CAPÍTULO 17
Serafina
A la mañana siguiente, Enzo me llevó a la oficina de Luca.
El subjefe estaba sentado detrás de su escritorio, con papeles esparcidos frente a él.
Levantó la vista cuando entramos y se puso de pie, abrochándose la chaqueta.
Llevaba un traje negro a medida, igual que Enzo, pero con camisa blanca y sin corbata.
—Por favor, pasad —nos dijo—. Enzo, cierra la puerta. Sentaos.
Señaló el sofá frente a su escritorio, retirando un libro grande de uno de los cojines y dejándolo sobre la mesa de cristal. Al acercarme, vi que parecía un libro de texto de Literatura Inglesa. Uno de Veda, supuse.
Me senté lo más cerca posible del escritorio, donde había estado el libro, y Enzo se desabrochó la chaqueta y se sentó a mi lado.
Luca hizo lo mismo y ocupó la silla frente a nosotros.
Intenté no parecer nerviosa, pero, siendo sincera, no pude evitarlo.
Estaba poniendo mi vida en manos de aquellos dos hombres.
Los ojos de Luca recorrieron el lado arañado de mi rostro, que ya tenía mejor aspecto que la noche anterior gracias a la pomada que Enzo me había aplicado con cuidado antes de acostarnos. Le lanzó a Enzo una mirada inquisitiva.
—No fue intencional.
Su respuesta pareció satisfacerlo.
—Me preguntaba si podrías ayudarme —me dijo Luca.
—Eso depende —le respondí—. ¿Con qué necesitas ayuda?
Sus ojos azules me observaron con frialdad calculadora.
—Con tu padre, por supuesto.
Miré a Enzo, pero tenía la atención puesta en su jefe.
Luca se recostó en la silla y cruzó el tobillo sobre la rodilla.
—¿Qué puedes contarme sobre tu padre, Sera?
Me puse en guardia de inmediato, más por costumbre que por una necesidad real de proteger a mi padre. Me encogí de hombros.
—¿Qué quieres saber? Ya te diré si puedo contártelo o no.
Su mirada me evaluó y me dejó helada.
—Te sugiero que decidas rápidamente dónde está tu lealtad. Con tu padre, que, según tus propias palabras, se preocupa muy poco por ti, o con el hombre que se preocupó lo suficiente como para arriesgar su vida y salvarte de la prostitución forzada. Y, por extensión, conmigo.
Tenía razón. Y no le debía nada a mi padre.
—Mi padre es un mafioso —le dije—. Quiere lo que todo mafioso quiere: dinero. Poder. Control.
De nuevo, miré a Enzo. No pude evitarlo. Estaba tan tranquilo a mi lado, con un brazo sobre el respaldo del sofá donde yo estaba sentada, pero sin tocarme. Asintió para darme ánimos, y me volví hacia Luca.
—Quiere controlar todo Texas. Y después, el mundo.
—Eso no va a pasar —respondió—. ¿Qué más puedes contarme? ¿Qué sabes de sus actividades en Dallas?
—¿Específicamente?
—Sí.
—No mucho —le dije—. Lo siento. Sorprendentemente, no me incluían en esas conversaciones.
Mi voz destilaba sarcasmo.
De nuevo, sus ojos azules me estudiaron, y tuve la sensación de que se adentraba en mi mente para pillarme en alguna mentira.
—¿No escuchaste nada? ¿Nada en absoluto que puedas darme?
Negué con la cabeza.
—No. Lo siento. Te juro que te lo diría si supiera algo. Sobre todo porque me aterrorizas, si te soy sincera.
La mano de Enzo me apretó el hombro. Respiré hondo para calmarme.
—Pero pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en mi habitación cuando estaba en casa. Mi padre tenía mucho cuidado conmigo en lo referente a sus planes. No creo que confiara en mí.
Solté una risa seca.
—Probablemente lo más inteligente que hizo en su vida.
Luca suspiró y se inclinó hacia delante en la silla, apoyando los codos en las rodillas, con expresión pensativa.
Enzo me tocó la mandíbula con las yemas de los dedos.
—¿Estás completamente segura de que no sabes nada que pueda sernos útil para negociar con tu padre?
—Sé que lo que más le gusta es el dinero. Y el poder. Dale cualquiera de las dos cosas si necesitas que haga algo por ti y podría aceptar el trato, siempre que no tenga una oferta mejor. Puede que se resista un poco para intentar sacarte más, pero al final aceptará.
—No es exactamente lo que tenía en mente —dijo Luca—. Lo que necesitamos es algo con lo que amenazarlo. Las amenazas siempre funcionan mejor que las promesas para mantener a alguien a raya.
—¿Y fiestas? ¿O cenas? —me preguntó Enzo—. Debió de llevarte con él en alguna ocasión para presumir de ti, si esperaba casarte con uno de sus socios.
Lo pensé. Mi padre sí me había llevado a algunas cenas una vez que cumplí la mayoría de edad, nada tan grande como para que pudiera escabullirme sola.
Intenté recordar algún nombre de quienes también habían asistido a esas reuniones.
Sobre todo alguien que pareciera trabajar con mi padre. De nuevo, negué con la cabeza.
—Me arreglaba y me llevaba de vez en cuando, pero nada demasiado elaborado. Solo cenas pequeñas.
Luca y Enzo intercambiaron una mirada.
—Normalmente yo era la única mujer.
—¿A esas cenas asistían otros mafiosos? —preguntó Luca.
—No siempre. A veces había políticos u otros líderes de la ciudad.
Me retorcí las manos en el regazo mientras intentaba pensar.
—Lo siento, nunca presté mucha atención a esas cosas. No recuerdo sus nombres.
—Déjame probar algo —dijo Enzo—. Luca, ¿puedo usar tu portátil?
Cuando su jefe le dio el visto bueno, Enzo se levantó, lo cogió del escritorio y lo trajo adonde estábamos sentados. Tras teclear un poco, abrió unas fotos de funcionarios de la zona de Dallas. Puso el portátil sobre la mesa frente a mí.
—¿Reconoces a alguien?
Me incliné hacia delante y estudié los rostros que tenía delante.
—Este —señalé una foto en la fila superior, a la derecha del todo, y luego otra más abajo en la pantalla—. Y este.
—Buena chica.
Enzo giró el portátil y le mostró a Luca a los dos hombres que había señalado.
—Excelente —me dijo—. Gracias, Sera. Esto es justo lo que buscábamos.
Pasó la siguiente hora mostrándome más fotos e interrogándome sobre cualquier pequeño detalle que pudiera recordar. Le conté todo lo que pude, aunque fuera algo tan insignificante como quién se sentaba junto a quién o quién parecía estar de buen o mal humor al marcharse, incluido mi padre.
Cuando no pude pensar en nada más, se recostó con expresión pensativa en su apuesto rostro.
—Como sabes, Ciro sabe que te tenemos —me dijo Luca—. Y Luigi, mi padre, ha logrado convencerlo de algún modo de que nos dé unos días antes de devolverte. Usaremos ese tiempo para reunir toda la información posible que incrimine a tu padre.
Tuve la sensación de que Luca no me estaba contando toda la historia.
—¿Cómo lo logró tu padre?
—No estoy seguro —me dijo.
Mentira. Luca era el subjefe. Por supuesto que lo sabía. No había llegado tan lejos manteniéndose al margen.
—No te creo.
Se quedó inmóvil en su silla y me atravesó con esos ojos azules penetrantes.
—No importa si me crees o no, Sera. Limítate a agradecer que tengamos estos días.
—Lo siento —le dije de inmediato—. Me pasé de la raya. Es solo que estoy... nerviosa.
—Luca —había una advertencia en el tono de Enzo.
De inmediato le puse la mano en la rodilla.
—No. Tiene razón. No debería haberlo cuestionado —me volví hacia el subjefe, consciente de que tenía mi destino en sus manos—. Estoy agradecida por todo lo que han hecho por mí.
Asintió con la cabeza.
—Sigamos adelante, ¿de acuerdo?
—Sí —acepté.
Luca miró a Enzo.
—¿La quieres aquí mientras discutimos esto?
Sus palabras me irritaron. Lo que estaban discutiendo me concernía. Mi vida. Pero conocía las reglas de este mundo. Y, por desgracia, a esas reglas les importaban una mierda tanto yo como mis sentimientos.
—No. No es necesario.
Luca se levantó de la silla y rodeó el escritorio.
—Puedes irte, Sera —me dijo mientras tomaba asiento—. Gracias por tu ayuda. Es posible que vuelva a necesitarte en los próximos días.
Me levanté para irme. Esperé sentir la deslealtad que debería estar sintiendo al revelar los secretos de mi padre a hombres que, si no eran sus enemigos, desde luego no eran sus amigos. Solo un pinchazo de culpa. Algo. Lo que fuera.
Pero no había nada.
—Hay algo de lo que debo advertirte —le dije a Luca.
Dos pares de ojos se volvieron hacia mí.
—¿Qué es? —preguntó Luca.
—Mi padre a veces no está del todo cuerdo. Cree que es mucho más poderoso de lo que realmente es. Al menos, esa es la impresión que siempre he tenido.
—Gracias, Sera. Lo sé.
Asentí y dejé que Enzo me tomara del brazo y me acompañara fuera mientras Luca llamaba a Tristan y le pedía que se uniera a ellos. Cuando llegamos a la puerta, Enzo me tomó la mano y se la llevó a los labios, depositando un beso en mis nudillos antes de bajarla de nuevo, pero sin soltarla.
—Iré a buscarte en cuanto terminemos aquí.
—De acuerdo.
—Pero primero, devuélveme el bolígrafo que tienes en el bolsillo.
No había reproche en sus ojos cuando se encontraron con los míos.
—Estaba nerviosa.
—Lo sé.
Metí la mano en el bolsillo trasero, se lo entregué y le dediqué una pequeña sonrisa. Salí de la oficina de Luca con un ligero destello de esperanza en el pecho por primera vez desde que Enzo me había dicho que sabía quién era yo. Quizá Veda tenía razón.
Tal vez estaban ideando un plan para liberarme de la prisión de mi padre.
Solo podía esperar que fuera lo suficientemente inteligente como para aceptar el trato, porque tenía el temor muy real de que aquella reunión acabara en un baño de sangre.