Sueños de almendras, amor y tú: Latidos en Pisa (Latidos en la Toscana 3) 20. Capítulo 20
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20. Capítulo 20

Los dedos de Nevio permanecieron suspendidos en el aire, justo encima de la pantalla del móvil.

Massimo intentaba localizarlo por quinta vez.

Hasta ahora, no había sido capaz de decidirse a aceptar la llamada.

¿Qué querría? ¿Acaso volvería a defender a su padre?

Si era así, podía irse por donde había venido, porque no le quedaba ni una palabra positiva para ese hombre desalmado.

Nevio suspiró cuando el tono de llamada cesó.

Tendría que hablar con Massimo. No solo era su hasta hace poco desconocido medio hermano, sino que durante muchos años había sido su mejor amigo, su roca.

No tenía intención de poner esa amistad en juego a la ligera.

Y, sin embargo, en los últimos días habían cambiado tantas cosas entre ellos...

No estaba seguro de si podía seguir confiando en Massimo.

¿Había destruido su descubrimiento aquel vínculo para siempre, o simplemente necesitaban tiempo para reparar las grietas que se habían formado?

El móvil volvió a sonar. Inspiró profundamente y, después, aceptó la llamada.

—Nevio, Dios mío, ¿tienes idea de lo preocupado que he estado? Llevo desde ayer intentando localizarte sin parar.

—Ciao, Massimo, yo también te deseo que pases un buen día.

El suspiro de Massimo se oyó claramente a través del teléfono. —Perdona, pero podrías haberme devuelto la llamada.

—No he visto motivo para hacerlo.

—¿Sigues ofendido?

Nevio se pasó la mano por el pelo y dejó que su mirada vagara por el estudio vacío.

Tras su conversación con Stella, por fin había vuelto a pintar, pero ni de lejos al nivel en el que debería estar.

El galerista de Pisa le pisaba los talones con su constante exigencia de cuadros nuevos.

Sería un conocedor de arte, pero no tenía ni idea de lo sensible que había que ser con los artistas para no asfixiar su creatividad de raíz.

Últimamente, Nevio ya no cogía el teléfono, no devolvía las llamadas y se escondía en su estudio.

Massimo no era el único al que había estado evitando deliberadamente.

—No estoy ofendido, pero creo que no eres consciente de la gravedad de la situación.

—Tenemos muchas cosas que tratar, Nevio. Pero no sirve de nada esconderse. Hablemos, como hemos hecho siempre.

Nevio enarcó una ceja, asombrado.

—No quiero hablar de esto por teléfono. Aquí tienes mi oferta de paz: a Lissy y a mí nos gustaría invitarte a cenar.

Nevio tragó saliva. Su cuerpo se puso de inmediato en estado de alerta: le temblaban los dedos y le brotaban perlas de sudor en la frente.

¿Una conversación pendiente con Massimo y, para colmo, en presencia de Lissy?

La verdad es que podía imaginar planes mucho más agradables que estar sentado a la mesa toda la noche con su primer gran amor.

Aquel no era el marco adecuado para solventar las diferencias con su mejor amigo.

—No sé...

—Stella también estará allí. ¡Venga! No te hagas de rogar, ¿acaso te he negado yo alguna vez un favor?

Al oír el nombre de Stella, el corazón de Nevio se aceleró y una sensación de bienestar se extendió por su cuerpo, relegando a un segundo plano sus dudas y aquel nudo tan desagradable en el estómago.

—Entonces, ¿qué me dices? ¿Mañana a las siete en mi casa?

Nevio se aclaró la garganta para recuperar la voz. —De acuerdo, si te empeñas. Llevaré el vino.

Nevio se atusó el pelo y se dio una vuelta frente al espejo.

Al pensar en el inminente encuentro con Massimo y Lissy, se le secaba la garganta.

¿Cómo iba a limar asperezas con su amigo sin arruinar el ambiente?

Seguro que Lissy se había esforzado para que pasaran una velada agradable.

No quería decepcionarla ni herir a nadie.

Pero tampoco quería que aquella disputa se interpusiera entre ellos eternamente.

El hecho de que Massimo lo hubiera invitado le demostraba claramente que su amigo tenía interés en zanjar el conflicto.

Y, para ser sinceros, lo echaba de menos.

Antes hablaban varias veces por semana y se ponían al día sobre sus vidas.

El solo hecho de saber que Massimo siempre estaría ahí si lo necesitaba lo había tranquilizado.

Nevio sonrió con amargura. Cierto era que él era quien estaba bajo los focos, quien había alcanzado la fama y cuya cuenta bancaria rebosaba.

Sin embargo, Massimo siempre había sido el más centrado de los dos, el que analizaba todo con frialdad y el que siempre encontraba una solución cuando Nevio reaccionaba de forma impulsiva.

Necesitaba a su amigo y tenía que intentar salvar las dificultades que los separaban.

Pero para eso, Massimo tendría que dar un gran paso hacia él.

Si seguía del lado de su padre, no podría mantener esa amistad.

Se metió la camiseta por dentro de los vaqueros, solo para volver a sacársela un momento después.

Se miró al espejo y ya no se reconoció. Había cambiado desde su fatídico descubrimiento.

El cabello, que solía llevar siempre perfectamente cortado y peinado, había crecido demasiado y le caía en mechones desordenados sobre la frente.

Por mucha gomina que usara, no se quedaba en su sitio.

Unas sombras oscuras se habían instalado bajo sus ojos.

Nevio no parecía el cotizado artista que cabalgaba la ola del éxito; más bien, su reflejo le recordaba a una versión de sí mismo de hacía años, cuando se sentaba en las bulliciosas calles de Florencia a pintar retratos de los turistas.

Había adelgazado; ahora sabía qué le molestaba de la camiseta.

Le quedaba demasiado ancha y le bailaba en el cuerpo.

Nevio respiró hondo. Todo el asunto de su padre y sus medios hermanos le afectaba tanto que se había descuidado.

Ya iba siendo hora de que visitara al peluquero y durmiera una noche entera.

Si la velada de hoy salía como deseaba, le daría algo de paz.

Si no, aquello le robaría el poco sueño que le quedaba para las próximas semanas.

Nevio volvió a pasarse la mano por el pelo y observó sus dedos temblorosos.

Tenía un miedo atroz a que la cena terminara en catástrofe.

Pero Stella estaría allí, y solo eso le daba valor.

Ella le tomaría la mano y, en caso de necesidad, mediaría entre él y Massimo si nada más funcionaba.

Conocía a Massimo desde la infancia. Pero no dejaría tirado a Nevio, por mucha amistad que hubiera de por medio.

Ella le daría fuerzas y lo sostendría si llegaba el caso.

Nevio irguió los hombros y levantó la barbilla. Era Nevio Fontana, ya no era un simple artista callejero, era un hombre hecho y derecho, y así se comportaría hoy. Controlaría su temperamento impulsivo y hablaría con su amigo para aclarar las cosas.

Exhaló el aire y sus hombros volvieron a caer un poco.

—¡Nevio, pasa! —Lissy lo abrazó y le dio dos besos en las mejillas.

Desde que estaba con Massimo, coincidían con más frecuencia.

Habían hablado de lo suyo, pero todavía se percibía un resto de timidez entre ellos.

Olía como entonces; el perfume era el mismo que ya usaba hacía diez años en Florencia.

Cada vez que lo aspiraba, se sentía transportado a aquella época, que había sido magnífica a la par que dura.

Tan llena de esperanzas, amor y miedo. En su vida habían cambiado muchas cosas, pero los sentimientos que lo acompañaban esta noche no eran tan distintos a los de entonces.

También hoy confiaba en reconciliarse con su mejor amigo, y al mismo tiempo temía no controlarse y decir cosas de las que luego se arrepentiría.

—¿No quieres entrar? Ya sabes que no soy una gran cocinera, pero creo que no te voy a envenenar.

Se secó las manos en el estrecho pantalón de tela.

—Claro, perdona. No pretendía en absoluto darte la impresión de que dudo de tus dotes culinarias.

Lissy sonrió. —Ya lo sé, la situación es extraña. No solo para ti. Massimo está igual de tenso, y para mí también es raro en cierto modo. Por eso es más importante aún que pasemos una buena velada juntos. Tenéis que hablar sí o sí. Massimo está insoportable últimamente. Te echa de menos.

Lo cogió de la mano y lo llevó al interior del piso.

Cuántas veces había estado allí y, sin embargo, el hogar de Massimo le resultaba hoy ajeno.

Lissy había puesto la gran mesa de comedor de gala.

El mantel de tela blanca resplandecía bajo la luz de la lámpara del techo, probablemente era nuevo.

Sobre él había finas copas de cristal y platos con el borde dorado.

Los cubiertos brillaban como si Lissy los hubiera pulido a conciencia, y en el centro reinaba un ramo de flores silvestres frescas.

Sobre los platos, había servilletas de tela color crema dobladas en forma de flor.

—Nevio, me alegra que hayas venido —Massimo le puso una mano en el hombro, como había hecho siempre. Y, aun así, aquel contacto se sintió inusual, extraño, aunque no desagradable.

—Gracias por la invitación. Elige tú qué vino va mejor con la cena, por favor. ¿El tinto o el blanco?

Massimo cogió las botellas y se las llevó a la cocina.

Nevio respiró hondo. Aquello iba a requerir un gran esfuerzo. Una mano lo rozó con la ligereza de una pluma en el brazo. Se dio la vuelta sobresaltado y se encontró con un rostro de rasgos armoniosos y grandes ojos oscuros, en los que se hundió de inmediato.

—Ciao, Nevio —Stella se acercó y le dio un tierno beso en cada mejilla.

Nevio tardó un momento en volver en sí. Inspiró profundamente, puso las manos en la cintura de Stella y le devolvió el saludo de la misma forma.

Se demoró un poco más de la cuenta en esa posición y no habría querido soltarse nunca.

Sí, ella lo ayudaría a sobrevivir a esta noche.

Ella ahuyentaría esa sensación extraña que lo abrumaba desde que había entrado en la casa.