Su Tesoro (Imperio de Realeza 1) 10 Matteo
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10 Matteo

MATTEO

—Escuché que estás evitando a tu nueva esposa —lanzó Romeo. Me dedicó una sonrisa insoportable mientras se desplomaba en la silla de piel frente a mi escritorio.

Sabía que tenía que haber quitado esa silla. No quería que nadie estuviera cómodo en mi oficina. En ese instante mi segundo al mando estaba reclinado en la silla con los pies sobre mi puto escritorio.

—No la estoy evitando. —Me froté la mandíbula. Había desarrollado un tic por lo mucho que la había apretado los últimos días.

Romeo arqueó una ceja.

—Claro. Por eso dormiste anoche en el Star.

—Era más práctico —argumenté. El Star era uno de mis hoteles de lujo en el centro de la ciudad.

Romeo canturreó mientras se cruzaba de brazos.

—La preciosa debe de estar sintiéndose sola. Quizá debería ir a hacerle compañía.

Me levanté del asiento antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, mi mano se dirigió hacia la pistola que guardaba oculta bajo la chaqueta.

Romeo se rio mientras levantaba las manos en señal de rendición.

—Joder, Matteo. ¿Te sientes un poco posesivo?

Me costaba respirar y sentía una necesidad inexplicable de ver a Sofiya. La idea de que cualquier hombre estuviera cerca de ella me hacía querer matar, y no entendía por qué.

—Hablaremos de la entrega de drogas más tarde —expresé, tomando mi teléfono y mis llaves y saliendo furioso de la oficina.

—¡Saluda a tu mujer de mi parte! —Romeo gritó tras de mí.

—Infórmame —le ordené a Angelo. Estaba situado fuera del apartamento donde lo había dejado ayer por la mañana. Enzo estaba asignado al turno de noche. Habrían cambiado de turno hacía unas horas.

Angelo se movió incómodo, poniéndome en estado de alerta.

—Ha estado en su habitación —dijo.

—¿Y? —bramé. Angelo estaba ocultando algo, y me estaba haciendo enojar.

—Es decir, no ha salido de su habitación, Jefe. En todo este tiempo.

Angelo y Enzo eran los únicos, aparte de Romeo y yo, con acceso a las cámaras de vídeo del apartamento. Aunque tenía cámaras en todos los espacios comunes, no permitía que estuvieran en las habitaciones.

—¿Desde ayer por la mañana?

Angelo asintió.

—¡¿Por qué carajos no me lo dijiste?! —gruñí. Esa extraña sensación en mi pecho volvió a surgir. Resistí la tentación de frotarlo. ¿Qué demonios estaba haciendo ahí dentro?

—Dijo que no quería que lo molestáramos, Jefe. A menos que intentara irse.

Mi puño se cerró con ganas de darle un puñetazo.

Angelo había ascendido rápidamente entre mis rangos.

Lo había elegido para mi círculo íntimo después de que me salvara la vida en una emboscada.

Era uno de los mejores tiradores de toda la Familia y había demostrado su lealtad.

¿Pero en ese segundo? Quería matarlo. Tragó saliva, mas no apartó la vista.

Ya me ocuparía de él más tarde. Primero tenía que ocuparme de mi esposa.

Hice un gesto con la cabeza, indicándole que abriera la puerta, y entré en el apartamento.

Miré hacia la cocina como si Sofiya fuera a estar allí, sonriendo dulcemente mientras se recogía el cabello detrás de la oreja o mientras sacaba roles de canela del horno.

Nunca lo admitiría ante nadie, pero eran una de mis comidas favoritas.

No obstante, el apartamento estaba en silencio.

Fui a su dormitorio y toqué la puerta. Al no recibir respuesta inmediata, entré y encontré a mi esposa acurrucada bajo las sábanas, de espaldas a mí. Volví a sentir una extraña punzada en el pecho. Tal vez tenía que ir al médico para asegurarme de que no me estaba dando un infarto.

—¿Qué estás haciendo? —inquirí, mi voz sonó fuerte y áspera en la silenciosa habitación.

Sofiya se sobresaltó y me di cuenta de que estaba durmiendo.

—¿Matteo? —Se sentó contra la cabecera de la cama. Mantenía la mirada apartada, con los hombros tensos. Su enorme sudadera negra la hacía parecer pálida, con los ojos ensombrecidos por ojeras.

—¿Qué haces? —repetí mi pregunta, esta vez intentando controlar mi tono de voz.

—Estaba durmiendo. Lo siento —se disculpó en un susurro. Sus manos se retorcieron en las sábanas.

—¿Por qué lo sientes? —Di unos pasos hacia la cama.

—Pareces enojado.

Había estado enojado, pero era difícil mantener la emoción cuando miraba a esta chica frágil.

Solté un sonoro suspiro, inseguro de hacia dónde llevar esta conversación.

—Me enteré de que llevas en esta habitación desde ayer.

Ella asintió, aunque no ofreció ninguna explicación a su absurdo comportamiento.

—¿Has comido?

Se mordió el labio, sus ojos se cruzaron brevemente con los míos antes de volver a apartar la vista. Apreté la mandíbula para no exigirle que me mirara.

—Tenía una barra de chocolate en mi bolso —musitó.

—¿Comiste una barra de chocolate? —¿Se había encerrado en su habitación todo el día y toda la noche con una sola golosina?

Para mi horror, su labio inferior empezó a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Perdón. No sé qué hacer ni cuáles son las reglas. Puedo hacerlo mejor. Solo dime qué tengo que hacer.

Me quedé congelado mientras Sofiya se acurrucaba sobre sí misma, con los hombros temblorosos. Nada en mi entrenamiento me había preparado para esto.

—Deja de llorar —lancé.

Sofiya emitió un pequeño hipo y apretó los labios para callar sus sollozos.

Me pasé la mano por la cara. ¿Debería llamar a alguien? Mi hermana sabría qué hacer. Sin embargo, llamar a otra persona en ese momento sería admitir que me había derrotado esta chica.

Apreté la mandíbula para no estallar, me senté en el borde de la cama y le puse la mano en el hombro. Se puso rígida y mi humor se deterioró aún más. Retiré mi mano.

—¿Me dirás qué hice mal? —preguntó en voz baja.

Fruncí el ceño.

—Nada. Pero tienes que comer. Vamos.

Me levanté mientras ella apoyaba las piernas en el colchón. Agarró su andador con manos temblorosas, los dedos blancos mientras apretaba las asas. Mi ceño se frunció cuando intentó levantarse y cayó de nuevo sobre la cama.

—¿Qué ocurre? —Por una vez, deseé saber cómo hablar... suavemente o alguna mierda así.

—Lo siento, simplemente estoy un poco temblorosa. —Se mordió el labio y respiró profundamente, como preparándose para algo—. ¿Podrías traer mi silla de ruedas?

Su silla de ruedas estaba en la esquina de la habitación.

Para mí sería fácil traérsela, pero, por alguna razón, me encontré inclinándome y levantándola.

Su frente se pegó a mi pecho, sus brazos volaron alrededor de mi cuello y sus piernas se aferraron a mi cadera.

Ahora sabía que podía moverlas, aun así, estaba claro que necesitaba entender su problema médico.

Por ese momento, eso podía esperar. Uno de mis brazos sostenía su cintura y el otro se movía bajo su trasero.

—En realidad me basta con mi silla —apuntó. Su aliento me rozó el cuello, lo que me hizo apretar más fuerte. ¿Cuándo había sido la última vez que había estado tan cerca de alguien? Había follado con mujeres mientras tocaba menos de sus cuerpos.

—¿Te estoy lastimando? —pregunté en voz baja.

—No.

—De acuerdo, entonces. —Salí de la habitación, llevándola directamente a la cocina. Dudé antes de sentarla en la isla. La idea de dejarla ir me parecía inaceptable.

Apoyé los brazos a ambos lados de ella.

—¿Puedes sentarte aquí?

Sofiya tenía los ojos muy abiertos, pero había dejado de llorar. Asintió con la cabeza.

—¿No te vas a caer?

Una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.

—No me voy a caer.

Gruñí y abrí el refrigerador. El aire frío me golpeó mientras miraba distraídamente los estantes.

Había pasado toda mi infancia aprendiendo a mantener un estricto control sobre mí mismo y sobre los demás.

Esto se intensificó cuando me convertí en Don, y hacía años que no me sentía realmente fuera de control.

Sorpresivamente, aquí, en mi propia maldita cocina, con una chica diminuta sentada en la encimera detrás de mí, algo empezó a desatarse dentro de mí.

—Ummm, ¿necesitas ayuda? —La dulce voz detrás de mí tenía un toque de risa, y me di cuenta de que me había quedado viendo el interior del refrigerador en silencio sepulcral durante más tiempo del apropiado.

—No.

«Sí». No recordaba la última vez que había cocinado algo. ¿Por qué no había comida preparada aquí?

Cerré la puerta.

—Voy a pedir algo. ¿Qué quieres?

—No soy exigente.

La miré fijamente.

—Me dirás lo que quieres.

—¿Pizza? —Casi chilló.

—¿Asimilando tu nuevo estilo de vida italiano? —bromeé, enviando un mensaje a Angelo para que nos trajera pizzas del local de mi primo.

—Me gusta la pizza. —Se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja y yo seguí el movimiento—. Y podría cocinar alguna vez... —Se interrumpió, con una expresión de asombro en la cara mientras miraba hacia otro lado.

Pensé en la receta de panecillos de canela del día anterior por la mañana. Tal vez le gustaba cocinar, aunque no estaba seguro de por qué eso la alteraba tanto.

—¿Por qué no has comido nada? —inquirí, cruzando los brazos.

—No sabía si me estaba permitido —susurró.

—¿Por qué eso no estaría permitido?

—Dijiste que debía quedarme en mi habitación, así que no estaba segura...

El cerebro me daba vueltas mientras intentaba entender lo que decía. ¿Cuándo le había dicho que no podía salir de la habitación? La única conversación que habíamos tenido fue la del día anterior por la mañana...

Mierda.

Maldición.

Dejé el teléfono sobre la encimera y me puse delante de Sofiya.

—Mírame. —Ahí, mi voz sonó lo suficientemente suave. Para mi confusión, ella no hizo lo que le dije. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me había desafiado?

Le agarré la barbilla con el pulgar y el índice y le levanté la cara. Su piel era tan jodidamente suave.

—No quise decir que no podías salir de tu habitación.

—Oh.

—Esta es tu casa ahora. Puedes usar la habitación que quieras. Y si quieres cocinar o hacer roles de canela, lo puedes hacer.

Sofiya parpadeó, parecía cansada y confundida. Me entraron ganas de consolarla. Dejé caer las manos y di un paso atrás para evitar hacer alguna ridiculez.