Sujetadores en la oficina 7 Seda bajo la lluvia #3
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7 Seda bajo la lluvia #3

—Yo duermo aquí.

—No hacía falta negociar eso.

—No estaba negociando.

Chiara se quedó de pie junto a la cama. Podía acostarse, apagar la luz y conservar la cena como una conversación útil que ninguno tendría que repetir. También podía reconocer que llevaba desde el patio deseando volver a tocarlo y que el deseo no se había vuelto impropio por adquirir consecuencias.

—Tommaso.

Él levantó la cabeza.

Chiara cruzó la distancia y se detuvo antes de tocarlo.

—Bésame.

No se movió de inmediato. La espera no parecía una prueba ni el trámite verbal del manual que el atelier había desmontado días antes. Le dio espacio para retirar la frase si quería.

Chiara no la retiró.

Tommaso se acercó y la besó.

El primer contacto fue lento y se volvió más profundo cuando ella le agarró la camisa a la altura de la cintura.

Él apoyó una mano sobre su costado por encima del jersey; la dejó allí hasta que Chiara se pegó más a su cuerpo.

Entonces la presión aumentó. Su boca seguía siendo conocida de un modo que el resto de él ya no era, y esa contradicción le recorrió la piel con más fuerza que la primera noche.

Chiara deslizó los dedos bajo el borde de la camisa, encontró la piel caliente del abdomen y sintió cómo se tensaba.

Tommaso soltó el aire contra su boca. Ella subió las manos, abrió dos botones y empujó la tela de los hombros.

Él se apartó solo lo necesario para quitársela y dejó la camisa sobre una silla, sin tocar el jersey de Chiara.

La pausa fue suficiente.

Ella se lo quitó por la cabeza.

Debajo llevaba una camiseta fina y un sujetador elegido para un día de fábrica, coche y proveedor.

No había construido aquella ropa para ser vista.

Precisamente por eso, cuando Tommaso recorrió con los ojos el contorno que quedaba bajo la camiseta y volvió a mirarla a la cara, Chiara sintió que la intimidad pertenecía a ella y no a la prenda.

Lo besó otra vez. Tommaso le pasó la mano por la espalda y se detuvo sobre el cierre del sujetador, todavía separado por la camiseta. Chiara guio su mano hacia delante, hasta uno de sus pechos.

—Aquí.

Él la tocó por encima de la tela, primero con la palma y luego con el pulgar sobre el pezón ya duro. El placer fue inmediato. Chiara le mordió suavemente el labio y tiró de su cintura para acercarlo. La erección de Tommaso presionó contra su abdomen a través de los pantalones.

Ella metió la mano entre ambos y recorrió la forma dura bajo la tela.

Tommaso cerró los ojos un instante, sin llevarla ni sujetarla.

Chiara abrió el botón del pantalón y bajó la cremallera.

Él apoyó la frente contra la suya, respirando más rápido, mientras ella metía la mano bajo la cinturilla de la ropa interior y rodeaba su pene.

Estaba caliente y pesado en su palma. Lo acarició despacio, desde la base hacia arriba, y la reacción de Tommaso —el abdomen tenso, la respiración rota, un sonido bajo contenido contra su boca— le encendió una presión profunda entre las piernas.

Su mano llegó al botón del pantalón de Chiara y se detuvo allí.

Ella miró hacia abajo, luego volvió a su cara. Tomó sus dedos y abrió el botón con ellos. Tommaso dejó la mano quieta un instante; Chiara la llevó bajo la cinturilla.

Él deslizó los dedos bajo la ropa interior. Chiara separó las piernas apenas y sintió sus dedos recorrer la vulva húmeda antes de encontrar el clítoris. El contacto fue suave al principio. Ella apoyó una mano en su hombro y movió la cadera hacia él.

—Más firme.

Él corrigió sin acelerar. Chiara siguió acariciándole el pene, y durante unos segundos el cuerpo hizo lo que sabía hacer sin necesitar de ellos ninguna conversación nueva: ritmo, presión, respiraciones cada vez menos ordenadas.

Tommaso besó el lado de su cuello; su pulgar volvió al clítoris con el ángulo que ella había pedido, y el placer empezó a subir con una facilidad casi ofensiva.

Chiara cerró los ojos.

Podía correrse así. Podía llevarlo a la cama, parar solo lo necesario para ocuparse de un preservativo y follarlo hasta que la conversación de la cena quedara reducida a algo que ya habían «hablado».

La idea la excitó y, al mismo tiempo, dejó de parecerle una elección limpia.

Abrió los ojos. Detrás de Tommaso, la bolsa de la muestra seguía sobre el escritorio, con el lote, el precinto y el nombre de la persona responsable visibles desde la habitación.

La seda tenía más claro que ellos qué debía ocurrir a continuación.

—Para.

Tommaso retiró la mano de inmediato. No preguntó mientras todavía la tocaba, ni convirtió la pausa en una negociación.

Dio un paso atrás y dejó los brazos a los lados.

La excitación seguía marcando su pantalón abierto; Chiara estaba mojada, con el suyo desabrochado y la camiseta subida por encima de un pecho.

El deseo no había desaparecido porque ella hubiera dicho una palabra.

—Estoy bien —aclaró Chiara, bajándose la camiseta—. No has hecho nada mal.

Tommaso asintió y se abrochó el pantalón antes de responder.

—Vale.

Chiara recogió su jersey de la silla. Necesitaba algo que hacer con las manos que no condujera de vuelta a él.

—Quiero seguir.

Tommaso no se acercó.

—Eso complica bastante el significado de «para».

—Por eso he parado.

Se bajó bien la camiseta y volvió a ponerse el jersey, agradecida de no tener que reconstruir más ropa de la necesaria.

—Estoy a punto de acostarme contigo porque sería más fácil que terminar lo que empezamos en la cena.

La expresión de Tommaso se volvió seria sin dramatismo.

—Puede ser.

—La primera noche elegimos no saber. Ahora sabemos suficiente para saber qué estamos evitando.

Tommaso tomó su camisa, pero no empezó a ponérsela aún.

—Entonces no seguimos esta noche.

No añadió que la decisión era de ella después de que Chiara ya hubiera nombrado el problema. La compartió sin apropiársela.

—No me arrepiento —dijo Chiara.

—Yo tampoco.

—Y quiero volver a hacerlo.

Una sonrisa breve cruzó la cara de Tommaso.

—Eso me interesa muchísimo y no cambia esta noche.

Chiara se sentó en el borde de la cama. El cuerpo seguía protestando por la distancia y, precisamente por eso, la conversación tenía algún valor.

Tommaso se puso la camisa y ocupó la silla del escritorio, a más de un metro de ella.

—¿Qué verdad estábamos evitando?

Chiara sostuvo su atención.

—Que no sé si puedo confiar en ti cuando tu padre esté del otro lado.

No hizo falta explicar de qué lado: una decisión, un voto, una versión del relato, un momento en que obedecer a Vittorio fuera más fácil que admitir el coste. Tommaso recibió la frase sin intentar resolverla con una promesa.

—No puedo pedirte que lo sepas.

—Bien.

Él apoyó los antebrazos en las piernas.

—Y no puedo prometer que siempre voy a elegir bien.

Chiara se sorprendió al sentir alivio.

—Eso también está bien.

—Lo único que puedo hacer es intentar reconocer antes cuándo estoy usando algo para no mirar lo que cuesta. El apellido. El dinero. Una solución rápida. —Se interrumpió, y una sombra de humor apareció por fin—. Iba a añadir sexo y la lista se ha vuelto peligrosamente pedagógica.

Chiara cruzó los brazos.

—Cuatro elementos. Si hubieras parado en tres habría sonado preparado.

—Lo sabía. Mi error ha sido perseguir exhaustividad.

—Es grave.

La sonrisa de Tommaso se quedó un segundo y luego desapareció por decisión propia.

—Aquí estoy, de todos modos.

Chiara entendió que no se refería al hotel. Tampoco le pidió que ampliara la frase.

Hablaron un poco más, sin convertir la noche en confesionario.

Tommaso admitió que había vuelto a Valceri para demostrar mérito dentro de una oportunidad que Vittorio solo podía ofrecerle por ser su hijo.

Chiara reconoció que a veces trataba cualquier facilidad de Tommaso como prueba de falta de trabajo porque le resultaba más sencillo que aceptar una competencia real en alguien que partía con más margen.

Ninguno pidió que el otro corrigiera esa noche todo lo que acababan de nombrar.

Cuando se acostaron, Tommaso tomó el sofá sin volver a negociar. Chiara apagó la lámpara desde la cama.

—¿Estás cómodo?

Hubo una pausa.

—Puedo elegir no estarlo.

Chiara agarró la almohada pequeña y la lanzó hacia su voz. Él la atrapó con un golpe sordo.

—Eso no te autoriza a convertir el sofá en una parábola sobre clase.

—Retiro el marco teórico.

Chiara se dio la vuelta. El cuerpo tardó más que la cabeza en aceptar que la escena había terminado; la humedad entre sus piernas y el recuerdo de la mano de Tommaso siguieron presentes bastante después de apagar la luz.

La pregunta sobre Vittorio también seguía allí, sin respuesta y sin haber sido cubierta por otra cosa.

La lluvia cedió durante la madrugada. El sábado salieron con la muestra sellada entre ambos y dos cafés de máquina que ninguno tuvo energía para criticar.

El tren acumuló un retraso pequeño comparado con la víspera, y en Grandate Andrea recibió la bolsa sin ceremonias, comprobó el precinto y la entregó a Pina.

Chiara estaba abriendo el calendario cuando llegó un mensaje conjunto de Leone y Pina.

Había dos fotografías del patrón, ninguna persona.

Leone había desmontado la línea interna que hasta entonces sostenía demasiado: proponía separar soporte y retorno para que el lateral pudiera ceder al respirar y recuperar después del movimiento.

Pina añadía que la solución exigía otro reparto de material y que la modificación se leería desde fuera; Federica tendría que decidir cómo incorporarla y campaña dejar de exigir una continuidad visual que la construcción ya no podía fingir.

Chiara miró el body detenido en su tabla, luego la muestra que acababa de llegar de Como.

Escribió una respuesta a Leone, Pina, Federica, Andrea y Tommaso.

Traed el patrón. Cambiamos la campaña.

8 Cuerpos en movimiento

El único capo campione en material de colección tenía cuatro citas solapadas y ninguna capacidad conocida para dividirse en cuatro.