Sujetadores en la oficina 7 Seda bajo la lluvia #6
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7 Seda bajo la lluvia #6

—Ahora tengo menos argumentos cómodos —admitió Chiara.

El recuerdo de Como llegó con una precisión corporal absurda para una galería de Palazzo: la boca de Chiara, su mano dentro de los pantalones de Tommaso, el instante en que ella dijo «para» y él retrocedió.

El deseo seguía allí, intacto y sin utilidad.

Lo que le resultaba más difícil decir no tenía que ver con esa habitación.

—Te admiro.

Chiara no se movió. Tommaso no intentó ocupar el silencio con una broma.

—Por haber reducido una decisión que defendiste —continuó—. Podías culpar al cambio de campaña, al fitting o a la seda. Y porque sigues dejando el nombre de cada persona pegado a lo que hizo. Competir contigo sería bastante más cómodo si no hicieras eso.

Chiara bajó la vista un instante hacia la carpeta.

—Admirar a la competencia es mala estrategia —dijo Chiara, y la comisura de su boca cedió apenas.

—Mi estrategia reciente incluye una furgoneta vacía. La reputación ya está dañada.

El humor alcanzó a Chiara lo justo para aflojarle la boca y nada más; cuando volvió a hablar, la pregunta que habían dejado abierta en Como seguía intacta.

—No uses la admiración para pedirme confianza. —Chiara apoyó la carpeta contra el costado.

Tommaso sostuvo la distancia entre ambos.

—No te la estoy pidiendo.

Ella asintió. La respuesta no cerraba la pregunta de Como. Seguía sin saber qué haría él cuando Vittorio estuviera al otro lado, y Tommaso no tenía una frase capaz de adelantar esa prueba.

Chiara desbloqueó el teléfono.

—Tengo dos compradores.

—Yo campaña.

Ella empezó a caminar hacia la escalera y añadió, sin mirarlo:

—Nuestra prenda tiene más citas que nosotros.

Tommaso la siguió solo hasta el punto donde sus rutas de trabajo se separaban.

El miércoles, Teresa había sustituido la hoja A3.

La primera estaba tan cruzada que parecía el historial de una negociación hostil; la nueva llevaba arriba, en mayúsculas, «NO MOVER SIN REGISTRO» y concedía el primer bloque entero a modelería.

Fotografía esperaba después. Ventas tendría media hora. Campaña, lo que sobreviviera.

—El calendario ha evolucionado hasta convertirse en custodia —dijo Tommaso mientras firmaba la recepción de una ficha que no le daba control sobre la muestra.

Teresa revisó la siguiente casilla.

—Ha evolucionado de deseos a consecuencias. —Cerró la funda gris—. Sale más caro.

Las siguientes pruebas utilizaron tallas y patrones escalados distintos.

En una, el hombro necesitó longitud adicional; en otra, un borde se marcaba al sentarse.

Leone corrigió patrón, Pina ajustó la tensión del elástico y Federica desplazó el motivo dentro del margen que la construcción permitía.

Andrea, desde Grandate, confirmó qué tallas podían entrar en la primera serie y dejó fuera las que todavía no tenían prueba suficiente.

Tommaso no intentó memorizar cada ajuste. Lo que necesitaba saber era qué podía comprometer después: esas tallas, esas combinaciones de material, ese calendario. Nada más.

La cantante volvió para repetir el movimiento que había hecho fallar el body inicial. Tommaso esperó fuera mientras se preparaba la prueba y entró únicamente cuando el equipo técnico y la artista autorizaron las presencias necesarias. Ocupó un lugar junto a la puerta, fuera del circuito de ajuste.

Leone recordó el orden: primero movimiento sin voz; si la cantante seguía cómoda, después la frase cantada. Ella pidió reproducir exactamente el giro, la elevación de brazos y la respiración proyectada que habían expuesto el fallo, y añadir una prueba sentada si todo lo anterior funcionaba.

La primera elevación terminó con el escote estable. En el giro, la nueva línea interior cedió y regresó sin tirar del lateral. La cantante tomó aire con los brazos arriba. Nadie aplaudió; Pina seguía observando recuperación y Leone esperaba una respuesta que no podía obtener mirando.

—¿Cómo lo notas? —preguntó Pina.

La artista apoyó su propia mano sobre la prenda.

—La noto. Pero puedo llenar el aire. Antes tenía que elegir entre sostener la nota o mantener los brazos.

Leone pidió una repetición y, solo después, autorizó la frase cantada. La voz atravesó el giro y llegó completa al final. Tommaso mantuvo la atención en la secuencia hasta que la cantante confirmó que estaba cómoda. Entonces buscó a Chiara.

Ella no lo estaba buscando a él. Seguía a Pina, que comprobaba cuánto tardaba el lateral en recuperar después del movimiento, y esperaba a que Leone decidiera si el resultado merecía otra prueba.

Tommaso sintió un deseo seco y conocido, pero fue la concentración de Chiara —esa resistencia a celebrar antes de que la persona competente hablara— lo que terminó por atravesarlo.