6 Fuera de dominio #2
—Mejor —dijo Chiara al fin—. Entonces no me debes nada.
—También lo sé.
Ella se marchó hacia la escalera. Tommaso no la siguió.
Ludovica llegó antes del mediodía por la entrada pública y entregó su tarjeta temporal a Ornella sin discutir.
Esperó la escolta que correspondía a una consultora con acceso suspendido, sentada bajo el iris de bronce de recepción, con el bolso sobre las rodillas y el teléfono guardado.
Tommaso la vio desde la galería y bajó cuando Davide avisó de que podían empezar.
La sala elegida era pequeña, sin la teatralidad del consejo. Vittorio participó desde su despacho por videollamada; Federica y Chiara se sentaron frente a Ludovica. Gabriele mantuvo el portátil cerrado al principio.
Davide apenas había explicado la finalidad cuando ella habló.
—Lo envié yo.
Nadie se movió.
Ludovica respiró por la nariz y continuó.
—El enlace. Se lo mandé a Enea Moretti.
Tommaso sintió un descenso breve en el estómago. Enea no era un villano, lo cual empeoraba la decisión: dirigía una competidora real, tenía capital, criterio y motivos para mirar con interés cualquier cosa que Valceri todavía no hubiera puesto en público.
—¿Te lo pidió? —preguntó Tommaso.
—No.
Chiara apoyó el bolígrafo sobre la hoja sin tocarla.
—¿Para qué se lo enviaste?
Ludovica miró primero a Federica.
—Quería saber si la campaña parecía vieja desde fuera. Aquí todos llevábamos meses dentro de ella y cada corrección terminaba defendiendo la siguiente. Enea mira mercado distinto, velocidad distinta. Pensé que me daría una respuesta sin tratarme como la hija de Renata.
Federica echó la espalda contra la silla.
—Podías pedirme una lectura externa que no fuera un competidor.
—Sí.
La aceptación desarmó parte de la pelea antes de que pudiera empezar. Ludovica se pasó el pulgar por una uña.
—No lo hice.
Tommaso conocía el lugar exacto desde el que hablaba Ludovica, aunque nunca lo había sufrido del mismo modo.
En las cenas donde él seguía siendo «el hijo de Vittorio» incluso después de fundar una empresa propia, el apellido le abría puertas al mismo tiempo que contaminaba el mérito.
A Ludovica la presentaban a menudo como hija de Renata, amiga de los Valceri o antigua novia suya antes de llegar a lo único que ella quería que se leyera primero: el trabajo.
Entendía la rabia. No entendía que hubiera decidido cobrarla con material ajeno.
—¿Pensaste en pedirme una opinión? —preguntó.
Ludovica soltó una respiración corta.
—Tú estás compitiendo por dirigir Valceri. ¿Qué clase de lectura externa ibas a darme?
La respuesta tenía sentido suficiente para incomodarlo. Tommaso habría podido asegurar que habría sido objetivo, y supo antes de hablar que no podía demostrarlo.
—Entonces podías elegir a alguien que no dirigiera una casa rival.
—Sí.
Ludovica apoyó las manos sobre el borde de la mesa y dejó de intentar parecer cómoda.
—Y no lo hiciste.
—No.
Federica pasó una página de su carpeta.
—El problema no es que necesitaras saber si la campaña envejecía. Yo también necesito que alguien me diga cuándo un dibujo ya no funciona. El problema es que decidiste que la única mirada independiente que valía estaba fuera de la gente que tendría que pagar si salía mal.
Ludovica recibió la frase sin defenderse.
—Quería una respuesta antes de volver a presentar otra versión. No quería entrar otra vez en una sala y ser la que «trae dudas» mientras todo el mundo corre con dieciocho días.
Chiara deslizó el bolígrafo entre los dedos.
—Traer una duda habría costado una reunión. Esto cuesta campaña, acceso y confianza. El ahorro no salió barato.
No había satisfacción en su voz. Tommaso agradeció que no la hubiera. Ludovica ya estaba suficientemente expuesta; humillarla no devolvería el archivo ni mejoraría la siguiente decisión.
Gabriele abrió por fin el portátil.
—¿Le mandaste archivos o el enlace?
—El enlace, desde mi correo personal a su dirección de Neravia.
Gabriele anotó la respuesta sin pedirle el dispositivo.
—¿Respondió?
—Que lo miraría.
Vittorio apareció más cerca de su cámara.
—¿Lo descargó? ¿Lo reenvió?
Gabriele no consultó otra pantalla.
—No puedo atribuirlo.
Ludovica levantó los ojos hacia él. Tommaso no vio coqueteo ni rescate, solo el fastidio de una persona que habría agradecido que la tecnología supiera más de lo que sabía.
Davide le indicó que podía aportar de forma voluntaria únicamente el intercambio relevante con Enea, sin entregar el teléfono completo. Ludovica aceptó. Gabriele le pidió que lo enviara al canal de preservación que le indicara Legal, no a él directamente.
—¿Ni siquiera si te lo reenvío ahora y acabamos antes? —preguntó ella.
—Sobre todo si queremos acabar bien.
La respuesta no buscó risa. Ludovica guardó el móvil otra vez.
Chiara esperó a que la conversación regresara al hecho central.
—¿Sabías que el paquete no debía salir de Valceri?
Ludovica asintió.
—Sí.
—Entonces eso es lo que has hecho. No necesito llamarlo espionaje para que sea una infracción grave.
Vittorio golpeó una vez la mesa de su despacho, un sonido pequeño amplificado por el micrófono.
—La quiero fuera de la casa.
Federica giró hacia la pantalla.
—Fuera de la campaña, sí. Fuera de la autoría de lo que ya entregó, no. Si usamos una composición suya, seguirá siendo suya aunque nos enfade.
Tommaso vio a Ludovica apretar los labios. Aquella consecuencia quizá dolía más que una expulsión teatral: su trabajo permanecía, su nombre permanecía y ella quedaba separada de ambos mientras el resto terminaba la campaña sin ella.
Davide resumió la medida después de consultar con Legal.
Incumplimiento formal de confidencialidad; retirada inmediata del trabajo activo de La Voce Segreta ; suspensión del acceso a activos no públicos; transferencia ordenada de los materiales ya realizados y revisión de la continuidad de su contrato después de la campaña.
Si aparecía daño adicional, se evaluaría con hechos nuevos.
—Acepto —dijo Ludovica.
Vittorio frunció el ceño desde la pantalla.
—No es una negociación.
—No he dicho que lo sea. He dicho que lo acepto.
Tommaso conocía esa versión de Ludovica: cuando la vergüenza dejaba de poder esconderse detrás de encanto, aparecía una especie de orgullo más útil. No la hacía inocente. Le permitía, al menos, permanecer sentada mientras alguien describía el coste de lo que había hecho.
—Enea no me ofreció nada —añadió—. Ni dinero, ni trabajo, ni acceso. Yo se lo mandé porque quería su opinión. Si necesitáis que lo declare por escrito, lo haré.
Chiara no la premió por la aclaración.
—Declara lo que sabes. Lo que no sabes, déjalo vacío.
Gabriele cerró el portátil. El límite probatorio había sobrevivido incluso a la confesión: Ludovica podía admitir su acto sin conocer qué había hecho después Enea con el enlace.
Cuando terminaron, Federica le explicó qué archivos debía transferir antes de perder acceso.
No hubo abrazo. Ludovica le pidió veinte minutos para ordenar una composición que solo existía todavía en su espacio de trabajo; Federica aceptó con Gabriele presente y una ruta de entrega limitada.
La solución más segura produjo tres personas, una nueva hora de revisión y trabajo que nadie habría necesitado la víspera; en la práctica, la discreción de lujo también consumía mano de obra.
Ludovica se levantó y miró a Tommaso por primera vez desde la admisión.
Ornella había enviado su tarjeta temporal a la sala en un sobre pequeño para que quedara devuelta antes de que Ludovica saliera.
Davide lo abrió sobre la mesa y comprobó el nombre.
El gesto era rutinario, casi ofensivo por contraste con todo lo que acababan de discutir.
Tommaso recordó la credencial de Filippo, su propia insistencia y el nombre de Ornella cargado sobre una excepción que no había pedido.
Allí, otra persona perdía acceso por una decisión propia y el sistema, por una vez, no tenía que inventar a quién atribuirla.
Ludovica tomó el sobre vacío y lo dobló una vez entre los dedos.
—¿Puedo terminar la transferencia desde esta sala?
Gabriele negó con la cabeza.
—Desde el puesto que te van a habilitar, con Federica presente. Aquí no tienes acceso operativo.
Ella abrió la boca para protestar y la cerró antes de hablar.
—Bien.
La obediencia no reducía la sanción ni la convertía en arrepentimiento ejemplar. Solo evitaba que otra persona tuviera que cargar con una excepción para hacer más cómodo el final de su contrato de campaña.
—Puedes enfadarte.
—Ya lo estoy.
Ludovica ladeó la cabeza; por primera vez desde que había entrado, algo de su antigua familiaridad con él asomó sin servirle de defensa.
—Pensé que ibas a decir algo más elegante.
Tommaso sostuvo la puerta para que Federica saliera primero.
—Hoy no tengo presupuesto para elegancia.
La frase consiguió apenas una contracción en la boca de Ludovica. Después se marchó con Davide hacia la firma de recepción de la medida.
Chiara salió detrás. Al cruzarse con Tommaso, bajó la voz.
—No intentes arreglarlo con Enea.
—No pensaba hacerlo.
Ella lo observó un momento.
—Bien.
Tommaso habría preferido que sonara a confianza. Sonaba a una instrucción que esperaba verlo cumplir. Era menos agradable y más valiosa.
El jueves 12, la casa volvió a trabajar con la campaña sin Ludovica.
La ausencia se notó en lugares poco dramáticos: Federica tuvo que recuperar una composición que habría revisado con ella; comunicación rehízo el paquete de preview; una asistente pasó parte de la mañana sustituyendo enlaces caducados para proveedores que seguían necesitando ver material no público.
Nadie pronunció la palabra cibercrisis. Había trabajo suficiente sin ayudar al problema a sentirse importante.