62 Sofiya
SOFIYA
Esperamos a que la puerta principal se cerrara detrás de Matteo para ponernos en marcha.
Angelo me ayudó a levantarme de la cama y a subirme a la silla de ruedas antes de ponerse la mochila que habíamos cargado con todo lo necesario.
El arnés de Noodle ya estaba puesto y mi guardaespaldas agarró su correa mientras corríamos hacia el lado opuesto del apartamento, hacia la escalera de incendios.
Angelo abrió la ventana de golpe.
—Eso habrá activado la alarma. Tenemos que movernos rápido.
Me levanté de mi silla, bloqueando mis rodillas para no caerme. La habitación giró a mi alrededor y me apoyé en Noodle para mantenerme firme. Angelo metió su enorme cuerpo por la ventana y luego me agarró, arrastrándome hacia el aire fresco de la noche.
—Vamos, Noodle. —Le jalé la correa. El cual puso una expresión que me dijo que no estaba muy seguro de este plan. Angelo se inclinó hacia delante y agarró el arnés de mi perro, jalándolo.
—Quizá deberías cargar a Noodle en lugar de a mí —aconsejé, mirando las traicioneras escaleras de metal.
—Tú primero. Volveré por él si es necesario —refunfuñó Angelo.
El fuerte sonido de un helicóptero que se acercaba hizo imposible hablar mientras mi guardaespaldas subía rápidamente las escaleras, sujetándome contra su pecho ancho.
Llegamos a la azotea justo cuando el helicóptero aterrizaba en la plataforma.
Reboté en los brazos de Angelo mientras corría hacia el aparato.
Su mano me cubrió la cabeza cuando nos acercamos a la puerta del helicóptero, donde estaba Leona, con una sonrisa despiadada en su rostro.
Angelo me levantó y Leona me agarró del brazo, jalándome hacia el interior. Grité cuando sentí un dolor agudo en el hombro, me lo había dislocado.
—Mierda, Sofiya, ¿estás bien? —preguntó Angelo.
—¡Ve a buscar a Noodle! —le grité. Se giró hacia la escalera de incendios justo cuando sonó un disparo desde el otro lado del techo.
Matteo corría hacia nosotros con furia en el rostro. Sus guardaespaldas no estaban muy lejos, y todos tenían las armas desenfundadas, apuntando a las hélices del helicóptero.
—¡Tenemos que irnos! —vociferó Leona.
Miré hacia la escalera de incendios justo a tiempo para ver cómo Noodle asomaba la cabeza por el borde del techo mientras luchaba por subir.
Angelo maldijo y saltó al helicóptero. Antes de que se cerrara la puerta, ya estábamos en el aire.
Grité, intentando llegar hasta mi perro, mi mejor amigo, pero el suelo desapareció bajo nosotros.
Angelo me colocó en el asiento y me abrochó el cinturón con cuidado de no tocarme el hombro. Me agarró la cara con ambas manos. Mis lágrimas empaparon su piel.
—Lo siento.
No podía oír por encima del ruido del helicóptero, aun así, leí las palabras en sus labios.
Me llevé la mano al pecho, con el corazón destrozado. Mi dulce Noodle. Lo había abandonado.
Angelo se sentó a mi lado y Leona estaba frente a nosotros. Nos dio unos auriculares a cada uno. Él me puso los míos. Al instante, el ruido a mi alrededor se apagó y pude escuchar la voz estática de Leona.
—Bueno, eso fue emocionante. Tenía la sensación de que debía quedarme en New York, como si algo divertido estuviera a punto de suceder.
Mi mundo acababa de ser destrozado y aquí estaba Leona, actuando como si estuviéramos en una especie de excursión entretenida.
—Siéntate y relájate —continuó—. Pronto estaremos en Boston. A Ronan le encantará conocerte.