Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 33 Sofiya
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33 Sofiya

SOFIYA

Matteo insistió en que trajéramos mi silla de ruedas a Central Park. Fue una decisión inteligente, ya que nuestra salida requeriría mucha caminata, aun así, me sorprendió que él quisiera ser visto en público conmigo y mi silla.

Una alarma de auto me hizo saltar, y Matteo apretó su agarre en la parte trasera de mi cuello.

Lo miré de reojo, dejando que mi mirada se detuviera en las líneas duras de su mandíbula.

Ese día vestía un traje, aunque sin corbata, y los primeros botones de su camisa estaban desabrochados, dándome una vista de su piel bronceada.

Estábamos afuera del apartamento, que daba al lado oeste del parque, esperando a que nuestros guardaespaldas terminaran de asegurar el área.

Estaba segura de que Matteo se negaría a esta salida.

¿Por qué iba a querer exhibir a su esposa defectuosa?

Pero mientras estábamos allí bajo el sol al borde del parque, me pregunté si mi esposo había dudado en salir porque estaba preocupado por la seguridad. Mi seguridad.

Matteo se acercó aún más a mí, barriendo la calle con la mirada y moviendo la mano hacia el arma bajo su chaqueta como si los enemigos fueran a aparecer de un momento a otro. Su preocupación me llenó de calidez, ayudando a disipar mi impaciencia mientras esperábamos.

La cola de Noodle se movía de lado a lado al ver a todas las personas en la acera.

Estaba sentado junto a mi silla como el buen chico que era, presumiendo su chaleco.

Un grupo de niños de una escuela pasó corriendo y riendo, muchos de ellos deteniéndose a saludarlo.

Acaricié su cabeza, sonriendo al ver lo orgulloso que se veía al recibir atención.

¿Cómo reaccionaría si tuviera un bebé? ¿Serían mejores amigos?

Mi corazón me dolía de anhelo mientras me imaginaba a un bebé de cabello castaño y ojos oscuros.

Empujé la fantasía fuera de mi mente.

—¿Vamos a quedarnos aquí parados todo el día? —Agarré la mano de Matteo, sintiéndome adicta a tocarla después de esta mañana.

Mi esposo gruñón suspiró con resignación, apretando mi mano mientras pasaba la otra por su ya despeinado cabello. Miró a Angelo, quien le dio un asentimiento con la cabeza. Debieron decidir que el área era lo suficientemente segura.

—Bien. Vamos por… hot dogs.

Solté una risa con un resoplido ante su mandíbula apretada.

Había intentado convencerme de ir a cualquier cantidad de restaurantes con las mejores reseñas, pero me había negado.

Siempre había querido comer un hot dog de New York City; estaba en mi Lista de Sueños.

Tuve que soltar su mano para guiar mi silla hacia el carrito más cercano de hot dogs, deseando que pudiéramos ser como una pareja normal y caminar tomados de la mano.

Como si Matteo sintiera mi tristeza, su mano se posó ligeramente en mi hombro, dándole un apretón.

Mantuvo su mano allí, lanzando miradas amenazantes a cualquiera que se interpusiera en mi camino mientras nos movíamos por la acera.

—¿Qué quieres? —me preguntó con una mueca profunda mientras observaba el menú con fotos del vendedor.

—Un hot dog con ketchup y una Coca-Cola.

Su expresión se volvió incrédula.

—¿Querías un maldito hot dog solamente con ketchup?

—Sí —manifesté con seriedad.

Negó lentamente con la cabeza.

—No creo poder permitirlo, Tesoro. Estoy bastante seguro de que la ley exige que los hot dogs se sirvan con mostaza y condimentos.

Mi corazón dio un vuelco. Mi esposo, el Don de la Mafia Italiana, acababa de hacer una broma.

—Qué suerte que mi esposo no se empeña en cumplir la ley. —Mantuve una expresión seria, aunque por dentro quería cantar, bailar, celebrar, sobre todo cuando vi la esquina de su boca retorcerse.

—Está bien —resopló.

—Oh, deberíamos ver si Angelo quiere uno —solté, buscando a mi guardaespaldas a unos pocos pasos de distancia.

Le hice un gesto para que se acercara mientras Matteo gruñía.

Le había preguntado a Sienna por qué a Matteo no le agradaba Angelo, y ella se veía tan confundida.

Dijo que Angelo le había salvado la vida a Matteo y que el haber sido asignado a mí era un gran honor para el joven guardaespaldas.

Concluí que mi esposo podría sentirse un poco posesivo conmigo, y la idea me hizo tan feliz que casi podía flotar.

—¿Qué necesitas, principessa? —preguntó Angelo, inclinándose hasta quedar a mi nivel.

—Solo quería saber si querías un hot dog.

Angelo sonrió, ignorando el constante gruñido de Matteo.

—Ya comí, pero gracias. —Me guiñó un ojo antes de apartarse, dejándome a solas con mi malhumorado esposo, que ladró su orden al dueño del puesto.

Tomé su mano, entrelazando nuestros dedos, sosteniéndola con fuerza hasta que nuestra comida estuvo lista.

Matteo ordenó cuatro hot dogs: tres con todo y uno con ketchup.

Extendí la mano para agarrar las dos sodas y colocarlas en mi regazo mientras él balanceaba nuestro almuerzo en sus manos.

Le di la señal a Noodle para que comenzara a caminar mientras nos dirigíamos adentro del parque.

Al instante, parte del ruido de la calle se desvaneció mientras entrábamos en un corredor de árboles y vegetación. Matteo igualaba su paso al mío, permitiéndome disfrutar de todas las estatuas y flores.

—Aquí adentro parece otro mundo —suspiré.

Mila y yo siempre habíamos soñado con los lugares a los que queríamos viajar.

Pasamos los últimos años viendo repeticiones de Friends, así que New York había estado en los primeros lugares de nuestra lista.

Me tragué el nudo en mi garganta al pensar que no estaba aquí conmigo para ver esto.

—¿Dónde quieres sentarte? —Me guio hasta una banca vacía.

Miré la banca. No parecía muy cómoda. Decidí maniobrar mi silla al extremo de la misma para que aún pudiéramos estar juntos. Matteo se sentó a mi lado y me pasó mi hot dog.

Solté un murmullo de satisfacción al primer mordisco.

—¿Es todo lo que soñaste? —preguntó Matteo con sarcasmo.

Asentí con entusiasmo.

—El mejor hot dog que he comido.

—Prueba un bocado del mío —ordenó.

Arrugué la nariz al ver los condimentos en el hot dog que sostenía.

No estaba segura de qué se apoderó de mí, pero me incliné y le di una mordida directamente de su mano, manteniendo mis ojos fijos en los suyos todo el tiempo.

Su mirada se oscureció y mis mejillas se sonrojaron.

Había pretendido que el movimiento fuera juguetón, no obstante, el aire entre nosotros se cargó de una necesidad palpable.

Dios ¿Era posible que mi esposo me deseara?

—¿Qué te pareció? —inquirió con una voz ronca.

Me recliné, masticando pensativa.

—Asqueroso. —Tomé un largo sorbo de Coca-Cola, y Matteo soltó una carcajada. Me le uní, y fue el mejor momento de mi vida.

Comimos en silencio, y fingí no darme cuenta cuando mi esposo le daba pequeños bocados de comida a Noodle.

Terminamos de almorzar, y Matteo tiró nuestra basura.

—¿Quieres explorar más?

Por un minuto, imaginé lo que sería desvestirlo y explorar cada centímetro de su cuerpo, dejándolo hacer lo mismo conmigo. Aclaré mi garganta.

—Sí, por favor.

Le di la señal a Noodle para que se levantara de su lugar junto a mi silla, hizo un pequeño y adorable estiramiento antes de venir a mi lado. Si bien solo llevaba unos días con su compañía, no podía imaginar mi vida sin él. Sin ninguno de mis dos chicos.

Matteo mantuvo las manos en el aire cerca de las manijas de mi silla, mas no las agarró, no tomó el control para empujarme, y mi corazón se llenó de calidez. Estaba escuchándome, aunque sabía que quería tomar el mando.

—¿Crees que…? —Empecé, pero la frase se quedó en el aire, de repente sintiéndome nerviosa.

Su mano se deslizó hasta mi mejilla, y su pulgar acarició suavemente mi mandíbula.

—¿Qué pasa, Tesoro?

—¿Podríamos intentar tomarnos de la mano mientras caminamos? —No había tenido la oportunidad de probar realmente la asistencia motorizada afuera, pero solo tenía que manejarla con una mano, dejándome la otra libre.

El agarre de Matteo en mi rostro se tensó un poco, y en su mirada pasó una emoción tan rápida que casi creí haberla imaginado. Se inclinó y presionó un tierno beso en mi frente. Luego se enderezó, tomó mi mano en la suya, y juntos recorrimos el parque.