Su sensual multimillonario (Magnates de Pleasure Valley nº 3) 3 LARK
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Elegí un local de fideos a dos manzanas de la galería.

Sin reservas, menús de papel, vasos de plástico con demasiado hielo. El tipo de lugar donde el escaparate se empañaba en los bordes y todo olía a aceite de chile, cebolleta y caldo que llevaba hirviendo desde la mañana.

Kit Ashford se sentó frente a mí en un reservado con el asiento de vinilo agrietado y comía fideos artesanales con palillos como si llevara toda la vida frecuentando sitios así.

No era así. Estaba casi segura de que no era así.

Hablamos del proceso de Noemi Sato: cómo incrustaba objetos encontrados en resina, lo que significaba que cada pieza llevaba una historia grabada en su estructura, invisible a menos que ella te la revelara. Un botón de latón. Una entrada rasgada. Un trozo de alambre arrancado de una radio vieja. Pequeños fantasmas privados sellados bajo una superficie perfecta.

Kit lo entendió de inmediato.

—Memoria material —dijo—. En Lumaire usamos el mismo concepto en nuestro hardware. Cada acabado conserva la huella del proceso que lo creó. Si lo lijas, pierdes lo que lo hace real.

Memoria material. Iba a darle vueltas a eso durante mucho tiempo.

Después de cenar, en la acera, el aire de julio volvió a envolvernos. El calor se pegaba al asfalto, al ladrillo, a la piel desnuda de mi nuca.

Kit se recolocó bajo el brazo la pieza envuelta de Noemi Sato.

—Quiero enseñarte dónde va a ir la pieza.

—¿Ya has decidido dónde colgarla?

—Lo decidí mientras rellenabas el recibo.

Por supuesto que sí.

Debería haber dicho que no. Debería haberme despedido en la acera, haber caminado las seis manzanas hasta Pixel Lofts y haberle contado a Saylor lo del local de fideos, la forma en que sostenía los palillos y la frase memoria material.

Esa era la versión sensata. La versión segura. La versión de mí misma que no se subía voluntariamente al coche de hombres que miraban la luz como si les hubiera ofendido personalmente.

—Vale —dije.

Su coche era un sedán negro mate aparcado en la calle lateral: discreto, caro, impoluto. Me abrió la puerta sin hacer aspavientos.

El trayecto duró ocho minutos. Vi las farolas deslizarse por el parabrisas, sentí el aire acondicionado en los brazos desnudos y no dije nada, porque el silencio entre nosotros no estaba vacío.

Estaba lleno.

El edificio de Kit era una antigua nave industrial reconvertida en la zona oeste: ladrillo viejo, ventanas con marco de acero, el tipo de arquitectura que había sido algo funcional antes de que alguien con gusto y dinero viera en qué podía convertirse. Su apartamento ocupaba toda la última planta. Abrió la puerta y se apartó para dejarme pasar primero.

Me detuve a los tres pasos.

Los techos tenían cuatro metros y medio, quizá más. Suelos de hormigón pulido, roble blanco, acero cepillado: todo enrasado, todo meditado. Los ventanales originales con marco de acero iban del suelo al techo a lo largo de la pared del fondo.

Había arte por todas partes.

No amontonado. Comisariado. Cada pieza tenía su espacio. Cada pieza había sido colocada en relación con la fuente de luz más cercana, y se notaba que había trazado el recorrido de la luz natural por la estancia igual que yo lo hacía en la galería.

Era hermoso. Era controlado. Era insoportablemente él.

Me acerqué a la pared más cercana. Una fotografía texturizada de un artista que reconocí de una colectiva de hacía dos años. Junto a ella, una pequeña escultura de acero soldado sobre una repisa flotante.

Doblé la esquina hacia el pasillo y me detuve. Un collage de técnica mixta: capas de papel, tinta, fragmentos de texto manuscrito sellados bajo barniz mate.

Conocía esta pieza. Conocía al artista. Conocía las dimensiones porque yo misma las había medido cuando la recibí en depósito hacía dieciocho meses.

Había salido de On a Lark.

Miré la siguiente pieza. Óleo y limaduras de hierro sobre panel de madera, la composición arrastrada por el magnetismo hacia algo que parecía mitad celestial, mitad cicatriz.

Javi Chase.

Había vendido esa pieza ocho meses antes de abrir la galería, cuando aún montaba exposiciones temporales y Javi me dejaba representar tres de sus obras más pequeñas con un apretón de manos.

—Kit —dije.

Estaba apoyado en la entrada del pasillo, observándome.

—¿Cuántas de estas son de mi galería?

—Cuatro.

Una pausa.

—Y dos de antes de que tuvieras la galería, cuando exponías en temporales y colectivas.

Seis piezas.

Había comprado seis piezas conectadas conmigo —mi ojo, mi criterio, mi gusto— a lo largo de años. Antes de haber visto su cara. Antes del lunes. Antes de Walter.

Me volví hacia el panel de Javi Chase y apoyé los dedos en la pared junto a él. El universo llevaba años haciendo esto. Entrelazándonos en las mismas habitaciones, el mismo arte, las mismas conversaciones sobre la luz y el material y sobre por qué un trozo de alambre de cobre en un panel de resina podía oprimirte el pecho.

Él había vivido con piezas que yo había elegido. Yo había enviado piezas a habitaciones en las que nunca había entrado. Y ahora aquí estábamos, plantados en medio de la prueba.

—No sabías que era mi galería —dije.

—No.

—No sabías que era yo quien seleccionaba las obras.

—No hasta el lunes.

Lo miré. Estaba de pie en el pasillo de su apartamento perfecto, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada, y por primera vez algo en su compostura cedió —apenas— ante un hecho que no podía controlar.

Seis piezas de arte, todas conectadas con una mujer que aún no había conocido. Un patrón que él no había construido.

—Eso te molesta —dije.

—No tiene sentido.

—No tiene que tenerlo.

Me volví del todo hacia él.

—Solo tiene que ser verdad.

Me sostuvo la mirada. Lo vi resistirse a eso, a la idea de que algo así pudiera existir sin un plano. El músculo de su mandíbula se tensó. Sus hombros no cedieron, pero algo detrás de sus ojos sí.

—Ven —dijo—. Hay una más.

Me llevó por el pasillo hasta una puerta al fondo. Su dormitorio hablaba el mismo idioma que el resto: hormigón, roble, ventanas con marco de acero, cama amplia con sábanas blancas impolutas. La ciudad más allá del cristal. Todo austero. Todo deliberado.

Excepto la pieza contra la pared del fondo.

Estaba apoyada en el suelo, de cara a la habitación, sin colgar. Nunca la había visto.

Era pequeña. Técnica mixta: papel rasgado, pintura de pared, una tira de tela de algodón descolorida pegada en el borde inferior. Sin marco. Bordes sin tratar. Parecía que alguien la hubiera hecho deprisa, con toda el alma, y nunca hubiera vuelto a retocarla.

Nada más en aquel piso tenía ese aspecto. Todo lo demás estaba resuelto: terminado, meditado, colocado en su sitio. Esta pieza era caótica, urgente y profundamente humana.

—La compré en una feria callejera hace cuatro años —dijo—. La artista no tenía puesto. Vendía sus obras desde una caja de plástico en la acera. Pasé de largo, y luego volví.

—¿Volviste?

—Yo no hago eso.

No. Él no haría eso.

Seguiría adelante. Confiaría en el plan. Se convencería de que el primer instinto bastaba, porque pensárselo dos veces era ineficiente y el anhelo no era más que otra forma de diseño fallido.

Miré la pieza en el suelo. Sin colgar. Cuatro años en aquel piso y nunca la había colgado. Cada una de las demás piezas había sido planificada, colocada y alineada con la luz.

Esta seguía en el suelo porque no encajaba en el sistema. Y aun así, la había guardado.

La grieta en su diseño.

—¿Por qué no la colgaste? —pregunté.

—No sé dónde va.

Lo miré. Estaba de pie en su propio dormitorio, confesándome que no sabía dónde iba algo, y comprendí lo que eso significaba para un hombre que siempre sabía el lugar exacto de cada cosa.

Las ventanas estaban abiertas. El aire de julio se colaba por los marcos de acero: cálido, denso, posándose sobre mi piel. La luz de la ciudad incidió en la tira de algodón descolorida de la pieza sin colgar y la tiñó de oro.

Me acerqué a la pieza. Después, a él.

—Yo sé dónde va —dije.

Su mirada descendió hasta mi boca antes de volver a mis ojos. Se me cortó el aliento.

Crucé la habitación. Sacó las manos de los bolsillos como si supiera que debía detenerme y ya hubiera decidido no hacerlo. Apoyé las palmas en su pecho: contra el algodón cálido, contra la tinta que solo había vislumbrado en su cuello, contra el latido firme y profundo que palpitaba debajo.

Se quedó inmóvil.

—Enséñamelo —dijo.