniciativa bastó; la besó con la urgencia que había pasado el día relegando detrás de puertas, nombres y decisiones.
Chiara abrió la boca y él sintió sus dedos subir a su nuca, fuertes, exactos, el mismo gesto que en Como había convertido el deseo en una pregunta que ambos se negaron a responder con sexo.
Ella le tomó una mano y la llevó bajo el borde del abrigo, hasta su cintura.
Tommaso deslizó los dedos por la camisa y encontró la piel caliente de la espalda.
El contraste con la calle le recorrió el brazo.
Chiara soltó un sonido bajo contra su boca y lo apretó más cerca; la erección le tensó el pantalón con una falta de sutileza que habría resultado cómica de no dolerle ya el cansancio en los hombros.
La mano de Chiara bajó entre ambos y se cerró sobre él por encima de la tela. Tommaso interrumpió el beso lo justo para respirar.
—Eso es una mala decisión para dos personas que necesitan dormir.
—Llevas dieciocho días mejorando tarde.
Volvió a acariciarlo una vez. Tommaso la besó de nuevo, más despacio, y dejó que su mano subiera por la espalda hasta el borde del sujetador, donde se detuvo. Chiara no la guió más; apoyó la frente contra su mandíbula y se quedó quieta.
La pausa empezó siendo deseo contenido y terminó revelando otra cosa: los dos estaban agotados. Chiara respiró varias veces, todavía pegada a él, y dejó caer la mano de su pantalón.
—Si seguimos, mañana voy a odiarnos.
Tommaso sacó la mano de debajo de su camisa y la dejó sobre el abrigo.
—Entonces aquí termina.
Ella tardó unos segundos en separarse. Se recolocó la camisa, cerró el abrigo y lo miró con los labios hinchados por el beso.
—Esto no es un premio por la presentación. —Chiara dejó una mano plana sobre su pecho para conservar la distancia que acababan de decidir.
—Afortunadamente. —Tommaso soltó su cintura antes de responder—. Sería un sistema de incentivos imposible de explicar al comité.
La risa de Chiara salió baja y cansada. Ninguno intentó prolongar la despedida.
—Vete —dijo ella—. Antes de que aparezca otra condición de prueba.
—Buenas noches, Chiara.
Tommaso retrocedió un paso y soltó por fin la solapa que ella había arrugado al besarlo.
—Buenas noches, Tommaso.
Había recorrido media manzana cuando el teléfono vibró. Esperó ver el nombre de Filippo o una confirmación de hospitality. En la pantalla apareció Giorgio Fumagalli.
Tommaso contestó antes de que sonara por segunda vez.
—Giorgio.
La voz del CFO llegó cansada y sin felicitaciones.
—Necesito que mañana estés en Palazzo temprano. —Giorgio pasó una hoja al otro lado de la línea; Tommaso oyó el roce del papel—. Vittorio y Chiara recibirán el mismo aviso. Hasta que hablemos, esto no sale de la reunión.
Tommaso se detuvo junto a una fachada cerrada al público.
—¿Qué ha pasado?
Al otro lado hubo papel, una silla desplazándose y después la respuesta.
—Tengo una salida de caja que debería poder conciliar y no puedo. —La voz de Giorgio perdió cualquier resto de cortesía social—. Puede ser una clasificación que no estoy viendo o puede ser otra cosa. No firmo el cierre hasta saber cuál.
El calor del beso desapareció sin necesidad de frío adicional.
—¿Cuánto?
Giorgio le dio una cifra. Tommaso no intentó interpretarla; no era su función y la voz de Giorgio no sonaba como la de un hombre que quisiera una teoría por teléfono.
—Mañana —repitió el CFO—. Primero comprobamos.
La llamada terminó. Tommaso guardó el teléfono sin abrir el calendario.