4 La letra B #2
La ausencia de Chiara alteró el ritmo de la sala. La responsable de experiencia quiso aprovechar el hueco para cerrar una promesa de seguimiento «personalizado», y Tommaso tuvo que devolver la palabra a algo que pudiera hacerse.
—Personalizado puede significar muchas cosas —dijo—. Para hoy, significa que la clienta elige si quiere revisión, que alguien tiene tiempo para atenderla y que el producto admite una modificación real. Lo demás es copy pendiente.
Lorenzo apoyó el bolígrafo.
—Estás aprendiendo el dialecto de Chiara.
—Estoy aprendiendo que si una palabra obliga a otra persona a trabajar, conviene saber cuánto.
Aquello sí hizo sonreír a Lorenzo, aunque Tommaso notó que había usado el nombre de Chiara con una familiaridad que el grupo no compartía.
No había nada impropio en llamarla así en una mesa donde todos lo hacían, pero desde la presentación pública del día anterior cada sílaba podía adquirir una historia que nadie conocía.
Cambió de asunto y pidió que la siguiente versión separara servicio incluido, servicio opcional y aquello que todavía era solo una hipótesis.
El comprador aceptó. La reunión siguió sin fabricar una explicación para la mujer que acababa de marcharse.
Al salir de la sala, Tommaso oyó la voz de Chiara antes de verla. Estaba junto a la escalera, con el abrigo puesto y el teléfono sujeto contra la oreja.
—Bea, la maqueta no se ha perdido. La profesora la tiene y tú te quedas con ella hasta que llegue yo.
La voz de la niña llegó demasiado baja para distinguir palabras, aunque la velocidad bastó para comunicar indignación. Chiara cambió el teléfono de mano.
—No vuelvas sola al aula. Si la base se ha despegado, guardáis las piezas y el lunes decidís con tu grupo cómo rehacerla.
Otra respuesta, más rápida.
—Puedes estar enfadada. También puedes dejar que un adulto se encargue de la recogida mientras tú tienes diez años.
Tommaso se detuvo antes de entrar en la conversación. La maternidad de Chiara no apareció ante él como una revelación sentimental; apareció en forma de un proyecto escolar, una recogida mal coordinada y una niña que pretendía reparar una maqueta antes de que su madre llegara.
—No, Plutón no vuelve a ser planeta porque yo llegue tarde —dijo Chiara, y Teresa se llevó una mano a la boca para ocultar la sonrisa—. Te quiero. En cinco minutos te vuelvo a llamar.
Colgó y entonces vio a Tommaso.
Por una fracción de segundo, él reconoció en su expresión el mismo cálculo con que revisaba una sala: quién había oído, cuánto, qué podía derivarse de aquello.
—Tengo que irme —dijo Chiara.
—Lorenzo termina experiencia conmigo. La parte comercial queda abierta y la retomamos a las cuatro.
Ella ajustó la bolsa de merienda que Teresa le entregaba.
—No cierre precios ni rango.
—No lo haré.
—Ni comprometa tres citas porque suenen bien.
Tommaso casi sonrió.
—Tampoco.
Teresa señaló el teléfono de Chiara.
—La profesora confirma que puede quedarse con B hasta que llegues.
Chiara la miró.
—Beatrice.
La corrección no fue alta, pero transformó la letra en una persona.
Teresa asintió.
—Con Beatrice.
Tommaso no repitió el nombre. Chiara tampoco le pidió que lo olvidara.
Se marchó con la merienda, el teléfono y una reunión reprogramada detrás. Cuando la puerta del patio se cerró, Tommaso miró la página comercial que seguía pendiente. Podía cubrir el hueco de una hora. No podía hacer que aquel hueco dejara de existir para Chiara.
Tampoco podía ignorar lo fácil que habría sido para él salir de una reunión equivalente.
Su empresa en Portofino conocía sus ausencias y las absorbía dentro de una autoridad que él mismo había construido; en Valceri, además, el apellido hacía que cualquier referencia a familia pareciera pertenencia antes que incapacidad.
Si Vittorio lo llamaba por un asunto de Niccolò o de la Fondazione, nadie convertía la llamada en una duda sobre si Tommaso podía viajar.
Chiara había necesitado una letra para impedir que una niña de diez años entrara en la sala antes que ella.
No convirtió esa comparación en una conclusión noble. Tenía delante a Lorenzo, una propuesta sin cerrar y una ausencia que cubrir sin ocupar el cargo ajeno. Volvió a la mesa.
Lorenzo se fue poco después con tres familias posibles en lugar de una promesa universal y con suficiente trabajo pendiente para que nadie confundiera interés con aprobación. Filippo apareció en la segunda planta cuando Tommaso regresaba de acompañarlos a recepción.
—He oído que Orlandi ha recibido una merienda infantil y ha perdido media campaña —dijo, entregándole un café.
Tommaso tomó el vaso.
—Ha perdido un lema. La campaña todavía puede sobrevivir.
Filippo esperó un instante.
—También he oído que la dottoressa Riva salió corriendo.
Tommaso bebió.
—No ayudes a que eso se convierta en una historia.
La ligereza abandonó la cara de Filippo.
—Entendido.
No preguntó por qué.
Chiara regresó antes de las cuatro con una carpeta de cartón bajo el brazo.
Una esquina pintada de azul y verde sobresalía por encima del cierre.
Tommaso estaba revisando con hospitality el número de citas que podían absorber los salones sin convertir una cápsula de maternidad en una agenda infinita de servicio.
—¿Eso es el proyecto? —preguntó cuando ella se acercó.
Chiara miró la carpeta.
—Un sistema solar. El volcán pertenece a otro grupo y, según Beatrice, tiene una financiación claramente superior.
La carpeta tenía una mancha de pegamento seco en una esquina y, bajo el borde, asomaba un círculo de cartulina que podía ser planeta o desastre logístico.
Tommaso no preguntó si la niña estaba bien; el hecho de que Chiara hubiese regresado con el proyecto y no con una urgencia ya respondía lo necesario.
—¿Se salvó la base? —preguntó.
—Beatrice quería rehacerla hoy. Su grupo había acordado otra cosa y la profesora ha guardado las piezas hasta el lunes. Está indignada con el concepto de decisión colectiva cuando la decisión colectiva no coincide con la suya.
—Eso sí parece formación ejecutiva.
Chiara le dirigió una mirada de advertencia y él levantó el café.
—Retiro la candidatura de la niña.
—No había candidatura.
—Mejor todavía.
La pequeña desviación terminó sin convertir a Beatrice en una extensión de su madre. Tommaso supo que la niña tenía un grupo, una preferencia y un lunes ocupado; nada de eso le concedía un lugar en su vida.
Tommaso cerró el portátil.
—Lorenzo acepta la videollamada a las cuatro. Dejamos abiertas todas tus decisiones.
—Gracias por cubrir la reunión.
La precisión del agradecimiento le gustó. No lo elevaba a confidente.
—Eso sí puedo cubrirlo.
Chiara dejó la carpeta en una silla y comprobó que el corredor estuviera vacío. La planta funcionaba con personal reducido y el equipo de hospitality había bajado a preparar salones.
—Ya sabes quién es Beatrice.
Tommaso asintió.
—Sé su nombre, que tiene diez años y que Plutón atraviesa una crisis de reconocimiento institucional.
La boca de Chiara se movió apenas.
—No utilice a Plutón para caerme bien.
—Era mi mejor recurso.
El humor terminó cuando ella apoyó una mano sobre la carpeta escolar.
—No te debo una confidencia porque nos acostáramos.
El recuerdo de Porta Venezia entró con una claridad física que Tommaso habría preferido aplazar: la boca de Chiara, sus piernas alrededor de él, la forma directa en que había pedido lo que quería. El deseo apareció y se quedó exactamente donde estaba, sin convertirse en gesto.
—No —dijo—. No me la debes.
Chiara sostuvo su atención, comprobando quizá si iba a añadir algo.
Tommaso no lo hizo.
—Davide sabe —continuó ella—. Federica también. Teresa sabe demasiado sobre horarios porque alguien tiene que saber cuándo una reunión realmente no puede moverse. Mi maternidad no es clandestina; simplemente no forma parte de la versión profesional que circula por la casa.
—¿Porque la usarían contra tu candidatura?
Chiara tardó un instante antes de responder.
—Porque ya la han usado para medir mi disponibilidad. Una vez pedí mover una reunión por una cita pediátrica y la conversación acabó en si podía asumir una cuenta internacional con viajes. Nadie dijo que una madre no pudiera hacerlo. No hacía falta.
Tommaso pensó en su propia familia convertida en credencial incluso cuando le habría convenido escapar de ella.
Vittorio podía ser un problema, Sofia una ausencia y Niccolò una responsabilidad privada; nadie concluía a partir de esos vínculos que Tommaso era menos capaz de viajar, negociar o dirigir.
Su apellido conseguía incluso el efecto contrario.
—Yo nunca he tenido que demostrar que mi vida privada no reduce mi disponibilidad —dijo.
—No.
La respuesta de Chiara carecía de consuelo.
—Por eso separé lo que la empresa necesitaba saber de lo que simplemente podía usar para imaginar límites.
—Y ahora lo sé yo.
—Ahora sabes un dato sobre mi vida. Eso no crea intimidad por decreto.
Tommaso apoyó el vaso vacío sobre una mesa auxiliar.
—Tampoco voy a fingir que no lo sé.
Chiara lo miró con más atención.
—Bien. Si alguien pregunta por qué salí, tuve una obligación familiar y reprogramé mi parte. No mientas por mí, no digas que estaba en otro edificio resolviendo producto y no conviertas a Beatrice en un secreto que compartimos.
La formulación le quitaba el papel que el encanto de Tommaso habría sabido representar mejor: protector discreto, hombre que sabe guardar algo valioso. Lo dejaba con una tarea mucho menos vistosa.
—De acuerdo.
Chiara recogió la carpeta del sistema solar.
—Y esto no cambia la competición.
—Sería difícil. Esta mañana conseguiste que un comprador borrara la palabra «universal» antes del café de media mañana.
—Lorenzo la borró porque no podía sostenerla.
—Después de que tú le pusieras delante el coste.
—Andrea puso capacidad. Federica separó construcción y diseño. Yo puse rango y margen.
Tommaso reconoció la corrección.
—Entonces diré exactamente eso.
Chiara frunció el ceño, y él supo que había conseguido sorprenderla sin buscarlo.