2 El nombre de la puerta #3
—Entonces discuta eso con el comité.
—Lo haré. Y competiré con usted mientras lo hago.
Chiara desplazó la carpeta para dejar pasar a una asistente que cruzaba el corredor. Esperó a que se alejara antes de continuar.
—Ha entrado en un proceso de sucesión siendo hijo del presidente ejecutivo.
—Y el comité acaba de fijar que eso no decide nada.
—Puede controlar la evaluación. No puede fingir que hemos llegado a la misma mesa desde el mismo sitio.
Tommaso miró hacia el patio. Desde arriba, la puerta lateral casi desaparecía en la pared. Ornella seguía en recepción, ahora hablando con el mismo agente de seguridad ante una pantalla que él ya no podía ver.
—No —dijo—. Eso no puede.
Chiara pareció haber preparado resistencia; la ausencia de ella le cambió apenas la expresión.
—Entonces ya tenemos un dato común.
—Magnífico comienzo para una colaboración.
—No estamos colaborando.
Tommaso permitió una sonrisa pequeña.
—Eso ha sonado bastante competitivo.
—Lo es.
La atracción regresó sin necesidad de recordar la cama.
Estaba en la exactitud con que Chiara colocaba el desacuerdo, en la negativa completa, en el hecho de que podía reconocer la competencia de él y negar al mismo tiempo cualquier ficción de igualdad de partida.
Tommaso llevaba años negociando con personas que envolvían un «no» en suficiente cortesía para obligar a descifrarlo.
Chiara entregaba los límites utilizables.
Miró el reloj de pared al fondo del corredor.
—Se acabó tu minuto y medio.
—Lo sé.
Ella dio un paso. Tommaso la llamó antes de que se alejara demasiado.
—Una cosa más.
Chiara giró apenas.
—Treinta segundos.
—Lo de anoche no lo voy a usar aquí. Ni para pedirte confianza ni para hacer que esto sea menos incómodo.
La expresión de ella no se ablandó, y Tommaso comprendió que acababa de formular una promesa que solo adquiriría valor si la cumplía.
—Bien —dijo Chiara—. Entonces no tendré que agradecérselo.
—No esperaba que lo hicieras.
—Perfecto.
Se marchó hacia la escalera.
Tommaso se quedó junto a la ventana hasta que desapareció del corredor. Había querido reducir una amenaza y solo había conseguido describir el mínimo que ella podía exigirle. Aun así, prefería el límite a fingir que la noche los había convertido en aliados.
Filippo apareció con dos cafés.
—Te he traído uno y no voy a preguntar por qué la mujer con la que evidentemente…
Tommaso levantó una mano.
Filippo corrigió la trayectoria sin perder el paso.
—La persona con la que evidentemente tienes una conversación pendiente te acaba de dejar junto a una ventana.
—Admiro tu capacidad de proteger mi privacidad.
—La he adquirido esperando escolta.
Tommaso aceptó el café. El vaso llevaba su nombre escrito a mano; por alguna razón, después de aquella mañana, le pareció un sistema de identificación excesivamente confiado.
—Tengo que bajar a recepción.
—Yo también. Seguridad dice que mi credencial sirve para subir acompañado, pero no para bajar por la misma puerta sin confirmar salida.
Tommaso lo miró.
—Eso no tiene sentido.
Filippo guardó el teléfono.
—Ya he aprendido que esa frase no abre nada.
Bajaron por el recorrido de visitantes, que era más largo que el acceso familiar y terminaba ante el torno público.
Tommaso podría haber usado la escalera lateral y ahorrado varios minutos.
Eligió no hacerlo porque iba precisamente a corregir una excepción creada por haber tratado el camino corto como si fuera neutral.
Ornella atendía a un mensajero cuando llegaron. Tommaso esperó a un lado. Luego atendió una llamada, imprimió una acreditación para una consultora y resolvió una entrega destinada al atelier. Él siguió esperando.
La espera le dio tiempo para ver lo que su intervención había desplazado.
Un proveedor entregó una caja sellada para el atelier y tuvo que esperar a que una asistente confirmara recepción.
Una consultora llegó con una invitación correcta y atravesó el torno en menos de un minuto.
Un mensajero preguntó por una muestra y Ornella lo derivó sin abrir la caja ni aceptar que «me dijeron que la dejara aquí» sustituyera un destinatario.
Ninguna de aquellas personas parecía vivir la recepción como una ofensa personal; solo él había llegado convencido de que el obstáculo tenía que desaparecer porque conocía el propósito de su visita.
El apellido no acortó la fila.
Filippo consultó su teléfono.
—Empiezo a sospechar que tu familia ha diseñado un edificio donde la venganza administrativa consiste en hacerte permanecer quieto.
—Ornella está trabajando.
—Eso es bastante peor para tu teoría.
Cuando por fin ella quedó libre, Tommaso se acercó sin apoyar las manos en el mostrador.
—Vengo por la entrada de Filippo.
Ornella localizó la incidencia.
—¿Qué parte?
Él reconoció la oportunidad de bromear y la dejó pasar.
—La parte en la que pedí una excepción y la responsabilidad quedó a su nombre. Fue mi decisión. Quiero que conste así.
Ornella lo estudió un segundo, luego giró hacia él solo la parte de la pantalla que necesitaba completar.
—Declare eso. Añada que recepción no originó la visita y que el señor Conti entró acompañado. Seguridad reasignará la incidencia.
No hubo recorrido por aplicaciones ni explicación de arquitectura digital. Tommaso escribió tres frases, las leyó antes de firmar y envió la corrección.
La pantalla cambió de estado, pero la incidencia no desapareció.
—Sigue abierta —dijo.
—Hasta que seguridad la revise.
—Creía que al corregir la atribución se cerraría.
Ornella negó con la cabeza.
—Corregir quién fue responsable no deshace la entrada.
La frase no necesitaba comentario. Tommaso guardó el teléfono, consciente de que su siguiente acceso operativo dependería de una revisión que ya no controlaba.
Filippo levantó su credencial.
—¿Y yo?
—Puede salir —dijo Ornella—. Para volver a entrar, necesitará una confirmación válida.
Filippo observó la tarjeta azul.
—Una relación muy madura.
Ornella ya había vuelto al siguiente asunto.
Tommaso recogió su café, ahora frío. Había empezado la mañana intentando evitar que una espera de veinte minutos pareciera un problema; la había terminado creando una incidencia, haciendo esperar a Filippo, dejando a Ornella expuesta y perdiendo él mismo más tiempo del que habría costado respetar la primera respuesta.
Su teléfono vibró.
El remitente era Leone Galli, Modelería y Prototipos. El asunto mencionaba La Voce Segreta y una solicitud de detención técnica.
Tommaso abrió el mensaje.
Leone pedía detener la aprobación de la pieza heroína hasta completar una nueva prueba de movimiento. Había visto una respuesta de la estructura interna que no estaba dispuesto a aceptar sin comprobar el body en uso.
Tommaso volvió la vista hacia la escalera por la que Chiara había desaparecido antes.
La primera tarea de su candidatura acababa de empezar con una palabra que ningún apellido podía abrir.
Detener.