Sueños Malditos CAPÍTULO 8 Calma tras la tormenta
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CAPÍTULO 8 Calma tras la tormenta

A Agnes, el cuerpo le ardía. Giró sobre sí misma, y todos sus músculos gritaron doloridos.

Al agarrar la manta para cubrirse hasta las orejas, se dio cuenta de que no estaba en su cama.

Recordó que ni siquiera estaba en su mundo, y que la última imagen que tenía en mente era una maga decrépita lanzando un rayo contra su hermano.

Abrió los ojos de golpe, temerosa por lo que se encontraría al otro lado.

Una vez más, la realidad le demostró que su viaje a Qmark no había sido un sueño.

De todas las posibilidades que había barajado en apenas un segundo, ninguna se aproximaba a lo que vio: un chico de piel cobriza, con trazos finos tatuados debajo de un par de ojos engalanados con largas pestañas.

Su cabello era lacio, de un azul oscuro y vibrante que emitía un leve resplandor.

No supo si era él o el ambiente, pero olía a tierra húmeda, a sangre y a perro mojado.

Agnes contuvo la respiración, se obligó a no gritar.

Lo tenía tan cerca que podía sentir la respiración que salía de su afilada nariz.

Dormía profundamente, así que, poco a poco, recuperó el aire y se alejó de él con todo el tiento que le fue posible, reprimiendo el dolor que la acuchillaba con cada movimiento.

Por fin logró escurrirse bajo la manta más porosa que había tenido encima jamás y se puso en pie con la ayuda de una vieja cómoda.

Aunque había luz en la habitación, no tenía puertas ni ventanas.

La chica examinó el lugar, era bastante amplio; desangelado, polvoriento y con algunos pedazos de madera consumidos por la podredumbre.

Los muebles, que sin duda habían tenido una mejor vida, recorrían las paredes, unos enteros y otros destartalados: estanterías, barriles, encimeras…

Sobre una de las baldas, Agnes descubrió una pequeña esfera de luz flotante y volvió a mirar al joven que dormía en aquella cama improvisada con telas toscas.

¿Cómo había acabado ahí con él? ¿Dónde estaba Oliver?

De pronto, oyó una explosión y el techo tembló sobre su cabeza, liberando una fina lluvia de polvo. En lo alto vio una trampilla con un tirador carcomido por el tiempo.

Rodeados por árboles de troncos inclinados y copas quebradizas, una maga y su aprendiz lanzaban tierra húmeda sobre la humareda que surgía de un tocón desafortunado en el que había impactado uno de los rayos de Dakini.

—Como puedes ver, a veces hay accidentes con la magia, incluso si tienes ciclos de práctica. Debes tratarla siempre con el máximo respeto y prestar atención a cada trazo de tu shomi. Si te tiembla el pulso o aprietas demasiado, pasan estas cosas.

Oliver la miró desanimado en cuanto el humo se difuminó en el aire.

No creía tener que preocuparse por la calidad de sus trazos, no se veía capaz de hacer magia.

No sentía «un desenfrenado torrente de energía», en palabras de Dakini, que apuntase a ninguna habilidad mágica.

Quizás su único don era ver cosas en sueños, y eso no era muy útil a la hora de defenderse.

—Será mejor empezar por algo más sencillo. Necesitamos saber con qué tienes más afinidad.

La chica podría tener muchos tatuajes y experiencia como maga, pero no dominaba las bases de la pedagogía: empezar por lo más sencillo y escalar poco a poco la dificultad.

Por algún motivo que Oliver no alcanzaba a entender, le había parecido buena idea enseñarle a lanzar un hechizo de luz ofensivo.

Uno que a ella se le fue de las manos en cuanto a potencia para una simple demostración.

Ambos se alejaron un par de metros de la maleza. Dakini se acercó a la choza destartalada sin tejado en la que se habían refugiado y dejó un cubo rebosante de agua de lluvia a los pies de Oliver.

—Coge tu varita e intenta hacer algo con el agua. —Imitó el gesto de un enorme cucharón con su báculo.

Oliver suspiró. Hacer algo era una orden demasiado abstracta para realizar un acto mágico sobre el que ni siquiera tenía unas bases.

Observó la vieja varita de madera que Dakini le había dado hacía apenas un par de horas, tan enclenque que un mal gesto podría partirla en dos, e hizo lo único que se le ocurrió: remover el agua con ella.

—¿Qué haces?

— Algo .

—¡No! —negó moviendo las manos, frenética—. Algo mágico. Ya sabes, como moverla sin tocarla, o darle forma.

—¡Es que no sé hacerlo, Dakini! ¿No te das cuenta? ¡No tengo ni idea de cómo funciona! ¡Yo nunca había visto magia hasta que llegué aquí!

Los ojos de la maga centellearon ante la excitación de una idea, como si un interruptor invisible hubiese hecho clic en su cabeza. Oliver no tuvo la ocasión de preguntar, los gritos de Agnes resonaron en el aire.

—¡¡Oliver!!

La chica corrió a su lado, saltando hábilmente y con una mueca de dolor la viga que se cruzaba en el marco del hueco de la puerta. Cuando alcanzó a su hermano, suspiró aliviada y le acarició la cabeza con un gesto despreocupado.

—Menos mal, creí que te había perdido. He oído una explosión, ¿qué ha pasado? ¿Qué lugar es este? Y… —Se acercó a Dakini y bajó el tono—. ¿Quién es el chico del sótano?

La maga le dedicó una mirada fugaz a su pupilo antes de esbozar una amplia sonrisa y responder.

—El ruido: un fallo de cálculo al lanzar un hechizo, nada más.

No sé muy bien dónde estamos. Cuando os cargué en brazos para huir de los renegados, confieso que corrí sin rumbo hasta el primer cúmulo de árboles que encontré para ocultarnos.

El viento era muy fuerte y encontré esta chabola.

Está claro que no fui la única. Ese chico no estaba muy lejos de aquí.

Me lo encontré bajo la lluvia, malherido bajo unas ramas.

Tenía un buen golpe en la cabeza, entre otras cosas.

No sé quién es, pero basta con ver su ropa y cabello para saber que es de Kahuwami.

Quizás también sufrió un ataque por parte de los renegados, aunque algunas de sus heridas estaban bastante mal para ser recientes.

Agnes se llevó la mano a la barbilla, reflexiva. No tardó mucho en hacer la siguiente pregunta:

—Hablando de los renegados, ¿conocías a esos tipos? Llamaste a uno por su nombre; Abeja o algo así. ¿Por qué nos atacaron?

Dakini negó con la cabeza y restó importancia al asunto con un gesto de mano.

—Ebena. Es un antiguo compañero de mi época como cadete en la milicia mágica de la guardia de Gurewo.

Por desgracia, abandonó su formación poco después de conocer a esa desagradable necromante.

—Suspiró con desgana—. Si bien siempre ha sido bastante rarita, nunca antes había dado problemas.

Pero no hablemos de ellos, lo importante es saber cómo estás.

Has parado una descarga con tu cuerpo; no es algo que pueda decir mucha gente.

A pesar de que el ataque no tenía intención de ser mortal, es sorprendente lo resistente que eres.

¡Por cierto! —Se enfundó el bastón y sacó un objeto de su faldriquera.

Agnes miró las gafas que le tendía con disgusto—.

Lo siento, se han roto. Hasta que encontremos a algún mago que domine la creación, no podré arreglarlas.

Agnes agarró las gafas. De no ser por lo mucho que las apreciaba, Oliver estaba seguro de que las habría partido en dos.

—Esa calva me las va a pagar —gruñó entre dientes.

Reparó de nuevo en la presencia de su hermano y se agachó para ponerse a su altura.

—¿Cómo te encuentras? ¿Qué fue lo que te hicieron esos capullos?

—Era un hechizo de drenaje energético —explicó Dakini—. Por suerte, no funcionan a largas distancias y solo tuvo que descansar un rato para recuperarse.

Oliver asintió.

—Estoy bien, es a ti a quien atravesó un rayo mágico.

Agnes hizo un mohín, intentando restarle importancia al tema.

—Me duele el cuerpo, pero ya se me pasará.

—Debes saber —apuntó Dakini— que llevas tres días durmiendo.

—¿¡Cómo!? —Se enderezó con un grito e increpó a la maga con el dedo—. ¿Cómo que llevo tres días durmiendo?

—Lo siento, olvidé decírtelo, estabas muy mal y tu descanso era prioritario.

Tampoco podríamos haber hecho mucho, la tormenta amainó esta mañana y ya ves cómo lo ha dejado todo.

—Señaló varias zonas boscosas con árboles tumbados, troncos inclinados y otra vegetación reverente, igual que las pocas vigas y tablones de la cabaña que quedaban en pie—.

Hemos tenido suerte. Si no llega a ser por la tormenta, los renegados podrían habernos encontrado mediante huellas o rastros de energía mágica.

La chica de rastas bufó, deseosa de golpear algo. En su lugar, guardó las gafas en la bolsa que llevaba en la cadera y se alejó del lugar con pasos torpes y quejidos. Cuando Agnes estuvo lo bastante lejos, Dakini se dirigió a su pupilo.

—Es sorprendente, no sabía que alguien enfermo como tu hermana pudiese tener tanta fuerza.

«Yo tampoco», quiso responder.

—En fin, sigamos practicando. —La maga se frotó las manos con entusiasmo; se las llevó a las caderas y miró a Oliver, quien irguió los hombros para intentar parecer un poco más digno—. Tengo otra idea, tal vez deberías empezar centrándote en el sentir. ¡Vamos a meditar!

El único motivo por el que lo propuso con tanto entusiasmo fue porque ella no pensaba hacerlo.

La situación no solo no tenía ni pies ni cabeza, sino que, para colmo, se le habían roto las gafas. La frustración le dolía más que el cuerpo.

Esos tipos con los que se habían topado, los magos renegados, parecían unos lunáticos psicópatas.

Aun así, habían tenido la decencia de no lanzar un ataque mortal, y Agnes llegó a la conclusión de que Oliver era más importante para Qmark de lo que ambos habían pensado al llegar a aquel mundo de locos.

Temía por su hermano y por ella, por sus padres y su abuela.

Deseaba poder ponerse en contacto con ellos de algún modo para decirles que estaban bien, que volverían a casa —o quizás no, pero eso no lo diría—.

Deseaba, por encima de todo, que ese viaje llegase a su fin sin más contratiempos ni emboscadas y encontrar la maldita vara para poner fin a aquella locura.

Le hervía la sangre. No era un sueño. Todo habría sido más fácil si lo fuera; no habría miedo, ni angustia, ni dolor, ni consecuencias.

Apretó sus puños con tanta fuerza que las manos palidecieron, descargó todo lo que llevaba dentro contra un árbol del camino, ancho como dos personas… y después con una brecha donde el puño de Agnes había impactado.

Se miró la mano enrojecida, desconcertada, e ignoró el dolor de su cuerpo, que se resentía por el esfuerzo con pinchazos en distintas zonas de los músculos y la piel.

Era igual que cuando los habían encerrado en la cúpula de tierra y roca.

Flexionó los dedos, sin entender los cambios que su cuerpo había empezado a sufrir.

No solo era la fuerza desmesurada; sus músculos estaban más duros y su cuerpo había ganado resistencia.

Incluso se percató de que veía bastante bien sin las gafas.

Sin duda, esos eran los cambios de los que había hablado Fawa.

La maldición era mucho más rápida de lo que esperaba y tembló al imaginarse lo que podría pasar en la próxima luna llena; no solo en lo que ella pudiera llegar a hacer, sino en lo que Dakini le haría si la descubriese.

Tembló y se abrazó a sí misma, apoyando la espalda contra el árbol abollado.

No podía decírselo. Por lo que había visto en el pueblo, ella se dedicaba a exterminar a los malditos, y nada sería más fácil que acabar con una que todavía no era una amenaza.

—¿Agnes?

La joven se enderezó como un resorte, dejando atrás los temblores y las lágrimas que habían estado a punto de salir y que le formaron un nudo amargo en la garganta. Al alzar la vista, vio a la maga caminando hacia ella.

Todavía no se acostumbraba a su piel naranja y cabello brillante.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, claro. Solo un poco cansada y molesta por lo de las gafas.

Dakini observó la herida en el tronco y lo señaló con dejadez.

—Sí, ya veo que has liberado parte de tu frustración. Hace un rato parecías triste.

—¡Pues claro que estoy triste! —estalló—. ¡Estoy lejos de todo lo que conozco, enferma, y ni siquiera sé si voy a volver!

—Claro que volverás, la kaiseri os ayudará.

—¡No lo sé, Dakini, porque no conozco a esa tal kaiseri, y tampoco te conozco a ti!

La máscara sonriente de la maga se resquebrajó por un instante. Agnes no estaba segura de si la mirada apagada que vio antes de pestañear fue real o no. La sonrisa afloró de nuevo, como si nunca se hubiera ido.

—Yo tampoco te conozco, ni a ti ni a Oliver. Aun así, quiero ayudaros.

—¡Claro! Porque mi hermano es importante. Alguna pieza de un enrevesado puzle mágico que no entiendo, como nada de lo que hay aquí.

Tuvo que darle la espalda. Tuvo que hacerlo porque las lágrimas querían volver a salir y no iba a permitir que las viera.

No podía flaquear. Si Oliver se enteraba de que estaba a punto de derrumbarse, ¿cómo iba a confiar en ella?

, ¿quién cuidaría de él? Cruzó los brazos sobre el pecho y miró hacia la cúpula de ramas rojizas, que dejaban entrever pedazos de cielo y pequeñas nubes.

—Que Oliver sea importante no quiere decir que nos vayamos a olvidar de ti, Agnes. Quiero ayudarte, quiero curarte, pero no puedo si no me dices lo que tienes. He intentado averiguarlo estos días. Oliver tampoco ha querido decirme nada, y tu cuerpo parece sano.

—Da igual. No tiene cura, ya me lo han dicho. Por eso buscamos esa dichosa vara. De lo contrario, no estaríamos aquí.

Agnes oyó a su espalda un par de pasos que se acercaban. Todo su cuerpo se tensó.

—¡No te acerques!, déjame sola.

Sonó temblorosa, esperaba que Dakini no lo hubiese notado. La maga suspiró.

—Está bien, pero no tardes en volver. Quiero sanaros a ti y al chico mientras Oliver medita un rato más, a ver si soy capaz de despertarlo.

Ya hemos perdido mucho tiempo con la tormenta, en seis días hay luna llena y nadie quiere toparse con los malditos.

—La maga suspiró como si el peso del mundo descansase sobre sus hombros—.

Ojalá pudiéramos alquilar un carro, pero tengo los gabos justos para comer.

Agnes palideció. Su corazón dio un vuelco. Se enjugó las lágrimas con rapidez y la miró de soslayo. Dakini ya se había dado la vuelta para marcharse. Apenas fue capaz de hablar. La voz de Agnes sonó torpe y áspera.

—¿Cómo que seis días?

Dakini se volvió hacia ella, con una ceja levantada. No entendía la sorpresa de su compañera y respondió con la naturalidad de quien dice una obviedad.

—Claro, una lunación dura doce días.